Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 12
Capítulo 12
El archivo muerto
Renata tardó tres días en rastrear el origen de la fotografía.
El correo anónimo estaba enviado desde un servicio de correo temporal —los caracteres aleatorios de la dirección cambiaban cada veinticuatro horas, haciendo imposible responder—. Pero la foto tenía metadatos. Renata no era experta en tecnología, pero su tesis de licenciatura había incluido un capítulo sobre análisis de documentos digitales, y sabía que las fotografías conservan información sobre la cámara, la fecha y, a veces, la ubicación. La imagen del Capitán Vargas había sido tomada con un teléfono viejo, sin GPS, pero la fecha era de hacía diez años. Y en el fondo, detrás de la casa modesta, se alcanzaba a leer el número de la calle en una placa oxidada: Calle Morelos 14.
Con esa dirección, una búsqueda en el directorio telefónico de Miravalle y dos llamadas infructuosas a vecinos que no quisieron hablar, Renata encontró un nombre: Carmen Romero de Vargas. Madre del Capitán Tomás Vargas. Residente en el mismo domicilio.
La siguiente llamada la hizo a otro número que encontró asociado a la dirección: una joven llamada Lucía Vargas Romero.
La voz que contestó era joven, tensa y directa:
—¿Quién es y por qué busca a mi padre?
Renata se sentó en la silla de su oficina, cerró la puerta con llave y dijo la verdad:
—Me llamo Renata Solís. Soy profesora de la Universidad Nacional. Hace cinco años fui testigo en un caso que llevó su padre. Y creo que su muerte no fue un accidente. Creo que sé quién es el responsable.
El silencio al otro lado de la línea duró tanto que Renata pensó que habían colgado. Después, la voz de Lucía, más baja:
—Ven a ver a mi abuela.
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La casa de la calle Morelos 14 estaba en una colonia obrera al sur de Miravalle, donde las casas tenían fachadas estrechas y las banquetas estaban rotas por las raíces de los árboles de amate. Renata llegó en camión, con su mochila al hombro y los lentes de sol puestos, sintiendo que cada paso la alejaba más del campus universitario y la acercaba a un territorio donde las reglas eran otras.
Lucía la esperaba en la puerta. Dieciocho años, pelo corto a la barbilla, rostro delgado y anguloso, ojos negros que miraban con la intensidad concentrada de alguien que ha envejecido más rápido de lo que debería. Vestía jeans, tenis gastados y una sudadera que le quedaba grande —probablemente de su padre—. No sonrió ni extendió la mano. Solo dijo:
—Pasa.
El interior de la casa era pequeño y limpio con la clase de limpieza que es una forma de resistencia: pisos de mosaico pulidos, paredes blancas con una Virgen de Guadalupe en la sala y tres fotos enmarcadas del Capitán Vargas en diferentes etapas de su carrera. Un olor a canela y a café de olla flotaba en el aire.
En la sala, frente a la mesa de centro, estaba sentada Doña Carmen Romero de Vargas.
Renata la reconoció de la fotografía anónima: más vieja ahora, en una silla de ruedas con las manos nudosas sobre un chal de lana pese al calor. Pero los ojos eran lo que importaba. Oscuros, afilados, con la precisión de un ave de presa que ha esperado mucho tiempo a que algo se mueva.
—Siéntese, Profesora —dijo Doña Carmen, señalando la silla frente a ella con un gesto que no admitía discusión.
Renata se sentó. Lucía se quedó de pie detrás de su abuela, con los brazos cruzados y la espalda contra la pared.
—¿Fue usted quien me envió la foto? —preguntó Renata.
—Mi nieta —dijo Doña Carmen—. Yo no sé usar esas cosas. Pero fui yo quien le dijo que lo hiciera.
—¿Por qué?
—Porque usted es la mujer que metió a Nicolás Bravo en la cárcel. Y porque usted ahora trabaja para el hombre que se robó su nombre.
Las palabras cayeron sobre la mesa como piedras. Renata no intentó negarlo.
—¿Cómo lo sabe?
—Mija, en Miravalle las noticias vuelan. Una profesora universitaria acompañando al Señor Montero a sus eventos. Yo veo poco, pero escucho mucho. Y mi hijo me enseñó a conectar puntos.
Doña Carmen le hizo una señal a Lucía, que se arrodilló junto a un mueble de madera bajo la ventana y sacó un sobre de manila amarillento, cerrado con cinta adhesiva. Lo puso sobre la mesa.
—Mi hijo Tomás era un buen policía —dijo Doña Carmen. La voz no le tembló; era la voz de alguien que ha llorado todo lo que tenía que llorar y ahora solo le queda el granito—. Después de arrestar a Bravo, siguió investigando por su cuenta. Algo no le cuadraba. Un delincuente de Tierranegra sin conexiones, sin dinero para un abogado, y de pronto recibe visitas en la cárcel de gente con trajes caros. Tomás empezó a anotar cosas.
Renata abrió el sobre con manos que procuraba mantener firmes. Adentro había una carpeta con papeles escritos a mano —la letra apretada de un policía que no confía en las computadoras— y varios documentos fotocopiados.
Las notas del Capitán Vargas contaban una historia que la versión oficial no contaba:
Nico Bravo había recibido, durante su primer año de condena, visitas regulares de un abogado que no figuraba en ningún registro del sistema de defensoría pública. Vargas anotó el nombre: Lic. Eduardo Ferrer. Una búsqueda posterior reveló que Ferrer trabajaba para un despacho que daba servicio exclusivo a Grupo Montero.
Un memorándum interno —copiado a mano por Vargas, probablemente de un documento que vio brevemente y no pudo fotografiar— mencionaba que "el interno Bravo presenta una similitud fisionómica notable con el heredero de la familia M." No especificaba qué se haría con esa observación. Pero el hecho de que alguien la hubiera puesto por escrito indicaba que no era casual.
Vargas había intentado acceder a los registros médicos de Nico en el penal. Fue bloqueado. Su superior le dijo, textualmente según las notas: "Deja de buscar, Tomás. No es tu caso. Y los que no son tu caso, aquí no se tocan."
Cuatro meses después, el Capitán Tomás Vargas murió en un choque a las tres de la madrugada en una carretera recta, sin tráfico, sin lluvia y sin testigos. El reporte oficial decía que se había quedado dormido al volante. Vargas, un hombre que según sus notas dormía cuatro horas por noche y bebía café como si fuera agua. Dormido al volante.
Renata cerró la carpeta. Le temblaban los dedos.
—Hay algo más —dijo Doña Carmen.
Lucía sacó del fondo del sobre un papel más pequeño, protegido con una bolsa de plástico transparente. Era una ficha de identificación penitenciaria: nombre, número de interno, una foto tipo credencial y, en el recuadro inferior, un juego completo de huellas dactilares.
"Bravo Quiroga, Nicolás. Interno No. 7824. Ingreso: 15 de junio, 2021."
Las huellas estaban intactas. Diez dedos, tinta negra, líneas nítidas como mapas de un país que solo existía en la piel de un hombre.
—Mi hijo sacó una copia antes de que sellaran el expediente —explicó Doña Carmen—. La guardó aquí. Nadie más sabe que existe.
Renata sostuvo la ficha con ambas manos. El papel era liviano, frágil, del tipo barato que se usa en las oficinas del gobierno. Pero lo que contenía pesaba más que cualquier documento que hubiera tocado en su vida. Si podía obtener las huellas digitales de Dante Montero y compararlas con estas, tendría la prueba definitiva de que Dante y Nico eran la misma persona.
—Mi hijo murió por acercarse demasiado a la verdad —dijo Doña Carmen. Su mirada no se movió de los ojos de Renata—. No dejes que su muerte sea en vano.
Renata guardó la ficha en su mochila, entre las páginas de un diccionario de español-francés que llevaba a todas partes. Aceptó el café de olla que Lucía le sirvió sin preguntar. Lo bebió caliente, sintiendo la canela quemarle la lengua, y miró a las dos mujeres que tenía frente a ella: una vieja en silla de ruedas y una joven que todavía no terminaba la prepa. Las tres tenían razones diferentes para querer la verdad, pero la verdad era la misma.
—Necesito tiempo para encontrar la forma de obtener las huellas de Dante —dijo Renata.
—Tenemos tiempo —respondió Doña Carmen—. Lo que no tenemos es miedo. Ya nos quitaron todo lo que podían quitarnos.
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Renata salió de la casa de los Vargas al anochecer. La calle Morelos estaba oscura, iluminada apenas por los faroles del mercado de la esquina. Caminó hasta la avenida principal y esperó el camión.
Desde ahí podía ver, al norte, la silueta de Torre Montero recortada contra el cielo anaranjado. Las luces del piso más alto estaban encendidas. El Penthouse. Dante estaba ahí arriba, mirando la ciudad que creía suya.
Renata apretó la correa de su mochila. Adentro, entre las páginas del diccionario, dormían las huellas de un hombre que se suponía muerto.
Ella sabía algo que Dante no sabía que ella sabía.
El camión llegó. Se subió, pagó el pasaje y se sentó junto a la ventana. El teléfono vibró. Un mensaje de Dante:
"Mañana hay una cena en la Hacienda. Don Aurelio quiere conocerte."
Renata leyó el mensaje tres veces. La Hacienda de los Montero. El corazón de la bestia. Y Don Aurelio —el patriarca, el fundador, el hombre que había construido un imperio sobre huesos— quería verla.
Guardó el teléfono y miró la ciudad pasar por la ventana.
Ya tenía su primera carta real. No una sospecha, no un lunar, no un acento. Diez huellas dactilares en tinta negra, la firma que el cuerpo no puede falsificar. Ahora iba a entrar en el juego.