UNA LECTORA MUERE ODIANDO UNA HISTORIA.... SOLA PARA DESPERTAR DENTRO DE ELLA.
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CAPITULO 12
A la mañana siguiente, desperté antes del amanecer.
Por un momento, me quedé mirando el techo, intentando recordar dónde estaba. Después de todo, había pasado la noche en la mansión de Clara y, aunque la habitación era preciosa, todavía no me acostumbraba a despertar en lugares que no eran mi propia casa.
Me incorporé y me froté los ojos.
El sueño del bosque volvió a mi mente.
Las flores extrañas, el lago, el monumento de piedra y aquellas risas infantiles que parecían llamarme…
Suspiré.
Definitivamente, mi subconsciente necesitaba encontrar otro pasatiempo.
Me levanté, me puse una bata sobre el camisón y salí de la habitación.
Era demasiado temprano. Los pasillos estaban casi vacíos y la mansión permanecía en silencio. Como no tenía ganas de volver a la cama, decidí dar un paseo por el jardín.
El aire fresco me recibió apenas salí al exterior.
El cielo comenzaba a aclararse y las gotas de rocío brillaban sobre las flores. Caminé tranquilamente por los senderos, disfrutando de la paz de aquella mañana.
Hasta que escuché un ruido.
Un golpe seco.
Después otro.
Fruncí el ceño y seguí el sonido, curiosa.
Y entonces lo vi.
Alan.
Por supuesto.
Porque, aparentemente, el universo había decidido que mi tranquilidad era un lujo que no merecía disfrutar.
Estaba entrenando en una zona despejada del jardín. Llevaba ropa cómoda, ajustada a su cuerpo, y sostenía una espada de práctica mientras ejecutaba movimientos precisos.
Me detuve detrás de unos arbustos.
Solo iba a mirar un momento.
Un momento.
No había absolutamente nada malo en observar a alguien entrenando, ¿verdad?
Además, era importante conocer las capacidades físicas de las personas que podían convertirse en tus enemigos.
Sí.
Eso era.
Investigación estratégica.
No tenía nada que ver con que aquel hombre fuera tan condenadamente guapo.
Lo observé ejecutar otro movimiento. Sus brazos se tensaron al levantar la espada y el cabello oscuro cayó ligeramente sobre su frente.
Tragué saliva.
Maldita sea.
¿Era legal tener semejante cuerpo?
¿Acaso los dioses se habían tomado demasiado en serio su trabajo cuando lo crearon?
Me incliné un poco para verlo mejor.
Y, justo entonces, Alan se detuvo.
Mi corazón dio un salto.
No podía ser.
Él giró lentamente la cabeza hacia los arbustos.
—¿Quién está ahí?
Me quedé inmóvil.
Quizá no me había visto.
Quizá pensaba que era un gato.
Quizá…
—Puedes salir, Isabel.
Cerré los ojos.
Maldito villano.
Maldito hombre con sentidos demasiado desarrollados.
Y maldita mi curiosidad.
Me incorporé lentamente y salí de mi escondite con la expresión más inocente que pude conseguir.
—¡Qué casualidad encontrarte aquí!
Alan dejó la espada a un lado.
Una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.
—¿Casualidad?
—Exactamente.
—¿En el jardín, antes del amanecer?
—Me gusta la naturaleza.
Miró los arbustos detrás de los que acababa de esconderme.
Después volvió a mirarme.
—¿Y también te gusta esconderte entre las plantas?
—Estoy comprobando si están bien cuidadas.
Alan soltó una carcajada.
Una carcajada auténtica.
El muy desgraciado se estaba divirtiendo a mi costa.
—Por supuesto, mi candelita. No esperaba menos de ti.
Apreté los labios.
—¿Podrías dejar de llamarme así?
—No.
—¿Por qué?
—Porque te enojas cada vez que lo hago.
—¡Eso no es una razón!
—Para mí, es una excelente razón.
Lo miré con ganas de lanzarle una maceta.
Alan se acercó, todavía sonriendo.
Y yo, que unos segundos antes había estado contemplando sus músculos como una investigadora profesional, recordé de golpe que aquel hombre era el mismo con el que había pasado una noche bastante comprometedora.
Retrocedí un paso.
Él lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—¿Ahora también vas a huir de mí?
—No estoy huyendo.
Retrocedí otro paso.
Alan alzó una ceja.
—Claro que no.
—Solo tengo cosas que hacer.
—¿Como comprobar el estado de las flores?
Lo fulminé con la mirada.
—Te odio.
—Eso ya me lo has dicho.
—Pues te lo repetiré hasta que lo entiendas.
—Entonces tendré que seguir escuchándote.
Se acercó un poco más.
Mi cerebro comenzó a enviar señales de alarma.
¡Peligro!
¡Peligro inminente!
¡Aléjese del villano antes de que vuelva a cometer una estupidez!
Pero mis pies parecían haberse olvidado de cómo funcionaba caminar.
Alan inclinó ligeramente la cabeza para mirarme a los ojos.
—¿Vas a seguir fingiendo que no pasó nada aquella noche?
Sentí que la cara me ardía.
—¡No estoy fingiendo nada!
—¿Ah, no?
—¡No!
—Entonces mírame y dime que no has pensado en mí desde entonces.
Abrí la boca.
La cerré.
Volví a abrirla.
No salió ni una sola palabra.
Alan sonrió triunfante.
¡Maldito manipulador!
—Eso pensaba, mi candelita.
—¡No te emociones! ¡Solo estoy intentando encontrar una explicación para mi pésimo criterio!
Él soltó otra carcajada.
Y antes de que pudiera preparar una respuesta todavía más humillante, me tomó suavemente de la mano y me acercó a él.
Levanté la mirada.
Error.
Gravísimo error.
Estaba demasiado cerca.
Podía distinguir cada detalle de su rostro y aquella sonrisa que parecía diseñada específicamente para arruinarme la vida.
—Alan…
—¿Sí?
—Suéltame.
—¿Quieres que lo haga?
Asentí con firmeza.
Él no se movió.
—Dímelo mirándome a los ojos.
Lo miré.
Y entonces el muy descarado se inclinó y me besó.
Fue un beso breve, pero suficiente para dejarme sin palabras.
Cuando se apartó, yo seguía intentando recordar cómo se respiraba.
Alan sonrió.
—Buenos días, mi candelita.
Me quedé mirándolo, indignada y completamente desconcertada.
—¡Eres un tramposo!
—Y tú eres muy fácil de distraer.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
Le di un empujoncito en el pecho y aproveché su sorpresa para escapar.
Esta vez no pensaba quedarme ni un segundo más.
—¡Adiós, Alan!
Escuché su risa detrás de mí.
—¡Nos vemos pronto!
—¡Eso es precisamente lo que espero evitar!
Corrí hasta la mansión con el corazón acelerado y las mejillas ardiendo.
Cuando finalmente llegué a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé contra ella.
Respiré profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Después me cubrí el rostro con las manos.
¿Qué demonios me pasaba?
Tenía una historia que investigar, un misterio que resolver y unos sueños cada vez más extraños.
No necesitaba distraerme con Alan.
Mucho menos con sus besos.
Me arreglé lo mejor que pude y fui a despedirme de Clara. Mi amiga insistió en que regresara pronto, completamente ajena a la batalla que acababa de librar en el jardín.
La abracé, prometí visitarla y finalmente regresé a casa.
Durante el camino, miré por la ventana del carruaje.
Tenía que mantener la cabeza fría.
Alan era peligroso.
No solo porque fuera el villano de la novela, sino porque tenía una habilidad extraordinaria para hacerme olvidar todas mis buenas intenciones.
Y yo no podía permitirme perder la razón por un hombre.
Por muy guapo que fuera.
Por muy bien que besara.
Por muy…
Me tapé la cara con ambas manos.
—¡Basta, Isabel!
El cochero me miró brevemente a través de la ventanilla.
Yo fingí que no había pasado nada.
A partir de ese día, tomaría una decisión definitiva.
Me mantendría alejada de Alan.
Costara lo que costara.
Aunque, por alguna razón, mientras el carruaje se acercaba a mi casa, tuve la horrible sensación de que aquel maldito villano no pensaba ponérmelo nada fácil.