Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Guardería Vélez
...CAPÍTULO 11...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
Si alguien me hubiera dicho hace dos semanas que mis mayores enemigos no serían la burocracia de la alcaldía ni el coqueteo psicótico de Vanesa, sino dos seres de sesenta centímetros de altura, me habría reído en su cara. Pero aquí estoy, en la sala de Gabriel y Sera, viendo cómo mi vida pasa ante mis ojos mientras los gemelos me miran como si yo fuera un juguete nuevo... uno que planean desarmar pieza por pieza.
Gabriel y Sera habían salido hace una hora. No sé a dónde fueron, y honestamente, creo que mintieron sobre su destino solo para escapar. Gabriel me lo pidió como un favor personal: "Sebas, eres como su tío, además así vas practicando para cuando te toque".
—Solo son un par de horas, Sebas. Son unos ángeles —me había dicho Sera con una sonrisa angelical que ahora sé que era pura propaganda engañosa.
Ángeles, mis polainas. Axel y Damián no son niños; son agentes del caos diseñados en un laboratorio para destruir la cordura de cualquier adulto. Llevaba exactamente cuarenta minutos de "niñero" y ya me habían disparado con pistolas de agua, me habían intentado vender mis propias llaves del auto y Axel estaba tratando de usar mi tablet como rampa para sus carritos de metal.
—¡Axel! ¡Bájate de la mesa! ¡Damián, suelta el jarrón de tu mamá o te juro que...! —gritaba yo, corriendo de un lado a otro como un loco, mientras la casa de Gabriel empezaba a parecer una zona de guerra tras un bombardeo de Legos.
Mientras esquivaba un bloque de Lego que pasó volando cerca de mi oreja, no pude evitar mascullar entre dientes. Es que, de verdad, me parece el colmo. Gabriel y Sera tienen dinero para contratar a una niñera profesional, a un equipo de fuerzas especiales o hasta a una domadora de leones para que cuide a estos dos, ¡pero no! Tienen que montársela a Sebastián.
—¡Es que son unos tacaños de clase mundial! —le grité a la pared, porque Axel ya se había encerrado en el baño—. Con todo lo que facturan en la firma, podrían tener a una Mary Poppins con cinta negra en karate, pero prefieren usarme de guardería gratuita.
Y lo peor es que yo acepto. Acepto porque, bueno, a pesar de que son unos explotadores de niñeros, aprecio a esos dos imbéciles más de lo que admitiría en voz alta. Pero sigo pensando, con cada fibra de mi ser, que Gabriel hace esto q propósito conmigo. Esto no es un favor, es un entrenamiento de resistencia psicológica que él disfruta desde la distancia. Apuesto a que ahora mismo está en una cena romántica con Sera diciendo: "¿Te imaginas la cara de Sebas ahora que Axel descubrió los marcadores?".
En ese momento, la puerta se abrió y entró Oliver. Mi salvador. Mi sobrino favorito. Llegaba de su entrenamiento de natación con el bolso al hombro y el pelo húmedo.
—Hola, tío Sebas —saludó Oli con la calma de quien no tiene dos granadas con patas corriendo por la casa—. Veo que la estás pasando genial.
—¡Oli! ¡Hijo mío! ¡Llegaste en el momento justo! —exclamé, esquivando un cojín que Damián me lanzó con una puntería aterradora—. ¡Por lo que más quieras, ayúdame! Solo distráelos diez minutos para que yo pueda ir al baño a llorar en paz. Estos dos demonios se reprodujeron o algo, siento que son ocho.
Oliver me miró con una mezcla de lástima y sabiduría ancestral. Suspiró, acomodándose el cabello mojado.
—Tío, de verdad me gustaría ayudarte, pero Dios te guarde y te proteja en tu batalla —dijo, dándome una palmadita en el hombro como quien se despide de un condenado a muerte—. Tengo demasiada tarea y necesito hacerla sí o sí. Mi papá ya me advirtió: Si repruebo aunque sea una materia, me prohíbe las salidas con el grupo de natación y me confisca el celular. Y tú sabes que mi papá no bromea con eso.
—¡Oliver, no me puedes dejar así! ¡Te compro el videojuego que quieras! ¡Te doy mi alma! —supliqué, mientras veía a Damián intentar trepar por las cortinas.
—Lo siento, tío Sebas. La supervivencia escolar es primero. ¡Suerte con los Gremlins!
Y así, sin mirar atrás, Oliver desapareció en su habitación y cerró la puerta con llave, dejándome solo en el campo de batalla. Me giré lentamente para encontrarme con Axel y Damián, que me miraban con unas sonrisas macabras mientras sostenían un marcador permanente de color rojo.
—Tío Sebas... ¿quieres jugar al salón de belleza? —preguntó Axel con una voz sospechosamente dulce.
Miré al techo, rogándole a Gabriel que volviera pronto antes de que terminara pareciendo un cuadro de Picasso pintado por dos terroristas de cinco años. Definitivamente, ser mentor de una "gomela" en la oficina era un paseo por el parque comparado con esto.
Desesperado, sudado y con un mechón de pelo pegado a la frente por culpa de un pegote de plastilina, saqué mi celular como quien pide un rescate internacional. Llamé por video a Doña Antonia. Para mi inmensa suerte, hoy no había abierto el restaurante y, justo como si el destino me estuviera pidiendo perdón, me dijo que planeaba ir un rato a visitar a su hija y a sus nietos.
—¡Doña Anto! ¡Por favor, se lo ruego, venga ya! —exclamé en cuanto vi su cara en la pantalla.
—Pero Sebastián, ¿qué son esos gritos? ¿Y por qué tienes la cara pintada de azul? —preguntó ella, aguantándose la risa.
—¡Es una larga y dolorosa historia! Los gemelos me tienen secuestrado en mi propio cuerpo. Necesito ayuda, de verdad.
Antonia frunció el ceño, confundida.
—Pero... ¿por qué estás tú cuidándolos? ¿Por qué Sera y Gabriel no me llamaron a mí o a Tere, la mamá de Gabriel?
—Porque al parecer Gabriel me odia recientemente y ha decidido que mi castigo por existir es cuidar a estos dos mini-terroristas —mascullé, mientras de fondo se oía un estruendo de algo rompiéndose—. ¡Venga rápido!
Minutos después, el sonido del pequeño auto de Doña Anto en la entrada fue para mí como el canto de un coro celestial. La vi entrar y, juro por Dios, que me pareció verle una aureola. Doña Antonia no perdió ni un segundo. Con una sola mirada de esas que congelan la sangre y una voz firme pero cargada de esa autoridad de abuela, aquietó a los niños en un abrir y cerrar de ojos.
Incluso los regañó por todo lo que me habían hecho. Los puso a recoger cada Lego, cada marcador y cada zapato que habían lanzado, mientras ellos, milagrosamente, obedecían sin chistar. En cuestión de minutos, los tenía bañados, en pijama y sentados a la mesa. Doña Anto, como si tuviera ocho manos, preparó una cena rápida que olía a gloria, y antes de que me diera cuenta, los gemelos estaban profundamente dormidos en el sofá frente a una película.
Me quedé de pie en la cocina, procesando el milagro. Me serví un plato de lo que ella había cocinado para los niños, porque, para colmo de mi asombro, hasta tiempo de cocinar tuvo.
—Doña Anto... de verdad, estoy en shock —dije, dándole el primer bocado a la comida mientras la miraba como si fuera una maga—. ¿Cómo hizo todo eso? Yo creía que era físicamente imposible domar a esos dos terremotos en menos de media hora. Usted es una superheroína o algo.
Antonia soltó una risita suave mientras limpiaba la encimera con una calma que me daba envidia.
—Ay, hijo, no es magia. Es que criar a Seraphine y a William fue exactamente la misma situación —respondió con una sonrisa nostálgica—. Esos dos eran tremendos, una pesadilla combinada. Ya me acostumbré por la experiencia de los años. Los gemelos solo heredaron el fuego de su madre, pero para ese fuego, yo ya tengo los extintores listos hace décadas.
—Pues présteme un extintor de esos —dije, suspirando de alivio—. Porque si Gabriel vuelve a pedirme este favor, voy a venir a trabajar en su restaurante solo para esconderme de él.
Estaba dándole el segundo bocado a la cena que Doña Anto había preparado cuando mi celular vibró sobre la mesa. Pensé que sería Gabriel avisando que ya venía, pero cuando vi el nombre de Luciana en la pantalla, el corazón me dio un vuelco.
No era un mensaje de texto. Era una foto. Pero qué digo una foto... era LA FOTO.
Casi me atraganto con el arroz. Luciana me había enviado una imagen frente al espejo de nuestra habitación usando un conjunto de lencería negra que me dejó sin aliento. ¿Era un momento inapropiado considerando que estaba en casa de mi jefe cenando con mi madre política mientras los niños dormían a dos metros? Sí. ¿Pero fue la motivación definitiva para querer salir corriendo de ahí y teletransportarme a mi casa? Por supuesto.
La vida finalmente me estaba premiando por mis horas de martirio como niñero.
Estaba a punto de responderle con algo “no muy de horario familiar” cuando entró otro mensaje. Esta vez era de la "niña" Vanesa.
"Escuche que estarías haciendo de niñero, Arqui. Qué tierno te ves siendo tan responsable... Ojalá me dedicaras un poquito de esa atención a mí esta noche."
Sentí una punzada de asco mezclada con rabia. Esta mocosa no entendía el concepto de "límite" ni porque su madre fuera la dueña del país. Sin pensarlo dos veces, deslicé el dedo y le di a Bloquear. No iba a seguir leyendo sus faltas de respeto ni iba a permitir que ensuciara mi noche con Luciana. Mañana mismo hablaría con Gabriel seriamente; el favor a la Senadora se estaba pasando de castaño oscuro.
En ese momento, la puerta principal se abrió. Gabriel entró con una sonrisa de oreja a oreja, frotándose las manos y mirando hacia la sala.
—¡Bueno! ¿Encontraron ya el cadáver de Sebastián o todavía está...? —su frase se quedó a medias cuando me vio sentado en el comedor, cenando plácidamente, con la casa en silencio sepulcral y Doña Antonia doblando una manta con calma profesional.
Gabriel se quedó con la boca abierta. Me miró a mí, miró a su suegra y luego a los gemelos que dormían como angelitos. Le acababa de arruinar el chiste de la década.
—¿Pero qué...? ¿Cómo...? —balbuceó Gabriel, visiblemente decepcionado de no encontrarme amarrado a una silla o con la cara llena de marcador.
Doña Antonia se puso de pie, se cruzó de brazos y le lanzó una mirada a Gabriel que lo hizo encogerse dos tallas.
—Gabriel Alejandro Méndez, me parece el colmo —soltó ella con ese tono que hace que hasta los adultos quieran pedir perdón—. Abusar así de tu amigo Sebastián, que tiene sus propios problemas y sus propios asuntos, solo para irse por ahí. Si necesitaban ayuda, ¿por qué no me llamaron a mí o a Tere? Casi vuelven loco al pobre muchacho.
Sera entró detrás de Gabriel y, al ver a su madre en modo "Jueza de la Corte Suprema", bajó la cabeza de inmediato.
—Mamá, nosotros pensamos que Sebas... —empezó Sera.
—No pensaron nada —la interrumpió Antonia—Mírenlo, está agotado. Menos mal que llegué, porque estos niños estaban haciendo desastres. Deberían estar avergonzados de cargárselos a él de esa manera.
Gabriel me miró buscando apoyo, pero yo solo levanté mi copa de jugo y le di un sorbo lento, disfrutando cada segundo de su humillación.
—Gracias por la cena, Doña Anto —dije, poniéndome de pie y agarrando mis llaves—. Me voy, porque tengo una "reunión privada" con mi esposa que no puede esperar ni un minuto más. Gabriel... mañana hablamos en la oficina. Tenemos mucho de qué charlar sobre tu pasante estrella.
Salí de la casa escuchando cómo Antonia seguía el sermón, sintiéndome el hombre más victorioso del mundo. Tenía a la mujer más bella esperándome en casa y el placer de ver a Gabriel siendo regañado por su suegra. La noche prometía ser mucho mejor que el día.
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Llegué a la oficina temprano, sintiéndome más liviano que una pluma. Luciana no venía conmigo porque tenía una diligencia en la Gobernación a primera hora, así que me dejó con un beso que me duró todo el trayecto. Anoche ella me había consumido de tal forma, entre caricias y esa lencería que me voló la cabeza, que dormí como un hombre que no le debe nada a nadie.
Pero mi burbuja de color rosa explotó en cuanto escuché la puerta. Vanesa. Al parecer hoy madrugó con el único objetivo de hacerme la vida cuadritos.
Su rostro no era el de la niña dulce de la semana pasada; venía amargada, con una energía que gritaba problemas. Me levanté para ir a la cocina por un café, tratando de ignorar su presencia, y cuando volví, la escena era la misma del otro día: otro detalle en su escritorio con una nota del tal "F".
Me quité el saco, me arremangué la camisa y le di un sorbo a mi taza, observando el techo, rogando por paciencia. De un momento a otro, Vanesa se plantó frente a mi escritorio. Intenté ignorarla, pero su voz me sacó de quicio de inmediato.
—¿Se saluda, no? —soltó ella, cruzándose de brazos—. ¿Y qué pasó ayer? ¿Me bloqueaste?
Dejé la taza sobre la mesa con un golpe seco. Suspiré, pasándome una mano por el cabello, y decidí que ya no iba a andar con rodeos ni con sutilezas profesionales que ella claramente no entendía.
—Mira, Vanesa, voy a ir directo al grano y sé que esto no va a sonar nada profesional, pero… ¿Me estás ligando? —la miré fijamente—. Quieres acostarte conmigo, supongo. Eso es todo este jueguito, ¿verdad?
Vanesa no parpadeó. Me sostuvo la mirada sin pena ni gloria, con un descaro que me dejó frío.
—Sí —respondió con total naturalidad—. Los dos somos adultos y sabemos lo que queremos, ¿no?
Solté una carcajada amarga.
—No creo que sepas lo que quieres, porque yo definitivamente no quiero lo mismo que tú. Además, eres perfectamente consciente de que estoy casado y que, técnicamente, soy tu jefe.
Ella se acercó más, invadiendo mi espacio personal. Hoy llevaba una blusa que dejaba ver un escote agresivo, resaltando el tamaño gigantesco de sus pechos de una forma que no dejaba nada a la imaginación.
—¿Y eso qué? —susurró, inclinándose hacia mí—¿Acaso ella se va a enterar?
Aparté la mirada, sintiendo una mezcla de horror y desconcierto.
—¿Realmente estás bien de la cabeza? Se supone que vienes a una pasantía, Vanesa. ¿Sabes que con lo que estás haciendo la puedes perder hoy mismo?
—Me da igual —se encogió de hombros con total indiferencia—. Yo no quería hacer esta pasantía, mi madre me obligó. Y nunca me imaginé que el arquitecto encargado fuera tan guapo, eso es todo.
—Vanesa, te llevo once años —le recordé, tratando de apelar a su lógica—. Deberías estar detrás de esos muchachos de tu universidad, gente de tu rango de edad o al menos alguien que no esté casado.
—Eso lo hace más interesante —dijo ella, acortando la distancia—. Me gustan los hombres mayores, arqui. Los que saben qué hacer.
Antes de que pudiera reaccionar o alejarme más, me agarró de la corbata con fuerza, tirando de mí hacia abajo, y me plantó un beso. Fue rápido, invasivo y cargado de un desespero que me dio náuseas.
La aparté de inmediato, con un movimiento firme pero controlado, manteniendo la distancia necesaria para que no volviera a intentarlo. No hubo gritos, ni gestos exagerados; lo que sentí fue una profunda decepción y una indignación que me obligó a endurecer el gesto como nunca antes. Me limpié la boca con el dorso de la mano, con la determinación de quien borra un error que no debió ocurrir.
Mi voz salió baja, pausada y cargada de una autoridad que la hizo borrar esa sonrisita cínica de inmediato.
—Vanesa, detente ahora mismo —le dije, y me enderecé por completo, sacándole una cabeza de altura y marcando una distancia física infranqueable—. Lo que acabas de hacer no es un juego, ni es una travesura. Es una falta de respeto gravísima hacia mí, hacia mi matrimonio y, sobre todo, hacia este lugar de trabajo.
Ella intentó decir algo, quizás una de sus respuestas ingeniosas de "niña consentida", pero levanté una mano para silenciarla. No le iba a permitir ni una sílaba más.
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir: Estás en un lugar de trabajo. Punto. No me importa quién sea tu madre, ni cuánto dinero creas que te da derecho a pasar por encima de la voluntad de los demás. Me has estado molestando desde que llegaste, invadiendo mi espacio y enviando mensajes inapropiados, pero esto de hoy cruza una línea legal y ética que no voy a tolerar.
Vanesa se quedó estática, por primera vez luciendo algo pequeña bajo mi mirada.
—Ay, arqui, no seas tan dramático, fue solo un...
—Se supone que estás aquí para aprender a ser una arquitecta, para formarte como profesional, no para cazar hombres casados por aburrimiento —continué, con una seriedad cortante—. Si realmente no quieres estar aquí, ten la decencia de decírselo a la Senadora y vete, pero no vengas a corromper el ambiente de paz que tanto nos ha costado construir en este estudio. Yo respeto mi trabajo y respeto profundamente a mi esposa. Que no se te vuelva a olvidar.
Me di la vuelta, dándole la espalda para sentarme en mi escritorio, ignorando su presencia por completo. No iba a darle el gusto de ver que me había alterado más de la cuenta.
—Ahora, ve a tu puesto, siéntate y abre el software de modelado. Si no quieres trabajar, quédate sentada en silencio hasta que termine tu horario, pero no te vuelvas a acercar a menos de dos metros de mí. ¿Fui lo suficientemente claro?
Vanesa se quedó muda, con las mejillas empezando a teñirse de un rojo que ya no era por coqueteo, sino por la humillación de haber sido puesta en su sitio de forma tan contundente. Sin decir palabra, se dio la vuelta y caminó hacia su escritorio con pasos rápidos.
Me quedé mirando el vapor que salía de mi café. Me temblaban ligeramente las manos, no por ella, sino por la rabia de que alguien pudiera ser tan imprudente. Tenía claro que esto no se podía quedar así; Gabriel necesitaba saber que su "favor" a la Senadora se había convertido en un peligro para la integridad de la firma.