Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 10: El brillo de lo que fue
Una semana después
Los siete días que siguieron a la comida en Ábaco pasaron como un suspiro para unos, como una eternidad para otros.
Adrián se sumergió en su estudio con una determinación que no sabía que tenía. Las gestiones que había iniciado empezaron a dar frutos: el amigo de la promotora le presentó a tres arquitectos interesados en colaborar; la compañera que le aconsejó lo de los becarios le pasó el currículum de una chica joven, recién titulada, con ganas de aprender; el diseñador web le envió un primer borrador que prometía. Por las mañanas trabajaba en proyectos pendientes, por las tardes respondía correos, por las noches bocetaba ideas nuevas. Por primera vez en su vida, sentía que construía algo propio.
Pero entre reunión y reunión, entre llamada y llamada, hubo un pensamiento recurrente: Sergio.
Le había escrito tres veces. La primera, un par de días después de su mensaje inicial, para preguntar si quería tomar algo. Sergio respondió con un escueto "Ocupado, sorry". La segunda, para contarle un recuerdo de la infancia, una historia de cuando eran niños y se escondían en el jardín de los abuelos. Sergio no respondió. La tercera, ya casi al final de la semana, un simple "¿Estás bien, primo?".
Leído, pero sin respuesta.
Adrián no sabía si insistir o dejarlo estar. Algo le decía que Sergio estaba al borde de algo, pero también sabía que no podía obligarlo a abrirse. Así que siguió con su vida, con el estudio, con los planes, con esa sensación agridulce de estar avanzando mientras alguien a quien quería se quedaba atrás.
Alejandro, por su parte, había tenido una semana de productividad imparable. Tres reuniones cerradas, dos contratos firmados, una expansión en marcha. Todo iba según lo previsto.
Pero había algo que no encajaba.
El teléfono.
Normalmente, a estas alturas, Adrián le habría escrito al menos una docena de veces. Preguntas banales, fotos de sus bocetos, mensajes de "buenos días" y "buenas noches", invitaciones a cenar que él siempre rechazaba. Era un goteo constante, casi molesto, pero predecible.
Esta semana: cero mensajes.
Alejandro revisó el teléfono varias veces, al principio sin ser consciente de ello. Luego, cuando se dio cuenta, se obligó a no hacerlo. No le importaba. No podía importarle. Adrián era un activo, no una preocupación.
Pero las palabras de Carlos resonaban en su cabeza como un eco molesto: "Lo que no molesta tampoco llena."
Y también: "Cuando te das cuenta, ya no están."
Una noche, de vuelta a casa, pensó en llamarlo. Solo para... no sabía para qué. Para oír su voz. Para comprobar que seguía ahí. Pero no lo hizo. Sería admitir demasiado.
El viernes por la tarde, su madre le recordó que tenían la gala anual de la fundación. "Irás con Adrián, ¿verdad? Quedará bien en las fotos."
Alejandro asintió. Luego, con una frialdad estudiada, escribió un mensaje a Adrián:
"Gala el sábado. Te recojo a las ocho."
Esta vez no esperaba respuesta. La tuvo: un escueto "Ok".
Otra vez ese "ok". Ni una palabra más. Ni una pregunta. Ni una emoción.
Alejandro frunció el ceño. Luego apartó el teléfono y siguió con lo suyo.
Pero algo había cambiado. No sabía qué, pero algo se movía en el tablero.
La gala
El hotel Villamagna resplandecía bajo las luces de los focos. La alfombra roja, los reporteros gráficos, los coches negros que llegaban en fila. La gala benéfica anual de la Fundación Torres era uno de los eventos más esperados de la temporada: todo el poder económico y social de la ciudad se daba cita entre copas de champán y conversaciones de negocios.
El coche de Alejandro se detuvo frente a la entrada. Un botones abrió la puerta. Alejandro salió primero, impecable con su esmoquin negro, y tendió la mano hacia el interior.
Adrián la aceptó y descendió.
Llevaba un traje azul marino, de corte impecable, que acentuaba la anchura de sus hombros y la estrechez de su cintura. La chaqueta, ligeramente entallada, dejaba ver una camisa blanca y una pajarita del mismo tono. El pelo, normalmente revuelto, lo llevaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto ese rostro que siempre había sido bonito pero que ahora, con la luz de los flashes, parecía esculpido por alguien que sabía lo que hacía.
Pero lo más diferente eran sus ojos. Esos ojos color miel que antes miraban con devoción ahora miraban con seguridad. Con una calma nueva. Con la certeza de quien sabe quién es, aunque todavía esté aprendiendo a serlo.
Alejandro lo miró un segundo más de lo necesario. Luego giró la cabeza hacia las cámaras, y la sonrisa de circunstancias apareció en su rostro.
—Señor Torres, ¿una foto? —gritó un reportero.
Alejandro posó su mano en la espalda de Adrián, un gesto ensayado, y sonrieron. Los flashes estallaron.
—Estás diferente —murmuró Alejandro, sin mover los labios.
—Trabajo —respondió Adrián, con la misma técnica.
—¿El estudio?
—El estudio.
No dijeron nada más. Entraron al hotel.
El salón de baile era una explosión de luz y lujo. Arañas de cristal, mesas cubiertas de manteles blancos, centros de flores frescas, y cientos de personas vestidas con sus mejores galas. El murmullo de las conversaciones llenaba el espacio, salpicado de risas educadas y tintineos de copas.
Alejandro y Adrián avanzaron entre la multitud, saludando aquí y allá. Para cualquiera que los viera, eran la pareja perfecta: el alfa poderoso y el omega elegante, sonriendo, cercanos, mostrando la unión de dos imperios.
Adrián representaba su papel con naturalidad. Saludaba a conocidos, intercambiaba breves cortesías, sonreía cuando tocaba. Pero su mirada vagaba por el salón, buscando. Hasta que la encontró.
Sergio.
Estaba en una de las mesas laterales, conversando con un grupo de inversores. Vestía un esmoquin gris perla, impecable, y su postura era la de siempre: erguido, contenido, con esa expresión seria que no dejaba traslucir nada. Sostenía una copa de champán que apenas había tocado, y asentía a lo que decían los hombres que lo rodeaban.
Pero sus ojos... sus ojos verdes miraban de reojo hacia donde estaban Alejandro y Adrián. Solo un instante, un fogonazo, antes de desviar la mirada.
Adrián sintió un vuelco en el pecho.
—Voy a saludar a unos conocidos —dijo a Alejandro, soltándose suavemente de su brazo.
Alejandro lo miró, sorprendido.
—¿Ahora?
—Un momento. No tardo.
Y antes de que Alejandro pudiera responder, Adrián se perdió entre la multitud.
Sergio lo vio venir.
Era imposible no verlo: su primo avanzaba hacia él con paso firme, esquivando grupos de conversación, con esa expresión en el rostro que Sergio no sabía interpretar. ¿Preocupación? ¿Alegría? ¿Algo más?
—Señores, discúlpenme —dijo a los inversores, dejando la copa en una mesa—. Un momento.
Se apartó hacia un lateral, cerca de una columna, y esperó.
Adrián llegó a su altura. Se miraron.
—Primo —dijo Adrián, y su voz era cálida, sincera—. Por fin.
—Adrián. —La voz de Sergio, en cambio, era una pared.
—Te he escrito varias veces. No me has contestado.
—He estado ocupado.
—Lo sé. Pero quería verte. Hablar contigo.
Sergio desvió la mirada. Por el rabillo del ojo, vio a Alejandro al fondo, conversando con unos ejecutivos. El alfa no los miraba. Nunca los miraba.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó Sergio, y en su tono había un deje de cansancio, de resignación.
Adrián dudó un instante. Luego dijo:
—De ti. De mí. De nosotros.
—¿Nosotros? —Sergio soltó una risa corta, sin humor. —Desde cuándo hay un nosotros?
—Podría haberlo.
Sergio lo miró fijamente. Esos ojos verdes, tan fríos, tan brillantes, parecían querer atravesarlo.
—¿Qué quieres, Adrián? Dilo ya.
Adrián respiró hondo. No podía decirle la verdad. No podía decirle "sé que me vas a matar, sé que estás enamorado de Alejandro, sé que estás sufriendo". Pero podía decirle algo cercano.
—Quiero que estés bien. Te noto diferente. Desde la cena, desde... no sé. Algo te pasa y quiero ayudarte.
Sergio apretó la mandíbula. Por un instante, su máscara de frialdad se resquebrajó, dejando ver algo: dolor, rabia, una mezcla de ambas.
—No puedes ayudarme —dijo, y su voz fue un susurro rasposo—. Nadie puede.
—Dímelo. Dime qué te pasa.
—¿De verdad quieres saberlo? —Sergio dio un paso hacia él, y su aroma a toronja amarga se intensificó—. ¿Quieres saber qué me pasa? Me pasa que miro a mi alrededor y veo a gente que tiene todo sin esfuerzo. Que veo a mi primo paseando del brazo del hombre que... —se detuvo, se mordió el labio—. Da igual. No tiene importancia.
Adrián sintió el golpe. Lo entendía. Lo entendía todo.
—Sergio...
—Déjalo. —Sergio dio un paso atrás, recomponiendo su máscara. —Disfruta de tu gala. Sonríe para las fotos. Eres bueno en eso.
Y antes de que Adrián pudiera responder, se dio la vuelta y se perdió entre la multitud.
Adrián se quedó quieto, apoyado en la columna, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies. Las palabras de Sergio resonaban en su cabeza como cuchillos.
"El hombre que..." ¿Qué iba a decir? ¿El hombre que amo? ¿El hombre que deseo? ¿El hombre que nunca me mirará?
Suspiró. Luego enderezó la espalda, se ajustó la chaqueta, y volvió al centro del salón.
Alejandro lo vio acercarse. Estaba solo, con una copa en la mano, mirándolo con esa expresión evaluadora que tanto odiaba.
—¿Todo bien? —preguntó cuando Adrián llegó a su lado.
—Sí. Todo bien.
—¿Con quién hablabas?
—Con mi primo. Sergio.
Alejandro arqueó una ceja. Por un momento, pareció que iba a decir algo. Luego se encogió de hombros.
—Ah, el primo. El brillante.
—Sí. El brillante.
Se quedaron en silencio. La música empezó a sonar, una pieza suave de jazz. Las parejas comenzaban a formar en la pista de baile.
—¿Bailamos? —preguntó Alejandro, y la pregunta sonó tan poco natural que hasta él mismo pareció sorprenderse.
Adrián lo miró extrañado pero no preguntó. Solo sonrió, la sonrisa educada de siempre, y asintió.
—Claro.
Se tomaron de la mano y se dirigieron a la pista. Mientras bailaban, mientras los focos giraban y las miradas se posaban en ellos, Adrián pensaba en Sergio. En sus ojos verdes, en su dolor, en esa pregunta que flotaba en el aire como una amenaza.
¿Hasta dónde llegará?
Y en el abrazo de Alejandro, sintió el aroma a sándalo y cuero, tan familiar, tan deseado, y también tan vacío.
La canción terminó. Aplausos. Sonrisas. Todo perfecto.
Pero nada lo estaba.
Desde una esquina del salón, Sergio observaba la escena. Los vio bailar, abrazados, perfectos. Vio cómo Alejandro susurraba algo al oído de Adrián. Vio cómo Adrián sonreía.
Y en su pecho, la pregunta que había estado creciendo durante una semana se hizo más fuerte, más nítida, más insoportable.
¿Cómo?
Esta vez, ya no era una pregunta abstracta. Era una necesidad. Apuró la copa de champán de un trago, la dejó en una mesa, y salió del salón sin mirar atrás.
Fuera, la noche era fría y oscura.
Como él.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕