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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

León Castellar sonrió como si acabaran de darle un regalo.

Serena Mora, en cambio, sintió que le habían puesto una piedra en el estómago.

Tomás Calvo trazó un círculo amplio sobre la tierra con la punta de su espada.

—Reglas claras —dijo—. Armas de práctica. Sin filo. Sin ataques a heridas abiertas. Sin Éter mortal. El primer cuerpo que toque el suelo pierde. Si yo digo alto, se detienen.

Valentina Rojas levantó una mano.

—Si no se detienen, intervengo con fuego.

—Sin fuego —dijo Tomás.

—Fuego pequeño.

—Valentina.

—Bien, sin fuego.

Alicia Nieves ya tenía vendas limpias en las manos. No parecía contenta, pero tampoco intentó detenerlos. Había entendido lo mismo que Tomás: la tensión necesitaba una salida antes de volverse más peligrosa en el camino.

Serena no estaba de acuerdo.

Pero Adrián Navarro ya estaba dentro del círculo.

La espada de madera colgaba de su mano derecha. El hombro herido quedaba del lado contrario, cubierto por la capa, aunque Serena había visto la mancha oscura crecer durante los últimos minutos. Él no la miraba. Tampoco miraba a León con odio.

Eso era lo que más inquietaba.

Adrián miraba como si la pelea ya hubiera terminado.

León entró al círculo con una elegancia irritante. Hizo girar su espada de práctica entre los dedos, probó el peso y sonrió.

—¿Listo, Navarro?

—No.

León parpadeó.

Serena también.

Adrián levantó la espada apenas.

—Pero empieza.

Valentina soltó un silbido bajo.

—Ay, eso dolió y ni siquiera empezó.

Tomás levantó la mano.

—Comiencen.

León atacó primero.

Fue rápido. Mucho más rápido de lo que Serena esperaba de alguien tan ocupado en verse bien. La espada bajó en diagonal, cambió de dirección a medio camino y buscó la muñeca derecha de Adrián, una prueba elegante para medir reflejos.

Adrián movió la mano.

Nada más.

La madera chocó contra madera con un sonido seco. El golpe de León se desvió hacia el aire.

León sonrió más.

—Bien.

Volvió a atacar.

Esta vez entró con tres cortes seguidos, uno al hombro sano, otro al costado, otro al muslo. Adrián retrocedió medio paso, giró la espada una vez y bloqueó los tres sin levantar la voz, sin cambiar la respiración, sin usar una sola sombra.

Serena dejó de apretar la manta que tenía entre las manos.

No era una pelea pareja.

León también lo entendió.

La sonrisa se le volvió más afilada.

—Ahora sí.

—Alteza —advirtió Tomás.

—No usaré Éter mortal.

La suela de León raspó la tierra. Un impulso de Éter le subió por las piernas, no como ataque, sino como velocidad. Cruzó el círculo en un parpadeo.

Serena apenas vio el movimiento.

Adrián sí.

Se agachó un dedo, lo suficiente para que la espada de León pasara sobre su hombro. Luego dio un paso lateral. La muñeca derecha golpeó el centro de la espada de León, no con fuerza brutal, sino con exactitud. El arma de práctica vibró.

León no la soltó.

Pero perdió el ritmo.

Ese fue el primer movimiento real.

El segundo llegó antes de que Serena pudiera respirar.

Adrián giró sobre el pie izquierdo, colocó la punta de su espada detrás de la rodilla de León y empujó apenas.

No lo tiró.

Le mostró dónde podía tirarlo.

León abrió los ojos.

El tercer movimiento terminó todo.

Adrián cambió el peso, golpeó la empuñadura de León con la parte plana de su espada y le arrebató el arma de la mano. Antes de que la espada de madera tocara el suelo, la suya quedó apoyada contra la garganta del príncipe.

Silencio.

Ni las hojas se movieron.

Serena se quedó con la boca abierta.

Valentina fue la primera en reaccionar.

—No manches.

Tomás la miró.

—Lenguaje.

—No encuentro otro.

Alicia exhaló despacio, aliviada de que nadie sangrara más de lo que ya sangraba.

León miró la espada en su garganta. Luego miró a Adrián. Por un instante, su orgullo pareció resistirse con todas sus fuerzas.

Después se echó a reír.

No una risa burlona. Una risa limpia, sorprendida, casi feliz.

—Tres movimientos —dijo.

Adrián bajó la espada.

—Dos y medio.

Valentina soltó otra carcajada.

León se llevó una mano al pecho como si lo hubieran herido de verdad.

—Qué crueldad tan elegante.

Tomás entró al círculo y levantó una mano.

—Victoria de Adrián Navarro.

—Eso lo notamos —dijo Valentina—. Algunos con más dolor que otros.

León recogió su arma y la sostuvo frente a sus ojos, como si la madera pudiera explicarle la humillación.

—No usaste Éter.

—No.

—Tampoco usaste la sombra.

Adrián no respondió.

León bajó la espada y entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿cómo?

Serena esperaba silencio. O desprecio. O una de esas frases cortantes con las que Adrián cerraba puertas antes de que alguien pudiera tocar el marco.

Pero Adrián contestó:

—Cargas el peso al pie derecho antes de acelerar. Bajas el hombro izquierdo cuando finges atacar arriba. Y miras el lugar donde quieres que el otro crea que vas a cortar.

León se quedó inmóvil.

Tomás inclinó apenas la cabeza, impresionado.

Alicia murmuró:

—Lo leyó desde el primer ataque.

Serena sintió un escalofrío distinto.

Adrián no había ganado por fuerza bruta. Ni por oscuridad. Ni por la sangre de la Corte.

Había ganado porque veía demasiado.

León, por primera vez, no tuvo respuesta inmediata.

Luego sonrió.

—Ahora sí me caes mal.

—Terminó —dijo Adrián.

Le dio la espalda.

Serena vio entonces lo que él había ocultado durante todo el duelo: la mancha en el hombro se había extendido hasta el borde de la capa. No era grave como una puñalada, pero sí suficiente para preocupar a cualquiera con sentido común.

Ella tomó un paño limpio de Alicia.

Adrián la vio venir y se tensó.

Serena se detuvo a dos pasos.

—No voy a tocarte. Solo te estoy dando esto antes de que decidas desangrarte por orgullo.

León, todavía dentro del círculo, se inclinó para recoger su espada.

—Acepta el paño, Navarro. Si caes por una venda mal puesta, mi derrota se verá menos impresionante.

Adrián lo miró con absoluto desprecio.

Luego tomó el paño de la mano de Serena.

No rozó sus dedos.

Pero lo tomó.

El gesto fue pequeño. Tan pequeño que cualquiera habría podido ignorarlo.

Serena no pudo.

Lilo apareció junto a su hombro, bajando la voz como si estuviera en una ceremonia.

—Actualización mínima del Medidor de Afinidad.

Serena abrió mucho los ojos.

—¿Ahora?

La pantalla apareció solo para ella.

Medidor de Afinidad: -123,443.

Seis puntos más.

Serena no sabía si reír o llorar.

León se acercó, sacudiéndose el polvo de la manga.

—Quiero revancha.

—No —dijeron Serena, Tomás y Alicia al mismo tiempo.

Valentina levantó la mano.

—Yo sí quiero verla.

Tomás le bajó la mano.

León ignoró a todos y miró a Adrián con una intensidad nueva.

—Cuando lleguemos a Monte Celeste, otra ronda.

Adrián guardó silencio.

Serena pensó que iba a rechazarlo.

En cambio, él miró a León, luego a la espada de madera caída en el suelo.

—Aprende a caer primero.

El orgullo de León se quebró por medio segundo.

Después sonrió.

Valentina murmuró que aquello iba a volverse completamente insoportable. Tomás no la contradijo.

Serena tuvo la terrible sensación de que, en vez de apagar un incendio, acababan de alimentarlo.

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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