En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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10°
...Alexei Morózov...
^^^San Petersburgo, Rusia^^^
—¡¿Qué mierda te sucede?! ¡¿Eres un maldito imbécil o es que acaso no sabes hacer algo tan jodidamente simple?! —le grité con todas mis fuerzas al chico que temblaba frente a mi escritorio.
Era un pasante nuevo. El tercero que contratábamos en los últimos cuatro meses. Todos terminaban largándose de Techno Tecnológik Morózov exactamente al tercer día, una estadística que a mí me daba absolutamente igual. Ninguno servía. Ninguno tenía la capacidad de ell....
—No... No, señor Morózov... lo lamento, yo... —tartamudeó el muchacho, con el rostro completamente pálido y un nerviosismo que me revolvía el estómago.
—¡Alexei, bajale a tu genio! ¡Él no tiene la culpa de tu maldito mal humor! —el grito de Elena resonó desde la entrada de la oficina mientras caminaba con paso firme y se paraba protectoramente junto al chico.
—¡Pues que haga su trabajo bien si no quiere que lo devore vivo! —exclamé, golpeando el escritorio con el puño.
—Su trabajo está perfectamente bien, Alexei. Entre Nikolai y yo revisamos sus códigos esta mañana antes de que te los entregara. Deja de ser tan exagerado y de desquitarte con los empleados —me respondió ella con una severidad implacable.
Elena se habia ganado esa confianza a pulso durante los dos últimos años. Se había vuelto la mano derecha de Nikolai en el departamento de desarrollo y, además, su amante o su novia; a estas alturas ya no estaba seguro de qué etiqueta tenían, pero eran inseparables. Más allá de su relación con Nikolai, Elena estuvo ahí para mí en mis peores noches, en esas madrugadas oscuras donde el alcohol no bastaba. Se quedaba hasta tarde en la corporación junto a mi escritorio, me obligaba a comer cuando pasaba días ignorando el alimento y nunca, ni una sola vez, perdió esa bendita paciencia conmigo. Aunque me había negado a aceptarlo al principio por puro orgullo, Elena se había convertido en una gran amiga y en una profesional excelente.
—Y tú, vete a tu oficina ahora mismo —le ordeno Elena al pasante con un tono suave—. A la próxima que tengas que entregar un reporte, busca primero a Nikolai, sobre todo si este hombre llega de mal humor.
El chico asintió repetidamente, al borde de las lágrimas, y lo vi salir de la oficina presidencial casi corriendo. Parecía que huía de un monstruo, que escapaba de mí para salvar su vida. Una mueca amarga cruzó mi rostro; al final, eso era lo que pasaba siempre. Todos terminaban huyendo running de mi lado, todos se iban tarde o temprano.
—¿Qué hizo Sofía esta vez? —me preguntó Elena directas al grano, sacándome bruscamente de la neblina de mis pensamientos.
Caminó hacia la puerta, le pidió a Sondra por el intercomunicador que nos trajera un café cargado y cerró la entrada para darnos privacidad. Me dejé caer con pesadez en mi silla de piel ejecutiva mientras ella se sentaba frente a mí, cruzando las piernas y clavando en mi rostro esa mirada analítica que me conocía de memoria. Ella sabía perfectamente que cuando mi mal humor alcanzaba niveles volcánicos, solo había un nombre detrás: Sofía.
—Nada, que la muy imbécil quiso tomar vino tinto en la comida —le solté, frotándome las sienes con frustración. Elena soltó un largo suspiro—. ¡¿Cómo mierda se le ocurre hacer una estupidez así?! Tiene siete meses de embarazo, joder. Y su estúpida excusa para justificarlo fue decir que era un antojo de la bebé. ¿Puedes creerlo?
—Quedé de verme con ella esta tarde para revisar algunas cosas que compramos para la bebé —me dijo Elena, intentando suavizar la tensión con la voz calmada—. Hablaré con ella, te lo prometo. Tú solo respira profundamente. Sé perfectamente que Sofía es difícil, pero yo me encargo de controlarla. Entiéndela un poco, Alexei, solo está asustada por los cambios de su cuerpo y por perder su figura después del parto.
Era verdad. Elena y Sofía se llevaban extrañamente bien. De hecho, Sofía vivía bajo la firme creencia de que Elena era su mejor amiga en todo San Petersburgo. Elena me había confesado una noche que jamás podría considerar a Sofía como una verdadera mejor amiga —ese lugar en su corazón seguía perteneciendo a una rosa ausente—, pero hacía el esfuerzo de ganarse su confianza solo para intentar hacer más llevadero mi maldito y asfixiante matrimonio. Gracias a la intervención de Elena, Sofía no peleaba tanto conmigo en la mansión, aceptaba mis decisiones con mayor facilidad y me ahorraba una cantidad considerable de estrés.
Aunque nada de eso borraba la realidad de cómo habíamos terminado unidos. Una noche de tantas, hace más de siete meses, llegué completamente ebrio a la casa, ahogado en el vacío y la frustración. Sofía aprovechó mi vulnerabilidad y mi falta de lucidez, se metió en mi cama y así fue exactamente como quedó embarazada. No iba a negar que sentía una chispa de felicidad por el hecho de que iba a ser papá, ya deseaba con el alma conocer a mi hija, protegerla y sostenerla en mis brazos. Pero Elena y Nikolai eran los unicos en este mundo que sabían perfectamente con qué mujer quería haber vivido esa experiencia. Con quién quería formar una familia de verdad.
Elena se levantó, me dio una última mirada de apoyo y regresó a su departamento a trabajar, dejándome completamente solo en la inmensidad de mi oficina. Me quedé a solas con mis pensamientos y con esa estúpida y constante necesidad de callar mi mente y apagar el fuego de mi pecho con un par de botellas de whisky, aunque supiera que el alivio duraría apenas un par de horas antes de que la cruda realidad volviera a golpear.
Porque durante dos malditos años enteros, la busqué. La busqué en cada rincón de Rusia, en cada terminal, en cada base de datos del continente. Y ella simplemente se esfumó de la faz de la tierra. No dejó ni un solo rastro, ni una pista, nada. Realmente me fascinaba lo buena que era con los sistemas informáticos; su mente brillante supo cómo ocultarse a la perfección de los ojos de la Bratva. Aunque, para ser sincero, jamás entendí del todo por qué lo había hecho. Yo nunca fui malo con ella en Techno Tecnológik. Nunca le impedí nada malo, nunca abusé de mi poder, ni siquiera me atreví a coquetearle de frente o a asustarla... Pero supongo que mi sola sombra ya implicaba un peligro del que quiso salvarse.
A estas alturas, ya daba igual. Iba a ser padre, tenía una responsabilidad en camino y ella se había asegurado de que yo jamás la encontrara. Durante meses quise obligarme a creer que esa mujer, mi rosa, estaba muerta para mí. Quise enterrar su recuerdo. Pero era una maldita mentira. Cada vez que abría el cajón secreto de mi escritorio y contemplaba la fotografía que le había tomado en secreto, algo dentro de mi alma salvaje se calmaba. Esos ojos verdes y dorados tenían el poder absoluto de robarme la cordura, pero también eran los únicos capaces de apaciguar mis demonios con solo mirarlos en un pedazo de papel.
Aunque ahora, viendo el panorama, creía que todo estaba finalmente en orden. Ya había pasado demasiado tiempo. Empezaba a mentalizarme en que ya no había necesidad de seguir buscándola. Ella había tomado la decisión consciente de irse, de borrarme de su vida, y ahora me tocaba a mí aceptarlo con madurez. O al menos a eso me tenía que obligar a creer para mantener la cabeza fría; tenía que dejar de intentar rastrearla de una vez por todas.
Mi negocio en la Bratva había crecido en potencia y alcance internacional durante estos veinticuatro meses. Mis cuentas bancarias sumaban millones de rublos y dólares cada hora que pasaba. Mi empresa seguía manteniéndose inamovible como la número uno en tecnología avanzada en todo el país. Tenía el mundo a mis pies. Pero, ¿de qué maldita sea me servía todo este poder y opulencia si yo quería que fuera ella quien liderara este imperio a mi lado? Ahora, por los giros de la vida, todo este legado pasaría algún día a manos de mi futura hija.
Estaba dispuesto a aceptar mi destino, resignado a la tranquilidad gris que tanto me había costado construir en mi mente. Lo que yo no sabía en ese instante, mientras miraba los rascacielos de San Petersburgo a través del ventanal, era que el destino, en su forma más retorcida y sádica, ya tenía preparada una jugada maestra para destruir por completo la paz que intentaba mantener.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro