Todo lo que hace una mamá por el bien de su hijo.
Anastasia una joven mamá que se verá obligada a tomar una drástica desicion para salvar la vida de su hijo.
Podrá Anastasia salvar asu hijo y también encontrar el amor verdadero.
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Una oportunidad
Al entrar en la casa, Anastasia decidió subir directamente a su habitación para evitar el encuentro con su marido, consciente de que su desobediencia le costaría caro. Sin embargo, a mitad de la escalera, la voz de Antonio retumbó con tal fuerza que hasta el guardia del portón debió escucharla.
—¡¿TE ES MUY DIFÍCIL CUMPLIR UNA MALDITA ORDEN?! ¡¿ACASO NO TIENES CLARO QUIÉN ERES EN ESTA CASA?! —gritó él fuera de sí, furioso al no encontrar a su esposa esperándolo.
—¡TE DIJE QUE ME RECIBIERAS! ¡ME ENTERO DE QUE PASASTE TODO EL DÍA FUERA! —continuó vociferando—. ¡SI TE DIGO QUE ESPERES, LO HACES, AUNQUE TENGAS QUE QUEDARTE TODO EL MALDITO DÍA FRENTE A LA PUERTA!
Anastasia, que permanecía inmóvil en la escalera, apretó los puños, conteniendo el aliento. Pero ante la última exigencia, el consejo de Juan brotó en ella. En un pestañeo, bajó los escalones y se plantó frente a él, con la respiración agitada y el cuerpo temblando de rabia.
—¡NO SOY UN PERRO PARA ESPERARTE EN LA PUERTA MOVIENDO LA COLA! —exclamó, enfrentándolo con una determinación que dejó a Antonio atónito.
—No soy tu prisionera para estar encerrada —continuó ella, bajando el tono, pero manteniendo la firmeza—. Te llenas la boca llamándome esposa y me fastidias con lo que debo hacer; pues bien, desde ahora, vas a respetarme como tal.
—Más te vale medir tus palabras, chiquilla, estás agotando mi paciencia —amenazó Antonio, también agitado.
—El que la agotó fuiste tú. Y no me vengas con el cuento de que me compraste; nadie te obligó a hacerlo. Firmé un contrato y lo cumpliré: pediré tu café y haré mi deber de esposa, pero todo será a mi manera. ¡Déjame en paz, estoy harta de que me manejes como a un títere!
Dicho esto, dio media vuelta y subió rápidamente. Antonio, incapaz de aceptar que aquel "pequeño demonio" lo dejara con la palabra en la boca, la siguió hasta la puerta de su alcoba, la cual ella le cerró en la cara. Furioso, él le dio una patada, se retiró bajando las escaleras mientras se arrancaba la corbata y gritó a la empleada:
—¡LETICIA, ¿DÓNDE ESTÁ MI MALDITO CAFÉ?!
Cuando la mujer se acercó, encontró la sala hecha un desastre: todo lo rompible estaba destrozado, incluso el televisor de 41 pulgadas. Le entregó el café a Antonio, quien se había desplomado en el único sillón intacto.
Mientras tanto, Anastasia se refugió en el baño para asimilar lo ocurrido. ¿Realmente había enfrentado a su marido? El consejo de Juan había sido su mejor arma. Más tarde, recostada en su cama mientras intentaba ver una serie, su teléfono sonó. Era un número desconocido.
—¿Hola? ¿Quién habla? —preguntó.
—Hola, querida Anastasia, soy Mercedes —dijo la voz chillona, provocando un gesto de fastidio en la joven.
—¿Qué quieres, Mercedes? —respondió sin rodeos.
—Fui a buscarte y me dijeron que te mudaste —dijo la señora, ignorando el tono de la joven.
—Así es. Dime, ¿por qué me buscas?
—Tengo un mensaje para ti de parte de mi sobrino.
—¿Qué mensaje? —preguntó Ana, sorprendida.
—Que dentro de 30 días estará aquí en Paraguay.
La llamada se cortó abruptamente. Anastasia, con el corazón acelerado, comenzó a caminar de un lado a otro. ¿Óscar regresaría? Aquello era una oportunidad inesperada, un rayo de esperanza que brillaba en medio de su tormentosa