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No Es Una Invitación, Es Una Orden

No Es Una Invitación, Es Una Orden

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Amor de la infancia
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Phandi

Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.

NovelToon tiene autorización de Phandi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

“Lo que no se puede poseer”

El burdel estaba envuelto en humo, risas rotas y gemidos fingidos.

Los faroles iluminaban con tonos rojizos las paredes húmedas, como si todo ahí dentro estuviera cubierto de sangre vieja.

Sebastián entró con paso firme.

Olía a licor, a colonia cara, y a frustración.

—¿Dónde está Clarita? —preguntó con la voz ronca.

Una de las chicas se le acercó con un abanico.

—Clarita no está esta noche, señor. ¿Quiere ver a Noemí? Está libre…

Sebastián apretó los dientes.

—No quiero a ninguna usada.

La mujer palideció. Retrocedió.

Todos sabían que cuando Sebastián hablaba así, era mejor no respirar.

De pronto, apareció la madama del lugar, doña Paulina. Una mujer robusta, de rostro empolvado y mirada fría.

—¿Qué estás buscando esta noche, muchacho? Porque con esa cara no has venido a disfrutar… Has venido a destruir.

Sebastián se acercó, la tomó del brazo y le susurró:

—Me dijeron que trajiste algo nuevo. Una virgen.

Doña Paulina se le quedó viendo largo rato. El silencio fue incómodo.

Luego bajó la voz.

—¿Sabes cuántas veces he oído esa palabra y cuántas de esas veces fue mentira?

—Esta vez no lo es.

—¿Y para qué la quieres? ¿Para vengarte de tu esposa que te odia?

Sebastián la miró con rabia, pero no negó nada.

—Solo quiero ser el primero en algo. Porque con mi esposa... no lo fui.

Quiero que otra me mire como si yo fuera su inicio. No su castigo.

La madama lo empujó suavemente hacia el bar.

—Lo que buscas no se compra, Sebastián.

—Todo se compra. —espetó él con arrogancia.

—¿Y el alma? ¿También?

Silencio.

Paulina se giró, caminó unos pasos y agregó sin mirarlo:

—La chica ya no está. La llevé lejos. Porque cuando vi cómo mirabas a las mujeres… entendí que no quieres placer. Quieres revancha.

Y yo no vendo eso.

Sebastián golpeó la barra con el puño.

—¡Maldita sea! ¡Ni una! Ni una me mira como ella miraba a ese muerto…

Doña Paulina se acercó de nuevo, sin miedo, con voz casi maternal.

—Eso es porque sabes que no te quieren, Sebastián. Nunca te han querido.

Y tú tampoco sabes querer. Solo poseer.

Y lo que no se deja poseer… te vuelve loco.

Él no dijo nada.

Solo bebió de un solo trago el licor que le sirvieron.

Se tambaleó.

Luego se echó hacia atrás en el sillón.

—Me casé con ella. La toqué. La marqué. La hice mía.

Pero cuando le vi los ojos…

seguía siendo de otro.

—Entonces ya la perdiste, —dijo Paulina— y no lo quieres aceptar.

Sebastián sonrió amargo.

—Nadie me quita lo que es mío. Aunque tenga que destruirla por dentro.

Aunque tenga que matar a Tomás.

Y se quedó ahí, borracho, solo, con la música vibrando a su alrededor,

pero sin poder callar la única verdad que lo devoraba:

Jamás tendría a Elsa.

Porque Elsa ya no se pertenecía.

Era de alguien más. Aunque la hubieran casado.

“El hombre que no sabía querer”

La noche era densa. El cielo no mostraba luna.

Sebastián caminó por la vereda de regreso a la casona con el rostro perdido, los pasos arrastrados y el eco de las palabras de Doña Paulina golpeándole la nuca:

“Tú no sabes querer… solo sabes poseer.”

La frase se repetía como un martillo en su cabeza.

Intentó ignorarla, pero cada vez que lo hacía, más fuerte sonaba.

Al llegar, la casa estaba en silencio.

Las luces apagadas. Joshua dormía. Sus padres, ausentes. Solo el sonido sutil del reloj de péndulo llenaba el ambiente con su tic-tac constante, como si marcara los segundos que le quedaban de cordura.

Entró a su habitación, se desabotonó lentamente la camisa, y al girar hacia la cama apenas iluminada por la luz de la calle que entraba por la ventana, la vio.

Elsa.

Estaba acostada de lado, la espalda hacia él.

Inmóvil.

¿Dormía?

No. Elsa no dormía. Solo fingía.

Porque ya había aprendido a sobrevivir al monstruo.

Y esta vez, lo esperaba… lista para otra noche de tormento.

Pero algo cambió.

Sebastián no se le acercó.

No intentó tocarla.

Ni desnudarla.

Ni marcarla.

Se quitó los zapatos lentamente.

Luego el cinturón.

Lo dejó sobre la silla.

Y se sentó al borde de la cama.

En silencio.

Elsa abrió levemente los ojos. No se movió.

No respiró más rápido.

Solo escuchó.

Y lo que oyó…

no era lo que esperaba.

—¿Qué daño me hiciste, Elsa? —susurró Sebastián con la voz quebrada.

Ella contuvo el aliento.

—Mi afán de poseerlo todo... de tener lo que nadie puede…

—Tú... tú me hiciste odiarme más de lo que ya lo hacía…

Sebastián se levantó. Se acercó a la ventana.

La luz lo bañó. Elsa lo vio por el reflejo.

Sus ojos estaban rojos. Mojados.

—No sé por qué me duelen esas palabras… las de esa bruja del burdel.

Pero tenía razón…

—No sé querer. Nunca lo aprendí. Ni con mi madre… ni con nadie.

Siempre creí que amar era tener. Pegar si desobedecen. Poseer.

Marcar. Dominar. Pero tú...

—Tú me desarmaste cuando besaste a ese malnacido bajo el roble.

Tenías once años. Yo catorce. Y aún así sentí tanto odio.

Tanta envidia. Tanto deseo de borrarlo del mapa.

De borrarlo de ti…

Elsa seguía sin moverse.

Un nudo en su garganta se formaba. No sabía si de miedo… o de pena.

Pero no podía perdonarlo.

No aún.

Sebastián volvió a sentarse.

Se tapó el rostro con las manos.

—Te lastimé tanto, Elsa.

Y aun así… tú solo piensas en él.

Ese estúpido, ese Tomás.

Ese huérfano de los zapatos rotos que me arrebató lo único puro que vi en mi vida… tú.

Un silencio profundo llenó la habitación.

—No te culpo si me odias. Yo también me odio.

No sé si te amo… o si solo te necesito para no sentirme menos.

Pero estoy cansado de que mi sombra sea su nombre…

Elsa cerró los ojos.

Una lágrima rodó por su mejilla.

Pero no era por él.

Era por Tomás.

Porque por más que Sebastián llorara, se quebrara, confesara,

ya era tarde.

Ya no había retorno.

Y él… lo sabía.

—Ojalá hubiera aprendido a quererte cuando te vi esa mañana…

con tu vestido blanco, en tu primera comunión.

O cuando ibas corriendo por la plaza, con tus trenzas y tu risa de niña.

Pero no. Te vi… y te quise como se quiere una joya.

Como se desea algo que brilla.

Y todo lo que brilla, me lo llevo, aunque no me pertenezca.

Se echó sobre el colchón. A su lado.

De espaldas.

Elsa se quedó inmóvil.

En silencio.

Pero dentro de ella, algo ardía.

Una certeza que ni los años ni las lágrimas borrarían:

Tomás la había amado.

Y Sebastián, simplemente, la había querido poseer.

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Miriam Muñoz
hasta el momento
ecxelente
Miriam Muñoz
me gusta
Miriam Muñoz: me gusta mucho ☺️
total 1 replies
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