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Dónde Caen Las Estrellas

Dónde Caen Las Estrellas

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Secuestro y encarcelamiento / Romance / Aventura
Popularitas:219
Nilai: 5
nombre de autor: Beatriz zafra

Rose Walker jamás imaginó que un viaje cambiaría su vida para siempre. Reconocida como una joven guionista en ascenso en California, su sueño finalmente se estaba haciendo realidad cuando fue invitada a Singapur para participar en el rodaje de la película que había escrito durante años. Todo parecía perfecto: el éxito, el reconocimiento y la oportunidad que siempre había esperado. Pero el destino tenía otros planes.

Durante el vuelo, una violenta tormenta provoca un accidente aéreo que termina con el avión estrellándose en una isla desconocida perdida en medio del océano. Rose despierta sola entre restos del avión, rodeada únicamente por selva, montañas y un silencio aterrador. Sin experiencia sobreviviendo lejos de la civilización, deberá aprender a luchar contra el hambre, el miedo y la desesperación mientras intenta mantenerse con vida.

Sin embargo, la isla no está desierta.

Mientras explora el lugar buscando agua y comida, Rose descubre algo imposible: una antigua civilización e

NovelToon tiene autorización de Beatriz zafra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Nunca me han gustado los aviones.

La gente suele imaginar que alguien que trabaja viajando de un país a otro termina acostumbrándose al ruido de los motores, a las horas interminables sobre el océano y a esa sensación de estar suspendido entre continentes. Yo no. Después de treinta y dos vuelos internacionales seguía apretando los dedos contra el reposabrazos cada vez que el avión despegaba.

Aquella noche salí de California con dirección a Singapur para comenzar el rodaje de Eclipse de Cristal, la película que había escrito durante los últimos dos años. Mi representante decía que era “el proyecto que cambiaría mi vida”. Yo fingía creerlo, aunque en realidad estaba demasiado cansada para emocionarme.

Recuerdo perfectamente el aeropuerto de Los Ángeles: las luces blancas reflejándose sobre el suelo pulido, el murmullo constante de las maletas rodando y el olor a café recién hecho mezclado con perfume caro. Todo parecía normal. Tan normal que ahora duele recordarlo.

Llevaba una carpeta negra apretada contra el pecho. Dentro estaba el guion completo, lleno de anotaciones escritas a mano. Era lo único que no había querido facturar. Ni siquiera mi portátil me importaba tanto.

Cuando anunciaron el embarque, subí al avión intentando ignorar ese presentimiento extraño que me había acompañado desde la mañana. Como una presión ligera detrás de las costillas.

—Relájate, Rose —me dije en voz baja mientras buscaba mi asiento—. Son solo diecisiete horas.

Me tocó junto a la ventanilla.

A mi lado iba sentado un hombre mayor que apenas habló durante el despegue. Del otro lado del pasillo una niña pequeña jugaba con un oso de peluche mientras su madre intentaba dormir. Más adelante un grupo de empresarios reía demasiado fuerte. Todo parecía sacado de cualquier vuelo común.

Y quizá por eso jamás vi venir lo que ocurrió.

Las primeras horas transcurrieron tranquilas. Cenamos, apagaron las luces y la mayoría de los pasajeros comenzó a dormir. Yo no podía. Abrí mi carpeta y releí una escena del guion mientras observaba el océano negro a través de la ventanilla.

Abajo no había nada.

Solo oscuridad infinita.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que empezaran las turbulencias.

Al principio fueron leves. Un pequeño temblor bajo mis pies. Las azafatas continuaron caminando por el pasillo fingiendo tranquilidad, aunque una de ellas miró hacia la cabina con demasiada rapidez.

Después llegó el segundo golpe.

El avión descendió de repente varios metros y los pasajeros gritaron al mismo tiempo. Escuché vasos caer al suelo y el sonido metálico de los compartimentos superiores abriéndose.

La niña del oso comenzó a llorar.

—Señores pasajeros, por favor permanezcan sentados y abróchense los cinturones —anunció una voz que intentaba sonar calmada.

Mis manos empezaron a sudar.

Las luces parpadearon.

Nunca olvidaré ese instante.

El rugido de los motores cambió de sonido, como si algo estuviera desgarrándose dentro del avión. El hombre sentado a mi lado se aferró al asiento frente a él mientras murmuraba algo en otro idioma.

Entonces llegó el verdadero caos.

Una sacudida brutal lanzó a varias personas contra el techo. Los gritos llenaron la cabina. Las máscaras de oxígeno cayeron sobre nuestras cabezas y el avión se inclinó violentamente hacia la izquierda.

Sentí el corazón golpeándome las costillas.

Intenté respirar.

No pude.

El mundo entero se convirtió en ruido.

La niña seguía llorando.

Alguien rezaba.

Alguien gritaba el nombre de otra persona.

Y yo solo podía mirar por la ventanilla.

Había relámpagos.

Relámpagos enormes atravesando las nubes como grietas blancas en el cielo.

El avión descendía demasiado rápido.

Lo sabía.

Todos lo sabíamos.

Recuerdo haber pensado algo absurdo en medio del pánico: No quiero morir sobre el océano.

Después escuché la voz del piloto.

Entrecortada.

Desesperada.

—Mayday… Mayday…

Y luego nada.

El impacto llegó como una explosión.

Sentí el cuerpo salir despedido hacia adelante. El ruido del metal partiéndose fue tan fuerte que pensé que me había quedado sorda. Todo giró. Luces. Humo. Fuego.

El avión se rompía.

Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue el ala derecha envuelta en llamas.

Y después…

Oscuridad.

Cuando desperté, el mundo estaba en silencio.

Un silencio espeso.

Pesado.

Abrí los ojos lentamente y sentí un dolor insoportable en la cabeza. Tenía arena pegada a la cara y un sabor metálico en la boca.

Tardé varios segundos en comprender dónde estaba.

El mar avanzaba y retrocedía a pocos metros de mí.

Las olas rozaban mis piernas.

El cielo era gris.

Me incorporé con dificultad y una punzada me atravesó el costado. Solté un gemido mientras observaba alrededor.

Había restos del avión esparcidos por toda la playa.

Asientos destrozados.

Pedazos de metal.

Equipaje abierto.

Una de las alas estaba medio hundida en el agua.

El aire olía a humo y sal.

—¿Hola? —mi voz salió rota—. ¿Hay alguien?

Nadie respondió.

Me puse de pie tambaleándome. Tenía cortes en los brazos y la ropa rasgada, pero podía moverme. Di unos pasos sobre la arena mientras intentaba procesar lo ocurrido.

No podía ser real.

No podía.

Entonces vi un cuerpo cerca de la orilla.

Y luego otro.

Sentí que el estómago se me revolvía.

Aparté la mirada inmediatamente.

Las lágrimas comenzaron a caerme sin darme cuenta.

—No… no…

Seguí caminando desesperadamente entre los restos del accidente.

—¡¿Hay alguien vivo?! —grité con todas mis fuerzas.

Solo respondió el sonido del mar.

El viento movía lentamente las palmeras detrás de la playa. Más allá comenzaba una selva espesa y oscura que parecía tragarse la luz.

Estaba sola.

Completamente sola.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Miré el horizonte buscando cualquier señal de ayuda. Un barco. Otra isla. Humo. Lo que fuera.

Nada.

Solo océano infinito.

Mis piernas dejaron de sostenerme y caí de rodillas sobre la arena mojada. Comencé a llorar sin control mientras el ruido de las olas llenaba el vacío que habían dejado los gritos del avión.

Todo había desaparecido en una sola noche.

Mi vida.

La película.

El futuro que había imaginado.

Todo.

Apreté los dedos contra la arena intentando convencerme de que seguía viva.

Y fue entonces cuando escuché algo.

Un sonido breve detrás de mí.

Como una rama rompiéndose dentro de la selva.

Levanté lentamente la cabeza.

El viento dejó de soplar por un instante.

Y por primera vez desde que desperté en aquella isla… sentí miedo de verdad.

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