Miranda lo tenía todo: un esposo que la amaba y una vida perfecta. Pero un "accidente" le arrebató el aliento. Ahora, ha despertado en el cuerpo de Ámbar Valer, la chica señalada como su asesina. Atrapada en una casa llena de enemigos y perseguida por el odio implacable de su propio esposo, Damián Villegas, Miranda deberá jugar un juego peligroso. ¿Podrá convencer al hombre que ama de que ella sigue viva, o morirá de nuevo a manos de su propia venganza?
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Cazador herido
[Perspectiva de Esteban]
La furia me subía por la garganta como ácido. Me quedé observando desde la penumbra del pasillo cómo mi madre salía de la cocina con el rostro desencajado, apretando los puños. Había fallado. La estúpida de Ámbar no solo no había bebido el sedante, sino que la había humillado frente a Arturo con esa nueva seguridad que me estaba volviendo loco.
—Es una maldita —mascullé, golpeando la pared con el puño—. No puede ser ella. No puede.
Salí al jardín, buscando aire, buscando una forma de calmar el temblor de mis manos. No era miedo, me decía a mí mismo. Era deseo frustrado mezclado con una rabia que no conocía límites. Durante años, Ámbar había sido mi juguete personal. Me divertía verla temblar cuando me acercaba, me excitaba saber que sus gritos nunca salían de las paredes de su habitación porque nadie le creía. Ella era débil, una flor pisoteada que yo podía terminar de aplastar cuando quisiera. No había podido llegar a mi objetivo: tenerla solo para mí, pero eso no tardaría más tiempo. Ámbar tenía que ser mía, debía moldearla nuevamente y que siga tan sumisa como siempre.
Mire hacia donde estaba Ámbar, pero la mujer que caminaba ahora por el sendero de los rosales, con un libro bajo el brazo y la espalda recta, no era mi Ámbar.
Se detuvo cerca de la fuente. Lucía el sol de la mañana en el cabello y, por un momento, se vio tan hermosa y tan inalcanzable que sentí que la cabeza me iba a estallar. ¿Quién se creía que era? ¿Desde cuándo me miraba con ese desprecio infinito, como si yo fuera basura bajo sus zapatos de diseñador?
Perdí el control. Los cables de mi paciencia se rompieron de golpe.
Caminé hacia ella a zancadas, ignorando las advertencias de mi madre sobre mantener la calma. La alcancé cerca de los setos altos, donde los empleados no podían vernos desde la casa. La tomé del hombro con una fuerza que pretendía hacerla caer de rodillas, para que recordara quién mandaba aquí.
—¡Escúchame bien, niñita! —le siseé al oído, acorralándola contra el mármol frío de una estatua—. No sé qué juego crees que estás jugando con mi madre, pero conmigo no te va a funcionar. No me importa que hayas despertado con aires de reina. Sigues siendo la misma Ámbar que lloraba y me suplicaba que la dejara en paz.
Esperaba ver las lágrimas. Esperaba ver ese parpadeo frenético y el labio inferior temblando. Pero lo que encontré fue una mirada de una frialdad absoluta. Casi inhumana.
—Suéltame, Esteban —dijo ella. Su voz era un susurro gélido que no tenía ni un rastro de duda—. Esta es la última vez que te lo advierto. No vuelvas a tocarme.
—¿O qué? —reí, acercando mi rostro al suyo, invadiendo su espacio con la confianza del depredador que siempre fui—. ¿Vas a ir con papá? Ya sabes lo que pasa, conejita. Él cree que estás loca. Una palabra mía y Vanessa lo convencerá de que estás teniendo otro de tus "episodios".
Intenté besarla, intenté marcar mi territorio como lo había hecho tantas veces antes. Pero en un parpadeo, el mundo dio vueltas.
Sentí un dolor agudo y punzante en la muñeca. Antes de que pudiera entender qué pasaba, ella usó mi propio peso en mi contra. Me torció el brazo con una técnica que nunca le había visto y, con un movimiento seco y profesional, me propinó un golpe en el pecho, cerca del corazón que me dejó sin aire.
Caí de rodillas sobre la grava, jadeando, con la vista nublada. El dolor en mi brazo era insoportable; sentía que los tendones estaban a punto de romperse.
—Te lo dije —escuché su voz sobre mí, tranquila, casi aburrida—. La Ámbar que conocías murió. Y si vuelves a poner una mano sobre mí, te juro que la próxima vez no me detendré hasta escuchar el sonido de tus huesos quebrándose.
Me quedé allí, humillado, viendo cómo se alejaba con una elegancia que me resultaba aterradora. Me dolía el cuerpo, pero lo que más me dolía era el ego. Esa técnica... ese golpe... Ámbar nunca había tomado una clase de defensa personal en su vida. Era una chica de porcelana que se rompía con solo mirarla.
—¿Quién eres? —susurré entre dientes, tratando de recuperar el aliento—. ¿Qué demonios eres tú?
Me puse de pie con dificultad, limpiándome el polvo de los pantalones. La rabia inicial se convirtió en algo más oscuro: una obsesión peligrosa. Si ella ya no me tenía miedo, entonces tendría que eliminarla. Ya no se trataba solo de la herencia o del placer de atormentarla. Ahora se trataba de supervivencia.
Esa mujer sabía demasiado. Y si seguía permitiendo que caminara libre por la casa, terminaría por destruirnos a todos. Fui directo a buscar a mi madre. Ya no bastaba con sedantes sutiles. Si Ámbar quería jugar a la guerra, le daría una guerra que no ganaría.
Ámbar dile que eres Miranda aunque piense que estas loca 🤭