📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 15: El reflejo en la pantalla
Me desperté con el sol golpeándome la cara con una insistencia casi alegre. Al girarme para ver el reloj de la mesa de noche, solté un grito ahogado: las 12 del mediodía.
—¡Wow, dormí muchísimo! —exclamé, estirándome como un gato. Supongo que hablar hasta las tres de la mañana con un fantasma del pasado agota más que un turno doble en la fábrica de zapatos.
Me levanté con una energía extraña, una ligereza que no sentía hace tiempo. Me di una ducha rápida, sintiendo el agua caliente despertar mis músculos, y me puse mi "uniforme de hogar": ropa cómoda, de esa que tiene años conmigo y que jamás usaría para salir a la esquina. Fui a la cocina, preparé algo rápido para desayunar-almorzar y, para espantar el silencio, puse a todo volumen mi lista de reproducción de EXO y Stray Kids.
El ritmo del K-pop llenó cada rincón mientras yo, armada con un trapo y detergente, empezaba a limpiar la casa con una furia renovada. Lavar la ropa de trabajo era mi prioridad; es lo que más uso, mi armadura diaria de cuero y aserrín. Entre el vapor de la lavadora, el olor a desinfectante y mis intentos de seguir las coreografías de Felix, el mundo parecía estar en orden.
De repente, un sonido rompió mi burbuja musical. Un tono de llamada, pero no era el normal. Era el eco insistente de una videollamada.
—¿Dónde está? ¡No lo encuentro en este desastre! —entré en pánico, revolviendo cojines, apartando camisas de trabajo y buscando bajo la mesa.
El teléfono seguía sonando, implacable. Cuando finalmente lo localicé sepultado bajo una montaña de ropa limpia en el sofá, vi el nombre en la pantalla: Julián. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un mareo instantáneo.
—¡No puede ser! ¿Contesto o no contesto? ¡Emma, mírate, estás impresentable! —me regañé frente al espejo del pasillo. Tenía el cabello alborotado por el vapor, la cara lavada y una camiseta vieja que claramente había visto mejores tiempos.
Pero mi educación, esa que mis padres me grabaron a fuego, pudo más que mi vanidad. "No seas maleducada, Emma, él te está buscando", me dije. Con los dedos temblando, me pasé las manos por el cabello para aplacarlo, tiré todo el desorden del sofá al suelo (fuera del alcance de la cámara) y me senté derecha. Respiré hondo y acepté la llamada.
La pantalla se iluminó y, por un segundo, el aire se escapó de mis pulmones.
Si la foto de perfil era impresionante, verlo en vivo era... abrumador. Julián estaba en lo que parecía su estudio fotográfico; una luz suave entraba de lado, resaltando su mandíbula marcada y esa mirada profunda que ahora parecía más real que nunca. Vestía una camisa negra que lo hacía ver increíblemente profesional y... dolorosamente guapo. Me quedé en shock, perdida en sus ojos, olvidando por completo mis propios nervios.
—Hola, Emma. ¿Dormiste bien? —preguntó con una voz que sonaba incluso más cálida que en los audios, acompañada de una sonrisa que iluminó mi pantalla.
Regresé de mis pensamientos de golpe, sintiendo que la sangre me subía a las mejillas en un incendio imparable. Solté una sonrisa de lado, cargada de esa pena que siempre me ha definido, intentando cubrirme un poco con el cabello.
—Hola... sí, dormí mucho, creo que me pasé —respondí con la voz apenas en un susurro.
De repente, escuché que él soltaba una risa suave, una carcajada llena de una ternura que me desarmó por completo. Me miró fijamente, como si estuviera analizando cada pixel de mi rostro.
—Lo sabía... —dijo él, negando con la cabeza suavemente y sin dejar de sonreír—. Tienes exactamente la misma sonrisa tímida que recordaba en el recreo. No has cambiado nada, Emma. Sigues siendo mi princesa de las notas, incluso con el cabello rebelde de recién despertada.
Me quedé muda. En su mirada no había juicio por mi camiseta vieja o por mi falta de maquillaje; solo había una alegría genuina, pura, como si después de trece años finalmente hubiera encontrado la pieza que le faltaba a su mundo de fotografías perfectas.