En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 19
El calor del Caribe era un abrazo denso, húmedo y cargado de un magnetismo que la gélida Ginebra nunca podría emular. Desperté en la villa de la isla privada de los Thorne con la sensación de que mi cuerpo estaba recuperando una vitalidad que la ceguera y el trauma me habían arrebatado. El dosel de la cama, con sus mosquiteras blancas ondeando suavemente bajo la brisa marina, era lo primero que veía cada mañana; un recordatorio visual de que el velo de oscuridad se había rasgado definitivamente.
Alexander no estaba a mi lado, pero el aroma de su perfume —ese sándalo profundo que ahora asociaba con la seguridad y, extrañamente, con el deseo— flotaba en el aire. Me incorporé con cuidado, sintiendo la textura de las sábanas de hilo egipcio contra mi piel desnuda. Mis ojos, aunque todavía sensibles, se deleitaban con el contraste del azul turquesa del mar que se filtraba por el balcón abierto. Era una belleza tan cruda que a veces me obligaba a parpadear para confirmar que no era una alucinación postoperatoria.
Caminé hacia la terraza, dejando que el suelo de terracota refrescara mis pies. Allá abajo, cerca de la orilla donde las olas morían perezosamente, vi la figura de Alexander. Estaba de espaldas, sin camisa, solo con unos pantalones de lino claro. Su espalda era un mapa de fuerza y tensión; podía ver el juego de sus músculos bajo la piel bronceada mientras observaba el horizonte. Era un hombre acostumbrado a cargar con el peso de imperios, y en este refugio, esa carga parecía ser lo único que no se había quitado.
Me puse una túnica de seda translúcida y bajé las escaleras de piedra. El sonido de mis pasos sobre la arena fina hizo que se girara antes de que pudiera llegar a su lado. Alexander nunca bajaba la guardia, ni siquiera en el paraíso.
—Has despertado temprano —dijo. Su voz era una barítono suave que competía con el rumor de las olas—. La luz parece estar más fuerte hoy. ¿Te molestan los ojos?
—Están bien —respondí, deteniéndome a un paso de él—. Es solo que todavía me cuesta asimilar que todo esto es real. Que tú eres real.
Él dio un paso hacia mí, acortando esa distancia que siempre parecía cargada de una electricidad estática. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron en mis hombros. Sus pulgares acariciaron la base de mi cuello, un gesto que comenzó como algo protector y terminó volviéndose puramente sensorial. El contraste de su piel áspera contra la seda de mi túnica me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Soy tan real como las cicatrices que Marcus dejó en nuestra familia, Elina —murmuró. Sus ojos azules, ahora más claros bajo el sol tropical, recorrieron mi rostro con una intensidad obsesiva—. Pero aquí, bajo este sol, quiero que olvides las sombras. He dado instrucciones a Julian: nadie puede interrumpirnos. Ni llamadas de la junta, ni abogados, ni prensa. Solo nosotros.
—¿Y el teléfono satelital que parpadeaba anoche? —pregunté, sintiendo que la paz era solo un préstamo frágil.
Alexander tensó la mandíbula. Su mano subió hasta mi mejilla, obligándome a sostenerle la mirada.
—Está bajo control. Solo son ecos de un incendio que ya he sofocado. No permitiré que el humo llegue hasta aquí.
Se inclinó y me besó. Fue un beso lento, que sabía a sal y a una posesión que ya no intentaba ocultar. Alexander no sabía amar con delicadeza; su afecto era una fuerza de la naturaleza, una tormenta que te envolvía y te reclamaba. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra su pecho desnudo. Sentí el latido firme de su corazón contra el mío, un ritmo salvaje que dictaba las reglas de este nuevo mundo. En la oscuridad, lo deseaba por necesidad; en la luz, lo deseaba por la peligrosa fascinación que ejercía sobre mí el hombre que había quemado sus puentes para salvarme.
Pasamos la mañana explorando los rincones de la isla que yo antes solo había conocido a través de los sonidos de los pájaros y el tacto de las plantas. Alexander me guiaba, pero ya no con la precaución extrema de antes, sino con una complicidad que me hacía sentir su igual. Me describió las especies de flores exóticas no para que las imaginara, sino para que apreciara la saturación de sus colores. Almorzamos en una cala escondida, donde el agua era tan cristalina que podíamos ver los peces de colores dardeando entre las rocas.
—Nunca pensé que vería esto a tu lado —dije, saboreando una fruta tropical cuya dulzura era casi embriagadora—. Cuando nos casamos, pensaba que mi vida sería un contrato eterno de frío y silencio.
—Yo también lo pensaba —confesó él, mientras servía un poco de vino frío—. Te veía como una pieza necesaria en un tablero de ajedrez. Pero las piezas de ajedrez no tienen esa dignidad tuya, Elina. No me desafían con la mirada incluso cuando no pueden ver.
—¿Es por eso que te obsesionaste conmigo? —pregunté, dejando que la brisa agitara mi cabello.
—Me obsesioné porque fuiste la única que no retrocedió ante el monstruo que todos decían que era. Y porque, incluso en tu vulnerabilidad, tenías un poder que yo no podía comprar con dinero.
El resto de la tarde transcurrió en una calma que me resultaba casi inquietante. Alexander parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por no mirar su reloj o buscar información del exterior. Sin embargo, noté que sus ojos se desviaban hacia la villa cada vez que escuchaba el motor de un bote a lo lejos. Su protección seguía siendo una sombra persistente, un recordatorio de que nuestra seguridad era una construcción artificial.
Al caer la noche, la villa se transformó en un santuario iluminado por antorchas y velas. El calor disminuyó, dando paso a una brisa fresca que traía el aroma del jazmín nocturno. Alexander había organizado una cena en la terraza superior. El ambiente era de una sensualidad refinada; el sonido de un piano suave salía de los altavoces ocultos, mezclándose con el canto de los grillos.
Él vestía una camisa de lino negro entreabierta, y la luz de las velas tallaba sombras profundas en las facciones de su rostro. Me sentí observada, no como una paciente recuperándose, sino como una mujer que él deseaba con una desesperación que bordeaba lo irracional.
—Te ves hermosa bajo esta luz —dijo, rompiendo el silencio después del postre—. Aunque admito que me gustas más cuando me miras con esa chispa de desafío que tenías en Ginebra.
—Esa chispa sigue ahí, Alexander. Solo que ahora sé hacia dónde dirigirla —respondí, levantándome de la mesa y caminando hacia la barandilla.
Él me siguió de inmediato. Se paró detrás de mí, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura. Su cercanía era un fuego constante. Apoyó su barbilla en mi hombro, y sentí sus labios rozar mi oreja.
—Dime qué quieres, Elina. Pídeme lo que sea. Dinero, propiedades, el fin de cualquier enemigo... lo tienes.
—Quiero la verdad, Alexander. La verdad sin filtros. ¿Qué decía realmente ese mensaje en el teléfono satelital?
Sentí que su cuerpo se ponía rígido. Me giró para que quedara frente a él. La luz de la luna reflejaba una tormenta en sus ojos.
—Marcus no ha sido el único en caer. Tu padre... ha intentado huir del país. La fiscalía tiene pruebas de que él no solo firmó la exoneración, sino que fue él quien facilitó el acceso al garaje a cambio de que se le perdonara una deuda de juego masiva con una red que no tiene nada que ver con los Thorne.
El aire se escapó de mis pulmones. La traición de mi sangre era un pozo sin fondo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque quería darte un día más de paz. Solo uno. Sabía que en cuanto lo supieras, la luz de esta isla se apagaría para ti.
—Me has estado protegiendo de mi propia familia —susurré, sintiendo que las lágrimas empañaban mi visión de nuevo—. Todo este tiempo, el hombre al que yo despreciaba era el único que me estaba guardando del golpe final.
—No me agradezcas, Elina. Lo hice por egoísmo. Porque quería que el mundo que vieras por primera vez fuera uno donde yo fuera tu héroe, no uno donde tuvieras que llorar por un padre que te usó como moneda de cambio.
Me estrechó contra él con una fuerza abrumadora. En ese abrazo, comprendí que la evolución lenta de nuestro sentimiento había llegado a un punto de no retorno. El desprecio se había evaporado, dejando en su lugar una lealtad feroz y una atracción que consumía cualquier rastro de duda. Alexander me levantó en vilo y me llevó hacia el interior de la suite, donde la penumbra solo era rota por la luz de la luna.
Esa noche, el contacto fue diferente. No hubo la urgencia del miedo de Suiza, sino una entrega deliberada. Sus manos recorrían mi cuerpo con una adoración que me hacía sentir sagrada y profana al mismo tiempo. Cada caricia suya era una promesa de que, sin importar lo que el mundo exterior nos arrojara, él sería mi fortaleza. La sensualidad se volvió un lenguaje de redención; a través de su piel, yo olvidaba la traición de mi padre, y a través de la mía, él encontraba la humanidad que el poder le había robado.
Nos perdimos en el ritmo de la noche, en el sonido de nuestras respiraciones y en el calor de un encuentro que ya no era por contrato, sino por una necesidad vital. Alexander me poseía con una intensidad obsesiva, como si quisiera grabar su nombre en mi alma para que nadie más pudiera reclamarme. Y yo me entregaba, reconociendo que este hombre sombrío era, en realidad, el único que me permitía ser libre.
Horas más tarde, mientras Alexander dormía con un brazo protegiendo mi cintura incluso en sueños, me levanté silenciosamente. Necesitaba aire. Salí al balcón y vi que, en la mesa de la terraza, Julian había dejado un sobre lacrado. Me acerqué, con el corazón latiendo con fuerza.
Lo abrí bajo la luz de la luna. Eran fotos. No del accidente, sino de un barco acercándose a la costa de la isla. No era un barco de suministros.
Un escalofrío me recorrió la columna. Marcus podía estar en la cárcel, pero sus aliados —o quizá los acreedores de mi padre— sabían exactamente dónde estábamos. La isla, nuestro paraíso privado, se sentía de repente como una trampa mortal rodeada de agua infinita.
Regresé a la cama, acurrucándome contra el calor de Alexander, buscando la seguridad de su abrazo. Él se movió en sueños, apretándome más contra su pecho, murmurando mi nombre en un susurro cargado de una protección que ahora sabía que sería puesta a prueba de la forma más violenta posible. El amanecer estaba cerca, y con él, el final de nuestra tregua en el paraíso.