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Juez De Sombras

Juez De Sombras

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Posesivo / Mafia
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?

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Capitulo 12

El salón de reuniones del sindicato no era una oficina; era un mausoleo de decisiones irrevocables. El aire, pesado y amarillento, sabía a tabaco rancio, whisky barato y al miedo metálico que precede a una ejecución. En la mesa, una docena de hombres —el residuo más peligroso de la ciudad— aguardaban en un silencio tenso. Eran rostros curtidos por la calle y la guerra: traficantes con gemelos de oro, exmilitares con la mirada muerta y cobradores de deudas cuyas manos eran herramientas de tortura.

Cuando la puerta de roble se abrió, el estruendo de los tacones de Lilian cortó el murmullo como un bisturí. No caminaba como una protegida; caminaba como una dueña. El vestido de seda negra que vestía era una declaración de guerra: una segunda piel que capturaba la luz escasa y revelaba cada línea de su cuerpo con una impudicia calculada.

Killian entró a su lado, proyectando una sombra que parecía devorar la habitación. Se sentó en la cabecera, la silla de cuero crujiendo bajo su peso, y con un movimiento fluido y posesivo, tiró de Lilian hacia él. La sentó en su regazo, una mano enguantada rodeando su cintura y la otra descansando con negligencia sobre su muslo, justo donde terminaba la seda y empezaba la piel pálida.

—Esta es Lilian —anunció Killian. Su voz era un trueno bajo que hizo que varios hombres se removieran en sus asientos—. Algunos de ustedes la conocen como la hija del Juez. Para ustedes, a partir de hoy, ella es mi palabra. Lo que ella diga, nace de mi boca. Lo que ella ordene, tiene el peso de mi mano. Y si alguien tiene un problema con la jerarquía, puede discutirlo con el acero de mi arma.

Un silencio sepulcral descendió sobre la mesa, solo roto por el siseo de un ventilador de techo. Entonces, surgió una risita seca. Era Varga, un tipo corpulento con una cicatriz que le recorría el cuello como un recordatorio de una horca fallida.

—¿Una princesa de seda dándonos órdenes, Killian? —Varga escupió un trozo de tabaco al suelo—. ¿Desde cuándo nos volvimos una guardería? ¿Ahora las decisiones se toman entre polvos y joyas?

Killian no se movió, pero Lilian sintió cómo el músculo de su muslo se convertía en una viga de hierro bajo ella. Antes de que Killian pudiera desenfundar, Lilian se puso en pie. Sus movimientos no tenían rastro de la vacilación que la caracterizaba meses atrás.

Caminó hacia Varga. El taconeo rítmico era lo único que se escuchaba. Se detuvo frente a él, inclinándose lo suficiente para que el hombre pudiera oler su perfume. Con una rapidez que Killian le había grabado a fuego en la memoria esa mañana, arrebató el cuchillo de plata que Varga usaba para cortar su cigarro. En un pestañeo, lo clavó en la mesa de caoba, a escasos milímetros de los dedos del hombre. La vibración del metal resonó en los huesos de todos los presentes.

—La seda se corta, —susurró Lilian , su rostro a centímetros del suyo, sus ojos convertidos en dos esquirlas de hielo—. Pero el acero te atraviesa el corazón antes de que sientas el frío. Si vuelves a cuestionar mi lugar, me encargaré personalmente de que tu lengua sea lo único que mi padre reciba como prueba de que he dejado de ser su hija. ¿Fui lo suficientemente clara o necesitas que el cuchillo baje un poco más?

Varga, un hombre que no temía a la policía, palideció ante la absoluta falta de humanidad en la mirada de la mujer. Retrocedió, golpeando el respaldo de su silla. Killian, desde la cabecera, dejó escapar una sonrisa lenta, la sonrisa de un creador orgulloso de su monstruo.

—Reunión terminada —sentenció Killian, levantándose—. Fuera de aquí. Todos.

En cuanto el último hombre salió y la pesada puerta se cerró, el silencio cambió de naturaleza. Ya no era político; era animal. Lilian permaneció de pie junto a la mesa, su pecho subiendo y bajando violentamente. La adrenalina de la confrontación le recorría las venas como ácido, quemando los últimos restos de su antigua moralidad.

Killian se acercó a ella con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no quiere escapar. La giró bruscamente y la empujó contra la mesa de caoba. Documentos, ceniceros de cristal y botellas de cristal tallado volaron por los aires, estrellándose contra el suelo en un estrépito de caos que solo alimentó el fuego entre ellos.

—Has estado increíble, pequeña fiera —gruñó él, su voz ronca de una lujuria que rayaba en la rabia—. Ver cómo ponías a ese animal en su sitio ha hecho que pierda la poca paciencia que me quedaba.

—Me gusta —respondió ella, enredando sus dedos en la corbata de seda de Killian y tirando con fuerza para acortar la distancia—. Hazme olvidar que hace un minuto quería ver su sangre en este suelo. Hazme sentir que la única sangre que importa es la que corre por mis venas cuando me tocas.

Killian la reclamó allí mismo, sobre la mesa donde se decidían los destinos de la ciudad. El encuentro fue una colisión de poder y necesidad. No hubo ternura, solo una posesividad brutal que marcaba el territorio. Él la sometió con una fuerza que buscaba recordarle que, aunque ella fuera la reina ante sus hombres, seguía siendo su cautiva voluntaria entre esas paredes. Sus manos atraparon sus muñecas contra la madera fría, inmovilizándola mientras la poseía con una intensidad que le robaba el habla.

A Lilian le fascinaba esa dualidad. Le encantaba cómo él la dominaba; era la única forma de silenciar la voz en su cabeza que le susurraba que estaba traicionando su linaje, su apellido y su alma. Bajo el peso de Killian, el mundo exterior desaparecía. La traición de su padre se convertía en un mito lejano, una historia que le sucedió a una niña débil que ya no existía.

—Eres mía, Lilian —jadeó él contra su oído, su aliento caliente quemándole la piel—. No importa cuánto poder te dé frente a ellos, no importa cuántos cuchillos claves... siempre volverás a este lugar. A mi control. A mi sombra.

—Nunca querría estar en otro lado —respondió ella, arqueando el cuerpo para recibirlo por completo, entregándose al caos de sensaciones que solo él sabía provocar. En ese momento, la humillación se sentía como una corona y el dolor como un bálsamo.

Horas más tarde, de vuelta en la seguridad de la mansión, el silencio de la habitación principal era absoluto. Lilian se despojó del vestido de seda, que ahora yacía en el suelo como una piel muerta. Se acercó al espejo de cuerpo entero y se observó bajo la luz suave de las lámparas de cristal.

Tenía los labios hinchados, el maquillaje corrido y marcas rojas —huellas dactilares de Killian— grabadas en sus hombros, muñecas y muslos. Eran señales de propiedad, estigmas que en otro tiempo la habrían horrorizado, pero que ahora tocaba con una sonrisa casi religiosa. Se pasó la punta de los dedos por el cuello, donde la presión de las manos de él aún parecía palpitar.

Ya no era la "princesa del juez". Ya no era la víctima de un secuestro o la moneda de cambio de una guerra de mafias. Era la debilidad y, al mismo tiempo, el arma secreta del hombre más peligroso de la ciudad. Se metió en la cama, buscando el calor del cuerpo de Killian que ya dormía con la guardia baja.

Esa noche, por primera vez en meses, las pesadillas sobre su padre, los juicios y las leyes no acudieron a su mente. En su lugar, hubo un vacío oscuro, cálido y absoluto. Lilian se durmió sabiendo que mañana tendría que volver a ser de acero ante el mundo, pero que esta noche, en la oscuridad, era simplemente de él.

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*Soy Tu Dueña*
Escribes muy lindo
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