A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 1
Capítulo 1
Atrapados en la cama
Nunca pensé que mi esposo pudiera engañarme tan pronto.
Ahora, mirando hacia atrás, mi matrimonio con Diego Alcázar fue un error desde el principio. Yo, como una idiota perfecta, desperté aterrada en medio de una conspiración que todavía no entendía.
Diego y yo nos habíamos casado hacía apenas medio mes. Lo ridículo, lo casi ofensivamente novelesco, era que la misma noche de la boda tuvo que salir de la Ciudad de México por un problema urgente en un proyecto. Así que, para ser exacta, mi noche de bodas la pasé sola.
Él decía que se sentía culpable por eso. Decía que después me iba a compensar, que me iba a querer el doble, que yo era la mujer más comprensiva del mundo.
Yo no le di demasiada importancia. Diego había sido demasiado bueno conmigo.
Desde que nos conocimos hasta la boda, me trató como si yo fuera algo frágil y precioso. Durante un tiempo, incluso creí que era la mujer más afortunada del planeta. Qué suerte la mía, pensaba, haber encontrado a un hombre que me quería así.
Ese día él volvía de viaje. También era su cumpleaños. Una semana antes reservé una suite en el Hotel Bahía Real, sobre Reforma, para darle una sorpresa. Quería celebrar su regreso, su cumpleaños y, de paso, terminar de hacer lo que no habíamos hecho en nuestra noche de bodas.
Estaba acomodando flores sobre la mesa cuando una notificación entró en mi celular.
Era un número desconocido.
El mensaje decía solo una frase:
Tu esposo te engaña.
Solté una maldición en voz baja. Pensé que era un loco, un chantajista aburrido o alguien con demasiado tiempo libre. Bloqueé la pantalla y volví al ramo, pero casi de inmediato llegó otra notificación.
Esta vez era una solicitud de contacto por WhatsApp, también de un número desconocido, con una línea escrita en el campo del mensaje:
Sé que no me vas a creer. Ve al Hotel Mondé, habitación 506. La realidad se encarga del resto.
No sé si fue curiosidad, intuición o esa parte estúpida de una que abre la puerta aunque sienta el incendio detrás. Acepté la solicitud.
El siguiente mensaje fue una foto.
Una foto obscena, tomada con intención, con el ángulo exacto para que no hubiera duda. En la cama había dos personas teniendo sexo. La mujer aparecía casi de espaldas, pero el hombre...
El hombre era mi esposo.
Diego.
No pensé. No pude pensar. Salí de la suite como una loca, dejé las flores, el vino, el pastel intacto, y bajé a la calle para tomar el primer taxi que se detuvo.
Durante todo el camino me repetí que no podía ser verdad. Diego me había perseguido como un hombre desesperado cuando empezamos a salir. Todos nuestros conocidos sabían lo insistente, lo atento, lo enamorado que parecía. La noche anterior me había llamado para preguntar si había cenado. También dijo que me traería un regalo al volver.
¿Cómo iba a estar con otra mujer?
Pero la foto ya había roto algo dentro de mí.
Cuando empujé la puerta de la habitación 506, la sangre se me subió a la cabeza.
La escena era peor que la imagen.
—¡Ah!
La mujer, que segundos antes gemía en la cama, gritó al verme entrar y jaló la sábana para cubrirse. Diego se quedó inmóvil. En su cara vi sorpresa, sí, pero solo por un instante. Después, esa mínima culpa desapareció y fue reemplazada por una frialdad que jamás le había visto.
—Diego Alcázar, eres un desgraciado.
Temblaba de pies a cabeza. Crucé la habitación y le di una bofetada con toda la fuerza que me quedaba. Cuando levanté la mano otra vez, él me sujetó la muñeca.
La cara que conocía tan bien se volvió, de pronto, la de un extraño. Un extraño con desprecio en los ojos.
El corazón se me contrajo con tanta violencia que las lágrimas me nublaron la vista.
—Valeria Salcedo, no te pases —dijo, frío.
Aquello terminó de prenderme la sangre.
Yo no sabía que el Diego que me había jurado amor era capaz de convertirse en eso. Un hombre infiel, descubierto en plena cama, con el descaro de hablarme como si la que hubiera cruzado un límite fuera yo.
Me limpié la cara con el dorso de la mano. Me obligué a no abalanzarme sobre él otra vez.
—¿No piensas explicarme nada? —pregunté, con los ojos ardiendo.
Él me soltó la muñeca como si le diera asco tocarme.
—¿Explicarte? ¿Tú quién te crees para exigirme explicaciones?
Retrocedí unos pasos por el empujón de su brazo y mi espalda chocó contra una repisa. El dolor me cortó la respiración, pero no me detuve.
—Estamos casados. Soy tu esposa. Y tú estás acostándote con esta mujer sin vergüenza...
La bofetada me reventó en la cara.
Por un segundo no escuché nada. Solo un zumbido.
Lo miré sin poder creerlo. Diego, el hombre que decía adorarme, acababa de pegarme.
—La cachetada que me diste te la perdoné —dijo, señalándome con la misma mano con que me había golpeado—. Pero si insultas a Camila, no me culpes por responder.
Ah.
Así que era por Camila.
Por su amante.
Sentí que algo se desgarraba en mi pecho. Aun así, apreté los dientes.
—Diego, qué ciega fui al escogerte.
No dije nada más. Salí de la habitación antes de que él pudiera volver a tocarme. Necesitaba escapar de ese lugar, de esa cama, de esa versión miserable de mi matrimonio.
Afuera el sol de verano caía con una crueldad blanca, como si quisiera arrancarme la piel. Yo caminaba sin orden, con la mente hecha pedazos. Al cruzar la calle, solo alcancé a oír el chillido de unos frenos.
Después vino el golpe.
Un dolor brutal, metálico.
El olor a sangre.
Y la oscuridad.
Cuando desperté, estaba en una habitación de hospital. Tenía una vía en la mano y el cuerpo entero me dolía como si me hubieran desarmado y vuelto a montar mal.
Ese dolor real, insoportable, me dijo dos cosas: seguía viva, y Diego me había engañado de verdad.
La puerta se abrió. Una enfermera entró con una voz amable.
—Señorita Salcedo, despertó.
Revisó mis signos, cambió el suero y acomodó la sábana con una eficiencia suave.
Miré alrededor. No era una habitación común. Era una suite privada, de esas que en México solo pagan los seguros caros o las familias que no preguntan precios.
—Disculpe —dije—. ¿Sabe quién me trajo al hospital?
Recordaba salir del hotel, la calle, el golpe. Nada más.
La enfermera negó con la cabeza.
—No tengo ese dato, señorita. Solo sé que la trajo un caballero.
Un caballero.
Por un segundo apareció el rostro de Diego en mi mente. Me reí por dentro, con una amargura que me quemó la garganta. Después de lo que había hecho, después de haberme golpeado por defender a su amante, ¿cómo iba a importarle si yo vivía o moría?
Pasé dos semanas internada.
Mis heridas fueron sanando poco a poco. Durante esos días intenté averiguar, por todos los medios, quién era el “caballero” que me había llevado al hospital. Nadie me dijo nada. Lo único claro era que alguien pagaba puntualmente la cuenta médica, y que todos los días llegaba comida especial, tibia, bien preparada, como si una persona invisible hubiera decidido cuidar mi cuerpo mientras mantenía oculto su nombre.
Mientras más tiempo pasaba, más crecía mi inquietud.
Cuando volví a preguntar y obtuve la misma respuesta vaga, arranqué la cinta de la vía con más rabia que prudencia y decidí irme.
—Señorita Salcedo, todavía no puede salir —me dijo la enfermera, siguiéndome por el pasillo.
—Si no quieren decirme quién me trajo, entonces me voy.
Llegué hasta la entrada del hospital con mi bolso en una mano y el cuerpo protestando en cada paso. Antes de cruzar la puerta, un hombre de traje se interpuso con una cortesía impecable. Tendría unos treinta años, quizá un poco más. Tenía una cara serena, de esas que parecen no alterarse ni con un terremoto.
—Señorita Salcedo, vine a recogerla.
Me detuve y lo observé de arriba abajo.
—¿Usted fue quien me trajo al hospital? Se lo agradezco. Le devolveré todos los gastos médicos, peso por peso.
El hombre sonrió.
—Hay un malentendido. Quien la trajo fue mi jefe. Yo soy su asistente. Me llamo Andrés Montalvo. Hoy también vengo por instrucciones de él. Por favor, acompáñeme al auto.
Mi cabeza trabajó rápido. Tenía demasiadas dudas, pero el hombre hablaba con educación y no parecía peligroso. Tal vez porque necesitaba una respuesta más de lo que necesitaba prudencia, terminé siguiéndolo.
El auto atravesó algunas de las zonas más caras de la ciudad hasta llegar a Lomas de Chapultepec. Al ver las calles arboladas, las bardas altas y las casas que no se anunciaban porque no necesitaban hacerlo, entendí que mi “salvador” no era cualquier persona.
—Señor Montalvo —dije al fin—, ¿puedo saber quién es su jefe?
Andrés sonrió sin apartar la vista del camino.
—Mi jefe se apellida Alcázar.
Alcázar.
El corazón me dio un vuelco. ¿Diego? No. Diego tenía dinero, sí, pero no ese nivel de dinero. Además, después de lo ocurrido, mi sensibilidad con ese apellido estaba hecha trizas.
El auto entró en una residencia de estilo europeo, enorme, impecable, silenciosa.
—Llegamos, señorita.
Andrés me condujo al interior. La casa era más imponente de lo que imaginé: mármol, madera oscura, ventanales altos, una pulcritud que casi intimidaba.
En la sala, un hombre estaba sentado en el sofá. Desde mi ángulo solo veía sus piernas largas, la línea recta de su perfil y una mandíbula marcada.
—Señor Alcázar, la señorita Salcedo llegó —dijo Andrés en voz baja.
—Bien.
Su voz era grave. No mostraba emoción.
Andrés se retiró.
Quedamos solos.
El hombre se puso de pie y me miró.
Me quedé inmóvil.
Era alto, de cuerpo firme, con el cabello corto y una expresión fría, limpia, peligrosa. Tenía los ojos oscuros y unas cejas que endurecían aún más su rostro. Todo en él transmitía poder, dinero y una seguridad casi insoportable.
—Valeria Salcedo —dijo antes de que yo pudiera hablar—. Hagamos un trato.
En ese momento todavía no sabía que aquel hombre desconocido iba a enredarse conmigo desde ese día hasta mucho después, quizá para toda la vida.