La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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Una Invitación en
Los invitados, filtrados por el cansancio y el exceso de vino, se retiraban en una procesión hacías las habitaciones o sus carriajes. En el Gran Salón, los músicos guardaban sus instrumentos con movimientos letárgicos, mientras los sirvientes, como fantasmas, comenzaban la tarea de limpiar.
Eleonora avanzaba por la galería principal, sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros. Con un gesto mecánico, se despojó de sus guantes de seda, deslizando la tela centímetro a centímetro como si se quitara una piel que ya no le pertenecía. Su cuerpo reclamaba descanso.
Recordar el baile le provocaba un sismo interno. Había girado en brazos de diplomáticos y lores, manteniendo la máscara de la duquesa perfecta, pero solo bajo la mirada de Frederick se había sentido vulnerable. Él había jugado con el desdén y los celos, una danza de poder que ella, pese a su orgullo, había disfrutado con un placer culposo.
Mientras doblaba el último guante, un ruido seco detuvo sus pasos. Antes de que sus instintos de defensa pudieran coordinar una respuesta, el mundo se volvió un torbellino de fuerza bruta y oscuridad. Unos brazos de hierro la rodearon por la cintura y una mano enguantada selló sus labios, ahogando el grito que ya nacía en su garganta. Fue arrastrada hacia una habitación contigua con una eficacia que rayaba en lo predatorio.
El clic de la cerradura resonó en la habitación vacía como una sentencia. Eleonora, con el corazón martilleando contra sus costillas, se revolvió con la furia de un animal atrapado. Cuando la presión en su boca desapareció, se giró con los puños cerrados, lista para descargar su rabia contra el agresor.
Pero la furia se congeló en asombro al chocar con la mirada de Frederick. Él estaba apoyado contra la puerta, con la respiración ligeramente alterada y una sonrisa de triunfo infantil que desentonaba con la gravedad de su porte habitual.
—Deberías ver tu cara —soltó él, con una risa contenida—. Por un momento, creí que ibas a desmayarte.
La transición del miedo a la indignación fue instantánea. Eleonora arremetió contra él, golpeando su pecho y su brazo con una mezcla de alivio y despecho. Frederick interceptó su último movimiento, sujetando su muñeca.
—¡Podrías haberme matado del susto, imbécil! —exclamó ella, jadeando—. ¿Qué clase de juego es este?
—Caminabas como si estuvieras hecha de cristal... No pude resistir la tentación de comprobar si eras real.
Él dio un paso hacia ella, forzándola a retroceder hasta que la pared de piedra fría detuvo su huida. La atmósfera en la habitación, se volvió densa.
La burla en el rostro del marqués se disolvió, dejando paso a una intensidad que Eleonora reconoció de inmediato: era el mismo fuego que había visto en la pista de baile.
—Parece que mi "secuestro" ha sido la única forma de conseguir tu atención sin cien ojos juzgándonos —murmuró él, inclinando la cabeza hasta que sus respiraciones se cruzaron.
—Pareces muy seguro de ti mismo —replicó ella, aunque su pulso la traicionaba en la base del cuello.
—Y tú pareces muy afectada. Tus manos temblaron cuando te quitaste la corona.
—Fue por el frío —mintió ella, elevando la barbilla.
—Fue por mí.
La discusión, que oscilaba entre lo peligroso, se detuvo ante la cruda honestidad que Frederick decidió arrojar sobre la mesa. Su mano se apoyó en la pared, justo al lado del rostro de ella, atrapándola en un círculo invisible.
—Me fui porque tus palabras dolieron, Eleonora —confesó él—. Me fui porque pensé que yo no era más que un incidente.
—Estaba enojada... y asustada —admitió ella, su voz apenas un hilo.
Frederick la observó, escrutando cada facción de su rostro como si buscara una confesión final.
—Dijiste en el baile que el único hombre que te interesaba era con quien bailabas. ¿que fue eso?
Eleonora dejó de luchar contra la marea.
—Estoy confundida, Frederick —susurró, cerrando los ojos.
—Yo también —respondió él, rompiendo finalmente la distancia.
El beso no fue una invitación, fue una colisión. Fue el resultado de semanas de orgullo herido, de cartas no enviadas y de deseos reprimidos y protocolo. Frederick la sostuvo con una desesperación que buscaba recuperar el tiempo perdido, mientras ella respondía con un hambre que no sabía que poseía. El control que Eleonora había cultivado durante toda su vida se desintegró en aquel abrazo.
La espalda de ella volvió a chocar contra la pared, y un gemido ahogado se perdió entre sus labios. Frederick la levantó, permitiendo que ella rodeara su cintura con las piernas, eliminando cualquier rastro de aire entre ambos. Sus dedos se enredaron en el cabello de él, tirando con una mezcla de castigo y deseo, mientras él exploraba la línea de su cuello con una devoción febril.
—Dime que pare... —murmuró él contra su piel, aunque sus manos ya buscaban desabotonar el vestido.
—No puedes prometerme nada, ¿verdad? —respondió ella, jadeando.
—Nada más que esto.
El silencio de la habitación vacía se convirtió en su cómplice. Frederick la llevó hacia la cama, y allí, entre las sombras de una estancia que no les pertenecía, los títulos de Duquesa y Marqués quedaron olvidados en el suelo. La noche se descompuso en una sucesión de caricias torpes, risas que morían en besos y confesiones dichas en la penumbra que nunca repetirían a la luz del día.
Mucho más tarde, cuando la luna comenzaba su descenso y el frío del invierno se filtraba por las rendijas, Eleonora se quedó recostada contra el pecho de Frederick. Escuchaba el latido rítmico de su corazón, un sonido mucho más real que los vítores del pueblo o el protocolo de la corte. No hablaron del futuro, ni de los obstáculos, ni de la corona de Langford ni nada que tenga que ver con sus responsabilidades nuevas.
El amanecer traería consigo las responsabilidades de su nuevo cargo, pero en ese momento, bajo las sábanas de una habitación olvidada, Eleonora descubrió que algunas batallas se ganan rindiéndose. Por fin, durmió sin miedo a lo que vendría después, por fin callo las voces