Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 12
Capítulo 12
El sábado, Lola durmió hasta el mediodía.
El celular la despertó.
—Señorita Quintana, hablamos de la comisaría de San Telmo. ¿Recuerda el intento de secuestro del lunes por la noche?
Lola se sentó.
—Sí.
—Hay avances. ¿Puede acercarse hoy?
—Voy ahora.
En la comisaría, una oficial le explicó:
—Los detenidos declararon que actuaron por orden de Nora Sosa. La intención era subirla a la combi y venderla a una red fuera del país.
—¿Nora Sosa?
No conocía el nombre, pero el apellido y el vínculo eran obvios.
La hermana de Graciela.
—¿Solo ella? ¿No hay nadie más atrás?
—Por ahora, eso consta en la investigación.
Lola se inclinó.
—¿Y el motivo? No tengo trato con esa mujer. Apenas la vi en mi vida.
La oficial suavizó el tono.
—La están interrogando. Deberíamos saberlo pronto.
—¿Puedo escuchar? Prometo no hablar.
La oficial dudó.
—Espere. Voy a consultar.
Lola se preparó para un no.
Pero la dejaron pasar a una sala contigua.
Había un vidrio espejado. Desde ahí se veía y oía el interrogatorio.
La oficial, al cerrar la puerta, soltó el aire.
Ese caso tenía atención de la familia Sáenz.
Nadie quería quedar como negligente.
Del otro lado, Nora estaba blanca.
—¿Motivo? —preguntó el policía.
—La piba... Lola... tenía un cofre de joyas de su madre. Mi hermana me dijo que se las quería llevar todas y yo... me tenté. Fue un impulso. Yo no quería hacerle daño en serio. No quiero ir presa.
—¿No quería ir presa? Tendría que haberlo pensado antes.
—Pero no le pasó nada...
El policía golpeó la mesa.
Nora se achicó.
—Perdón.
Lola no necesitó oír más.
Nora había sido empujada.
Graciela no se ensuciaba las manos. Tiraba una frase, dejaba que otro corriera y, si salía mal, se escondía.
Como siempre.
De chica, cuando Graciela la golpeaba hasta dejarla marcada, después decía que Lola era inquieta, que se peleaba con otros chicos, que ella como madrastra sufría intentando corregirla.
Los adultos le creían.
Lola quedaba como problemática.
Graciela como buena mujer.
Otra vez quería salir limpia.
No.
Esta vez iba a entender lo que pasaba cuando se enojaba Lola Quintana.
En la casa Quintana, Micaela entró al cuarto de su madre.
—Mamá, ¿es verdad que detuvieron a la tía Nora?
—Sí.
Graciela se desmaquillaba tranquila.
—¿Y no vas a hacer nada?
—¿De qué sirve desesperarse? Tu tío político tiene contactos. En unos días sale. Es un trámite.
—¿Seguro?
Graciela le tocó la nariz.
—¿Cuándo te mentí?
Micaela se fue más tranquila.
La sonrisa de Graciela cayó apenas quedó sola.
No esperaba que detuvieran a Nora.
Su cuñado siempre había dicho tener gente en la policía.
¿Qué había fallado?
Salió para llamarlo, pero se encontró con Rubén en el pasillo.
Tenía la cara negra.
—Graciela, ¿vos tuviste algo que ver con lo que hizo tu hermana?
Ella abrió los ojos.
—¿Cómo podés preguntarme eso?
—Porque no soy idiota. Nora se mueve si vos la empujás.
—Rubén, mi hermana actuó sola. Yo también estoy sorprendida.
Rubén la miró con desconfianza.
—Si esto salpica a la familia, no te lo perdono.
—¿La familia? —Graciela bajó la voz—. ¿Y quién provocó todo? Tu hija. Si le hubieras puesto límites, nada pasaba.
—No la nombres como si no fuera tu culpa también.
Discutieron en voz baja, con miedo de que Micaela oyera.
Pero el miedo de Graciela era otro.
Si Lola encontraba la forma de probar su mano detrás de Nora, su imagen se destruía.
Tenía que moverse antes.
Lola salió de la comisaría con una idea clara.
No podía atacar a Graciela solo con sospechas.
Necesitaba que ella misma se expusiera.
Llamó a Sol.
—Necesito un favor.
—Decime a quién destruimos.
—A Graciela. Pero con cuidado.
Sol se enderezó.
—Me gusta cuando hablás así.
Lola le explicó: filtrar de manera controlada la historia de Nora, las joyas y el intento de secuestro, sin afirmar todavía que Graciela lo ordenó, pero dejando el vínculo expuesto.
Sol tenía contactos en cuentas de chimentos, periodistas menores y grupos donde los escándalos de familias ricas corrían más rápido que la luz.
—Lo hago —dijo—. Sin tocar tu nombre más de lo necesario.
—Gracias.
—Nada de gracias. A las madrastras de cuento se las baja con pruebas y con público.
Lola sonrió.
Después llamó a Quiroga.
—Necesito saber si puedo pedir medidas para que Nora no se acerque y si puedo ampliar la denuncia si aparece vínculo con Graciela.
Quiroga respondió con precisión.
—Sí. Juntamos todo. También conviene denunciar el ingreso a su cuarto y el intento de robo del bolso. Aunque no prueben autoría todavía, sirve para mostrar patrón.
—¿Thiago te pidió que me ayudaras?
Quiroga hizo una pausa.
—El señor Sáenz me pidió que estuviera disponible.
—Decile que gracias.
—Puede decírselo usted.
Lola miró el celular después de cortar.
Abrió el chat de Thiago.
Lola: "Me enteré de que moviste hilos en la comisaría."
Lobo: "No sé de qué hablás."
Lola: "Claro. Las comisarías siempre tratan a las víctimas como invitadas VIP porque aman el servicio al cliente."
Lobo: "Capaz te vieron cara de reina."
Lola: "Pibe, gracias."
Thiago miró esas dos palabras durante un rato.
No respondió enseguida.
Después escribió:
Lobo: "Cuidá tu bolso. Y tus piernas. Me dijeron que estaban por jubilarse."
Lola se rio sola.
—Idiota.
Pero el pecho se le aflojó.
Por primera vez en varios días, no se sintió sola frente a todos.
Esa noche, las primeras publicaciones aparecieron.
"Hermana de una conocida señora de familia acomodada, detenida por intento de secuestro vinculado a joyas heredadas."
"¿Conflicto por herencia o algo más oscuro?"
No había nombres completos.
Todavía.
Pero quienes conocían a la familia Quintana empezaron a atar cabos.
Graciela recibió el primer mensaje de una amiga a las diez y media.
"¿Lo de tu hermana es verdad?"
Después otro.
Y otro.
Miró la pantalla con los dedos fríos.
Lola.
Esa desgraciada había empezado.