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Los Protegeré

Los Protegeré

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Venganza
Popularitas:364
Nilai: 5
nombre de autor: Leandro Martin Diaz

En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.

NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 12: El Camino Comienza (Parte 2)

Elia salió de la Casa de los Puentes cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse.

La ciudad de Ardentia todavía estaba medio dormida.

Algunas ventanas permanecían oscuras y desde ciertas calles, llegaba el ruido de los primeros carros que comenzaban a moverse.

Los comerciantes preparaban sus puestos mientras los panaderos sacaban las primeras bandejas de los hornos. El aire de la mañana era fresco y por unos minutos, Elia pudo disfrutar de algo que no siempre tenía durante el día, silencio.

Llevaba la mochila sobre los hombros.

La había revisado dos veces antes de salir.

Agua.

Comida.

Una manta pequeña.

Cuerda.

Un cuchillo.

Su cuaderno y un lápiz.

Nada más.

Elia miró hacia atrás.

La Casa de los Puentes quedaba al final de la calle. Desde una de las ventanas superiores, Nima había insistido en despedirse.

—¡Elia!

Elia levantó la cabeza.

Nima agitaba a Pipa con una mano.

—¡Vuelve antes de que oscurezca!

Elia sonrió.

—¡Lo intentaré!

—¡No!

Gritó Nima.

—¡No lo intentes! ¡Hazlo!

Tarin apareció detrás de ella.

—Te está dando órdenes.

—Ya me di cuenta.

—Hazle caso. Es más peligrosa que muchos monstruos.

—¡Te escuché!

Tarin cerró la ventana rápidamente.

Elia soltó una pequeña risa y continuó caminando.

Al llegar a la entrada del gremio, encontró a dos personas esperando junto a la puerta.

El primero era un hombre de unos treinta años de cabello oscuro y barba corta.

Llevaba una espada sencilla al cinto y una capa marrón sobre los hombros, no tenía una armadura pesada; solo algunas protecciones en los brazos y las piernas.

La segunda era una mujer de cabello rojizo recogido detrás de la cabeza.

Tenía un arco colgado de la espalda y varias pequeñas bolsas sujetas al cinturón.

Los dos estaban revisando el documento de la misión.

El hombre levantó la mirada cuando Elia se acercó.

—¿Elia Varen?

—Sí.

—Entonces supongo que somos compañeros.

La mujer miró a Elia y después al hombre.

—¿No era que venía un aprendiz?

—Es una aprendiz.

—Ya veo.

Elia se quedó frente a ellos.

—¿Ustedes son los aventureros de la misión?

—Garran.

Respondió el hombre, señalándose a sí mismo.

—Rango Plata.

La mujer hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—Vela. También Plata.

Elia asintió.

—Elia. Aprendiz.

Garran sonrió ligeramente.

—Eso ya lo sabemos.

—Ah.

Vela soltó una pequeña risa.

—No te preocupes. No es una prueba.

—Todavía.

Añadió Garran.

Vela le dio un golpe suave en el brazo.

—No empieces.

—¿Qué?

—La niña acaba de llegar.

—Solo estaba bromeando.

Elia los observó durante unos segundos.

—¿Siempre discuten?

Los dos se quedaron callados.

Garran miró a Vela.

Vela miró a Garran.

—Sí.

Respondieron al mismo tiempo.

Elia sonrió.

—Entonces será fácil saber cuándo están de acuerdo.

Garran soltó una carcajada.

—Me agrada.

Vela negó con la cabeza.

—Esto va a ser un viaje largo.

Antes de partir, Garran revisó nuevamente el documento.

—Bien. Según esto, el grupo de recolectores trabaja en una zona del bosque a unas horas de aquí. Han informado que varias herramientas desaparecieron durante las últimas semanas. También encontraron trampas abiertas y algunos recipientes de comida vacíos.

—¿Alguien resultó herido?

Preguntó Elia.

—No.

—¿Animales?

—No saben.

Elia frunció el ceño.

—¿Y por qué creen que es un monstruo?

Vela se encogió de hombros.

—Porque cuando algo desaparece sin que nadie lo vea, la gente suele pensar primero en monstruos.

—Eso no significa que lo sea.

—Exactamente.

Elia miró a Vela con interés.

—¿Entonces qué podría ser?

—Cualquier cosa.

Garran guardó el documento.

—Y ese es precisamente nuestro trabajo. Averiguarlo.

Los tres comenzaron a caminar hacia la salida norte de la ciudad.

Elia avanzaba entre ambos.

Durante los primeros minutos nadie habló demasiado.

Ella aprovechó para observar.

Garran caminaba con paso tranquilo, pero sus ojos se movían constantemente.

Miraba los tejados, las calles laterales, las esquinas.

Vela hacía algo parecido, aunque prestaba más atención a los alrededores y a las personas.

Elia recordó las palabras de Bram.

Observa todo a tu alrededor.

Intentó hacer lo mismo.

Garran la miró de reojo.

—¿Qué haces?

—Observo.

—¿A nosotros?

—También.

Vela sonrió.

—Buena respuesta.

—Bram me dijo que debía observar alrededor antes de actuar.

Garran asintió.

—Bram sabe lo que hace.

—¿Lo conoces?

—He entrenado con él algunas veces.

—¿Y siempre es tan estricto?

Vela intervino.

—No.

Elia esperó.

—Es peor cuando está de buen humor.

Garran soltó una carcajada.

—Eso también es verdad.

Al llegar a las puertas de Ardentia, los guardias revisaron los documentos de la misión.

Uno de ellos miró a Elia.

—¿Aprendiz?

—Sí.

—¿Cinco años?

Elia asintió.

El guardia levantó una ceja.

—Que tengan cuidado con ella.

Garran respondió:

—Lo tendremos.

El guardia volvió a mirar a Elia.

—Y tú haz caso a los mayores.

Elia hizo una pausa.

—¿A cuál de los dos?

Vela se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa.

Garran señaló a la mujer.

—A ella.

—¡Oye!

—Es más responsable.

—Eso no significa que tengas que admitirlo.

El guardia negó con la cabeza mientras sonreía y les permitió pasar.

Cuando Elia cruzó las puertas, se detuvo un instante.

Frente a ella se extendía el camino.

Había visto los alrededores de Ardentia desde la si llegada y la misión pasada, pero esta vez era diferente.

No regresaría a casa ese mismo día, no estaría dentro de las murallas.

El bosque estaba delante de ella y más allá del bosque había lugares que todavía no conocía.

Elia ajustó las correas de su mochila.

—¿Lista?

Preguntó Garran.

—Sí.

—Entonces vamos.

Caminaron durante bastante tiempo.

El camino principal pronto quedó atrás y fue reemplazado por un sendero de tierra rodeado de hierba alta. A medida que avanzaban, los sonidos de la ciudad desaparecieron.

Elia comenzó a escuchar pájaros, el viento moviendo las hojas y el crujido de las ramas bajo sus botas.

Después de casi una hora, Vela señaló una pequeña marca sobre un árbol.

—Por aquí.

Elia se acercó.

—¿Qué es?

—Una señal que dejan los recolectores.

—¿Para saber dónde están?

—Para encontrar el camino de regreso.

Elia observó la marca.

Era sencilla.

Tres líneas cortas grabadas en la corteza.

—¿Cómo sabes que no la hizo otra persona?

Vela la miró.

—Buena pregunta.

Se agachó y señaló la base del árbol.

Había otra marca más pequeña.

—Los recolectores usan dos señales. Una a la altura de los ojos y otra cerca del suelo.

Elia asintió.

—Así que no debemos confiar en una sola.

—Exactamente.

Garran continuó caminando.

—Y tampoco debemos asumir que todo lo que encontremos es parte de la misión.

Elia lo siguió.

—¿Eso también lo aprendiste con Bram?

—No. Eso lo aprendí después de equivocarme varias veces.

—¿Muchas?

Garran pensó.

—Las suficientes para recordar cada una.

Vela soltó una risa.

—Algunas más que otras.

—Gracias por recordármelo.

—Para eso están los compañeros.

El bosque comenzó a hacerse más denso.

Las ramas formaban un techo irregular sobre sus cabezas y la luz del sol llegaba en pequeñas manchas sobre el suelo.

Elia disminuyó el paso, había algo extraño.

No sabía qué.

Pero algo no encajaba.

Miró hacia los árboles.

Después al suelo.

Luego a Garran.

Él también se había detenido.

—¿Lo notaste?

Preguntó.

Elia asintió.

—No escucho insectos.

Vela dejó de sonreír y miró alrededor.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

El bosque parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Entonces escucharon un ruido.

Tac.

Los tres miraron hacia la derecha.

Tac.

Otra vez.

Parecía madera golpeando madera.

Garran llevó una mano hacia su espada, pero no la desenvainó.

—No te adelantes.

Dijo Vela.

—No pensaba hacerlo.

Elia miró entre los arbustos.

—Hay algo allí.

Una rama se movió.

Después otra.

Y finalmente algo pequeño salió corriendo entre las raíces de los árboles.

Elia apenas pudo verlo, parecía una criatura de cuatro patas.

No era mucho más grande que un perro pequeño.

Desapareció entre los arbustos.

Garran miró a Vela.

—¿Lo viste?

—Solo un segundo.

Elia dio un paso hacia el lugar donde había desaparecido.

—No lo sigas.

Dijo Garran.

Elia se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabemos qué es.

Elia recordó las palabras de Orven.

La misión no es derrotar un monstruo, sino investigar porque desaparecen las cosas.

Retrocedió.

—Entonces primero observamos.

Garran sonrió.

—Exactamente.

Vela se agachó junto a una raíz.

Había marcas pequeñas sobre la tierra.

—Parece que ha pasado varias veces por aquí.

Elia se acercó.

—¿Es peligroso?

Vela examinó las huellas.

—No lo sé.

Garran miró hacia el interior del bosque.

—Por eso todavía no vamos a atacar.

Elia sintió una pequeña emoción.

No era miedo.

Era curiosidad.

Por primera vez, una misión no comenzaba con la pregunta de cómo derrotar al enemigo.

Comenzaba con otra mucho más importante.

¿Realmente había un enemigo?

Elia miró las huellas una vez más y permaneció agachada junto a la raíz.

Las huellas eran pequeñas.

Cuatro dedos marcados en el barro, separados de una manera que no se parecía a las patas de un perro común.

Algunas estaban más profundas que otras, como si la criatura hubiera cargado algo pesado.

Vela siguió las marcas con la mirada.

—Va hacia el norte.

Garran observó el terreno.

—Y vuelve por el mismo camino.

Elia señaló una huella.

—Esta es diferente.

Vela se acercó.

—¿Por qué?

—Está más hundida.

Garran se agachó.

—Tiene razón.

Vela tocó el borde de la marca sin llegar a poner la mano dentro.

—Aquí hay otra.

Siguieron observando.

Después de unos metros encontraron algo que confirmó sus sospechas.

Un trozo de tela estaba enganchado en una rama baja.

Elia lo tomó.

—¿Esto pertenece a los recolectores?

Vela lo examinó.

—Probablemente.

Garran miró hacia adelante.

—Entonces estamos cerca.

Continuaron con más cuidado.

El bosque se hizo todavía más denso y el terreno comenzó a descender suavemente y después de unos minutos encontraron el campamento de los recolectores.

Había cuatro personas junto a una pequeña fogata.

Uno de ellos se levantó inmediatamente al verlos.

—¿El gremio?

Garran levantó el documento.

—Sí. Venimos por el problema de las herramientas.

El hombre soltó un suspiro de alivio.

—Gracias a los dioses.

Una mujer que estaba sentada junto al fuego se levantó también.

—¿Trajeron suficientes personas?

Garran miró a Elia.

—Depende de qué encontremos.

La mujer frunció el ceño.

—¿Cómo que depende?

—Todavía no sabemos qué está ocurriendo.

—Pues algo está entrando en nuestro campamento por las noches.

—¿Lo han visto?

Los cuatro se miraron.

—No.

Respondió finalmente uno de ellos.

—Entonces cuéntenos exactamente qué pasó.

El hombre señaló unas cajas.

—Primero desaparecieron unas cuerdas. Pensamos que algún animal las había arrastrado. Después desapareció una pala.

—¿Una pala?

Preguntó Elia.

—Sí.

—¿Y para qué querría una criatura una pala?

Nadie respondió.

Vela miró a Elia.

—Esa es una buena pregunta.

El hombre continuó.

—Después desaparecieron alimentos. Algunas herramientas aparecieron lejos del campamento. Y ayer encontramos una de nuestras trampas rota.

Garran cruzó los brazos.

—¿Alguna señal de lucha?

—No.

—¿Huellas?

—Algunas.

—¿Dónde?

El hombre señaló una zona situada detrás de las tiendas.

Elia caminó hasta allí.

Había marcas en el suelo.

Las reconoció.

Eran las mismas que habían encontrado antes.

—Son las criaturas que vimos.

Dijo.

Garran asintió.

—Probablemente.

Uno de los recolectores tomó una lanza.

—Entonces hay que matarlas.

Elia lo miró.

—¿Por qué?

El hombre pareció sorprendido.

—Porque están robando nuestras cosas.

—Pero no sabemos por qué.

—¿Y qué importa?

Elia se quedó callada.

La pregunta parecía sencilla.

Pero no lo era.

Garran intervino.

—Importa porque nuestra misión es descubrir qué está ocurriendo.

El hombre apretó la mandíbula.

—¿Y si atacan esta noche?

—Entonces las protegeremos.

—¿Y si son peligrosas?

Vela respondió:

—Entonces actuaremos.

El hombre no parecía completamente convencido, pero terminó bajando la lanza.

Garran miró a Elia.

—¿Qué piensas?

Elia volvió a mirar las huellas.

—Creo que deberíamos seguirlas.

—¿Por qué?

—Porque llevan hasta algún sitio.

Garran sonrió.

—Bien.

Vela preparó su arco.

—Pero despacio.

Siguieron las huellas durante unos veinte minutos.

El camino terminó junto a una enorme raíz que sobresalía de la tierra.

Había un pequeño agujero debajo.

Elia se acercó.

Escuchó algo.

Un sonido muy suave.

Como un chillido.

Se quedó quieta.

—Hay algo ahí.

Garran levantó una mano.

—No te acerques todavía.

Vela se agachó y miró desde un costado.

—Creo que son varias criaturas.

—¿Adultas?

—No.

Elia miró a Vela.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el sonido.

Elia cerró los ojos durante un momento.

Escuchó nuevamente.

Era un sonido débil, después otro y otro.

Elia abrió los ojos.

—Son pequeñas.

Garran miró el agujero.

—Entonces eso explica algunas cosas.

—¿Qué cosas?

Preguntó Elia.

—La comida.

Vela señaló unas semillas y restos de frutas cerca de la entrada.

—Y las herramientas.

Elia frunció el ceño.

—¿Para qué quieren herramientas?

Garran se agachó y tomó una cuerda.

Estaba junto a la raíz.

—Tal vez las usan.

Elia miró la cuerda.

Después miró el agujero.

—Para hacer su refugio.

Vela asintió.

—Parece que sí.

En ese momento algo se movió dentro y una criatura salió lentamente.

Era pequeña, de cuerpo cubierto por un pelaje grisáceo y orejas redondas. Tenía ojos grandes y oscuros.

La criatura los observó.

No atacó.

Simplemente se quedó allí.

Elia tampoco se movió.

Durante unos segundos, ninguno de los dos hizo nada.

La criatura tomó un pequeño trozo de fruta y retrocedió.

Elia sonrió.

—Tiene hambre.

Garran soltó el aire lentamente.

—Parece que sí.

De repente, Vela señaló detrás de Elia.

—Mira.

Había otra criatura.

Y otra.

Eran pequeñas.

Algunas apenas podían caminar.

Una de ellas se escondió detrás de la raíz.

Elia entendió entonces lo que estaba sucediendo.

—Están cuidando a sus crías.

Garran asintió.

—Eso parece.

Elia se levantó.

—Entonces no estaban atacando el campamento.

—No exactamente.

Dijo Vela.

—Pero sí estaban tomando cosas.

Elia pensó durante unos segundos.

—Pero no porque quisieran hacer daño.

Garran sonrió.

—Ahí está la diferencia.

Regresaron al campamento.

Los recolectores escucharon la explicación con expresiones cada vez más sorprendidas.

—¿Están diciendo que esas criaturas tienen crías ahí?

Preguntó uno.

—Sí.

Respondió Garran.

—¿Y por eso tomaban nuestra comida?

—Probablemente.

—¿Y las herramientas?

Vela levantó una cuerda.

—Las estaban usando para reforzar el refugio.

Uno de los hombres negó con la cabeza.

—Nunca había escuchado algo así.

Elia señaló las cajas.

—Si dejamos parte de la comida lejos del campamento, quizá dejen de entrar.

La mujer la miró.

—¿Y nuestras herramientas?

—Podemos recogerlas.

Garran intervino.

—También podemos mover algunas de las trampas. El problema parece ser que construyeron su refugio demasiado cerca de la zona de trabajo.

Los recolectores comenzaron a discutir entre ellos.

Al principio parecía que no estaban de acuerdo.

Uno quería abandonar el lugar.

Otro decía que podían seguir trabajando.

La mujer que había hablado primero finalmente levantó la voz.

—¡Ya basta!

Todos se callaron.

—Si esas criaturas tienen crías, no vamos a destruir su refugio.

Miró a Garran.

—Pero tampoco podemos perder nuestras herramientas.

—No tendrán que hacerlo.

Respondió el.

—Podemos ayudarlos a encontrar una zona más segura.

Elia levantó la mano.

—¿Podemos hacer eso?

Vela sonrió.

—Podemos intentarlo.

Pasaron las siguientes horas trasladando algunas herramientas y preparando una pequeña zona donde los recolectores pudieran dejar restos de comida sin que interfirieran con su trabajo.

No fue fácil.

Las criaturas no confiaban completamente en ellos.

Cada vez que alguien se acercaba demasiado, desaparecían bajo las raíces.

Elia tuvo que aprender a esperar y dejar espacio.

Finalmente, una de las criaturas salió.

Se acercó lentamente a un pequeño montón de fruta.

Tomó una pieza.

Miró a Elia.

Y desapareció.

—Creo que eso significa que aceptaron el trato.

Dijo Garran.

—¿Los monstruos hacen tratos?

Preguntó Elia.

Vela sonrió.

—No sé si fue un trato.

—Entonces, ¿qué fue?

—Una oportunidad.

Elia se quedó pensando en esa palabra.

Una oportunidad.

Al regresar hacia Ardentia, el sol ya comenzaba a bajar.

El camino de regreso fue tranquilo, Elia caminaba en silencio.

Garran finalmente preguntó:

—¿En qué piensas?

—En que casi todos pensaron que eran monstruos peligrosos.

—Sí.

—Y eran una familia.

Vela corrigió suavemente:

—Eran criaturas. Pero también estaban protegiendo a sus crías.

Elia miró el camino.

—Supongo que eso no cambia dependiendo de la especie.

Garran la observó durante unos segundos.

—No.

Caminaron un poco más.

—Hoy aprendiste algo importante.

Dijo él.

Elia levantó la mirada.

—¿Qué?

—Que tener poder suficiente para derrotar mostruos no significa que debas hacerlo.

Elia recordó las palabras de Orven.

No intentes demostrar que eres fuerte. Intenta demostrar que puedes ser responsable de tu propia fuerza.

Ahora las entendía un poco mejor.

Cuando finalmente llegaron a las puertas de Ardentia, el cielo estaba teñido de naranja.

Elia miró las murallas.

Pensó en Nima.

En Tarin.

En Madre Liria.

En Pipa.

Y también pensó en su entrenamiento.

En las cinco Llaves.

En las nueve pequeñas estrellas que había visto durante su meditación.

En sus futuras invocaciones.

Durante mucho tiempo había pensado que hacerse más fuerte significaba tener más magia.

Más mana.

Más hechizos.

Más poder.

Pero aquel día había descubierto otra cosa.

Ser fuerte también significaba saber cuándo detenerse.

Garran le dio una palmada suave en el hombro.

—Buen trabajo, aprendiz.

Elia sonrió.

—Gracias.

Vela se acomodó el arco.

—Y mañana intenta no hacer explotar nada.

Elia la miró seriamente.

—No hice explotar nada hoy.

—Precisamente. Queremos mantener esa racha.

Garran soltó una carcajada.

Elia también.

Los tres entraron en Ardentia mientras las primeras luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

Elia estaba cansada.

Pero era un cansancio diferente al de otros días.

No sentía que hubiera ganado una batalla.

Ni que hubiera derrotado a un enemigo.

Había aprendido algo y para ella, eso también era avanzar.

Esa noche, cuando regresó a la Casa de los Puentes, Nima corrió hacia ella.

—¡Volviste!

—Te lo prometí.

Nima abrazó a Pipa contra el pecho.

—Pipa también estaba preocupada.

Elia miró a la muñeca.

—¿Ah, sí?

—Muchísimo.

Tarin apareció detrás de Nima.

—Yo no estaba preocupado.

Elia lo miró.

—Claro.

—Solo estaba vigilando.

—Claro.

—Por seguridad.

—Claro.

Tarin suspiró.

—Está bien. Un poco.

Elia sonrió.

Después de cenar, subió a su habitación.

Dejó la mochila junto a la cama y sacó su cuaderno.

Abrió una página nueva.

Escribió:

Misión:

Bosque del norte.

Debajo añadió:

No todo lo desconocido es un enemigo.

Se quedó mirando la frase.

Luego escribió una última línea.

Observar primero. Actuar después.

Cerró el cuaderno.

Antes de dormir, Elia volvió a pensar en las nueve pequeñas luces que había visto durante su meditación.

Todavía no sabía qué eran.

Pero tenía la sensación de que algún día lo descubriría y cuando llegara ese momento, estaría preparada.

Cerró los ojos.

—Mañana seguiré aprendiendo.

Afuera, Ardentia continuó con su vida.

Y, sin que Elia lo supiera, su pequeño camino como aventurera acababa de comenzar.

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