Kendra Barreto es la joya de la familia Barreto, para satisfacer la ambición de su madre, traicionó a su hermana menor Keila y aceptó un matrimonio vacío, sin embargo, el destino le impuso a un guardián que no puede ser comprado: Axel García, un exmilitar con un pasado oscuro y que no puede doblegarlo a su antojo.
Lo que comenzó como una noche de debilidad entre la heredera y el guardaespaldas se convirtió en su ruina y, a la vez, en su salvación, con el nacimiento de su hijo Bennet, se descubre el fraude: el niño no es hijo del esposo de Kendra sino de Axel.
Repudiada por todos y perseguida por una madre dispuesta a todo para ocultar el escándalo, abandonará su mundo y huirá, y en su carrera desesperada por la supervivencia, descubrirá que el hombre que la mira con desconfianza es el único capaz de salvarla, y que, para proteger a su hijo, tendrá que aprender a luchar con uñas y dientes, lejos de los lujos que una vez la definieron.
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Capítulo XIII: La ficha final
Al entrar, Keila experimentó una desagradable sensación de déjà vu, ver a su madre y a su hermana riendo junto a Ángel, porque era la misma imagen que la había perseguido durante toda su vida de Kendra quedándose con todo lo que le pertenecía a ella.
—Te estaba esperando, Keila —dijo Ángel, levantándose con una familiaridad que le revolvió el estómago a Kendra.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Keila, manteniéndose a una distancia prudente.
Ángel le indicó que se sentara como si fuera el dueño del lugar, con una autoridad que a Kendra le produjo mucha irritación, estaba ansiosa y en todo momento evitaba la mirada de su hermana, fingiendo estar concentrada en una mancha en el piso.
—Keila, hay algo que necesitas saber —comenzó él con una sonrisa nerviosa— No podía seguir ocultándote la verdad, no rompí el compromiso por falta de amor…
Keila lo interrumpió porque estaba muy ofendida y esta vez no quería palabras vacías, sino que le hablara con honestidad.
—Ángel, me debes una explicación coherente—lo interrumpió Keila, con las manos entrelazadas para ocultar su temblor.
Ángel buscaba con la mirada a Kendra, pero esta resopló con molestia porque dudaba que Ángel en realidad amara a alguien más que a sí mismo, pero con Ifigenia tan pendiente de todo lo que hacía no había manera de que le advirtiera a su hermana de que Ángel no valía la pena.
—Necesito que Kendra esté presente para esto —insistió él.
Keila miró desconcertada y se preguntó si acaso su perfecta hermana sería testigo de su humillación, sintió un escalofrío, y observó a Kendra, esperando que su hermana interviniera para apoyarla como lo había hecho estos últimos días, pero Kendra bajó la cabeza con una expresión de vergüenza que poco después ocultó.
—Lo lamento, Keila —soltó Ángel con frialdad—Pero no podía continuar con nuestra relación porque tu hermana y yo nos enamoramos, ahora estamos juntos… y pronto vamos a tener un bebé.
Kendra se llevó una mano al pecho; y si no hubiera estado sentada, sus piernas habrían cedido, en ese instante comprendió que, a pesar de todo, amaba a su hermana, y ver su destrucción, le dolía más que sus propias mentiras, sin embargo, al sentir la mirada gélida e inquisidora de Ifigenia sobre ella, su rostro se volvió a transformar en una máscara de piedra.
Fue como si el mundo se hubiera detenido, y el silencio que siguió era tan pesado que se sentía muy opresivo, Keila miró a Ángel luego a la “perfecta” Kendra, cuya expresión de pesadumbre le parecía la mayor de las ofensas y comprendió que era real lo que acababa de escuchar.
—¿Qué? —susurró Keila, antes de que la rabia reemplazara al shock—¿Cómo puedes estar seguro de que es tu hijo?
Kendra que en ese momento estaba tomando un sorbo de agua para calmarse se atragantó, conocía la lengua mordaz de su hermana, pero no esperaba un ataque tan cruel a su integridad, y un rastro de ira la invadió, porque Keila la estaba ofendiendo en su orgullo, recuperando la compostura, usó su tono de voz dulce, ese que usaba cuando hacía algo malo y buscaba el perdón de su padre.
—Keila no necesitas ofenderme, por favor perdónanos, no quisimos que las cosas sucedieran así, pero en el corazón no se manda…
Mientras pronunciaba esas palabras vacías, Kendra sentía el peso de hacerle daño a una persona inocente, y para no quebrarse, se convenció a sí misma de que le estaba haciendo un favor a Keila: si no hubiera sido ella, Ángel le habría sido infiel con cualquier otra, quizás fue ese el motivo por el que en el futuro su hermana hallaría espacio en su corazón para perdonarla.
—Kendra…—Keila la interrumpió, con lágrimas en los ojos—No podía esperar menos de alguien como tú, siempre has necesitado lo mío para sentirte completa, lo más irónico es que ya lo tienes todo, y, aun así, tu ambición nunca está satisfecha.
Kendra cerró los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos y ni aun así se comparaba al dolor que sentía en su interior, acababa de perder a su hermana, se quedó paralizada, viendo a Keila subir las escaleras en un estallido de llanto.
—Keila espera un momento —gritó Ángel con un arrepentimiento que parecía tan fingido que resultaba muy insultante.
Para sorpresa de todos Keila se detuvo en seco, se dio la vuelta y bajó los escalones con una rapidez que sorprendió a Ángel, quién por un segundo creyó que ella caería en sus brazos buscando consuelo, pero cuando vio su rostro desencajado y sus ojos encendidos de ira no supo cómo reaccionar.
Y antes de que Ángel pudiera decir una sola palabra de su discurso ensayado, Keila levantó la pierna y le propinó un rodillazo seco y brutal en su ingle.
El impacto hizo que el aire abandonara los pulmones de Ángel de golpe, y este se dobló sobre sí mismo, cayendo de rodillas mientras soltaba un quejido ahogado de pura agonía.
—¡Keila! ¡Ven y discúlpate de inmediato! —le exigió Ifigenia escandalizada, mientras corría a ayudar a Ángel a incorporarse.
Keila ignoró los gritos de su madre como si se tratara del zumbido de un insecto molesto, Ángel, con el rostro pálido y perlado de sudor frío, la maldecía internamente, pero al sentir la mirada de los presentes, se obligó a mantener una fachada de mártir.
—Es… Comprensible …que esté enojada— logró decir entre dientes, fingiendo empatía mientras trataba de recuperar el aliento.
Kendra observaba la escena con una mezcla de horror y una extraña satisfacción secreta, esbozó una pequeña sonrisa, y quería correr tras su hermana, abrazarla y decirle que de alguna manera todo estaría bien; que Ángel no era premio, sino una condena de la que ella misma se estaba encargando de apartarla, pero la voz de su madre la ancló al suelo.
—Déjala que se le pase la rabieta sola, tenemos una fiesta que planificar —dijo Ifigenia con indiferencia como si el dolor de sus dos hijas no fuera más que un inconveniente.
La reunión entre los tres fue una tortura para Kendra, pensaba en Keila y en René, también en su padre, lo que hizo solo causó dolor a todos, las únicas personas, felices en ese momento eran Ángel e Ifigenia del resto solo había devastación.
Ifigenia, por el contrario, sonreía con satisfacción ignorando el rastro de destrucción que, acabada de dejar a su paso, porque para ella, el fin siempre justificaba los medios.
Todo era una venganza personal en contra de la familia de Ángel, aquellos aristócratas que la rechazaron en su juventud, por pertenecer a una familia en decadencia y por eso sedujo al ingenuo Andrés Barreto: el cual fue el peón necesario para recuperar su estatus y ahora su hija Kendra sería la ficha final en su tablero de poder para obtener lo que siempre mereció.
—Ángel, querido —intervino Ifigenia, radiante— Es obvio que ustedes dos son el uno para el otro y no sabes lo feliz que me hace no perderte como yerno.
Kendra cerró los ojos, sintiendo que acababa de vender su alma, su madre era una mujer horrible y por primera vez, la vio con todos sus colores, por años se dijo a sí misma que si la obedecía nada malo podía pasarle, pero acababa de descubrir que ella no era la favorita, sino una herramienta y en su afán por complacerla había ganado a Ángel, pero a cambio perdió el amor de un hombre íntegro, el cariño de su hermana y el respeto de su padre, entonces las duras palabras de Axel se hundieron como una daga: “Complació al padre equivocado”.
Aunque ese no era el final del drama porque Anabella que observó la escena con una mezcla de náuseas e incredulidad, no podía procesar como Ifigenia siendo la madre biológica de Keila, disfrutaba de su destrucción y como a la supuesta “hija favorita” de alguna manera la estaba “prostituyendo”.
Era una mujer muy astuta y había comprendido todo el panorama, observó a su sobrina y aunque esta evitó el contacto visual, leyó en ella el rastro de la culpa al notar sus hombros rígidos.
—A ustedes dos, algún día, les va a dar alcance el karma—advirtió Anabella.
Kendra se estremeció porque sus palabras la afectaron, debido a que comenzaba a creerlo también.
—Nadie pidió tu opinión, tía—dijo Kendra con una falta de respeto que buscaba, más que herir silenciar una verdad que la asfixiaba.
—Me imagino que le contaste la buena noticia a tu novio—dijo Anabella con sarcasmo.
Kendra resopló, sintiendo una punzada de dolor al mencionar a René, para sentirse mejor en su mente comparaba el éxito notable de Ángel con la moderada sencillez de René, ese profesor universitario dueño de una pequeña firma contable, pero la mención de su exnovio la hacía sentir muy sucia.
—Anabella, que seas pariente de mi esposo no te da derecho a opinar sobre los asuntos de mis hijas—le advirtió Ifigenia.
—Ifigenia, eres una vergüenza de ser humano—respondió Anabella, dando un paso hacia ella—Apoyas esta sinvergüenzura porque eres exactamente igual que tu hija: una mujer sin escrúpulos.
Ifigenia sintió irritación porque esta insolente mujer conocía su oscuro secreto y temía que lo dijera en voz alta.
—¡Cállate de una maldita vez o te largo de mi casa! —gritó Ifigenia perdiendo la compostura, con el rostro encendido por la rabia.
Anabella soltó una carcajada cínica que le heló la sangre a los presentes.
—Eso quiero verlo, te reto que lo intentes, cuñada—la miró enarcando una ceja con arrogancia—Échame de aquí si te atreves.