Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
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Hecho.
Noah 🩶
Me quedo observando a Marisol mientras recorre su habitación. Sostiene un vestido, luego unos zapatos, y sus ojos brillan con un brillo que me llena el pecho de algo cálido y desconocido. Cada prenda la examina como si fuera un tesoro real. Cuando me ve en la puerta, corre hacia mí radiante.
—¡Me encanta todo, señor guapo! ¡Es hermoso! —exclama.
—Me alegra que te guste, princesa —le digo acariciándole el cabello—. Si necesitas algo más, solo dilo.
Esa noche cenamos los tres en el comedor. Eliza y Marisol están sentadas frente a mí, tímidas, las manos en el regazo. Nunca he cenado con niños que no sean mis sobrinos o los hijos de mis primos, y nunca he compartido mesa con alguien que me mire con gratitud y desconfianza a la vez.
—Sírvanse lo que deseen —les digo con voz suave—. Aquí no hay reglas ni jerarquías. Coman lo que les guste. Están en su casa.
Marisol levanta la vista y señala el plato de carne.
—¿Puede ayudarme a cortarla? —pregunta bajito.
—Marisol, no molestes —la regaña Eliza de inmediato.
—No, déjame —la detengo suavemente, me levanto y rodeo la mesa—. Me encantaría hacerlo.
Corto la carne en trozos pequeños mientras ble cuento que he hecho esto muchas veces con mis sobrinos y le paso el tenedor. La niña sonríe feliz y empieza a comer. Regreso a mi silla y siento algo tan cálido en el pecho que me cuesta nombrarlo. Es paz. Algo que creí no estaba para mí.
Las acompaño hasta sus habitaciones después de cenar. Eliza y Marisol me miran antes de entrar.
—Buenas noches, señor guapo. Gracias por todo.
—Descansa, princesa. Si necesitan algo, llamen. Y no me digas señor. Dime Noah.
—Ok —me dedica una sonrisa.
Bajo a la sala con una copa de vino. Suena el teléfono. Es mi hermana Adara.
—Ya está hecho —dice sin rodeos—. El imperio de Luca cayó. Acciones en picada, investigaciones abiertas, aliados desaparecidos. No tiene nada.
—Compra todo —le ordeno—. Cada acción, cada propiedad. Y ponlo todo a nombre de Eliza. Irrevocable. Ni yo puedo tocarlo. Lo que él le robó, lo devuelvo multiplicado.
—Hecho —responde mi hermana con una media risa—. La quieres, hermano.
—La protejo —corrijo y corto.
Minutos después escucho pasos suaves. Eliza baja despacio, con el cabello suelto y una bata suave. Le hago señas al sillón a mi lado.
—¿Cómo te sientes? —pregunto cuando se sienta.
—Como si por fin pudiera respirar —responde mirando la chimenea—. No sé cómo aguanté tantos años de maltrato. Solo sé que mi única fuerza fue ella. Mi hija. Por ella soporté todo. Tuve miedo, Noah. Intenté escapar antes de quedarme embarazada, dos veces. Siempre me encontraba. Siempre me traía de vuelta. Hasta que perdí las ganas de huir.
La miro con ternura y dolor.
—¿De dónde vienes, Eliza? —le pregunto suavemente.
Respira hondo y empieza a hablar, como si soltarlo todo la liberara:
—Soy de Argentina. Mis padres murieron cuando era muy pequeña. Me quedé con mis tíos, pero ellos me metieron a un internado, salí a los dieciocho años. Fuí a su puerta, pero ellos me quitaron todo y me echaron a la calle. Estuve días sin comer hasta que conseguí trabajo de camarera. Ahí lo conocí a él. Luca. Se obsesionó. Lo rechacé. Y una noche me esperó a la salida. Me trajo a Italia. Me encerró. Me encadenó... Me violó.
Se calla y se tapa la cara. Siento la rabia subir caliente por mi garganta, pero me contengo para escucharla.
—Al principio fue horrible saber que iba a tener su hijo —continúa entre lágrimas—. Pero cuando empecé a sentirla… la amé antes de nacer. Ella no tenía la culpa. Ella era mi luz.
No aguanto más y la atraigo hacia mí. Ella se deja abrazar y llora contra mi pecho, soltando años de silencio. La sostengo con fuerza, imaginando todo lo que vivió sola, sin nadie que la protegiera. Poco a poco sus sollozos cesan y su respiración se vuelve lenta. Se quedó dormida sobre mis piernas.
La cargo con cuidado —su figura curvilínea es ligera y suave entre mis brazos— y la llevo a su habitación. La dejo sobre la cama, le quito los zapatos con delicadeza y la arropo bien. Duerme tranquila, por primera vez en años.
Salgo al pasillo y marco a mi hombre de confianza.
—¿Dónde está Luca Romano?
—En el hospital de Siena, habitación 304. Está solo.
—Voy para allá. Prepara el vehículo.
Conduzco el deportivo a toda velocidad, con la sangre hirviendo en las venas. Entro al hospital haciéndome pasar por un viejo amigo. Nadie me detiene. Nadie pregunta. Entro a la habitación y cierro la puerta con seguro. Luca está acostado, vendado, morado, dormido. Abre los ojos y me ve. El terror lo paraliza.
—No… —medio alcanza a balbucear.
—Sí —le digo con voz de hielo—. Vine a terminar lo que empecé.
Me inclino sobre él y le agarro la mano. Uno por uno, le rompo los dedos. El crujido de los huesos resuena en la habitación. Grita, débil y ahogado y eso es música para mis oídos.
—Esto es por cada vez que la levantaste la mano —le escupo—. Por cada lágrima que le hiciste derramar. Eres un cerdo. Un hijo de puta que solo se atreve a golpear a quien no puede defenderse. No mereces respirar el mismo aire que ella.
Lo agarro de la camisa y lo tiro de la camilla al suelo. Cae con un golpe seco, gimiendo de dolor. Lo miro una última vez con asco puro.
—La violaste, gran hijo de las mil putas. Esto es solo el comienzo. Si vuelves a pronunciar su nombre, te meto a una trituradora.
Salgo de la habitación como si nada. En el pasillo marco a mi hombre.
—Borra todo. Cámaras, registros, todo. Que no quede rastro.
—Hecho, jefe.
Subo al coche y arranco, dejando Siena atrás. Le recordé por qué los Lobo Novikov no se tocan. Y ahora, nadie, absolutamente nadie, volverá a lastimar a Eliza ni a lo suyo y ahora voy por sus tíos.
Hermosos capítulos donde tantas mujeres lo recibe como su familia ya no se va sentir sola.
Y ya esta cerca de encuentro 🔥🔥🔥 con Naoh, ya lo dos sienten esa química