Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
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Capítulo 11 — Historias encendidas
Empezaron a contar lo que cada una había perdido, y sus palabras, cargadas de una melancolía visceral, comenzaron a manifestarse en el aire como pequeñas chispas de colores. Cada recuerdo evocado era una historia que se encendía en la oscuridad del Vórtice, iluminando sus rostros cansados con una luz que no procedía de la magia de la Corona, sino de la humanidad que aún latía en sus pechos.
Lyraka fue la primera en profundizar. Su voz, habitualmente áspera y defensiva, se suavizó hasta convertirse en un susurro que apenas competía con el viento.
—Recuerdo a mi hermano menor, Kaelen —comenzó Lyraka, con la mirada fija en una de las chispas que se tornó de un color naranja otoñal—. Él no me tenía miedo cuando mis cuernos empezaron a brotar. Me decía que parecían ramas de un árbol sagrado. Recuerdo el día que los Inquisidores vinieron a nuestra aldea. Tuve que elegir entre quedarme y ver cómo lo mataban por protegerme, o huir y dejar que me odiara por abandonarlo. Elegí huir. Perdí su respeto, su amor y la posibilidad de verlo crecer. Cada vez que toco mis cuernos, siento el peso de ese abandono. No soy una heroína, Xylia. Soy una cobarde que obtuvo poder porque no pudo soportar el dolor de la pérdida.
Xylia extendió una mano hacia la chispa de Lyraka, pero no la tocó. Su propia historia comenzó a brillar con un azul gélido.
—Mi pérdida no fue una huida, fue una imposición —dijo Xylia—. En mi clan, los Brook, la perfección era la única moneda de cambio. Desde que nací, fui moldeada para ser la "Luz del Norte". Me prohibieron llorar, me prohibieron dudar. Cuando la Ciudad de Cristal cayó, mi padre me puso esta armadura y me dijo: "Tú no eres una hija ahora, eres un símbolo. Los símbolos no mueren, pero tampoco viven". Perdí mi infancia en los campos de entrenamiento y perdí mi derecho a ser débil. A veces, daría todo este poder por un solo minuto en el que alguien me viera a mí, y no a la armadura dorada que se supone que debo representar.
Shapira, viendo que sus compañeras abrían sus corazones, se movió hacia el centro del círculo. Sus cadenas comenzaron a girar lentamente, y del vacío de su magia surgió una imagen hecha de humo negro y plata. Era una aldea humilde, donde la gente se comunicaba a través de la música. Shapira mostró, mediante imágenes mentales proyectadas en las sombras, el momento en que entregó su voz al Altar del Silencio para salvar a su pueblo de una plaga de sombras. Perdió su música, el lenguaje de su alma, para convertirse en el receptáculo de la oscuridad que amenazaba con devorarlos a todos. Sus cadenas no eran un castigo de otros, sino una prisión que ella misma aceptó para mantener la sombra bajo control. Cada vez que sus eslabones tintineaban, era el eco de una canción que ya no podía cantar.
Ravenna escuchaba, guardando cada palabra en la biblioteca de su memoria. Sabía que su propia historia era la más árida, pero no por ello menos dolorosa.
—Yo perdí la capacidad de amar a una sola persona —confesó Ravenna—. Cuando abrí el primer Tomo Prohibido, mi mente se expandió de tal manera que empecé a ver el mundo como un tejido de probabilidades. Vi cómo morían mis padres, vi cómo se marchitaban mis amigos, antes incluso de que sucediera. Perdí el presente. Vivo en un futuro constante de consecuencias y sacrificios. Para mí, el amor se convirtió en una ecuación de supervivencia. Perdí la calidez de un abrazo porque siempre estoy calculando cuánto tiempo falta para que ese abrazo se convierta en polvo.
Las cuatro historias flotaban entre ellas, encendidas y vibrantes. El Vórtice ya no se sentía como un lugar de poder cósmico, sino como el hogar de cuatro almas desterradas. La atmósfera cambió; el frío del vacío fue reemplazado por un calor humano, aunque triste. Se dieron cuenta de que su unión no dependía de la magia de la Corona, sino de este intercambio de vulnerabilidades. Eran las Guardianas de la Medianoche porque nadie más en el mundo podía entender el peso de lo que habían dejado atrás.
—Miren —dijo Lyraka, señalando las chispas.
Las historias encendidas no se apagaban. Al contrario, comenzaron a atraerse entre sí, mezclando sus colores. El naranja de Lyraka, el azul de Xylia, el plata de Shapira y el gris de Ravenna se fundieron en una sola llama pequeña y constante que flotaba sobre el altar de cristal. No era una llama que quemara, sino una que confortaba.
—Es nuestra esencia —susurró Xylia—. Lo que queda de nosotras.
—Es lo que el mundo nunca tendrá —añadió Ravenna—. Su seguridad se basa en nuestro sacrificio. Esta llama es la prueba de que no somos solo herramientas del equilibrio. Somos reales. Sentimos. Sufrimos.
Se quedaron en silencio, observando cómo la llama resistía los embates del viento helado del Vórtice. Era una visión hipnótica y sagrada. Cada una de ellas sintió que, por primera vez desde que comenzó su viaje, no estaban solas. La soledad del deber seguía allí, pero ahora tenían un punto de referencia, un fuego común al que podían volver mentalmente cuando la carga fuera demasiado pesada.
El tiempo pareció detenerse. En ese espacio fuera de la realidad, las jerarquías de "guerrera", "noble", "muda" y "sabia" desaparecieron. Solo quedaban las Cuatro de la Medianoche, protegiendo la llama de su propia humanidad.
Cada historia era una pequeña llama en el frío.