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JUEGO DE BRUJAS

JUEGO DE BRUJAS

Status: Terminada
Genre:Brujas / Magia / Mundo de fantasía / Fantasía épica / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: lili saon

Cathanna creció creyendo que su destino residía únicamente en convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar para los hijos que tendría con aquel hombre dispuesto a pagar una gran fortuna de oro por ella. Y, sobre todo, jamás ser como las brujas: mujeres rebeldes, descaradas e indomables, que gozaban desatarse en la impudencia dentro de una sociedad atrancada en sus pensamientos machistas, cuya única ambición era poder controlarlas y, así evitar la imperfección entre su gente.
Pero todo eso cambió cuando esas mujeres marginadas por la sociedad aparecieron delante de ella: brujas que la reclamaron como una de las suyas. Porque Cathanna D'Allessandre no era solo la hija de un importante miembro del consejo del emperador de Valtheria, también era la clave para un retorno que el imperio siempre creyó una simple leyenda.

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CAPÍTULO DOCE

055 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua

Día del Olvido, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Cathanna frunció el ceño, acomodándose en el asiento una vez más, sin decir nada. Al cabo de casi una hora, se levantó y salió de la casa, sin prestarle mucha atención a la lluvia que seguía cayendo fuerte. Necesitaba olvidar, aunque fuera por solo un segundo, que la esperaba una academia militar para molerla a entrenamiento.

Se sentó debajo de un árbol, clavando la mirada en el hermoso anillo de diamante que adornaba su mano, con las ganas de arrancarlo con dedo incluido, y lanzarlo lejos donde nadie pudiera encontrarlo jamás. Sin embargo, tenía demasiado miedo de hacerlo, a pesar de no tener los ojos juzgadores de su familia monitoreando cada acción que realizaba, porque consideraba que cualquier acto de rebeldía contra aquel matrimonio sería firmar una condena divina a su alma.

Sentía muchísimo respeto —o quizá muchísimo terror— a los dioses como para arriesgarse a obtener una maldición por parte de ellos. Los amaba a su manera, aunque nunca la hubieran tocado, aunque jamás hubiera sentido ese poder divino que, según los libros y las demás personas, debían proteger a la humanidad de todo mal. La habían abandonado, sí, pero seguían siendo los dioses, y nada en el mundo poseía poder suficiente para cambiarlo.

Aun así, estaba segura de no querer entrar en matrimonio con nadie, ni dejar su vida de lado para ser solo una mujer que servía y complacía sin soltar ni una sola queja, pero ¿qué otra opción tenía realmente? Según su madre, había nacido para casarse y darle hijos a su esposo. Su padre le repetía una y otra vez que debía ser una mujer discreta con todas las personas a su alrededor. Y ni hablar de su abuelo, que era un abusador más, que, con su poder, quería moldear el mundo a su antojo.

De pronto, una risa rompió el silencio en el que estaba encerrada, haciéndola estremecer de inmediato y mirar a todas partes. En ese momento, un aroma muy fuerte a lavanda la envolvió. Se levantó rápido, sintiendo el estómago encogerse, y las náuseas comenzaron a subirle por la garganta, obligándola a cerrar los ojos con fuerza para no ceder ante el mareo repentino.

Cuando estaba por apresurarse a la casa, un agarre helado en su brazo la detuvo de golpe. Giró la cabeza, encontrándose con unos ojos rojos que la miraban como si ya conocieran cada rincón de su alma. Dejó escapar un grito fuerte, retrocediendo con brusquedad, y empujó a la mujer con una fuerza que ni sabía que poseía. Sin embargo, no tuvo tiempo para respirar con claridad, pues de la oscuridad del bosque empezaron a surgir otras mujeres, de cabelleras tan largas que acariciaban el suelo.

—Tu sangre huele tan deliciosa —dijo una de ellas, de cabello negro que parecía fundirse con la oscuridad de la noche—. Si no fuera de ella, si no llevara la marca de nuestra Verlah, ya habría bebido hasta la última gota. Tiene demasiado poder, niña. Tenerlo dentro de mi cuerpo, definitivamente, me convertiría en una obra maestra. Un placer que haría temblar al mismísimo cielo.

—No pienso ir con ustedes asquerosas brujas —afirmó Cathanna, con la voz temblorosa—. Váyanse ya de aquí.

—Esto no es una negociación, chiquilla —habló otra bruja, la primera que había llegado, cuyo cabello blanco, se encontraba manchado de tierra—. Aquí no importa lo que quieras. Tienes que venir con nosotras. Te necesitamos. Necesitamos tu sangre.

Cathanna comenzó a negar rápido, con el pecho agitado, mientras llevaba la mano con cuidado al bolsillo en su espalda, donde había guardado la espada. No quería admitirlo, pero en ese instante agradecía la insistencia de su padre en obligarla a llevar la espada a todas partes, como una extensión más de ella. Logró tomarla entre los dedos y la sacó rápido. Cerró el puño alrededor de la empuñadura y, al instante la magia del objeto cobró vida, revelando una hoja brillante. Sin pensarlo demasiado, se lanzó hacia la bruja más cercana.

Un chillido que estremeció el ambiente salió de la boca de la mujer, cuando la espada le atravesó el costado sin ninguna compasión. Cathanna retrocedió de golpe, como si tuviera al mismísimo dios de la muerte delante de ella, listo para atacarla. Un espasmo le recorrió todo el cuerpo al bajar la mirada a su espada, encontrándosela llena de una sangre negra que parecía aceite bajo la lluvia.

—¿Sangre negra? —susurró Cathanna, pasmada.

En ese momento, una espada que Cathanna reconoció de inmediato, atravesó el cuerpo de otra bruja, volviéndola polvo en cuestión de segundos. Alzó la mirada hacia la persona que había quedado de pie, cuya mandíbula estaba marcada por la tensión y la mirada tan seria que la hizo sentir más pequeña de lo que ya se sentía.

Las demás mujeres no se quedaron inmóviles. Una de ellas se lanzó directo a Zareth, mientras la herida en el costado de la segunda la hacía agonizar con chillidos desgarradores en el suelo. En cambio, la tercera fue hacia Cathanna, quien intentó correr, pero una fuerza invisible logró levantarla del suelo y la arrojó contra un árbol, sacándole un gemido ahogado.

—Debo suponer que sabes lo hermosa que eres —susurró la bruja, caminando a ella—. También puedo suponer que aún no cumples los veinte años, ¿verdad? —Se agachó a su altura y le acarició el rostro—. Porque a los veinte años, será el momento en el que de verdad serás hermosa como nosotras. Te aseguro que serás la envidia de muchas mujeres en Valtheria, pero también será tu maldición.

—Aléjate de mí —pidió Cathanna, incapaz de apartar la vista de la bruja—. Yo no quiero ser una mujer hermosa. No quiero ser parte de ninguna maldición. ¡Quiero ser una mujer normal! —gritó, cerrando los ojos, al tiempo que sus manos se sacudían.

—Hay cosas en las que no podemos intervenir por mucho que lo queramos. —Siguió acariciando el rostro de Cathanna con suavidad, antes de que sus ojos se tornaran completamente oscuros—. Tienes que venir conmigo —susurró, sin apartar la mano, y sonrió leve cuando los ojos de la mujer bajo su tacto comenzaron a volverse de una tonalidad sombría—. Tienes que hacerlo, Cathanna. Vas a unirte a las brujas, porque solo así tumbaremos el imperio de Valtheria.

—¿Qué me estás haciendo? —preguntó Cathanna, percibiendo como su mirada, poco a poco, se iba tornando borrosa—. ¿Por qué me siento de esta manera?

—Tienes que venir conmigo.

Cathanna parpadeó con lentitud, sintiendo como su mente comenzaba a quebrarse. Pero antes de que aquella bruja siguiera tocándola con esa suavidad extraña, una espada le atravesó todo el pecho, haciendo que sus ojos se abrieran de par en par, clavados en los de Cathanna con una intensidad escalofriante antes de que una corriente de rayos la consumiera por completo.

—Estás bien, Cathanna. —No fue una pregunta, sino una afirmación, viéndola con una expresión seria—. Tenemos que salir de aquí ya. Presiento que en cualquier momento podrían aparecer más brujas como esas. Al parecer, ya pueden oler tu sangre con intensidad.

—¿A qué te refieres con oler, Zareth? —indagó, poniéndose de pie con torpeza, mientras su cabeza aún daba vueltas. Se sostuvo con ambas manos en el árbol tras de ella—. ¿Cómo pueden oler mi sangre?

—Las brujas pueden oler la sangre de todos —dijo, dándose la vuelta a la casa—. Y la tuya, por desgracia, es la más intensa de todas… porque está maldita. Solo ellas reconocen el aroma que emana de ti.

Cathanna frunció el ceño y caminó detrás de él, con un sentimiento pesado aplastándole el pecho. Aquellas palabras le golpearon el estómago con una fuerza tan intensa que le robó el aliento. Había percibido en anteriores ocasiones los olores que emanaban de las personas —algunos agradables a la nariz, y otros nauseabundos—, pero nunca se imaginó que se trataba de su sangre. No quería encontrarle sentido; ¿Cómo podían ser diferentes los olores si, al final, seguía siendo el mismo líquido que corría en las venas?

—¿Solo ellas pueden olerla?

Cathanna tragó duro, sintiendo los pies más pesados que antes. A pesar de querer aferrarse a otra explicación más razonable del porqué percibía el aroma de los humanos, una que no implicara brujas, ni maldiciones, una idea oscura se abrió paso en su mente: si podía oler la sangre, como una verdadera bruja, entonces eso, por desgracia también la convertía en una de ellas.

—Solo las brujas —respondió Zareth, sin mirarla.

«Tal vez sí soy una... bruja».

Ambos entraron en la casa. Zareth se acercó a Fallo y comenzó a hablar con él, mientras Cathanna permanecía de pie, con la mente en blanco y la respiración entrecortada. Todo lo que estaba pasando a su alrededor le parecía una horrible pesadilla de la cual no encontraba la puerta de escape, por mucho que se esforzara en buscarla.

Cuando llegó el momento de partir hacia el nuevo mundo, Cathanna tragó duro, haciendo una reverencia hacia Fallo antes de poner su mano sobre la de Zareth. En un parpadeo, todo se disolvió como humo, y de un momento a otro se encontraron frente a unas imponentes puertas de hierros, tan altas que parecían rozar el cielo.

—¿Esto es Rivernum? —preguntó Cathanna, levantando la mirada al hombre que observaba al frente.

—Ni siquiera estamos cerca del castillo —respondió él, mirándola de reojo—. Para llegar a él tendremos que cruzar varios puentes y adentrarnos en el bosque donde tendrás que esperar el tren que te llevará hacia el punto de encuentro.

—¿En cuánto tiempo llegaré?

—Depende del conductor.

Las rejas se abrieron a los lados con un chirrido ensordecedor al que Zareth ya estaba más que acostumbrado, a diferencia de Cathanna que no lo soportó y se puso las manos en la cabeza, tapando sus oídos. Al otro lado no los esperaba nadie, como ella lo había imaginado, sino que había un sendero angosto que se abría paso entre enormes árboles que se mecían gracias a la tormentosa lluvia. Se adentraron de inmediato y las puertas se cerraron detrás de ellos.

Con cada paso que daba, Cathanna sentía que el aire se volvía más pesado, como si ese sendero quisiera tragárselos por haber interrumpido su dormir. Sus piernas empezaron a flaquear por el cansancio y el dolor que su cuerpo padecía con intensidad. Abrió la boca para tragar aire, ya que sabía que detenerse no era una opción.

Cathanna apenas tuvo tiempo para reaccionar cuando su cuerpo se inclinó hacia delante, precipitándose al vacío que parecía una boca hambrienta, esperando por su carne fresca. Pero gracias al fuerte agarre de Zareth en su brazo, no logró llegar muy lejos. Descendió la mirada y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Luego miró a Zareth, con un rostro inexpresivo y tragó demasiado duró.

Al recuperar el equilibrio, miró hacia delante, donde se extendía un puente viejo de madera que se sostenía únicamente gracias a la magia. No poseía barandas, ni sogas, ni nada que le proporcionara estabilidad. Solo tablones desgastados que crujían con la más mínima brisa del viento y el toque de la lluvia.

—Esto debe ser una maldita broma —dijo Cathanna, rodando los ojos, al tiempo que su boca dejaba escapar un suspiro dramático de cansancio—. ¿De verdad tenemos que pasar por esta cosa que en cualquier momento terminará cayendo? ¿Es en serio, Zareth?

Zareth no respondió, ni siquiera la miró. Avanzó sin tener ningún cuidado, como si caminar en ese puente se tratara de un juego de niños que ya dominaba a la perfección. En cambio, Cathanna tenía un remolino de emociones en su estómago. Cerró los ojos, respirando con fuerza, poniendo un pie sobre un tablón del puente, después puso otro y comenzó a caminar con cuidado.

—Voy a caer —susurró Cathanna, sintiendo sus piernas debilitarse más de lo que ya estaban. Después solo se desplomó, enterrando los dedos en el tablón, buscando seguridad y estabilidad—. ¡Cazador! —gritó, mientras el puente crujía bajo su cuerpo.

Miró hacia abajo, y el mundo se detuvo de golpe. Del abismo, surgió una llamarada de fuego que se dividió a cada lado del puente. Segundos después, un oscuro barco enorme emergió de las llamas, lleno de esqueletos que soltaban carcajadas, al tiempo que unos apartaban las cabezas de su cuerpo, pasando al costado derecho del puente, y en un parpadeo se desvanecieron en el bosque.

—¿Qué son esas cosas? —tartamudeó Cathanna.

—Siempre han estado aquí. Ni siquiera tienen un nombre —dijo Zareth con un tono más serio, deteniendo su caminar. Giró la cabeza a ella—. Cathanna, si temes al vacío, no lo mires.

—Es fácil para ti decirlo porque ya lo has hecho varias veces —chilló Cathanna—. Yo no estoy acostumbrada a caminar sobre puentes inestables. ¿No hay otra forma? Más, no sé... ¿Segura? —Bajó la mirada, encontrándose con el vacío debajo del puente.

—No, Cathanna.

—Haz tu chasquido.

—Cierra los ojos y camina lentamente. No pienses que hay monstruos detrás de ti que se acercan de manera lenta para robarse tu inocente alma. —Se cruzó de brazos—. Piensa en unicornios y esas idioteces. Sin prisas.

—Eso no me ayuda en nada. —Lentamente, comenzó a gatear como un niño que apenas aprendía a moverse, sintiendo cada irregularidad en la madera bajo sus manos—. Si cambias de opinión, puedes acercarte a mí y llevarme con tu chasquido fuera de este puente.

—No lo haré, mujer.

—No sabes cuánto te estoy odiando.

—Me importa una mierda tu odio hacia mí.

Cathanna soltó todo el aire acumulado en sus pulmones y siguió gateando, con los ojos cerrados.

—Llevas demasiado tiempo ahí, D’Allessandre —dijo Zareth, lleno de irritación—. Para cuando llegues conmigo habrá pasado toda una eternidad. Muévete rápido.

—Me dijiste que no había prisa.

—Pero eso no significa que tengas que dar un paso cada cinco minutos —le expuso entre dientes.

—No planeo caer y morirme solo por apresurarme. Ten paciencia. Tú me trajiste aquí. No vine porque quise.

—¡Rápido!

—¡Hago lo mejor que puedo! —gritó, mientras sus dedos se aferraban al puente que crujía con cada ráfaga de aire—. ¡Es la primera vez que cruzo uno de estos, en caso de que tu cerebro de militar no lo haya procesado! ¡Deja de estar apurándome!

—¡No veo que hagas algo!

—¡No me grites!

—¡Carajo, Cathanna, mueve ese culo aquí rápido!

—¡No me presiones o te juro que cuando llegue contigo te rompo la cabeza! ¡Cálmate!

—Entonces apúrate. Las Hersulas ya viene.

—¿Y qué carajo son esas cosas?

—Mujeres, mitad humanos, mitad serpientes. Y no querrás encontrarte con ellas.

Después de lo que pareció una eternidad para ambos, Cathanna finalmente llegó hasta él y abrió los ojos despacio, encontrándose con los suyos fijos en ella, llenos de enojo. Esos ojos eran demasiado hermosos, y ella no lo negaba; aun así, pensaba que era una tragedia que alguien como él tuviera el honor de portarlos.

—Vamos, de pie, brujilla. —La ayudó a reincorporarse.

—Debes ir a clases de paciencia, te hace mucha falta.

—Solo camina.

Cathanna respiró hondo, obligando a sus piernas a moverse tras de él, convencida de que lograría cruzarlo. Pero justo cuando creyó estar a salvo, el puente se sacudió de una manera brutal, y en cuestión de segundos, el suelo desapareció bajo sus pies. Al sentir el aire golpear su espalda, estiró las manos hacia Zareth, pidiendo ayuda.

Zareth se quedó paralizado, sintiendo su pecho detenerse de golpe, hasta que logró lanzarse hacia ella, dejando escapar un grito fuerte en un idioma que Cathanna no supo reconocer, pero tampoco pudo pensarlo demasiado; su caída terminó bruscamente sobre el lomo escamoso de una bestia que se alzó en picada hacia el cielo. Al abrir los párpados, se encontró con Zareth, con la cabeza cubierta por un casco oscuro de protección; del visor salía una franja azul que brillaba como los rayos dentro de sus ojos.

Los dragones no eran criaturas dispuestas a ser serviciales con los humanos que no fueran sus compañeros, mucho menos a salvarlos de una muerte segura. Sin embargo, ahí estaba ella, sobre el lomo de uno, mientras Zareth la sujetaba con fuerza para no dejarla caer. Aunque lo deseara, no podía apartar la mirada de él, quizás por agradecimiento o tal vez porque estaba aterrada de estar encima de un dragón envuelto en rayos enormes capaces de evaporar a muchos.

Quiso acomodarse, porque la posición en la que se encontraba le resultaba muy incómoda, pero moverse no era una opción viable, ya que la velocidad con la que el dragón se movía en el aire podría destruirle la cabeza en un segundo. Se aferró con ambas manos al brazo con el que Zareth la sostenía. El contacto con otras personas era algo que repudiaba, aun asi, no importaba en ese momento, cuando su corazón parecía loco por romperle el pecho y salir corriendo.

El dragón no tardó en aterrizar, derribando varios árboles y ahuyentando a los pájaros a su alrededor. Cuando los pies de Cathanna tocaron tierra firme, dobló su cuerpo, formando una reverencia profunda hacia Zareth, aun con sus músculos temblando. El gran dragón detrás de ellos giró la cabeza hacia un lado y desapareció de la misma manera en que había aparecido, ocultándose en la marca en forma de rayo que atravesaba el pecho de Zareth.

—Gracias por haberme salvado —dijo Cathanna, sin levantar la cabeza—, aunque es lo mínimo que pudiste hacer, considerando que fuiste tu quien puso mi vida en peligro al traerme a este lugar.

Zareth solo asintió y siguió caminando hasta adentrarse entre los grandes arbustos que seguían de pie, sin mostrar demasiado interés, aunque todavía sentía el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. La impresión que sintió al verla caer de esa manera no era por ella en sí, sino porque esa hermosa mujer era su responsabilidad, y aunque odiara tenerla cerca, no podía permitir que muriera.

—Ten muy presente Cathanna, que no viniste a este lugar a conseguir novio o novia, mucho menos a tener sexo desenfrenado con los estudiantes —comenzó Zareth, arrancando las ramas que se interponían en su camino—. Ten mucho cuidado con eso si no quieres cargar con un hijo todavía. Eres muy joven para arruinarte la vida.

—Suenas tan ordinario diciéndome eso —dijo Cathanna, cubriendo su rostro con los brazos, evitando que las ramas que soportaban las manos de Zareth, le hicieran algún rasguño—. ¿Crees que vine aquí a tener relaciones sexuales con alguien? Ni siquiera quiero estar aquí. Me estás obligando, por si no lo recuerdas.

—Con los adolescentes nunca se sabe. Son criaturas impredecibles… y hormonales. —Tomó una gran rama entre sus manos, la alzó y le hizo una señal a Cathanna para que cruzara.

—De hecho, tengo diecinueve —dijo, agachándose para cruzar entre la rama llena de espinas—. En Nisyla cumpliré veinte. Pensé que, siendo mi protector, al menos conocerías mi edad.

Zareth chasqueó la lengua, sin agregar nada más, y siguió caminando, con Cathanna detrás, quien se apuró hasta quedar cerca de él. Durante todo el trayecto, no se dirigieron ninguna palabra, mucho menos se miraron, hasta que se detuvieron en un claro rodeado de árboles y arbustos que se movían con la lluvia. Zareth se giró hacia ella, mientras Cathanna lo observaba con desconcierto.

—Quédate aquí hasta que el tren venga —dijo Zareth, con el rostro inexpresivo, apartando ramas y hojas del uniforme de Cathanna y de su cabello arruinado por la lluvia—. No te unas a alianzas baratas con nadie. Terminarás con una daga enterrada en la espalda. Las personas que vienen a Rivernum solo quieren salvar su propio pellejo.

Zareth llevó la mano a su muñeca y se quitó uno de los brazaletes que siempre llevaba consigo: uno gris, casi transparente, con pequeñas piedras colgando a su alrededor. Tras observarlo unos segundos, lo cerró bruscamente en la muñeca de Cathanna y lo ocultó bajo la manga de su chaqueta. Cathanna lo miró al instante, confundida. Bajó la mirada a su brazo, sintiendo la presión del metal.

—¿Qué es eso? —examinó Cathanna, viéndolo a él.

—Te ayudará en la prueba. No lo pierdas. Es solo un préstamo. —Tensó la mandíbula—. Entonces, D’Allessandre, que nuestros dioses estén contigo en cada momento. No te asustes por lo que veas o escuches y, sobre todo, nunca menciones tu verdadero nombre. —Le dio un apretón en el hombro—. Corre tan rápido como puedas cuando sientas que tu cuerpo no da más. No fuerces nada. Sobrevive.

—Yo no… yo no sé correr.

Zareth soltó una risa baja.

—Deberás intentarlo.

—Espera, no te vayas aún. —Lo tomó del brazo, con manos temblorosas—. Si voy a estar en este lugar, necesito mis cosas: mi ropa, mis cremas, mis perfumes, las compresas sanitarias. ¿Si llega mi ciclo menstrual, qué haré? —habló tan rápido que Zareth apenas la entendió—. Y mi cepillo de dientes, no quiero estar con mal aliento todos los días. ¿Qué pensarán de mí? Además, dinero… debes decirles a mis padres que me envíen mucho.

—¿Eso es lo único que te preocupa?

—Son cosas esenciales para una mujer. —Abultó los labios, nerviosa—. ¿Por qué los hombres no pueden entender algo tan básico? La piel se reseca mucho sin cremas. No quiero eso.

—Buena suerte, D’Allessandre.

En cuanto vio a Zareth desaparecer tras chasquear los dedos, su corazón se comprimió instantáneamente. Después de varios segundos donde su mente estaba en blanco, cayó al suelo de golpe, apoyando la mano en el pecho junto a una mala respiración. No quería ponerse a llorar, pero eso solo ocasionó que su cabeza doliera.

—Esta mañana yo me levanté —susurró, mordiéndose el labio con fuerza—. Y yo no sabía que me pedirían matrimonio frente a tantas personas que solo me miraban como la revelación del año. Tampoco sabía que las brujas vendrían por mí. —Alzó la vista al cielo, justo cuando la lluvia se intensificó—. No imaginé que todo se rompería tan rápido, sin siquiera darme tiempo a reaccionar.

Apoyó la cabeza en la húmeda tierra, cerrando los ojos con fuerza mientras el dolor en su pecho se intensificaba, robándole leves suspiros. Después de unos segundos, unió sus manos temblorosas y mojadas por la lluvia contra sus labios. Su cuerpo poseía demasiado miedo, y no trataba de ocultarlo. ¿De qué le serviría hacerse la valiente en ese momento, cuando sentía que se estaba haciendo polvo? Inhaló, tratando de calmarse.

—He sido buena hija. Buena hermana. Buena mujer —dijo contra sus manos unidas—. ¿Acaso no es suficiente para tener la protección de los dioses? ¿Qué más tengo que darles para que me vean a mí también? ¿Por qué me están dejando sola?

Asimismo, Zareth frunció el ceño, siguiendo a Vermon, que caminaba apresurado por el pasillo al lado de su esposa. El castillo había sufrido varios ataques por parte de las brujas, lo que había reducido una de las torres más altas a cenizas. Por suerte, no pasó a mayores, pero el desconcierto reinaba entre los invitados. Aun así, Vermon no ofreció explicaciones a nadie. Empujó la puerta y los tres entraron; justo en ese momento, una cuarta persona ingresó en la oficina: un hombre que Zareth reconoció al instante.

—¿Qué sucedió con Cathanna? —preguntó Vermon, antes de que Orpheus abriera la boca—. ¿Dónde se encuentra mi hija?

Zareth aclaró la garganta.

—Se encuentra en Rivernum, a pocas horas de enfrentarse a la prueba de ingreso. —Recorrió con la mirada a todos, quienes lo miraron con desconcierto y horror—. Sé muy bien que es una idea muy extremista, pero no hay más opciones. Las brujas no dejarán tranquila a D’Allessandre hasta que ya no sea necesaria. Las barreras de Rivernum son fuertes; las brujas no podrán atravesarlas.

—¿¡Llevaste a mi hija a una academia militar!? —exclamó Anne, dando un paso adelante. Se llevó la mano a la frente, con la respiración agitada—. ¿¡Pero qué te pasaba por la cabeza al tomar esa decisión!? Cathanna no sabe absolutamente nada de ese mundo, mucho menos sabe defenderse como tú o cualquiera que quiera entrar ahí; apenas sabe usar una espada mediamente bien. —Su brazo fue detenido por su esposo antes de que pudiera avanzar más—. Cathanna fue educada para ser una mujer delicada, no para ponerse a luchar como un hombre. ¡La llevaste a su muerte!

Zareth pasó la lengua por sus dientes, tratando de mantenerse calmado. Desde que empezó a seguir a Cathanna, como un perro faldero, había notado que poseía una lengua muy afilada, que contrastaba con la delicadeza con la que se movía siempre. No poseía la mentalidad, ni el cuerpo, ni la fuerza, ni nada necesario para ser una guerrera. Sin embargo, eso a él no le importaba. Consideraba que su entrenamiento con el aire era excepcional, a pesar de ser solo una adepto, y eso era una ventaja grande.

—Debemos buscar otra solución —intervino Orpheus, mirando a Zareth con desprecio. A pesar de conocerse desde hace años por sus padres, que eran grandes amigos, nunca se habían llevado bien del todo—. Una donde ella pueda estar a mi lado. No quiero una prometida encerrada en unas montañas, lejos de todo.

—Es la única solución viable. No se trata solo de lo que ustedes quieren o necesiten; estamos hablando de Valtheria. —Su voz se volvió fría—. Esa mujer debe mantenerse lejos de las brujas, y si Rivernum le ofrece esa seguridad, más les vale aceptarlo. —Se recostó en la pared, cruzando los brazos en su pecho—. Tiene una nueva identidad: un nombre, una historia, una nueva apariencia; aunque no tuvo un cambio extremadamente notorio. Sigue siendo ella.

—Cathanna no sirve para pelear —dijo Vermon, con la mandíbula tensa, mientras dirigía la mirada a la puerta por donde entraba Calen—. Es una mujer muy débil, Zareth. Puede que sea inteligente, pero eso no le servirá de mucho cuando tenga que enfrentarse a alguien. No la tratarán como ella está acostumbrada. Sin embargo, te daré mi confianza. Solo prométeme que la protegerás de todos esos animales salvajes que intenten hacerle algún daño.

—¿No te das cuenta del peligro de esto, Vermon? —Anne negó con la cabeza, incrédula—. No podemos permitir esa locura.

—¿Qué otra idea tienes tú, mujer? —preguntó Vermon con tono duro—. ¿Acaso tu cabeza no puede procesar la información? Solo necesitamos que Cathanna esté fuera del radar por unos meses.

—Pero dejarla en Rivernum…

—¡Cierra la maldita boca, Annelisa! —vociferó Vermon.

—Increíble —susurró Zareth, bajando la mirada.

—Entonces… ¿Cathanna será recluta? —curioseó Calen, y Zareth asintió—. Bueno, no esperaba eso. Veremos a donde llega.

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Rubí Jane
aqui hay amooie😫
Rubí Jane
vea a este animal 🦍
Rubí Jane
pero cathanna
Rubí Jane
no es tú culpa
Rubí Jane
perro desgraciado
Rubí Jane
no lo eres. nunca 😭
Rubí Jane
hijo de tú madre 😫
Rubí Jane
😫😫😫😫 te entiendo mana
Rubí Jane
las mujeres no nacimos para parir 😭
Rubí Jane
eso mami, calla a esas mujeres
Rubí Jane
anne cállate mil años
Rubí Jane
exactamente reina👏
Rubí Jane
me encantan las protagonistas altas 🤭
Rubí Jane
amooi
Rubí Jane
ojala te caiga fuego en la cabeza, desgraciada
Sandra Ocampo
quiero el final
Sandra Ocampo
q paso sé supone q está completa ,tan buena q está
Erika García
Es interesante /Proud/
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