🔞⚠️LEER CON PRECAUCIÓN 🔞⚠️
Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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13. El deseo de Renato
Los equipajes están casi listos, pronto Susanne partirá con su tía Mercedes, a una villa elegante que tiene en el extranjero, para prepararla sin que nadie sospeche.
La verdadera Samantha ha sido enterrada en el mausoleo de sus bisabuelos con otro nombre, su padre lamenta no haberle dado los honores fúnebres, pero si quiere obtener justicia, salvar su legado y encontrar la manera de proteger a la única hija que le queda en medio del caos, para el mundo Lady Samantha de Salamanca debe seguir viviendo.
Los sirvientes que atendían en el castillo han sido enviados a otra propiedad del duque, y los que vivían lejos y no habían visto a Samantha desde que tenía cinco años han sido traídos; y en las ciudades aledañas se ha anunciado la milagroso sanidad que se ha apoderado de la joven hija de Lord Antonio.
Cuando todo estaba casi listo, el carruaje negro con el blasón de Restrepo cruzó los portones del palacio de Salamanca como si ya le perteneciera. Los soldados se cuadraron. Los criados bajaron la mirada.
Lord Renato de Restrepo descendió con calma estudiada con los años. Alto, impecable, con esa elegancia peligrosa de los hombres que nunca pagan el precio de sus actos, si algo había servido para convencer a las mujeres, es que era desgraciadamente apuesto, y aún con los años conservaba aún cierto atractivo.
Renato sonreía poco, pero cuando lo hacía, era como si concediera un privilegio. Antonio de Salamanca lo aguardaba en el salón principal. No había abrazo. Apenas una inclinación correcta.
- “Duque de Salamanca”, saludó Renato, mientras que Antonio lo invitaba a sentarse, tratando de contenerse para no atravesar la espada”.
Renato se sentó analizando, que todo aquello, un prestigio de generaciones también sería suyo.
- “Lamento profundamente la enfermedad de su hija. La corte entera reza por ella”, comentó Renato como si lo sintiera realmente, él solo necesitaba un matrimonio pronto y un heredero antes de que muera la muchacha que ni había visto en persona, no le importaba que tuviera dieciséis años y que fuera completamente frágil.
- “Mi hija se recupera lentamente, y está cada día de mejor ánimo”, respondió Antonio.
Renato asintió, como quien escucha algo irrelevante.
- “Me honra que haya aceptado recibirme”, dijo Renato.
- “No lo hice por usted, lo hice por el ducado, por mi legado”, replicó Antonio.
Los ojos de Renato brillaron un instante. Aquello le divertía.
- “Entonces estamos hablando el mismo idioma”, replicó Renato.
Antonio hizo un gesto breve. Las puertas laterales se abrieron. Y por primera vez en meses, Lady Samantha de Salamanca apareció en público.
No caminó sola. Lady Mercedes la sostenía del brazo, con la delicadeza de quien protege algo frágil y valioso.
Susanne, convertida en Samantha, llevaba un vestido sobrio, en un rosa muy bajito, sin joyas excesivas, pero con los labios pintados completamente de rojo, como si quisieran llamar la atención. El cabello recogido, el rostro pálido a base de maquillaje, ojos bajos. No había debilidad en su postura, solo control, y una altivez, que debió ensayar, porque la heredera de un ducado debía mostrarlo aunque no quisiera, aunque se estuviera muriendo.
Renato la observó sin disimulo, recorrió el cuerpo de la muchacha, en las delicadas curvas que la fina tela del vestido no podía ocultar, se detuvo incluso en el escote, mientras la muchacha respiraba. No vio enfermedad, vio una belleza que jamás había poseído.
Su primera esposa, Josephine era solterona, ya mayor, pero útil para obtener el ducado. Su segunda esposa, era viuda y nada agraciada, pero muy rica, inmensamente rica, y eso era lo único que le importó en ese momento. Y sus amantes, aunque algo bonitas, no tenían aquella elegancia que emanaba aún de una muchacha supuestamente enferma.
La supuesta Samantha era joven, intacta a los ojos del mundo, alta, distinguida, más hermosa que las princesas del reino, con una gracia silenciosa que lo convertiría en la envidia de cualquiera; se deleitó con su cuerpo, y hasta imaginó cuando pudiera besar esos labios.
- “Es… más hermosa de lo que pensaba”, dijo Renato, finalmente.
Susanne no respondió, solo sonrió, como habían ensayando. Con una sonrisa leve, educada, perfectamente vacía.
Lady Mercedes inclinó la cabeza.
- “Mi sobrina aún no debe hablar mucho, mi Lord. Los médicos han sido claros”, dijo Mercedes.
- “Por supuesto”, respondió Renato, sin apartar los ojos de ella. “La salud antes que todo”, mintiendo mejor que nadie.
Susanne dio un paso atrás, casi imperceptible. Se aferró un segundo al brazo de su tía, como si el esfuerzo la venciera. Antonio captó la señal.
- “Mi hija debe retirarse”, dijo Antonio. Renato asintió, magnánimo.
- “No deseo fatigarlas. Habrá tiempo”, expresó Renato, fingiendo complacencia.
Cuando las mujeres salieron, el aire del salón cambió. Renato se volvió hacia Antonio.
- “He venido a formalizar lo que ambos sabemos inevitable”, afirmó Renato, si antes la necesitaba por el heredero, ahora la deseaba profundamente.
Antonio apoyó las manos sobre la mesa.
- “Acepto el matrimonio”, aseveró Antonio.
Renato sonrió, satisfecho.
- “Pero no será inmediato”, agregó el duque de Salamanca.
La sonrisa se tensó.
- “Mi hija necesita tratamientos médicos continuos. Su salud no es negociable. El matrimonio se celebrará en dos años”, expresó Antonio con firmeza.
- “Dos años es mucho tiempo. A mí edad…”,
- “A su edad”, interrumpió Antonio, “debería entender que los ducados no se entregan por prisa; hay que negociar los términos, mi hija es demasiado valiosa y mi legado demasiado importante para no imponer condiciones imprescindibles, condiciones que otros nobles aceptarían para sus hijos, más jóvenes, más vigorosos”, añadió.
Hubo silencio. Renato lo evaluó. Midió fuerzas.
- “Aceptaré, peor también pondré condiciones”, dijo Renato .
- “Naturalmente”, replicó Antonio
- “El contrato matrimonial debe garantizar que el ducado de Salamanca se integre plenamente a mi linaje”, se apuró en decir Renato.
- “No”, respondió Antonio sin alzar la voz. “El ducado seguirá siendo de Salamanca. Su esposo gobernará con ella, si es que ella así lo decide”.
Renato sonrió despacio.
- “Es usted un hombre difícil”, dijo Renato.
- “Soy un padre”, manifestó Antonio.
Los ojos de Renato se oscurecieron apenas.
“Entonces tendremos dos años para negociar y para que su hija se fortalezca, y de seguro se ponga más hermosa”, comentó Renato.
Antonio sostuvo la mirada.
- “Y dos años para que usted demuestre que es digno de ella”, replicó Antonio.
Renato se inclinó, cortés.
- “Haré todo lo necesario”, afirmó Renato.
Todo, pensó Antonio. Y por eso mismo, no podía confiar jamás en él.
Mientras tanto, en un corredor lejano, Susanne apoyó la espalda contra la pared. Sus manos temblaban apenas.
Lady Mercedes la observó en silencio.
- “Lo hiciste perfecto. No hablaste. No cediste. No te vio en tu mejor versión, pero te deseó”, expresó Mercedes.
Susanne cerró los ojos un segundo.
- “Eso es lo que más miedo me da,Y también lo que voy a usar para destruirlo”, respondió Susanne.
- “Y yo te voy a preparar para usar todas tus armas”, replicó Mercedes.
Susanne respiró profundo, aunque la vida había sido muy dura, aún tenía mucho que aprender, siendo por poco una niña, en dos años debía convertirse en una mujer que sea un arma letal, en medio de la distinción y la delicadeza de una noble.
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