Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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12
La sala de audiencias menores no había sido concebida para coronas ni juramentos. Era un espacio funcional, de piedra desnuda, con un ventanal alto por el que entraba una luz grisácea de invierno. A Natalie le pareció apropiado.
No estaba sentada en el trono.
Ocupaba la silla de regencia, ligeramente desplazada, como si el mueble mismo se negara a fingir que el rey seguía vivo.
Cuando las puertas se abrieron, el sonido metálico de las bisagras resonó más fuerte de lo necesario.
Tomás entró primero.
Caminaba erguido, con la capa militar recogida de forma impecable, la mano derecha cerrada sobre un cilindro de pergamino sellado. Se detuvo a tres pasos de Natalie y se arrodilló con la precisión de alguien que había repetido ese gesto cientos de veces… aunque esta vez tardó una fracción de segundo más en bajar la cabeza.
—Capitán Tomás del Segundo Estandarte —anunció—. Comparezco por orden del Consejo Militar y en cumplimiento del juramento hecho al rey Alaric.
El nombre del rey cayó como una losa.
Natalie no se movió. No corrigió el título. No reclamó nada.
—Levantaos, capitán —dijo—. El juramento sigue en vigor.
Tomás alzó la vista. Sus ojos se detuvieron en ella con una mezcla de evaluación y cautela, no de afecto. Asintió una sola vez y dio un paso atrás.
Kaelen entró a continuación.
No se arrodilló. Se limitó a inclinar la cabeza, gesto aceptable para un oficial activo. Se colocó ligeramente a la izquierda de Tomás, como si ese hubiera sido siempre su sitio. Sus ojos recorrieron la sala sin prisa: los consejeros, los guardias, las salidas. Solo al final miró a Natalie.
No había sorpresa en su expresión. Solo confirmación.
Después trajeron a Bastian.
No entró solo.
Un guardia lo sostenía por el brazo, aunque era evidente que caminaba por su propio pie. Tenía el rostro más delgado, la piel aún demasiado pálida para alguien que había pasado semanas a la intemperie. Al ver a Natalie, se detuvo en seco.
—Mi señora… —empezó, pero la voz se le quebró.
Natalie se levantó.
El movimiento fue pequeño, pero suficiente para alterar el equilibrio de la sala.
—Bastian —dijo—. Acercaos.
Él obedeció, con pasos torpes. No se arrodilló; simplemente bajó la cabeza, como quien no se considera digno ni siquiera de un gesto formal.
—Hablad cuando os lo indiquen —intervino una voz grave desde el fondo.
Boris.
Estaba apoyado contra una columna, los brazos cruzados sobre el pecho ancho, la barba más poblada que la última vez que Natalie lo había visto. No llevaba casco, pero sí la armadura de campaña, marcada por golpes antiguos. Su mirada se clavó en ella sin disimulo alguno.
—Aún no se ha indicado nada —continuó—. Y ya tenemos a una regente que se levanta como si fuera reina.
Un murmullo recorrió a los consejeros.
Tomás giró ligeramente la cabeza, advertencia muda. Boris no se inmutó.
Natalie sostuvo la mirada.
—No soy reina —respondió—. Soy la hija del rey. Y hasta que el Consejo decida lo contrario, la responsable de evitar que este reino se desmorone.
Boris soltó una risa seca.
—Las hijas no heredan espadas —dijo—. Y menos cuando el rey aún no está enterrado.
El silencio que siguió fue denso.
Kaelen dio un paso adelante, casi imperceptible.
—Boris —dijo, sin elevar la voz—. Estás en una sala de audiencia.
—Y ella en una silla que no le pertenece —replicó él.
Natalie levantó una mano.
Kaelen se detuvo.
—Capitán Tomás —dijo ella—. Traéis órdenes.
Tomás avanzó, desenrolló el pergamino y lo sostuvo en alto sin leerlo.
—Órdenes firmadas por el rey Alaric hace tres semanas —explicó—. Repliegue parcial de tropas. Investigación sobre desvíos de suministros en la frontera norte. Y… —hizo una pausa— autorización para presentar testigos.
Miró a Bastian.
—Hablad —indicó Natalie.
Bastian respiró hondo.
—Las órdenes llegaban selladas —dijo—. Decían venir del palacio. Aldeas evacuadas. Grano requisado. Los que preguntaban… —tragó saliva— no volvían.
Algunos consejeros intercambiaron miradas tensas.
Boris frunció el ceño.
—Eso no prueba nada.
—Prueba —intervino Tomás— que alguien ejercía poder en nombre del rey mientras él agonizaba.
Natalie no miró a Anya, pero supo exactamente cuándo la mujer se tensó.
—Este es solo el principio —dijo Natalie, con voz firme—. No os he convocado para que me juréis lealtad. Os he convocado porque este reino necesita verdad antes que obediencia.
Boris la observó durante un largo segundo.
Por primera vez, no habló.
Y en ese silencio, Natalie entendió algo con absoluta claridad: ninguno de ellos había venido a salvarla… pero todos habían vuelto porque el juego ya había empezado.
El consejero mayor pidió la palabra, pero Natalie no se la concedió de inmediato. Se tomó un segundo más, uno solo, para observarlos a todos como si estuviera memorizando un mapa antes de cruzarlo a oscuras.
—Antes de continuar —dijo—, quiero que conste algo más en acta.
Hizo una leve seña al escribano.
—Los oficiales aquí presentes —prosiguió— no han sido llamados como acusados ni como aliados. Han sido llamados porque estuvieron donde el poder dejó de ser limpio.
El escribano asintió, la pluma ya en movimiento.
Boris carraspeó.
—Hablas como si ya supieras quién es el culpable.
Natalie volvió el rostro hacia él.
—No. Hablo como alguien que sabe que no es uno solo.
La frase cayó sin énfasis, y por eso mismo resultó incómoda.
Kaelen apoyó el peso en una pierna, cruzando las manos a la espalda.
—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó—. Porque si esto se filtra, habrá movimientos. En la ciudad y fuera.
—Ya los hay —respondió Natalie—. Por eso os he traído juntos.
Tomás tensó la mandíbula.
—El Consejo Militar no va a aceptar órdenes indirectas.
—No les daré órdenes —replicó ella—. Les daré opciones.
Se giró hacia Bastian.
—¿Quién firmaba los salvoconductos?
Bastian dudó apenas un instante.
—No había firma visible —admitió—. Solo el sello real… y una marca secundaria. Un anillo. No del rey.
Un murmullo recorrió la sala. Anillos de autoridad solo había tres en todo el reino.
Boris levantó la cabeza.
—Eso es grave —dijo, más serio—. Esos anillos no circulan.
—No deberían —corrigió Natalie—. Y, sin embargo, uno lo hizo.
El consejero mayor se inclinó hacia delante.
—¿Está acusando a un miembro del Consejo?
Natalie lo miró directamente.
—Estoy diciendo que alguien decidió gobernar mientras el rey aún respiraba. Y que ahora espera que aceptemos ese vacío como algo natural.
Anya habló entonces.
—El reino necesita estabilidad —dijo—. No un ajuste de cuentas.
Natalie sonrió sin alegría.
—La estabilidad sin verdad es una mentira cómoda.
Se levantó por completo. Esta vez no fue un gesto pequeño. La silla quedó atrás, claramente vacía.
—Capitán Tomás —continuó—. Quiero a vuestros hombres acuartelados, pero visibles. Que la ciudad sepa que el ejército no se esconde.
Tomás dudó.
—Eso puede interpretarse como una demostración de fuerza.
—Exacto —respondió Natalie—. Y también como contención.
Asintió, aceptando la orden sin llamarla orden.
—Kaelen —siguió—. Necesito a alguien que no pertenezca a ninguna facción del Consejo vigilando los accesos al palacio.
Kaelen alzó una ceja.
—Eso reduce mucho las opciones.
—Por eso sois vos.
Kaelen inclinó la cabeza, esta vez con una sombra de respeto real.
Natalie se volvió hacia Boris.
—Y tú.
Boris parpadeó.
—Yo qué.
—Vas a escoltar a Bastian.
El gigante frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Porque no confío en que siga con vida si no lo haces —respondió ella—. Y porque eres el único aquí que no finge ser neutral.
Boris soltó una carcajada breve.
—No me caes bien.
—No lo necesito —dijo Natalie—. Necesito que no mires a otro lado.
Se miraron durante un segundo largo. Luego Boris asintió, brusco.
—Muy bien, princesa.
No usó “mi señora”. Tampoco fue una burla.
Bastian levantó la vista, sorprendido.
—Gracias —murmuró.
—No me las des —replicó Boris—. Aún no he decidido si te creo.
Natalie observó la escena sin intervenir. Era exactamente lo que quería: vínculos incómodos, lealtades en tensión.
—Hay algo más —añadió—. El heredero.
La palabra tensó la sala de nuevo.
—Oficialmente ausente —continuó—. Extraoficialmente… oculto o en peligro.
Tomás frunció el ceño.
—Si el niño aparece, el Consejo se alineará con él.
—Si aparece controlado —corrigió Natalie—. Por eso necesito saber quién lo mueve antes de que lo muestren.
Anya cerró los ojos un instante.
—Estás jugando a largo plazo —dijo—. Demasiado para alguien que acaba de perder a su padre.
Natalie la miró con frialdad serena.
—Lo perdí hace meses.
El silencio que siguió fue distinto. No de tensión, sino de aceptación incómoda.
—Se levanta la sesión —declaró finalmente el consejero mayor—. El Consejo deliberará.
—No —respondió Natalie—. Se dispersará.
Todos la miraron.
—Deliberaréis cuando sepáis más de lo que fingís ahora —añadió—. Hasta entonces, este palacio no es un refugio. Es un lugar de trabajo.
No esperó respuesta. Giró sobre sus talones y salió por la puerta lateral.
Kaelen la siguió sin ser llamada. Tomás esperó un segundo antes de hacer lo mismo. Boris tomó a Bastian del hombro y lo empujó hacia la salida opuesta.
—Camina —gruñó—. Si te caes, te cargo. Pero no te pares.
Cuando la sala quedó casi vacía, Anya permaneció sentada, inmóvil.
Sonrió despacio.
El tablero había cambiado.
Y por primera vez en años, no estaba segura de quién llevaba las piezas blancas.