Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
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capitulo 24
El ala norte de la mansión Blackwood siempre me había parecido un lugar diseñado para el olvido. Las paredes aquí no estaban revestidas de seda, sino de una madera oscura y sobria que absorbía la luz en lugar de reflejarla. Me detuve en el umbral del pasillo, observando cómo los operarios terminaban de trasladar las últimas maletas de Liam y Elena.
Había pasado una semana desde que les impuse el cambio de residencia. no solo se trataba de protocolos verbales; se trataba de geografía. En esta casa, la cercanía al centro de mando —Alexander y yo— era el único indicador real de valor. Al desplazarlos al ala de invitados, les había quitado el oxígeno social.
Me desperté esa mañana sintiendo el vacío en el lado de Alexander. Se había marchado temprano para una junta en Londres, dejándome al mando absoluto de la propiedad. Antes de irse, sus manos habían recorrido mi cuerpo con una urgencia que todavía sentía marcada en mi piel, un recordatorio de que, aunque él no estuviera físicamente, su autoridad residía en mí. "Eres mis ojos, Luna. No dejes que olviden quién sostiene el látigo", me había susurrado contra el oído.
Me vestí con un traje sastre de terciopelo azul noche. No necesitaba joyas ostentosas hoy; el peso de las llaves maestras de la casa en mi mano derecha era suficiente.
Caminé hacia la habitación de Liam sin llamar. La puerta cedió con un gemido de madera vieja. El espacio era digno, por supuesto —los Blackwood no conocen la miseria—, pero era pequeño, funcional y carecía de la vista al parque que él tanto amaba.
Liam estaba sentado al borde de la cama, con la corbata deshecha y una botella de vino medio vacía sobre la mesilla. Elena estaba en un rincón, tratando de organizar sus vestidos de diseñador en un armario que claramente no estaba hecho para la opulencia.
—¿Qué haces aquí, Luna? —preguntó Liam, su voz arrastrada por el cansancio o el alcohol—. ¿Has venido a ver cómo nos va en nuestra "celda"?
—He venido a inspeccionar el inventario, sobrino —respondí, caminando por la habitación con una elegancia que hacía que el espacio pareciera aún más estrecho—. He notado que habéis traído piezas de arte del ala principal que no os pertenecen. El busto de mármol del pasillo debe volver a su sitio original antes de las seis.
—¡Es un regalo de mi padre! —gritó Liam, poniéndose de pie de un salto.
—Es una propiedad de la Corporación Blackwood —corregí, mi voz bajando a ese tono gélido que Alexander tanto admiraba—. Y tú, Liam, eres un empleado con un sueldo que apenas cubre tus necesidades básicas. Si quieres mantener objetos de lujo, sugiero que empieces a trabajar en los informes que te pedí hace tres días.
Elena se acercó, con los ojos inyectados en sangre.
—Eres un monstruo, Luna. Te encanta vernos así. ¿Crees que Alexander no se dará cuenta de tu malicia?
Me acerqué a ella, lo suficiente para que sintiera el frío de mi presencia. Elena retrocedió un paso, intimidada por la calma absoluta de mi rostro.
—Alexander es quien firmó la orden de traslado, Elena —mentí con una sonrisa impecable—. Él no tolera la ineficiencia. Y ver a un Blackwood malgastar el tiempo en lamentos es la mayor ineficiencia de todas.
Por la tarde, mientras revisaba la correspondencia en el solárium, escuché que alguien cerraba las puertas dobles. Me giré lentamente. Liam estaba allí, pero esta vez no había rabia en su rostro. Había esa mirada de "perro apaleado" que solía usar en el orfanato cuando quería que compartiera mi ración de comida con él.
—Luna, por favor —dijo, acercándose con pasos cautelosos—. Podemos terminar con esto. Sé que estás herida. Sé que me odias porque me amas demasiado.
Me levanté del diván de cuero blanco. El sol de la tarde atravesaba los cristales, iluminando las partículas de polvo que bailaban a nuestro alrededor. No dije nada, dejando que el silencio lo obligara a seguir hablando.
—Mira este lugar —continuó él, señalando la inmensidad de la mansión—. Lo tienes todo. Pero estás sola. Alexander es un bloque de hielo; él no sabe cómo amarte como yo lo hice. Él te usa para castigarme, pero yo te conozco. Conozco cada una de tus cicatrices.
Se detuvo frente a mí. Su mano subió, temblorosa, buscando mi mejilla. Lo dejé. Quería ver hasta dónde llegaba su audacia. Sus dedos rozaron mi piel, y por un segundo, sentí el eco de la vieja Luna, la que habría dado su vida por ese toque. Pero el eco se desvaneció al instante, reemplazado por un desprecio tan puro que era casi embriagador.
—¿Mis cicatrices? —pregunté, mi voz apenas un susurro que lo hizo inclinarse hacia mí—. Tú eres el autor de la mayoría de ellas, Liam. Y ahora pretendes que me compadezca de ti porque el colchón de tu nueva habitación es un poco más duro que el anterior.
Él intentó besarme. Fue un movimiento desesperado, una mezcla de lujuria y necesidad de validación. Antes de que sus labios tocaran los míos, puse mi mano sobre su pecho y lo empujé con una fuerza que lo hizo tambalearse.
—No te confundas, sobrino —sentencié, mis ojos fijos en los suyos—. Ya no soy la chica que esperaba tus migajas de afecto. Soy la tía que decide si mañana tienes derecho a usar el apellido de esta familia en público. Si vuelves a intentar tocarme, te juro por la memoria de Alexander que terminarás el año durmiendo en el mismo banco del parque donde me dejaste.
Liam se quedó paralizado. Vi cómo la esperanza moría en sus ojos, reemplazada por una comprensión aterradora: yo no estaba jugando. La justicia que estaba ejecutando no tenía fecha de caducidad.
Esa noche, Alexander regresó. Entró en la suite mientras yo me despojaba de la armadura del traje sastre. El aroma de la lluvia de Londres se mezclaba con su fragancia habitual. Se acercó a mí sin decir palabra, rodeando mi cintura con sus brazos y hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello.
—He oído que hoy ha habido drama en el ala norte —murmuró, su voz vibrando contra mi piel—. Mis empleados son muy chismosos, Luna.
—Solo he estado poniendo las cosas en su sitio, Alexander —respondí, girándome en sus brazos para quedar frente a él—. Liam cree que puede negociar con el pasado. He tenido que recordarle que el pasado es un país en el que ya no tenemos pasaporte.
Alexander me alzó con una facilidad que siempre me recordaba su dominio absoluto sobre su entorno. Me sentó en la cómoda de caoba, apartando los frascos de cristal. Sus manos subieron por mis muslos, marcando el inicio de una sensualidad que era tanto una recompensa como un sello de nuestra alianza.
En la penumbra de la habitación, con la única luz de la luna filtrándose por las cortinas, Alexander me reclamó con una intensidad que borró cualquier rastro del patético intento de Liam por la tarde. Sus besos eran exigentes, sus manos sabían exactamente dónde presionar para recordarme que yo era suya, pero que en esa unión, yo también era la dueña de su voluntad.
No había nada de "hielo" en Alexander cuando estábamos solos. Había un fuego controlado, una pasión que nacía de la admiración mutua por nuestra capacidad de ser implacables. Mientras nos perdíamos el uno en el otro, . Liam estaba perdiendo la razón, Elena estaba perdiendo la compostura, y yo... yo estaba ganando la eternidad en la cima.
el sonido rítmico de la lluvia golpeando el tejado de la mansión. Liam estaría en su habitación pequeña, escuchando el mismo sonido, pero con una diferencia fundamental: para él, la lluvia era tristeza; para mí, era el sonido de la limpieza. El tablero estaba limpio, y la jerarquía nunca había sido tan sólida.