Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capitulo 12: Sombra de hospital
Dante Cross.
Los días encerrado en esta maldita habitación de hospital me tenían mentalmente hastiado, físicamente cansado y al borde de la desesperación absoluta. Sin embargo, lo único que lograba mantener mi cordura a flote en medio de tanto olor a antiséptico era tenerla a ella allí, a mi lado. Victoria no se había despegado de mí ni un solo instante desde el día del incidente; se bañaba en el pequeño baño de la habitación, dormía acurrucada en el incómodo sofá cama y se desvivía por cuidarme con una devoción que me conmovía el alma.
Amaba tenerla aquí conmigo, de esta manera, siendo mía y solo mía. Aunque, de vez en cuando, me torturaba verla tan absorta frente a la pantalla de su tableta, con el ceño delicadamente fruncido. A pesar de haber solicitado formalmente unos días de permiso en la base, su mente seguía atrapada en el deber... revisaba informes tácticos que le exigía su capitán, Kincaid, y desmenuzaba cada documento disponible sobre esa maldita misión internacional que mi instinto me advertía que terminaría separándonos de la peor manera posible.
Una voz en el fondo de mi cabeza, terca y persistente, me repetía que mi único problema no iba a ser mi hermano Alec. Sabía perfectamente que Alec no era el único idiota con la suficiente osadía para intentar meterse en su cabeza o disputarme su atención. Pero cada vez que ella me miraba a los ojos, me sonreía con esa dulzura inquebrantable y me repetía que yo era su futuro, que me amaba con locura, todas mis inseguridades se disipaban temporalmente. Mi hermano había aparecido en nuestras vidas y ella seguía firme a mi lado, eligiéndome a mí. Solo esperaba que las cosas siguieran así, que Alec mantuviera la distancia y recordara que compartíamos la misma sangre, y que Victoria era mi novia, mi mujer y mi porvenir.
—Deberíamos hacer las maletas en cuanto me den el alta y largarnos de vacaciones bien lejos, tú y yo solos —le dije de repente, rompiendo el silencio mientras la observaba teclear con agilidad.
Victoria levantó la vista de la pantalla, ladeó ligeramente la cabeza y me regaló una sonrisa suave, divertida por mi insistencia.
—¿De verdad? A ver, ilumíname, mi querido Capitán... ¿A qué rincón del mundo me quiere llevar el héroe convaleciente esta vez? —preguntó con un tono de voz juguetón que me aceleró el pulso.
—Yo la llevaría hasta el fin del mundo y más allá, Teniente, si usted me lo pide y me acompaña de la mano —le respondí con total sinceridad, mirándola con devoción.
Ella suspiró con ternura, dejó la tableta a un lado del sofá, se puso de pie con esa elegancia felina que la caracterizaba y caminó hasta la camilla. Se inclinó sobre mí para besar mis labios con lentitud, mientras rodeaba mi cuello con sus delgados brazos. Yo no perdí el tiempo... alcé las manos con cuidado para sujetarle la cintura, pegándola con más fuerza a mi cuerpo, saboreando el momento... hasta que la puerta de la habitación se abrió de golpe sin previo aviso.
—¡Oh, por Dios! Lo siento muchísimo, chicos... no quise interrumpir... —se disculpó mi madre, con una risita suave y avergonzada mientras se quedaba congelada en el umbral.
Victoria se apartó de inmediato, con las mejillas ligeramente encendidas, y se alisó la ropa con calma antes de volverse hacia ella para saludarla con respeto.
—No se preocupe, señora Cross, no estábamos haciendo nada malo —respondió Vicky con esa serenidad imperturbable que la salvaba de cualquier apuro.
—De verdad, disculpen la intromisión, no quise incomodarlos —insistió mi madre, avanzando hacia el interior con varias bolsas de comida en las manos.
Victoria asintió con una media sonrisa, dio media vuelta y regresó al sofá, retomando su lugar junto a la tableta para volverse a sumergir de inmediato en sus pendientes laborales, como si la pausa romántica jamás hubiera ocurrido. Mi madre se acercó a la cama, arrimó la mesita auxiliar y comenzó a sacar los recipientes con la comida caliente que nos había traído desde casa. Mientras tanto, yo no podía apartar los ojos de mi novia.... la not3 tensa de repente. Tenía el ceño fruncido con una profundidad alarmante, la vista clavada en el aparato digital, y un dedo presionado con fuerza contra su sien, como si intentara contener una jaqueca fulminante. Pasó una mano con desesperación por su cabello suelto y exhaló un suspiro pesado que me encendió todas las alertas.
—¿Ocurre algo malo, cariño? ¿Te sientes bien? —le pregunté de inmediato, incorporándome un poco sobre los codos.
Victoria parpadeó un par de veces, sacudió la cabeza para centrarse y levantó la mirada hacia mí, con una sombra de genuina preocupación cruzando sus ojos verdes.
—Sí, todo bien... o bueno, más o menos —respondió con una seriedad que no me gustó nada —estaba revisando las últimas actualizaciones de inteligencia... Resulta que Marco Moretti no es el verdadero epicentro del problema en esta misión. Hay alguien mucho más pesado operando desde arriba.
Fruncí el ceño, sintiendo un escalofrío helado recorrer mi columna vertebral.
—¿Ah, no? ¿De quién hablas?
—No, Dante —respondió con un tono cortante y profesional, el mismo que usaba en el campo de operaciones —la amenaza real es italiana, y está en un nivel completamente superior... Se trata de Salvatore Varone.
Al escuchar ese nombre en su boca, una extraña y pesada sensación de pánico se instaló en mi pecho. Fue como si un presagio oscuro me advirtiera que todo este castillo de naipes estaba a punto de venirse abajo, y el miedo visceral a perderla volvió a estallar dentro de mí con el doble de fuerza.
—Ese tipo... es extremadamente peligroso, ¿verdad? Lo noto solo por la expresión con la que me lo dices —le reproché, con la mandíbula tensa.
—Lo es. Es intocable, sin su autorización directa, en esa zona no se mueve una sola hoja —explicó Victoria con frialdad analítica, tomando su teléfono celular con decisión de la mesita —por lo que veo en los informes, la única vía viable para llegar a él es infiltrarnos directamente bajo la cobertura de Moretti... Necesito notificarle esto a Kincaid de inmediato.
La vi deslizar los dedos por la pantalla de su teléfono con rapidez, tecleando un mensaje cifrado, antes de dejarse caer hacia atrás contra el respaldo del sofá, cerrando los ojos por un segundo para soltar un suspiro cargado de un cansancio infinito.
—Voy a bajar un momento a la cafetería del hospital por un café bien cargado, ya no me da la cabeza, Dante. Vuelvo en unos minutos —anunció de repente, poniéndose de pie con agilidad. Se acercó a la camilla, me regaló un beso rápido en los labios y murmuró —te amo, Dante... Cuídate.
La vi alejarse con paso firme por el pasillo de la clínica. En ese preciso instante, un nudo áspero y asfixiante se me formó en la garganta. Me percate de un detalle que me hizo dudar, se había llevado su bolso y su teléfono personal, dejando únicamente la tableta apagada sobre el sofá.
Pasaron los minutos. Diez, veinte, treinta... y Victoria no regresaba. Al cumplirse exactamente una hora desde que salió por esa maldita puerta, la desesperación comenzó a quemarme por dentro.
Tomé mi teléfono con manos temblorosas y marqué el número de Liam. Ninguna respuesta;m, el tono de llamada seguía sonando de manera monótona hasta mandarme al buzón de voz. Tragué saliva con dificultad, maldecí en voz baja y decidí marcar directamente a su celular. Lo mismo.... directo al buzón. Un sudor frío comenzó a brotar en mi frente. Por último, volví a llamar al capitán Kincaid y llamé con urgencia. Tampoco contestó.
—¡Mierda! ¡Contesta el puto teléfono de una vez! —le grité a la habitación vacía, sintiendo que el aire escaseaba en mis pulmones.
Desesperado, tecleé un mensaje de texto rápido y furioso dirigido a Kincaid, exigiéndole una respuesta inmediata, rogando porque me dijera que Victoria estaba con él en alguna diligencia urgente de la base... Pero la terrible, insoportable sensación de que algo catastrófico e irreversible acababa de suceder no se apartaba de mi mente. El mundo se estaba desmoronando a mi alrededor, y yo estaba atrapado en esta maldita cama, sin poder hacer absolutamente nada para retenerla.
Dante Cross