NovelToon NovelToon
Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Status: En proceso
Genre:Época / Reencarnación / Venganza
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!

- ¡Pero si yo no fui!

Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Las olas y las espadas

Rubén

Había planeado pasar la luna de miel en la finca como una formalidad más. Un par de semanas de convivencia distante, lo justo para que los rumores sobre el extraño matrimonio del duque no se extendieran más de lo necesario, y luego regresar a la corte con mi esposa instalada en sus aposentos y mi vida militar intacta.

Eso fue antes de conocerla.

Viollet Ritman, ahora Viollet Dubrey, era un problema que no había anticipado. No porque fuera difícil, sino porque era todo lo contrario. Era fácil estar con ella. Demasiado fácil. No hacía preguntas incómodas sobre mi pasado, no exigía gestos de cariño que no podía dar, no se quejaba de las horas que pasaba en el estudio revisando informes. Pero tampoco se escondía. Caminaba por los jardines con la seguridad de quien tiene derecho a estar allí, conversaba con los criados llamándolos por su nombre, y cuando se sentaba a leer en la biblioteca, lo hacía con una concentración que me recordaba peligrosamente a Darell.

Pero había algo más. Algo que no lograba descifrar.

Ciertas noches, cuando la luna se reflejaba en el mar y yo recorría los pasillos de la finca sin poder dormir, veía luz bajo la puerta de su habitación. La primera vez pensé que era un descuido, la segunda que sufría de insomnio como yo. La tercera, me detuve frente a la madera y estuve a punto de llamar. No lo hice. Pero al día siguiente, noté que en el estudio alguien había reorganizado mis mapas. No los había movido de lugar, pero los había plegado con más cuidado del que yo solía tener, y junto a ellos había dejado una taza de té humeante.

—¿Fuiste tú? —pregunté en el desayuno, señalando la taza con un gesto.

Ella alzó la vista del libro —otro de botánica, el cuarto en una semana— con expresión inocente.

—¿El té? Mira dijo que te gustaba el negro sin azúcar. ¿Me equivoco?

—No. Pero yo no le dije eso a Mira.

—No hiciste falta. Lo observé.

Fue entonces cuando caí en la cuenta: Viollet me observaba. No con la atención servil de una esposa que busca complacer, sino con la precisión de quien está recopilando información. Y lo hacía tan bien que apenas me había dado cuenta hasta ahora.

—¿Hay algo más que hayas observado? —pregunté, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

Ella no se inmutó. Cerró el libro con calma y me miró directamente a los ojos, con esos violetas que parecían ver más de lo que deberían.

—Que duermes mal. Que revisas los informes tres veces antes de guardarlos. Que cuando crees que nadie te ve, te quedas mirando el mar como si esperaras que algo emergiera de él. Y que tu hermano Emilio te escribe todos los días, pero solo abres sus cartas cada tres.

El golpe fue certero. No por la información en sí, sino por la forma en que la dijo: sin acusación, sin exigencia, solo con la calma de quien expone un hecho.

—Mis asuntos con mi hermano no son de tu incumbencia —dije, y la frialdad en mi voz fue un escudo que levanté por instinto.

—Lo sé —respondió ella, sin inmutarse—. Por eso no he preguntado. Solo he observado.

Se levantó de la mesa con la elegancia de quien ha terminado una conversación, y cuando pasó a mi lado, dejó caer una frase como quien deja caer una semilla en tierra fértil.

—Pero si alguna vez quieres hablar de por qué desconfías de él, yo escucharé. Sin juzgar.

Y se fue, dejándome con la taza de té humeante y un nudo en el estómago que no había sentido desde la muerte de Darell.

 

Viollet

La noche del quinto día, la calma se rompió.

Estaba en la biblioteca, revisando los mapas que había copiado en secreto de los informes de Rubén, cuando un crujido en la ventana me puso en alerta. No era el viento; el viento tenía un ritmo, un vaivén predecible. Aquel crujido era furtivo, intermitente, como el de alguien que busca una rendija.

Apagué la vela de inmediato y me pegué a la pared, conteniendo la respiración. La primera vez, habría llamado a los guardas o me habría quedado paralizada por el miedo. Ahora, mi mano buscó instintivamente el cuchillo que escondía en la mesa desde el primer día, un pequeño puñal que Mira me había conseguido en el mercado sin hacer preguntas.

El cristal de la ventana se movió con un chirrido. Alguien estaba forzando el marco.

Calculé la distancia hasta la puerta: demasiado lejos. Hasta la escalera que llevaba al ala de Rubén: también lejos. Pero el intruso no sabía que yo estaba allí. Esa era mi ventaja.

El marco cedió con un golpe seco. Una figura oscura se deslizó hacia el interior, y en el instante en que sus pies tocaron el suelo, yo ya estaba en movimiento.

El cuchillo encontró su garganta antes de que pudiera desenvainar su espada.

—Un movimiento y te abro de lado a lado —susurré, aplicando la presión justa para que sintiera el filo—. ¿Quién te envía?

El hombre era grande, con el rostro cubierto por un pasamontañas, pero en sus ojos vi el reconocimiento de su error: había entrado en la habitación equivocada. No buscaba la biblioteca, buscaba los aposentos de Rubén.

—No voy a repetir —dije, y mi voz era tan fría que me sorprendió a mí misma.

—La duquesa… —balbuceó, y su miedo era tan real como el acero contra su piel—. No era a usted…

—¿A quién, entonces? ¿A mi esposo?

No respondió, pero su silencio fue más elocuente que mil palabras.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y la luz de una antorcha inundó la habitación. Rubén apareció en el umbral, desenvainando su espada con una velocidad que me dejó sin aliento, pero se detuvo al verme con el cuchillo en la garganta del intruso.

Por un instante, sus ojos grises se encontraron con los míos, y en ellos vi algo que no esperaba: no sorpresa, ni enfado, sino una especie de admiración feroz.

—Suéltalo —dijo, avanzando con la espada en alto—. Ahora es mío.

Retiré el cuchillo con un movimiento seco, y el hombre cayó de rodillas, jadeando. Rubén lo inmovilizó en el suelo con una rodilla en el pecho mientras llamaba a gritos a los guardias.

Cuando llegaron y se llevaron al intruso, él se volvió hacia mí. Yo seguía de pie junto a la ventana rota, con el cuchillo aún en la mano, y la sangre me latía en las sienes con la adrenalina de la pelea.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó, señalando el arma con un gesto de la barbilla.

—De la cocina —respondí, y mi voz sonó extrañamente calmada—. Lo modifiqué para que tuviera mejor filo.

Rubén me observó un largo rato. Luego, sin decir palabra, cruzó la habitación, tomó el cuchillo de mi mano y lo dejó sobre la mesa. Pero no se apartó. Se quedó frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y el olor a sal y a hierro que lo acompañaba siempre.

—Podrías haberte lastimado —dijo, y su voz tenía un matiz que no había escuchado antes. No era frío, no era distante. Era… preocupación.

—No iba a dejar que entrara a tus habitaciones sin hacer nada —respondí, y de repente sentí que las piernas me temblaban, que toda la tensión contenida durante el enfrentamiento se desmoronaba ahora que estaba a salvo—. La primera vez… —me detuve a tiempo, mordiéndome la lengua antes de decir demasiado.

—¿La primera vez qué? —preguntó él, con una intensidad que me perforó.

Bajé la vista, buscando las palabras adecuadas.

—La primera vez que alguien me hizo daño, no hice nada. Me quedé paralizada. Juré que no volvería a pasar.

No era toda la verdad, pero era suficiente. Rubén no insistió. En lugar de eso, hizo algo que no esperaba: levantó una mano y apartó un mechón de cabello blanco de mi rostro con una delicadeza que contrastaba con todo lo que sabía de él.

—No va a volver a pasar —dijo, y su voz era una promesa—. Mientras yo viva, nadie te hará daño. ¿Me oyes? Nadie.

El contacto de sus dedos en mi mejilla encendió algo en mi pecho que no supe nombrar. Era más que gratitud, más que alivio. Era como si una puerta que había mantenido cerrada durante años comenzara a ceder.

—Rubén… —susurré, y mi voz sonó extraña, ronca.

Sus ojos se oscurecieron. La mano que había apartado mi cabello descendió lentamente hasta mi cuello, donde sus dedos se posaron sobre mi pulso acelerado. Sentí cómo su respiración se volvía más profunda, cómo su cuerpo se inclinaba hacia el mío casi sin querer.

—Eres peligrosa —murmuró, y en su voz había algo que no era miedo—. No sé qué hacer contigo.

—Quizá no tengas que hacer nada —respondí, y mis manos se alzaron por sí solas para apoyarse en su pecho—. Quizá solo… estar.

El silencio que siguió fue el más íntimo que habíamos compartido. Su corazón latía contra mis palmas con una fuerza que me sorprendió, y en sus ojos grises, por un instante, el hielo desapareció por completo.

—Viollet —dijo mi nombre como si fuera una pregunta y una respuesta a la vez.

Me levanté de puntillas y mis labios rozaron los suyos. No fue un beso de promesa, ni de venganza, ni de estrategia. Fue un beso de pura necesidad, de algo que había estado creciendo en la penumbra desde que abrí los ojos en esta segunda vida y supe que él también merecía ser salvado.

Rubén respondió con una intensidad que me robó el aliento. Sus brazos me rodearon, apretándome contra él, y el beso se profundizó hasta que el mundo exterior dejó de existir. No había conspiraciones, no había reyes ni hermanas traicioneras, solo él y yo y la certeza de que algo había cambiado para siempre.

Cuando nos separamos, ambos estábamos jadeando.

—Esto… —comenzó él, pero yo puse un dedo sobre sus labios.

—No lo analices —dije—. Solo déjalo ser.

Me sonrió. Por primera vez desde que lo conocía, Rubén Dubrey sonrió de verdad. No fue una sonrisa amplia, ni alegre, pero fue real. Y en ese momento supe que todo el hielo que lo envolvía no era más que un escudo, y que yo acababa de encontrar la grieta para atravesarlo.

 

............

Esa misma noche, a muchas leguas de distancia, en una cámara secreta del palacio real, tres personas se reunían alrededor de una mesa cubierta de mapas.

—Fallaron —dijo Emilio Dubrey, y su voz era un hilo de veneno—. Un asesino entrenado, y lo detiene una mujer con un cuchillo de cocina.

—Subestimaste a la novia —respondió Grecia Ritman, abanicándose con su nácar como si estuviera en un salón de té—. Te lo dije. Esa no es la hermana sumisa que todos creen. Hay algo en ella que ha cambiado.

—O quizá —intervino el rey Emilio Rosen, con su voz suave y letal— tu asesino es un incompetente. Pero no importa. El duque sigue vivo, y eso es un problema. Necesitamos otro plan.

Emil Dubrey golpeó la mesa con el puño.

—Mi hermano ha cancelado la misión del norte. No se irá. Eso significa que está desconfiando.

—O que la mujer lo está manipulando —dijo Grecia, y en sus ojos grises brilló algo que se parecía al miedo—. Viollet no es tonta. Si descubre lo que tramamos…

—No lo hará —la cortó el rey—. Pero tenemos que acelerar los tiempos. Si no podemos matarlo en el mar, lo haremos en tierra. Y esta vez, no habrá fracasos.

Emil asintió, pero sus manos temblaban de furia contenida.

—Y la mujer —dijo— ¿qué hacemos con ella?

El rey sonrió, y su sonrisa era la de un depredador que ha olido la sangre.

—La mujer será la culpable, como siempre. Pero primero, tenemos que asegurarnos de que el duque confíe en ella. Nada duele más que una traición inesperada.

Grecia devolvió la sonrisa.

—De eso encárguense ustedes. Yo sé exactamente cómo sembrar la duda en el corazón de mi hermana.

Afuera, el viento del norte rugía contra las murallas del palacio, como si intentara advertir a los que dormían del peligro que crecía en las sombras.

Pero en la finca de los acantilados, dos personas que habían encontrado algo que ninguna conspiración podía arrebatarles dormían por primera vez en paz, el uno junto al otro, sin saber que la tormenta apenas comenzaba.

...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...

Gracias por leer 😊 ❤️

1
DAISY VARGAS
el reencarno también 🤔
Iliana Curiel
Vaya autora me encantó este capítulo, me enamoré y me encanta que haces que vea cada lugar y sentimientos de los protas, que bonito gracias 🥰🥰🥰
inuyasha/ Tomoe🦊
estoy pérdida el rey que sería? es Emiliano?
inuyasha/ Tomoe🦊
quiero ver la caída del Rey, esperen Emilio que es el hermano de la madre de ella. el sería el rey?
🦋Akiro🦋
👏
noem
este capítulo no debería ir antes 👀👀
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
Jisieli: tengo q revisar
total 1 replies
noem
gracias por publicar
Alberto Ayala
interesante 🥰se va poniendo muy interesante 🤭
(˃̣̣̣̣̣̣︿˂̣̣̣̣̣̣ )SOMEBODY
Me E N C A N T A 😌💅 DIVA EMPODERARA💅😌💅💅
Beatriz Diaz
👏muy bien gracias buenas imágenes
inuyasha/ Tomoe🦊
ya necesito la declaración de que ella renació y el de una cierta manera también pero sin recuerdos
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH necesito más capítulos o me va agarrar algo lo jurooooo
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
Iliana Curiel
ahhhhh dios mío está ansiedad por leer más jajajaja ya me quedé sin uñas autora,
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰
Iliana Curiel
dios mío autora me mori, me regresé y me derretir por ese beso ansiado. ❤️❤️❤️❤️
Iliana Curiel
Esa hermana espero y sufra por lo que hizo
Iliana Curiel
me encanta tu historia autora 🥰🥰🥰🥰
Jisieli: Muchas gracias ❤️✨
total 1 replies
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH me tiene tan Atrapada necesito más capítulos plisss
Jisieli: Ya van en Camino 🤭
total 2 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play