Cathanna creció creyendo que su destino era convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar. Pero todo cambió cuando ellas llegaron… Brujas que la reclamaban como suya. Porque Cathanna no era solo la hija de un importante miembro del consejo real, sino la clave para un regreso que el reino nunca creyó posible.
Arrancada de su hogar, fue llevada al castillo de los Cazadores, donde entrenaban a los guerreros más letales de todo el reino, para mantenerla lejos de aquellas mujeres. Pero la verdad no tardó en alcanzarla.
Cuando comprendió la razón por la que las brujas querían incendiar el reino hasta sus cimientos, dejó de verlas como monstruos. No eran crueles por capricho. Había un motivo detrás de su furia. Y ahora, ella también quería hacer temblar la tierra bajo sus pies, desafiando todo lo que crecía.
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CAPÍTULO DOCE: CENIZA DE BRUJAS
Cathanna salió de la choza. La lluvia seguía cayendo con furia, como si estuviera enojada como ella lo estaba en ese momento. Quería creer que todo era una pesadilla de mal gusto de su mente.
Se sentó debajo de un árbol y miró el anillo en su dedo encima del guante. Aquella sensación de estar comprometida, de comenzar a deberle cuentas a una persona que no amaba por decisiones de otro, se sentía como clavos en su pecho.
Puso su cabeza en sus piernas.
Zareth llegó poco después y se sentó a su lado.
—¿No sientes frío? —preguntó él después de varios minutos—. La lluvia seguirá estando fuerte por unas horas más.
—¿Crees que el frío es lo que me preocupa en esta situación? Mi vida está cambiando. Estoy en este lugar contigo, cuando hace nada estaba en una gran fiesta de compromiso. —Sonrió con amargura.
—¿Compromiso?
—Sí, mis padres decidieron comprometerme con el hijo de un ministro. —Su pecho se estrujó por un momento—. No importa que haga, ellos siempre decidirán por mí. Estoy harta. Bastante cansada de que todos quieran tomar mis decisiones. Puedo hacer las cosas por cuenta propia. ¿Por qué nadie quiere verlo?
—¿Y qué piensas hacer al respecto? ¿Aceptarás aquel compromiso, aunque no estés feliz con ello?
Cathanna lo miró, y por un instante, algo en su expresión se quebró antes de que recuperara su compostura. Su garganta empezaba a arder. Las lágrimas se asomaron en sus ojos, queriendo salir. No podía mostrar debilidad otra vez ante una persona que no conocía, pero… Los sentimientos mezclados dentro de ella querían otra cosa.
—No lo sé —admitió en un susurro—. De verdad no sé qué hacer.
—Si no lo sabes, entonces ya tienes la respuesta que necesitas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con la voz temblorosa, al igual que sus manos —. ¿La respuesta que necesito?
—Si realmente quisieras casarte con ese tipo, no estarías aquí preguntándote qué hacer. Estarías feliz, aunque fuera una imposición. Pero no lo estás. Tocas ese anillo como si te doliera, como si te quemara.
—Yo…
—Si no quieres casarte, no lo hagas —la interrumpió —. Sé dueña de ti misma. No permitas que otros quieran planear cada uno de tus movimientos porque eso, al final, solo te vuelve una muñeca que, cuando haya terminado su utilidad, echarán a la basura. Eres más que una muñeca, Cathanna. Busca tu propia identidad.
El silencio se extendió entre ellos. Cathanna bajó la vista al anillo. Deseaba arrancarlo de su dedo, pero sentía mucho miedo para hacerlo, aunque no estuviera nadie de su familia con sus ojos en ella.
—Haz lo que quieras conveniente —dijo Zareth al final, con un tono más frustrante—. Pero no seas tonta, Cathanna. Algunos caminos no tienen vuelta atrás. Cuando llegues al altar para casarte con él, dejarás toda una vida detrás para servirle. ¿De verdad te ves como la simple esposa de alguien?
Cathanna no sabía qué responder. No quería casarse, pero ¿qué otra opción tenía? Su madre siempre había sido la dueña y señora de su vida, dictando cada uno de sus pasos sin permitirle siquiera opinar sobre su propio destino.
—No quiero quedarme a servirle a alguien más. Quiero tener una identidad que me haga alguien. Quiero… Ser yo misma, aunque sea solo una vez en la vida.
—Entonces vuélvete eso —dijo con una firmeza que lo sorprendió incluso a él mismo—. Deja que todo el mundo se joda con sus reglas sobre cómo deberías ser. Ellos viven su vida como quieren mientras tú estás debatiéndote aquí en sí, casarte o no.
—¿Por qué me dices esto? Pensé que me odiabas.
—No te odio —respondió de manera sincera—. No tengo razones para hacerlo. Aunque… casi intentas matarme con un martillo y me golpeaste muy fuerte. Eso debería contar como una razón para odiarte. —Una sonrisa apareció en sus labios.
—Lo siento.
—Te digo esto, Cathanna, porque sé que nadie lo ha hecho. A veces necesitamos escuchar buenos consejos. Aunque no soy el mejor dándolos.
Ella rió bajo mientras unía sus manos, abrazando sus piernas.
—Gracias por esto.
Se quedaron en silencio, bajo la lluvia que empapaba sus ropas y enfriaba su piel. La luna iluminaba débilmente la noche, mientras los truenos retumbaban con fuerza, pero ellos solo estaban allí, atrapados en un instante que parecía suspendido entre el sonido de la tormenta y el peso de lo dicho.
Zareth la miraba de reojo. Lo aceptaba: la primera vez que la vio desde lo lejos, quedó hipnotizado por su atractivo, pero su actitud lo había disgustado al instante. Odiaba a las personas que se creían superiores solo por su estatus, por la cuna en la que nacieron. Sin embargo, ahora era diferente.
Esa fragilidad que se filtraba en sus gestos, en la forma en que abrazaba sus piernas, en la manera en que evitaba su mirada, como si temiera desmoronarse ante sus ojos, como sus labios temblaban como un bebe a punto de llorar.
Se veía completamente diferente a cuando la conoció. No había arrogancia, solo vulnerabilidad, esa que la hacía humana.
—¿Te has enamorado? —Se atrevió a preguntar ella de repente, mirándolo con mucha intensidad.
Zareth entrecerró los ojos.
Enamorarse era una palabra muy grande. Era la transición entre un “te quiero” hacia algo más. Podía querer a muchas personas, pero amar… ¿Había amado a alguien que no fuera de su familia alguna vez? No lo había hecho. Nunca antes. No sentía la necesidad de hacerlo porque no había conocido a la persona correcta, a la que le pudiera decir esa palabra tan extraña en su vocabulario.
—¿Amar?
—Sí, amar.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Me da curiosidad. —Se encogió de hombros.
—¿Siempre has tenido esa curiosidad?
—Algo así. Desde muy pequeña me ha gustado preguntar cualquier cosa. Mamá decía que me volvía insoportable con mis preguntas y mi padre se divertía con ellas.
Cathanna percibió un aroma intenso que Zareth, no parecía notar. Era una mezcla abrumadora de frutas demasiado maduras, dulces hasta lo empalagoso, casi nauseabundas. Frunció el ceño. No había ninguna fruta cerca, entonces, ¿de dónde provenía ese olor tan penetrante?
—Nunca me he enamorado —respondió él viéndola —. Eso no significa que no me gustaría tener una mujer a mi lado algún día. Una que me dé lealtad, compañía, amor. Sé que suena muy romántico y tonto, pero es lo que realmente quiero en alguien. Que, en lugar de hacerme sentir mal, sea mi apoyo cuando estoy en crisis.
—No está mal. Suena… real —dijo, inclinando un poco la cabeza—. Es lindo que busques eso y que no te conformes solo con una cara bonita. —Lo miró por un momento antes de esbozar una pequeña sonrisa—. Espero que encuentres a alguien que te haga sentir así. A veces, es mejor tener a una buena persona a tu lado que aferrarse a la soledad.
—Eso no es algo que suelan decirme —ladeo la cabeza.
—Quizás porque no muchos se toman el tiempo de escucharte.
—¿Y tú? —Apoyó sus manos detrás de su espalda—. ¿Te has enamorado?
—No sé cómo se siente amar a alguien con intensidad, alguien que no sea mi familia —murmuró, con la mirada perdida—. Pero tampoco tengo la oportunidad de descubrirlo… nunca me lo han permitido.
—¿Cómo se te puede impedir amar a alguien libremente?
—Porque siempre me prohibieron acercarme demasiado a los hombres. Solo podía hacerlo cuando mi padre estaba presente o si eran hombres en quienes él confiaba. Tal vez por eso… estar cerca de uno no se siente bien.
Hizo una pausa, respirando hondo, como si intentara ordenar sus pensamientos. Pasó sus manos por el rostro, con frustración.
—Puede que no lo demuestre, pero, aunque estemos aquí, hablando con normalidad, no significa que no me sienta mal haciéndolo. Es como si… estuviera decepcionando a alguien. Sé que no está mal que me acerque a un hombre, pero… no entiendo por qué quiero correr hacia mi padre y pedirle perdón. Como si hubiera cometido un pecado imperdonable.
Él soltó un suspiro pesado, uno que parecía llevar el peso de mil pensamientos que no podía expresar en palabras. No dejaba verla, aunque ella ya no lo veía. Su mirada estaba en el frente, perdida. Las lágrimas seguían bajando por sus mejillas.
—Ay, Cathanna… —su voz era grave, casi dolida, como si esas simples palabras le hubieran golpeado más fuerte de lo que quería admitir—. Ahora puedes hacer lo que quieras. No hay nadie que decida por ti. Estarás lejos de tus padres por un tiempo. Puedes usar eso para… encontrarte a ti misma.
—No puedo hacerlo, Zareth… —Sus labios temblaron, y sintió su respiración fallar, atrapada entre el miedo y la desesperación—. No importa si deseo hacerlo, simplemente no puedo. —Sus manos se cerraron en puños, tratando de contener el temblor que amenazaba con delatarla.
—¿Por que no?
—Tengo mucho miedo… —su voz apenas fue un susurro, ahogada por la presión en su pecho—. Mis padres son todo lo que amo, y no quiero que se sientan decepcionados por algo que haga. No lo soportaría.
Él la miró por un largo momento, buscando las palabras adecuadas. Pero concentrarse era un desafío. Su mirada se deslizaba por su rostro, admirando esa belleza natural, tan distinta a cuando llevaba maquillaje. Hipnótica. Difícil de ignorar.
Parpadeo varias veces, volviendo al mundo real.
—Pero no puedes quedarte solo con lo que tus padres quieren que seas —su voz era firme, pero no dura, como si intentara abrir una grieta en la coraza de miedo que la envolvía—. Puedes ser más que solo una sombra de perfección. Las cosas tienen un precio que pagar, pero no todo es malo. Amar no es malo, estar cerca de hombres tampoco lo es… siempre que sepas elegir con cuidado. No todos los hombres son buenos, como tampoco todos son malos.
Se inclinó apenas, buscando su mirada.
—Solo es cuestión de tiempo para que dejes de ser un molde perfecto y te conviertas en quien realmente eres. En una persona real.
El silencio los envolvió, hasta que una risa lo rasgó como un cristal haciéndose añicos. Zareth reaccionó de inmediato, poniéndose de pie en un solo movimiento. Sus ojos recorrieron la oscuridad con desconfianza, su postura rígida, lista para lo que fuera.
—Entra en la casa —ordenó Zareth, su mirada recorriendo el entorno con cautela—. No salgas, ¿entendido?
—¿Qué sucede? —Se levantó de golpe.
El olor se intensificó con cada segundo, una mezcla agria y densa que le revolvió el estómago. La náusea subió a su garganta como un torrente incontenible, obligándola a girar sobre sus talones. Se agachó detrás del árbol y vomitó todo lo que había comido en el día. Se incorporó torpemente cuando el espasmo cedió, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—¿Terminaste? —preguntó Zareth, impaciente y asqueado.
—Por ahora, sí… —murmuró ella, respirando con dificultad.
—Entonces entra. Ahora.
Cathanna asintió y se giró hacia la choza, pero un agarre helado en su brazo la detuvo en seco. Se volteó de golpe y se encontró con unos ojos rojos, pero no como los vampiros sangreroja. Era como la sangre que su madre había votado cuando su padre la golpeó sin pudor.
El pánico la recorrió al instante, y trató de zafarse, pero el agarre era imposible de romper, como si dedos de hierro la sujetaran.
Zareth reaccionó en un parpadeo. Se lanzó contra la mujer, su ataque fue certero y la figura salió despedida varios metros, rodando por el suelo.
Pero antes de que pudieran respirar aliviados, otras tres emergieron de la penumbra como sombras vivientes. Poseían una cabellera interminable que rozaba el suelo, de diferentes colores, contrastando con sus ojos rojos. Pero, sobre todo, con grandes bellezas; una que hechizaba, que hacía que las personas olvidaran respirar, que podía ser una bendición como una maldición en un solo parpadeo.
—¿Así que tú eres la chica? —preguntó una de ellas, con una voz melodiosa, como si estuviera cantando—. Tu sangre huele deliciosa. Si no fuera de Verlah, podría tomarla en un segundo. Siento que me daría mucho poder.
—Aléjese —ordenó Zareth, sacando su espada envuelta en rayos.
—Venimos por ella. Márchate ya, Cazador.
—No pienso ir con ustedes.
—No es una negociación, chica. Te necesitamos.
Cathanna, sin apartar la vista de ellas, deslizó la mano con cautela hacia su cintura, bajando ligeramente el pantalón. Sus dedos encontraron la pequeña empuñadura. No se había perdido con el cambio de atuendo que Fallo le había impuesto.
Tomó aire, sintiendo la vibración apenas perceptible cuando la activó. La hoja emergió con rapidez y, sin pensarlo dos veces, salió de detrás de Zareth y atacó a la más cercana. La bruja apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la hoja se hundió en el costado de su cuerpo. Un grito rasgó la noche mientras la sangre brotaba espesa y negra, casi pegajosa.
Cathanna se quedó paralizada por un instante, observando el líquido oscuro deslizarse. Nunca había visto sangre de ese color. Zareth no perdió tiempo. Movió su espada hacia la bruja, cortando su cabeza, provocando que quedara rostizada.
El silencio duró solo un segundo.
Las demás brujas miraron la escena, horrorizadas.
Dos de ellas se abalanzaron sobre Zareth, atacándolo con garras afiladas y ráfagas de energía oscura. La tercera dirigió su atención a Cathanna quien antes de reaccionar, una fuerza invisible la golpeó con violencia, lanzándola contra el suelo. Un dolor insoportable recorrió su cuerpo, como si miles de agujas se clavaran en su piel.
Gritó alto.
La espada tembló en su mano, pero no la soltó.
La bruja avanzó con pasos lentos, disfrutando del sufrimiento de Cathanna. Se inclinó para tomarla del cabello. No había tosquedad, ni maldad en esos ojos que la miraban con firmeza.
—Eres tan bonita. Pero puedo suponer que aun no llegas a tus veinte años. Será ese momento donde realmente seas hermosa como nosotras, Cathanna. Seras la envidia de muchas. Pero tambien sera tu mayor maldicion. Porque si eres bella, tendras todos los ojos en ti.
Cathanna, a pesar del dolor, reaccionó. Con un grito ahogado, hundió la espada en el vientre de la mujer. Un chillido inhumano rompió la noche cuando la bruja cayó al suelo, retorciéndose. Su sangre negra manchó la tierra, humeante como si ardiera desde dentro.
Las otras dos brujas se detuvieron. Sus ojos rojos brillaban con furia, pero también con algo más: miedo. Sabían que la batalla estaba perdida. Pero aquello no era el final. Sin decir palabra, se esfumaron en la oscuridad, sus figuras desvaneciéndose como sombras en la bruma.
—Estás bien. —Era una afirmación más que una pregunta.
Cathanna asintió, aunque su respiración aún era irregular.
—Ve por fuego. Rápido.
—¿Fuego?
—Las quemaremos.
—Está lloviendo fuerte…
—Solo hazme caso.
Cathanna sintió su corazón latir con fuerza mientras corría hacia la choza. Fallo seguía allí, completamente ajeno a lo ocurrido, su atención atrapada en las páginas de un libro. Lo había escuchado todo, pero decidió ignorarlo por completo.
Se acercó a la chimenea y tomó una leña encendida que iluminaba su rostro asustado. Nunca había pasado por una situación igual, mucho menos había causado lesión en alguien. No le gustaba la sensación.
Salió con la leña encendida. Hacía todo lo posible para que el fuego no la apagará, algo que resultaba un tanto difícil debido a la lluvia tan fuerte.
Los ojos de la bruja se abrieron con pánico. Zareth llevó los cuerpos—el de la bruja decapitada y el de la otra, aún agonizante—hasta un árbol cuya densa copa protegería el fuego de la lluvia. Sin dudar, dejó caer la leña sobre las ropas empapadas.
—¡No! —gritó la bruja, intentando apagar el fuego—. No queremos hacerte daño. Solo queremos tu ayuda.
—¿A qué te refieres? —curioseo Cathanna —. ¿No quieren hacerme daño?
—No hables con las brujas. —Su voz sonó más dura que antes—. Jamás creas en las falsas palabras de una bruja. Solo lo hacen para tratar de convencerte.
—No soy estúpida para creer en sus palabras —respondió con sequedad, fulminándolo con la mirada.
Las llamas tardaron unos segundos en afianzarse, pero una vez que lo hicieron, consumieron el cuerpo de la bruja viva con rapidez. Sus gritos fueron desgarradores, ahogados solo por el crepitar del fuego y la tormenta que volvía a rugir con fuerza.
Cathanna miró la escena con los labios entreabiertos, el estómago revuelto. Sabía que aquellas mujeres eran peligrosas, sabía que, si hubieran tenido la oportunidad, se la hubieran llevado y matado a Zareth … Y, aun así, la violencia de la escena la sobrepasó.
—Tenemos que irnos. En cualquier momento, más podrían llegar. Las brujas pueden oler tu sangre.
—¿A qué te refieres con oler?
—Cathanna, las brujas, pueden oler la sangre. Es una cualidad que únicamente esa especie puede hacer. Oler la sangre entre ellas, y de las demás personas, en pequeñas medidas, a veces casi imperceptible a menos de que pongan su atención en ello.
Todo eso en una misma oración, la mareo. No quería creer aquello. Había olido la sangre de esas brujas cuando llegaron. Había olido sangre muchas veces. No quería creer que eso la convertía en una… Bruja.
—¿Seguro que solo ellas lo pueden hacer? —Su voz salió entrecortada.
—Solo una bruja puede hacerlo. ¿Por qué preguntas?
—Por nada…
Zareth la miró con el ceño fruncido, notando el leve temblor en sus manos.
Cathanna apartó la vista, tratando de controlar su respiración.
Ella no era una bruja. No tenía sentido. No importaba que hubiera percibido la sangre, no importaba que el aroma le hubiera golpeado con tanta intensidad. Solo estaba sugestionada, confundida por el miedo, por el cansancio. Por todo lo que había sucedido.
—Cathanna… ¿Estás bien?
—Dijiste que debíamos irnos, ¿verdad? Entonces vámonos.
—Mmm, de acuerdo.
Cathanna sintió una leve punzada de ansiedad cuando colocó su mano sobre la de Zareth. En un parpadeo, el entorno cambió por completo. Ahora se encontraban frente a unas imponentes rejas de hierro, tan colosales que bien podrían rivalizar con la estatura de un gigante.
Un chirrido metálico resonó cuando estas comenzaron a abrirse lentamente, como si la misma tierra temblará ante su presencia. Al otro lado no había nadie esperándolos. Solo un sendero serpenteante se abría paso entre altos y sombríos árboles, cuyas sombras se alargaban con la luz mortecina.
—Camina rápido.
El ambiente se tornaba cada vez más opresivo con cada paso que daban. La espesura del bosque parecía cerrarles el camino. Todo era terrorífico; la entrada, el bosque y la lluvia que golpeaba con fuerza al suelo.
Los minutos transcurrían con una lentitud desesperante, y el cansancio comenzaba a hacer efecto en ella. Sus piernas dolían, su respiración se volvía errática, y cada fibra de su cuerpo rogaba por descanso.
Asimismo, las brujas que lograron escapar se adentraron en el pequeño pueblo, donde había brujas reunidas frente a una fogata, mientras sollozaban y bailaban agarradas de las manos. Era el Baile de la Sangre, un ritual realizado por las brujas cada día a la misma hora, a las diez de la noche, para implorar salvación de su Dios. Sin embargo, el suyo no era el mismo que el del resto de las personas; ellas adoraban a una diosa. Amanratha era su nombre.
Las brujas soltaban gritos cada tres minutos. Las que acababan de llegar corrieron hasta donde estaba la líder del pueblo, sentada frente al fuego con otras tres, observando el baile.
—Ariago y Hamz están muertas —comunicó Violet en tono bajo a su líder, Alira, quien sintió una punzada en el pecho—. No pudimos traerlas. El Cazador estaba con esa chica y ella tenía un traje de cazador, pero no como el del hombre. Podría decirse que era de una aprendiz. No estoy muy segura.
—¿Cómo fue que permitieron que murieran?
—Esa chica tenía una espada y atacó a Hamz. Y el cazador no desaprovechó la oportunidad. Aunque intentamos hacer lo posible, no pudimos. No íbamos a morir nosotras también.
—Qué mierda... ¿Y cómo que tenía el traje de uno de ellos? Esa chica, según Azlieh, solo tenía lesiones en su residencia. ¿Cómo que de la nada se volvió cazadora o aprendiz, la mierda que sea?
—No lo sabemos.
—¿Y ahora qué haremos? —preguntó Fleur, haciendo una mueca de dolor. Su pierna estaba lastimada y brotaba sangre negra por la abertura que había dejado la espada del cazador—. ¿Nos damos por vencidas o qué?
—No seas idiota —dijo Alira—. No nos detendremos hasta que esté con nosotras. Buscaremos la manera de alejarla de esos Cazadores.
—¿Dónde crees que la podrían llevar? —preguntó Fleur—. Ella estaba en la montaña de Rivernum, pero no creo que la lleven al castillo, ¿o sí?
—Si estaba en ese lugar y poseía un uniforme de esos, posiblemente vayan al castillo. Esto se está saliendo de control. Tenemos menos de cuatro meses hasta que esa luna llegue.
—Buscaremos una solución —dijo Violet.
Simultáneamente, Cathanna apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando su cuerpo se inclinó hacia adelante, precipitándose al vacío. Un fuerte agarre en su brazo la detuvo en el último instante. Su mirada descendió y un escalofrío la recorrió al darse cuenta de lo que había bajo sus pies: la nada absoluta, un abismo insondable que parecía no tener fin.
—Dije que caminaras rápido, no que fueras al borde de la muerte.
—No fue mi culpa.
—Levántate, rápido.
—Sé más gentil conmigo. Todo esto es nuevo.
Cuando recuperó el equilibrio, miró hacia adelante. Frente a ellos se extendía un viejo puente de madera, frágil y retorcido, como si apenas se sostuviera gracias a la voluntad de la magia misma. No tenía barandillas, ni sogas, ni nada que ofreciera estabilidad. Solo tablones desgastados que crujían con la más mínima brisa del viento y el toque de la lluvia.
—Esto debe ser una broma.
Zareth avanzó sin pensarlo dos veces, como si caminar sobre el vacío fuera un juego de niños. En cambio, ella sentía que el terror la paralizaba. Colocó un pie en el puente. Luego otro. Avanzó temblorosa, cada paso pesando como una sentencia. Sus piernas flaqueaban hasta que, incapaz de sostenerse más tiempo de pie, se dejó caer sobre sus manos y rodillas, aferrándose con desesperación a los tablones. Su respiración se volvió errática. Miró hacia abajo… y su mundo se detuvo.
Zareth giró la cabeza después de haber sentido como el puente se movía con brusquedad. Cathanna estaba aferrada a los tablones con los ojos cerrados.
—Cathanna —dijo Zareth con un tono más serio—. Si temes al vacío, no mires hacia abajo.
—Es fácil para ti porque ya lo has hecho varias veces. Yo no estoy acostumbrada a caminar sobre puentes inestables.
—Solo cuatro veces he pasado por aquí. —Se encogió de hombros sin prestarle atención—. No es la gran forma, chica. Puedes hacerlo… Espero.
—¿No hay otra forma? Más, no sé… ¿Segura?
—No, Cathanna.
—Haz tu chasquido.
—No puedes depender de eso todo el tiempo, mujer.
—No todo el tiempo, pero hoy sí.
Él suspiró pesadamente.
—Cierra los ojos y camina lentamente. No hay prisas.
Lentamente, comenzó a gatear como un niño que apenas aprende a moverse, sintiendo cada irregularidad en la madera bajo sus manos temblorosas. El tiempo parecía haberse detenido. Solo el sonido de su respiración y el leve crujido del puente.
—Llevas casi veinte minutos ahí, Cathanna —comentó Zareth, irritado por su lentitud—. De aquí a que llegues conmigo ya pasó una semana. Muévete rápido.
—Me dijiste que no había prisa.
—Pero eso no significa que tengas que dar un paso cada cinco minutos.
—No planeo caer para obtener una muerte segura solo por apresurarme —soltó con firmeza—. Ten paciencia. Tú me trajiste aquí. No vine por voluntad. Así que te aguantas, cazador.
—¡Rápido!
—¡Hago lo mejor que puedo!
—¡No veo que hagas algo!
—¡No me grites!
Después de lo que sintió como una eternidad, llegó hasta él. Abrió los ojos. Lo primero que vio fueron los suyos, azules e imperturbables, observándola con poca paciencia.
—Ya llegué —dijo nerviosa—. Debes ir a clases de paciencia.
Zareth se agachó y tomó sus manos, ayudándola a ponerse de pie.
—Solo camina, Cathanna. —Se aseguró que su postura estuviera bien—. Mírame a mí y no tendrás problemas con lo que hay abajo.
Ella respiró hondo y fijó la mirada en él, negándose a apartarla. Juntos, comenzaron a caminar lentamente, hasta que finalmente cruzaron al otro lado. Dónde se encontraban otras rejas de acero, las cuales se abrieron con un rechinar pesado, revelando un amplio espacio de piedra juntó a árboles grandes.
Llegaron a una puerta grande que Zareth abrió con facilidad. La temperatura era cálida, acogedora en comparación con el frío del exterior. Faroles anclados en los muros de roca iluminaban todo con una luz dorada y titilante.
—Falta una hora para que inicie la “bienvenida” para los nuevos aspirantes. Todos deben congregarse en la entrada del bosque, que se encuentra detrás del castillo. Te llevaré ahí. Tal vez tengas suerte y te encuentres con alguien.
—¿Me dejarás sola? Pero, ¿y mis cosas? Si voy a estar aquí, necesito mis artículos de aseo personal. Ya sabes, jabón, ropa, mis compr…
—No te preocupes por eso —la interrumpió antes de que terminara la frase—. El castillo te proporcionará todo lo que necesites durante tu estancia. Solo concéntrate en superar la prueba… y, por favor, no termines muerta. Tus padres me matarían a mí.
—Parece que tienes muy poca fe en mí. — Se cruzó de brazos.
El lugar no tenía la extravagancia con la que estaba acostumbrada, solo paredes rústicas. Se cruzaron con varios cazadores. Hombres y mujeres de aspecto imponente, mucho mayores que ella. Sus miradas eran frías, endurecidas por incontables batallas, y sus cuerpos marcados por el rigor del entrenamiento.
Cathanna no pudo evitar sentirse pequeña, insignificante, como un insecto perdido entre gigantes.
—Zareth … —Una voz juguetona interrumpió el silencio.
Voltearon al mismo tiempo. Una mujer de cabello corto se acercaba con paso relajado, una sonrisa ladeada en su rostro, cargada de una confianza peligrosa. Cathanna la escaneó de arriba abajo, notando cada detalle con cautela, hasta que sus ojos se detuvieron en la marca de serpiente que recorría su rostro.
Solo los hijos de la Madre Serpiente llevaban aquella marca. Se decía que era una mujer de belleza indescriptible, tan irreal que ningún mortal podía sostenerle la mirada sin perder la razón. Vivía en lo más profundo del reino, oculta entre las sombras de lo desconocido, lejos de cualquier rastro humano. Sus hijas no nacían bajo un sol común, sino bajo la luna creciente que sólo ascendía cada cien años, una noche en la que las cosas más imposibles sucedían.
—Te estuve esperando en la Corte Suprema, pero nunca apareciste —dijo con fingida decepción—. ¿Dónde demonios te has metido? No entiendo por qué te estás perdiendo cada vez más.
Sus ojos se deslizaron con curiosidad hacia Cathanna.
—¿Y quién es esta muchacha?
—Tuve una misión. Me pidieron que la encontrara. Sus padres decidieron enviarla aquí —mintió sin esforzarse demasiado en seguir la versión oficial que Fallo les había dado tiempo atrás—. Es Cathanna. Será aprendiz. Bueno, espero que sea aceptada.
—¿Así que ahora eres niñero? —Su tono destilaba sarcasmo y burla—. Nunca pensé que nuestro gran líder terminaría haciendo recados para traer a una chiquilla escurridiza.
—No soy el niñero de nadie, solo sigo órdenes —replicó Zareth con sequedad—. Y hablando de eso, ¿qué haces aquí cuando deberías estar en Swellow?
—Darcie se ofreció a ir en mi lugar. La verdad no me iba a negar.
—Pero la orden fue para ti, Louie.
—¿No me digas que vas a enojarte por eso? —Ella chasqueó la lengua, divertida—. No es para tanto, líder.
—En cualquier momento te echaré de los Cazadores, Louie. A veces eres tan irresponsable con tus deberes.
—¿De verdad harías eso? —soltó una carcajada burlona—. Vamos, Zareth, ¿echarías a tu mejor amiga? Eres tan malo conmigo. Te desconozco a veces.
Él suspiró, masajeándose el puente de la nariz con evidente irritación.
—No seas idiota. Vete a la Corte Suprema. Nos veremos ahí en unos momentos.
—Creo que eso no va a ser posible. El director quiere que reciba a los aprendices que entren en Furia. Es mi turno de hacerlo.
—Pero eso será hasta dentro de unas horas.
—Lo sé, pero debo descansar. Soy humana, ¿sabes?
—Sí, claro. Humana —dijo con burla.
—Más respeto a mi humanidad. —Se cruzó de brazos —. No quiero asistir a eso. Aunque, bueno, en parte es divertido. Muchos llegan con cara de bebés asustados. Con Darcie siempre nos burlamos de los nuevos. Será mejor que dejes a esa chica en el bosque. Yo iré a dormir un rato. —Se estiró —. Chao, bella. Que te vaya super bien en la prueba.
—-Al menos alguien me da ánimos.