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No Soy La Debilidad De Nadie.

No Soy La Debilidad De Nadie.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Aventura Urbana / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas

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La recuperacion en casa.

El sol de la mañana se colaba tenuemente a través de las cortinas del hospital clínico donde Olga Lombardi había permanecido tres largas semanas. El parte médico, por fin favorable, permitía su alta después de la compleja intervención quirúrgica a la que fue sometida para extraer los dos proyectiles que alojaron en su costado izquierdo y en el hombro derecho aquella fatídica noche en la fiesta devlos 18 años de sus hijas gemelas. Las heridas de bala, afortunadamente sin daño vital en órganos principales, habían requerido drenajes, suturas profundas y un riguroso seguimiento para evitar infecciones.

Mientras la enfermera retiraba el último vendaje y el doctor rubricaba el formulario de alta, Olga sentía un nudo en la garganta: no era el dolor físico, que ya menguaba, sino el recuerdo de aquel estruendo, los cristales rotos, los gritos y el cuerpo de su esposo protegiéndolas instantes antes de que ella perdiera el conocimiento junto a su hija Lorena. Su marido, que la aguardaba en la sala con una silla de ruedas, le tomó la mano con ternatura y le susurró que todo había pasado. Pero Olga sabía que nada volvería a ser igual. El alta era un paso hacia la normalidad, pero también hacia el miedo latente de quien ha visto la muerte tan de cerca.

El reencuentro en el hogar de los Lombardi fue tan emotivo como abrumador. La casa, que solía llenarse de risas y música, ahora olía a antiséptico y a té de tilo. El esposo de Olga, un hombre de pocas palabras quevsolia ser frio y parco, ahora con gestos infinitos, había reorganizado su horario laboral para estar presente en cada comida, en cada toma de medicación, en cada noche de insomnio que asaltaba a su esposa. Las gemelas Laura y Lorena, a sus dieciocho años, se turnaban para ayudarla con la movilidad limitada de su hombro, mientras Alexander, el hermano mayor de veintidós, se había convertido en el pilar logístico de la familia: compras, limpieza, comunicación con los abogados y con la policía que aún investigaba el atentado.

 A pesar del cansancio, ninguno de los tres hijos abandonó jamás una mirada de aliento para su madre. Laura le leía en voz alta pasajes de sus libros de Administración, Lorena le mostraba bocetos de proyectos arquitectónicos que soñaba construir, y Alexander le preparaba sus comidas favoritas. Olga, conmovida hasta las lágrimas, entendía que aquel amor familiar era su verdadera medicina. Pero también notaba la sombra en los ojos de sus hijos, el agotamiento acumulado tras quince días de cuidados ininterrumpidos, y eso la angustiaba casi tanto como sus propias heridas.

Fue entonces cuando Alexander tomó una decisión. Una tarde, mientras Laura y Lorena ayudaban a su madre a caminar por el pasillo, él irrumpió con las llaves del coche en la mano y una determinación poco habitual en su carácter sereno. “Esta noche salimos”, anunció sin margen para réplicas. Había descubierto, gracias a un compañero de la universidad, una nueva discoteca de lujo en el centro de Moscú, un lugar llamado “Zerkalo” (Espejo), que prometía música envolvente, seguridad privada y un ambiente alejado de los circuitos habituales que podían traer recuerdos dolorosos.

 Necesitaba que sus hermanas desconectaran, aunque fuera por unas horas, de la tensión hospitalaria y doméstica. Laura, siempre práctica, sugirió invitar a su mejor amiga Katia, una chica desinhibida que estudiaba con ella. Lorena, más reservada pero no menos leal, llamó a Karla, su cómplice desde la infancia, una joven de mirada intensa y talento para las artes. Las cuatro chicas, junto con Alexander, se prepararon para la salida con una ilusión que parecía olvidada.

En los días previos, además, habían confirmado sus matrículas en la mejor universidad de Moscú: Laura y Katia cursarían Administración de Empresas; Lorena y Karla, Arquitectura; y Lorena, con una beca adicional, había elegido unos cursos de pintura y arte que la hacían brillar de entusiasmo. La noche prometía ser un respiro antes del torbellino académico.

Lo que ninguna de ellas sabía era que “Zerkalo” pertenecía a Dimitri Volkov, el hombre cuya obsesión por Lorena venía de años atrás, desde aquel primer encuentro en un evento benéfico donde él quedó cautivado por su inteligencia y su belleza esquiva. Esa noche, Máximo, su mano derecha, lo llamó apenas las cámaras de seguridad identificaron a las chicas entrando al salón VIP. Dimitri, que estaba en una reunión de negocios en el piso superior, sintió un pulso de adrenalina. Se arregló el puño de la camisa, bajó las escaleras de mármol negro y se acercó a la barra donde Lorena reía con Karla. Pidió bailar, y ella, por cortesía o por ese inexplicable magnetismo que él ejercía sobre sus emociones, aceptó.

La pista se llenó de luces estroboscópicas mientras bailaban un tema de tempo lento. Conversaron o más bien discutieron, sobre el futuro de ella, sobre sus estudios de Arquitectura, sobre los cursos de pintura. Él, con su carácter frío y posesivo, le reprochó no haberle devuelto las llamadas; ella le recordó que su madre había estado entre la vida y la muerte. Se miraron con intensidad, y como siempre, no lograron entenderse. Él quería poseerla; ella, ser libre. La noche en Zerkalo apenas comenzaba, y el espejo del club reflejaba dos almas que bailaban juntas pero en direcciones opuestas.

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