Dylan es un chico misterioso de 17 años, con un corazón que parecía estar hecho de hielo. Había llegado a la ciudad de Italia hace apenas una semana, y ya había causado un revuelo entre las estudiantes del colegio local.
Su llegada había sido silenciosa, sin anuncios ni fanfarrias. Simplemente, un día apareció en el colegio, con su mochila en la espalda y una mirada intensa en sus ojos. Los estudiantes se sintieron intrigados por su presencia, y pronto comenzaron a circular rumores sobre su persona.
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El vacío y el dolor
La puerta de la habitación de Emily se cierra con un clic seco, y el mundo se encoge a cuatro paredes. La luz de la tarde se filtra débil por la ventana, dibujando líneas pálidas sobre el suelo, pero a ella no le llegan; está hundida en la penumbra de su cama, hecha un ovillo, con la cara enterrada en la almohada.
Cada respiración le rasga el pecho. Las lágrimas no caen, se derraman sin parar, empapando la tela hasta que ya no siente frío ni calor, solo esa humedad que le quema la piel. En su cabeza retumba una y otra vez el nombre de Dylan. El príncipe Salvatore.
Recuerda la risa de él en los pasillos del colegio, la forma en que le robaba la última galleta, cómo le decía “tú me haces sentir normal”. Ahora esas memorias se convierten en espinas. Se abraza a sí misma, como si pudiera contener el vacío que se ha abierto dentro.
El móvil vibra una vez, luego otra, pero no lo mira. No quiere ver mensajes de amigas preguntando qué pasó, no quiere escuchar condolencias. El silencio de la habitación es ensordecedor, un eco que le repite que él ya no está.
Se lleva la mano al pecho, como si pudiera apretar su corazón para que deje de doler. Pero el dolor no cede; se instala, pesado, frío, definitivo. Emily no llora por un capricho adolescente: llora porque el amor que creía real se ha convertido en una despedida sin retorno. Está sola, atrapada entre las sábanas, con la sensación de que el aire mismo se ha vuelto denso y ya no puede respirar al sentir su ausencia.
"Un golpe suave en la puerta."
“Emily, cariño… ¿puedo entrar?”
La voz de su madre tiembla, cargada de preocupación. Abre la puerta despacio y la encuentra hecha un ovillo, la almohada empapada, la mirada perdida en la pared.
Se sienta al borde de la cama, le acaricia el pelo con la mano temblorosa. “Sé que duele, mi vida. Sé que parece que el mundo se acabó. Estoy aquí, no estás sola.”
Emily no se mueve. No levanta la cabeza. Sus hombros siguen temblando, pero no sale palabra de su boca.
Su madre intenta otra vez, con la voz más suave: “Si quieres hablar, yo te escucho. Si quieres que grite contigo, grito. Lo que necesites.”
Nada. Solo el sonido ahogado de los sollozos contra la almohada.
Su madre le pasa un pañuelo, le sirve un vaso de agua, le dice que Dylan no merecía su amor si la hizo sentir así. Cada palabra cae en un vacío. Emily se encoge más, como si quisiera desaparecer entre las sábanas.
Al final su madre suspira, le deja el vaso en la mesita y le da un beso en la frente.
“Cuando quieras hablar, estaré aquí, mi niña.”
La puerta se cierra de nuevo. Emily sigue inmóvil, con el dolor anudado en el pecho, rechazando cualquier consuelo.
Los días se arrastran. Las hojas del patio se ponen rojizas, el viento trae ese frío seco de otoño y el colegio se llena del ruido de despedidas.
Último día de clases. Los pasillos están llenos de risas, abrazos, firmas en anuarios, planes gritados a todo pulmón: “¡Yo voy a estudiar medicina!”, “¡Yo me voy a arte en la ciudad!”, “¡Nos vemos en la universidad!”.
Emily camina entre ellos con la mochila colgando de un hombro, la mirada baja. Cada conversación es un recordatorio de que la vida sigue para todos… menos para ella.
Se detiene frente a su taquilla por última vez, pasa los dedos por el metal frío y recuerda a Dylan apoyado ahí, bromeando antes de la primera campana. Ahora el espacio está vacío, y ese vacío es todo lo que siente.
Sus compañeras le preguntan qué va a estudiar. Ella murmura algo indistinto, un “no sé todavía”, y se aleja antes de que la insistan. No tiene energía para imaginar un futuro; el suyo parece detenido en ese otoño gris, sin color, sin calor.
Cuando sale del edificio por última vez, el aire frío le corta la cara. Los demás se ríen y se abrazan bajo los árboles deshojados. Emily se envuelve en su chaqueta, y el mundo a su alrededor se siente hueco, como si el otoño se hubiera instalado dentro de ella y no fuera a irse.
Tiffany la alcanza justo cuando Emily está a punto de cruzar la calle.
“¡Ey!” dice, con la voz un poco quebrada, y la abraza fuerte, como si quisiera retenerla.
“Prometeme que no vas a desaparecer,” susurra, apretándola contra su pecho. “Sé que este año te rompió por dentro, pero no puedes quedarte atrapada en este otoño.”
Se separa un momento, le toma la cara entre las manos y la mira a los ojos, húmedos también.
“Yo me voy a estudiar psicología, lejos de aquí. Pero cada vez que te sientas vacía, me escribes. Te voy a mandar fotos, audios, lo que sea. No me importan los kilómetros.”
Le desliza un papel doblado en la mano. “Mi nuevo número. Y esta… es una foto grupal en donde también estaba Dylan, era nuestro primer día de clases, cuando todavía te reías a carcajadas.”
Emily apenas asiente, con los ojos llenos de lágrimas que no caen.
Tiffany le da un último abrazo, más largo, y le dice al oído: “Te quiero, Emily. No te olvides de eso.”
Luego suelta su mano y se aleja, caminando hacia el grupo que la espera, lanzándole una última sonrisa triste antes de perderse entre la multitud.
Emily se queda allí, con el papel arrugado en el puño, el frío del otoño envolviéndola, y el eco de la despedida de Tiffany resonando como lo único cálido que le queda.