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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 12
El patio central de la fortaleza se había transformado en un anfiteatro místico bajo el amparo de la Gran Luna Llena. El cielo de la montaña estaba completamente despejado, mostrando un lienzo oscuro salpicado de estrellas donde el satélite brillaba con un esplendor plateado casi cegador. En el centro del patio, una pira colosal de troncos de roble ardía con fuerza, arrojando lenguas de fuego anaranjado y chispas doradas que se elevaban hacia el firmamento. Cientos de miembros de la Manada Roja —guerreros de semblante recio, ancianos de miradas sabias y familias enteras— formaban un círculo perfecto alrededor del fuego sagrado, guardando un silencio sepulcral cargado de una reverencia que erizaba la piel.
Alondra avanzó con paso firme, sintiendo el majestuoso arrastre de su vestido azul medianoche sobre la piedra fría. A pesar de los nervios que amenazaban con traicionarla, mantenía la barbilla en alto, permitiendo que su larga cabellera dorada brillara bajo los destellos del fuego. A su lado, imponente como una deidad de la guerra, caminaba Caleb. El Alfa vestía sus galas de líder, con los brazos descubiertos y sus intrincados tatuajes tribales reluciendo bajo el sudor provocado por el calor de la pira. La presencia protectora y masiva del guerrero le infundía a Alondra una seguridad inquebrantable; ya no era una víctima, era la reina que el destino le había asignado a esa raza salvaje.
Al llegar frente al fuego, Caleb se detuvo y se giró hacia su pueblo. Su voz, potente y rasposa como el trueno, resonó en cada rincón de la fortaleza de piedra.
—¡Hijos de la Montaña! —rugió el Alfa, haciendo que sus palabras vibraran en los pechos de los presentes—. Durante generaciones, el pacto con los humanos del valle ha sido una carga de sangre y desconfianza. Pero los dioses no se equivocan. Encontré a mi compañera en el altar del sacrificio, y su alma ha despertado al lobo que llevo dentro con una fuerza que jamás imaginé. ¡Alondra no es una extraña! ¡Ella es la Luna de la Manada Roja!
Un clamor ensordecedor estalló entre la multitud. Los guerreros golpearon sus pechos con los puños y los ancianos asintieron con lágrimas de orgullo en los ojos. Alondra sintió que la emoción la desbordaba, pero la mirada dorada de Caleb la trajo de vuelta a la intimidad del momento. El Alfa se giró hacia ella y, para asombro de toda la manada, el imponente líder se arrodilló lentamente sobre una rodilla frente a la joven humana, inclinando su cabeza esculpida en señal de total sumisión ante su compañera de alma.
—Mi fuerza es tuya, Alondra. Mi vida te pertenece —susurró Caleb con una ternura devoradora que solo ella pudo escuchar—. Reclama tu lugar a mi lado.
Alondra extendió sus manos temblorosas y las posó sobre los hombros anchos y ardientes del Alfa, obligándolo a ponerse de pie.
—Acepto tu vida, Caleb, y te entrego la mía —respondió ella con voz clara y firme, ganándose el respeto definitivo de los presentes.
Caleb se irguió en toda su imponente estatura. Sus ojos dorados brillaron con una fijeza incandescente, dominados por completo por el instinto del lobo que exigía sellar el vínculo de una vez por todas. Con movimientos lentos pero cargados de una urgencia posesiva, el Alfa tomó el cuello del vestido de Alondra, apartando la tela con delicadeza extrema para dejar al descubierto la suave y pálida piel de la unión entre su hombro y su cuello. El contraste entre la piel blanca de la joven y las manos grandes y tatuadas del guerrero era de una belleza desgarradora.
—Esto te unirá a mí para siempre, mi pequeña luna —gruñió Caleb, y su aliento caliente rozó la piel expuesta de la joven, haciéndola temblar de anticipación—. Sentirás mi dolor, mi alegría y mi poder en tus venas. Serás mía eternamente.
—Hazlo, Caleb... hazme tuya —suplicó Alondra entreabriendo los labios, cerrando los ojos para entregarse por completo al llamado de la sangre.
Caleb no esperó más. Con un movimiento rápido y posesivo, el Alfa inclinó la cabeza y hundió sus afilados colmillos en el delicado punto de su cuello. Alondra soltó un jadeo ahogado, una mezcla de dolor agudo y un placer abrasador que se expandió de inmediato por todo su cuerpo como fuego líquido. La descarga eléctrica del vínculo estalló en su pecho; de pronto, la mente de Alondra se llenó de las emociones del Alfa: sintió su orgullo, su adoración infinita, su deseo salvaje y esa necesidad imperiosa de protegerla que la hizo llorar de felicidad.
El Alfa lamió la pequeña gota de sangre que brotó de la herida, curándola instantáneamente con su saliva, dejando una marca indeleble con la forma de una luna creciente entrelazada con colmillos tribales. Alondra se tambaleó levemente, abrumada por la inmensa cantidad de energía mística que ahora corría por su sistema, pero los brazos colosales de Caleb la sostuvieron con fuerza contra su pecho ardiente, manteniéndola firme.
Caleb se giró hacia la manada, alzando la mano unida de Alondra hacia el firmamento plateado.
—¡Contemplad a vuestra Luna! —proclamó con orgullo salvaje.
Toda la Manada Roja cayó de rodillas al unísono, inclinando la cabeza ante su nueva reina en un gesto de lealtad inquebrantable. Alondra miró a la multitud y luego a los ojos dorados de su compañero, entendiendo que el calor de ese fuego sagrado y la marca de su cuello la habían transformado para siempre en la soberana indiscutible de las tierras altas.