Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 20
Caminamos hacia la ventana del estudio. El sol empezaba a asomarse por el horizonte, tiñendo los rascacielos de Nueva York de un color oro viejo. La ciudad parecía tranquila, ajena a la guerra que se había librado en esta mansión.
—Tengo que decirte algo —dijo Azkarion, su mirada fija en el horizonte—. Sobre el incidente trágico... el que obligó a tu padre a aceptar mi oferta inicial.
Me tensé. Ese era el secreto que todavía flotaba entre nosotros, el evento que desencadenó mi caída en el infierno.
—¿Qué pasa con eso?
—No fue un accidente financiero fortuito, Alexa. Yo sabía que la auditoría iba a fallar porque yo mismo pagué al auditor para que fuera implacable. Pero no sabía que los Valois iban a aprovechar ese momento para intentar secuestrarte a ti también ese día. El coche que te sacó de la carretera... no era mío.
Sentí que el mundo giraba a mi alrededor. El accidente que casi me mata, el que dejó a mi familia en la ruina y a mi padre en el hospital... Azkarion pensaba que yo creía que él era el responsable total, pero en realidad, él me había estado protegiendo de algo mucho peor desde las sombras.
—Me salvaste la vida —susurré—. Aquel día, en la autopista... el coche negro que embistió al que me perseguía... ¿eras tú?
—Era mi equipo. Yo estaba en la oficina, viendo cómo tu vida se desmoronaba por mi culpa, y me di cuenta demasiado tarde de que te había convertido en el blanco de personas mucho más peligrosas que yo. Por eso te ofrecí el contrato. No para castigarte, Alexa. Sino para tener una excusa legal para ponerte bajo mi protección las veinticuatro horas del día.
Me quedé sin palabras. El odio que había alimentado mi resistencia durante meses se desmoronó por completo, dejando paso a una verdad abrumadora. Azkarion DArgent no era mi verdugo; era mi guardián oscuro, un hombre que había jugado el papel de villano para mantenerme a salvo del verdadero mal.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le grité, golpeando su pecho con rabia y alivio—. ¡Me hiciste odiarte! ¡Me hiciste sentir como una mercancía!
—Porque si me amabas, serías débil —respondió, atrapando mis manos y mirándome con una tristeza infinita—. Si sabías que me importabas, los Valois lo usarían en mi contra. Tenías que odiarme para estar a salvo. Tenías que ser la esposa fría y resentida para que nadie sospechara que eras mi único punto débil.
Me derrumbé en sus brazos, llorando por todo el tiempo perdido, por el dolor innecesario y por la complejidad de un amor que había nacido en las trincheras del engaño. Él me sostuvo con una fuerza desesperada, susurrando disculpas en mi oído que se perdían en el amanecer.
—Ahora lo saben —dije finalmente, secándome las lágrimas—. Saben que me importas.
—Sí —dijo él, su voz volviéndose gélida de nuevo, pero con un matiz de determinación—. Y ahora van a descubrir por qué nunca se debe amenazar lo que le pertenece a un DArgent.
Regresamos a la habitación cerrada. Azkarion tomó el expediente de mi padre y el contrato de su madre. Los puso en una bolsa de seguridad.
—Hoy terminamos con esto, Alexa. Hoy recuperamos el honor de nuestros padres y enterramos a los Valois para siempre.
Bajamos al vestíbulo, donde el personal de limpieza ya estaba trabajando para borrar los rastros de la noche. Azkarion me ayudó a subir al coche, su mano firme en mi cintura. El camino hacia la oficina fue diferente esta vez. Ya no había tensión, solo una calma de acero. Sabíamos lo que teníamos que hacer.
Al llegar a la sede de DArgent, el ambiente era de funeral. Los rumores de la noche anterior ya habían llegado a los oídos de los directivos. Entramos en la sala de juntas, y allí, sentado a la cabecera de la mesa, estaba un hombre que nunca había visto. Era anciano, con un bastón de plata y ojos que parecían pozos de oscuridad.
—Azkarion —dijo el hombre con un acento europeo marcado—. Has causado mucho ruido esta noche. Espero que tengas una buena explicación para la policía que está rodeando mis oficinas en París.
—Tengo más que una explicación, Monsieur Valois —respondió Azkarion, lanzando el expediente sobre la mesa con un estruendo—. Tengo su confesión grabada y los documentos originales que su familia robó hace veinte años.
El anciano miró los papeles y luego me miró a mí. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro.
—¿Y crees que esta chica te va a salvar? Ella es la hija de un ladrón. Su sangre está maldita.
—Su sangre es la que va a firmar tu orden de arresto —intervine, dando un paso adelante—. Mi padre está declarando ahora mismo ante el fiscal del distrito. Y yo estoy aquí para asegurar que NovelToon y todas nuestras empresas afiliadas corten cualquier vínculo con su organización criminal.
Azkarion me miró con una chispa de orgullo que me dio la fuerza necesaria para seguir. Durante las siguientes dos horas, fuimos una fuerza de la naturaleza. Desmantelamos la red de mentiras de los Valois, presentamos las pruebas financieras y vimos cómo el imperio que había destruido a nuestras familias se desmoronaba bajo el peso de la verdad.
Al final, Monsieur Valois fue escoltado fuera del edificio por agentes federales. El silencio que quedó en la sala de juntas fue ensordecedor. Los demás directivos nos miraban con un respeto que rayaba en el temor. Habíamos ganado.
Regresamos a la oficina de Azkarion. Él se dejó caer en su silla de cuero, cerrando los ojos por un momento. La luz del mediodía bañaba la oficina, haciéndola parecer un lugar diferente, menos frío.
—Se acabó —susurró.
—No —dije, acercándome a él y sentándome en su regazo—. Ahora es cuando realmente empieza todo.
Le quité el auricular y lo arrojé al suelo. Le desabroché la corbata y lo miré fijamente.
—El contrato ... la planificación... todo eso fue tu forma de mantenerme cerca. Pero ahora no necesito un contrato, Azkarion.
Él me tomó del rostro, su pulgar acariciando mi labio.
—¿Qué necesitas entonces, Alexa?
—Necesito que dejes de ser el CEO por un momento y que seas solo el hombre que me salvó la vida. Necesito que me demuestres que lo que sentimos en ese estudio no fue solo adrenalina.
Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Me besó con una pasión renovada, una que ya no tenía el peso de la culpa ni de la venganza. En medio de su oficina, en el edificio más alto de la ciudad, nos perdimos el uno en el otro, celebrando nuestra victoria de la única forma que sabíamos. La sensualidad del momento era pura, liberada de las sombras del pasado. Cada roce, cada suspiro, era un paso hacia un futuro que nosotros mismos íbamos a escribir, sin guiones preestablecidos.
Pero mientras nos entregábamos al deseo, un sobre rojo debajo de su escritorio llamó mi atención. Tenía el mismo sello del lobo y las espinas. Azkarion lo vio al mismo tiempo que yo. Lo tomó y lo abrió.
Dentro no había una amenaza, sino una sola llave más. Una llave de oro con una dirección en los Alpes suizos.
—Mi madre no murió en la miseria, Alexa —susurró Azkarion, leyendo la nota adjunta—. Los Valois la mantuvieron oculta todos estos años. Ella está viva.