La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 11 La estrategia del traidor
El consejo se reunió al alba.
Angrod ocupaba su lugar a la derecha del trono, como exigía el protocolo. Su padre presidía la mesa con esa frialdad quirúrgica que había convertido el reino en una máquina de obediencia y miedo. Los nobles murmuraban entre sí, lanzándole miradas furtivas.
Nadie se sentaba a su izquierda.
Nadie quería estar cerca del maldito.
—Malakor ha sido visto en las fronteras del este —anunció el rey Thranduil—. Reúne un ejército de sombras. Atacará antes de la próxima luna.
—¿Y el pacto? —preguntó el consejero mayor.
—El pacto se cumplirá. La humana será sacrificada en la luna llena. Su sangre abrirá el portal, los dioses regresarán y Malakor no podrá enfrentarse a su poder.
Angrod apretó la mandíbula.
Quedaban ocho días.
Ocho días para salvarla. Ocho días para encontrar una grieta en el plan de su padre, una debilidad en la armadura de Malakor, un milagro que no implicara su propia muerte.
—¿Alguna objeción, hijo?
La voz del rey era un cuchillo.
Angrod levantó la mirada. Su padre lo observaba con esos ojos fríos que nunca habían reflejado amor, solo evaluación. Solo juicio.
—Ninguna —respondió—. Padre.
La palabra supo a veneno.
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El consejo terminó al mediodía.
Angrod salió de la sala con paso firme, sin mirar atrás. Pero en lugar de dirigirse a sus habitaciones, torció hacia las alas olvidadas del palacio. Allí donde los sirvientes no limpiaban, los nobles no paseaban y los guardias no vigilaban.
Allí donde los olvidados se reunían.
Eran pocos. Un puñado de elfos que habían servido a su madre, que recordaban cómo era Hassan antes del reinado de hierro de Thranduil. Unos cuantos soldados jóvenes que no soportaban sacrificar inocentes. Dos humanos escapados de las minas del norte.
—Mi señor —dijo uno de los elfos, un anciano de cabello plateado llamado Círdan—. Hemos oído rumores. El pacto...
—Ocho días —respondió Angrod—. Tenemos ocho días para sacarla de Hassan.
—¿Adónde la llevaremos?
—Al umbral. Al mundo humano.
Silencio.
Círdan negó lentamente con la cabeza.
—Los umbrales están vigilados por orden del rey. Nadie puede cruzarlos sin su permiso.
—Por eso no iremos por los umbrales conocidos.
—¿Entonces?
—La tormenta.
El anciano lo miró largamente.
—Es demasiado peligroso. La magia fronteriza es inestable durante las tormentas. Podrían morir en el intento.
—Pueden morir si se quedan —respondió Angrod—. Al menos así tienen una oportunidad.
—¿Y usted, mi señor? ¿Vendrá con nosotros?
Angrod dudó.
No. No vendría. Su lugar estaba en Hassan, enfrentando a Malakor, cerrando el portal con su propia sangre. No podía irse con ella. No podía abandonar su misión.
Pero si se lo decía, ellos no lo ayudarían. Lo consideraban su comandante, su líder, su príncipe. No entenderían que su verdadero plan era morir.
—Sí —mintió—. Vendré con ustedes.
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Pasó la tarde organizando la fuga.
Rutas, horarios, señales. Puntos de encuentro, contraseñas, distracciones. Círdan conocía los pasadizos secretos del palacio mejor que nadie; los soldados jóvenes podrían neutralizar a los guardias de la puerta sur; los humanos sabían moverse en la oscuridad.
—La tormenta llegará en dos días —dijo Angrod—. Será entonces. Reúnan a sus gentes y esperen mi señal.
—¿Y la humana? —preguntó uno de los soldados—. ¿Sabe ella del plan?
—Todavía no.
—¿No cree que debería...
—Yo me encargo de ella.
El soldado calló. Nadie cuestionaba al príncipe cuando usaba ese tono.
Pero Angrod sabía que no podía aplazarlo más.
Tengo que decírselo, pensó. Tengo que decirle que puede escapar, que tiene una oportunidad, que no tiene que morir en ese altar.
Y tengo que decirle que yo no iré con ella.
Que se quedará sola en su mundo, sin mí, sin respuestas, sin el final feliz que merece.
El pecho le dolía. No era la maldición. Era el amor.
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La encontró en la biblioteca, como tantas tardes.
Estaba sentada en el suelo, rodeada de pergaminos, el cabello dorado cayéndole sobre los hombros. Leía con tal concentración que no lo oyó entrar. Sus labios se movían silenciosamente, deletreando palabras en élfico antiguo.
—Leila.
Ella levantó la vista. Y sonrió.
Esa sonrisa. Siempre esa sonrisa. Como si verlo fuera el mejor momento de su día.
—Tardaste —dijo.
—El consejo.
—¿Qué decidieron?
Que morirás en ocho días, pensó él. Que tu sangre abrirá el camino a los dioses. Que todo esto ha sido una cuenta atrás desde el principio.
—Nada importante —respondió.
Ella arqueó una ceja.
—Mientes.
—Siempre miento.
—Conmigo intentas no hacerlo.
Él cerró los ojos.
—Hay algo que tengo que decirte —dijo—. Algo importante.
—¿Sí?
—Puedes escapar.
Ella se quedó muy quieta.
—¿Qué?
—La tormenta. En dos días. He encontrado gente que puede ayudarte a cruzar el umbral. Volverás a tu mundo. Estarás a salvo.
Ella lo miró largamente. Sus ojos verdes recorrieron su rostro, buscando algo. Mentiras. Secretos. El amor que él nunca sabía ocultar del todo.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Vienes conmigo?
Él no respondió.
—Angrod. ¿Vienes conmigo?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque...
Porque si voy contigo, Malakor te seguirá. Porque si voy contigo, mi padre enviará a sus asesinos. Porque si voy contigo, la maldición te alcanzará y todo esto habrá sido en vano.
Porque prefiero morir sabiendo que vives, que vivir sabiendo que moriste por mi culpa.
—Porque tengo que quedarme —dijo—. Hay cosas que debo hacer aquí.
—¿Qué cosas?
—No puedo decírtelo.
—Angrod.
—No puedo.
Ella se puso de pie. Los pergaminos cayeron al suelo, olvidados.
—Llevo días notando que me ocultas algo —dijo—. Llevo días viendo cómo te alejas, cómo te encierras con ese hechicero de las mazmorras, cómo evitas mirarme a los ojos cuando hablamos del futuro.
—No es cierto.
—Sí lo es. Y no voy a dejar que sigas así.
—Leila...
—No. Esta vez escúchame tú.
Dio un paso hacia él. Luego otro. Estaban tan cerca que podía contar sus pestañas.
—Yo no quiero escapar —dijo—. Quiero quedarme contigo.
—No puedes.
—¿Por qué no?
—Porque si te quedas, morirás.
—Y si me voy, tú morirás.
Él enmudeció.
—¿Crees que no lo sé? —susurró ella—. ¿Crees que no me he dado cuenta? Vas a sacrificarte por mí. Vas a hacer algo estúpido y heroico y definitivo, y yo me enteraré cuando ya sea demasiado tarde.
—No es...
—Dime que no es verdad. Mírame a los ojos y dime que no estás planeando morir para salvarme.
Él no pudo.
Ella asintió lentamente, como si acabara de confirmar algo que ya sabía.
—Entonces no me voy —dijo—. Si tú mueres, yo muero contigo.
—No puedes pedirme eso.
—Acabo de hacerlo.
—No es justo.
—¿Y es justo que tú decidas por mí? ¿Es justo que me arrebates la oportunidad de luchar a tu lado? ¿Es justo que me condene a vivir sabiendo que mi vida costó la tuya?
—Será una vida. Al menos tendrás una vida.
—No sin ti.
Él sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
—Leila...
—No me llames así con esa voz de despedida. Todavía no. Todavía no me he ido.
—Pero te irás.
—Si tú vienes conmigo, sí.
—No puedo.
—Entonces me quedo.
—Te matarán.
—Ya lo sé.
—Y yo no podré soportarlo.
—Yo tampoco podré soportar tu muerte. Así que estamos empatados.
Él la miró largamente. Y en sus ojos azules, ella vio la rendición.
—Eres imposible —susurró.
—Lo sé.
—Testaruda.
—También.
—Y te quiero.
—Yo también te quiero. Por eso no voy a dejarte.
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No hubo más discusión.
No hubo acuerdos ni promesas ni planes definitivos. Solo ellos dos, en la penumbra de la biblioteca, sosteniéndose mutuamente en el vértigo de lo que estaba por venir.
—¿Y ahora qué? —preguntó Leila.
—Ahora... necesito tiempo.
—¿Para qué?
—Para encontrar otra forma. Para no tener que elegir entre tu vida y la mía.
—¿Crees que existe?
—No lo sé. Pero si existe, la encontraré.
—¿Y si no existe?
Él no respondió.
Ella apoyó la cabeza en su pecho. Escuchó su corazón latir, rápido y fuerte, como un animal acorralado.
—Entonces inventamos una —dijo—. Juntos.
Angrod la abrazó con fuerza.
Y por primera vez en doce años, no se sintió solo.
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La delación llegó al anochecer.
Angrod no supo quién fue. Quizá uno de los soldados, acobardado por la promesa de una recompensa. Quizá un noble infiltrado, que nunca tuvo intención de ayudarlo. Quizá el azar cruel que siempre jugaba en su contra.
Solo supo que los guardias irrumpieron en sus habitaciones cuando él y Leila dormían abrazados.
—Por orden del rey —dijo el capitán—, queda usted arrestado.
Leila despertó sobresaltada. Sus manos buscaron la luz, pero Angrod negó con la cabeza.
—No —susurró—. No aquí. No ahora.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella, la voz quebrada.
—Nada. No pasa nada.
—Usted también, señorita —dijo el capitán—. Debe regresar a sus aposentos.
—No voy a...
—Leila —la voz de Angrod era firme, pero sus ojos suplicaban—. Ve con ellos. No opongas resistencia.
—No puedo dejarte.
—Es solo una noche. Volveré a verte. Te lo prometo.
Ella dudó. Luego, lentamente, asintió.
Los guardias la separaron de él. La última imagen que Angrod tuvo de Leila fue su rostro pálido, sus ojos verdes llenos de lágrimas que no querían caer, sus labios formando una palabra silenciosa.
Vuelve.
Luego la puerta se cerró.
Y él se quedó solo.
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Las mazmorras olían a humedad y desesperanza.
Angrod conocía bien ese olor. Lo había respirado durante horas, días, semanas, cada vez que bajaba a visitar al hechicero. Pero nunca había estado al otro lado de los barrotes.
Nunca había sido el prisionero.
—Parece que al final todos terminamos aquí, pajarito negro —dijo el hechicero desde su celda contigua—. La sangre llama a la sangre.
—No tengo tiempo para sus acertijos.
—No es un acertijo. Es una profecía. Tú mismo la estás cumpliendo.
Angrod no respondió.
Apoyó la espalda contra el muro de piedra y cerró los ojos.
Leila, pensó. Leila esperándome. Leila creyendo en mi promesa. Leila confiando en que volveré.
Y yo aquí, sin poder hacer nada.
Ocho días. Ocho días para el sacrificio.
Y yo encadenado como un animal.
—¿Sabes? —dijo el hechicero—. Tu madre también esperó. También confió. También creyó que el amor era suficiente para salvar al hombre que amaba.
—No quiero oírlo.
—Y no lo fue. El amor no la salvó. La condenó.
—He dicho que no quiero oírlo.
—Pero tú eres diferente, ¿verdad? Tú vas a lograrlo. Tú vas a romper el círculo. Tú vas a ser el primer maldito que encuentre la redención.
Angrod abrió los ojos.
—¿Existe? —preguntó—. ¿La redención?
El hechicero guardó silencio.
—No lo sé —respondió al fin—. Pero si existe, estoy seguro de que no se encuentra en la muerte.
Entonces, ¿dónde? quiso preguntar Angrod.
Pero no hizo falta.
Porque en ese momento, muy lejos, en algún lugar del palacio, Leila abrió los ojos en la oscuridad de sus habitaciones.
Y supo lo que tenía que hacer.
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Ella me pidió que no me convirtiera en mártir.
Ella me dijo que no soportaría vivir sin mí.
Ella me prometió que inventaríamos otra forma, juntos.
Y yo, estúpido, ciego, enamorado, le prometí que volvería.
Pero esta vez no voy a romper mi promesa.
Esta vez voy a vivir.
Por ella.
Para ella.
Con ella.
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