Nació gemelo, pero jamás fue tratado como tal. Marcado en el rostro, fue despojado de nombre, amor y humanidad. Mientras su hermano era criado como el elegido, él fue guardado como reemplazo, como ofrenda silenciosa. Cuando el prometido huye la noche del sacrificio, la familia no duda: no lo buscan… lo borran.
Y entonces lo entregan a él.
Traicionado por su propia sangre, ofrecido a un demonio que nunca aceptó el trato original, descubre que el pacto no exigía un hijo perfecto, sino uno roto. En un mundo donde el amor es una mentira y la familia es el primer verdugo, aprenderá que la verdadera monstruosidad no viene del infierno, sino de quienes sonríen mientras te sacrifican.
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Espero que no se arrepienta.
La noticia de la pelea de Daniel se propagó rápidamente por toda la mansión.
—¿Sacha, entonces lo golpeó? —preguntó Dalia—. ¿No lo mató ni le causó una herida grave?
—No, mi señora. Solo tiene la mejilla hinchada… nada más.
Dalia suspiró lentamente.
—Ese chico le gusta más de lo que él mismo quiere aceptar.
—¿Por qué lo dice, mi señora?
—Las veces que lo hemos hecho enojar, nos tortura y golpea sin piedad alguna. Dime, si no lo quisiera… ¿por qué le perdonaría la vida? A fin de cuentas, humanos le sobran.
—¿Qué hará, mi señora? Ese hombre incluso está por encima de usted.
Dalia sonrió con calma.
—Sacha… si he vivido hasta ahora es porque siempre he usado mi cerebro. Yo no amo a Azrael, pero tampoco lo odio. Solo estoy en una posición cómoda, en un asiento privilegiado desde el cual creo el caos mientras ellos se matan entre sí. Yo solo existo.
Hizo una pausa antes de continuar:
—Además, mientras Azrael cumpla con sus deberes maritales conmigo, no me importa compartirlo con alguien más.
Por cierto… tengo un plan.
Dalia se dirigió a la habitación de Lilian, quien se encontraba acomodando unas joyas; esa noche, Azrael dormiría con ella.
—Lilian, te ves impecable como siempre.
—Por supuesto —respondió con orgullo—. La realeza de la familia demoníaca no tiene comparación.
—Sí… —Dalia suspiró—. Es una lástima que no seas nuestra emperatriz.
Lilian conocía bien el nivel de maldad de Dalia. Se mantenía serena, aparentemente ajena a todo, pero sabía que era ella quien sembraba el caos primero… y luego se alejaba para no salir salpicada.
—No importa —dijo Lilian—. María y Olga tienen razón: ese humano no durará mucho tiempo. A mí me sobra vida.
—Pero eso sería muy aburrido —replicó Dalia—. He escuchado sobre la escena de celos que hizo por María.
—Sí, escuché que incluso lo golpeó —respondió Lilian mientras se colocaba un colgante de jade en el cuello—. Es una lástima que no lo haya matado.
—Mañana llegan los sacrificios del sur —continuó Dalia—. Por la noche, ¿por qué no pedimos una mujer y un hombre? Pero esta vez explicaremos la razón. Que no vengan creyendo que solo serán devorados… vendrán como cónyuges del rey del Inframundo.
Lilian sonrió.
—Es increíble la maldad que se oculta detrás de esa cara bonita tuya… Cuántas cosas has hecho y en cuántos problemas me habrás metido sin que yo lo sepa.
Pero tienes razón —añadió—. Este es su punto de quiebre. Le mostraré que no es el único… ni irremplazable.
Daniel bajó a cenar. María, Olga y Dalia ya estaban en el comedor.
Azrael y Lilian no estaban.
Una punzada en el corazón lo hizo tambalearse por un instante, pero aun así continuó. La comida se veía exquisita, aunque nada despertaba su apetito.
María: Azrael llevó a Lilian al lago de la montaña. Ese lugar es muy romántico.
Olga: Sí… es una lástima que a ese sitio solo vaya con ella.
Ambas sonrieron. Dalia, en cambio, comía en silencio, fingiendo indiferencia.
María: El vestido que llevaba era tan provocador… seguramente, con lo caliente y apasionado que es Azrael, lo harán allá.
Olga: Cada vez que están juntos, todos aquí lo saben. Son tan salvajes.
Daniel intentaba tragar, pero su garganta parecía cerrada. Se obligaba a comer, esforzándose por no mostrar cuánto le dolía. Su mano tembló ligeramente; la detuvo con la otra. No quería que lo vieran vulnerable, perdido.
Dalia: Si te da rabia, muéstralo. Si tu cuerpo quiere rebelarse ante el dolor, no lo contengas.
Lo miró fijamente a los ojos.
Si quieres morir, solo hazlo.
Daniel: ¿Quién ha dicho que quiero morir?
Dalia: Lo veo en tus ojos. En cómo te obligas a comer. Puedo jurar que la comida ni siquiera te sabe a nada.
No sé lo que sienten los humanos, pero supongo que es lo mismo que sentimos los demonios cuando alguien sin talento, poder ni gloria se sienta por encima de la realeza, creyendo que el rey del Inframundo dejará de ser un demonio solo por complacerlo.
Daniel no respondió. Bajó la mirada. Intentó tragar de nuevo, pero las lágrimas comenzaron a caer. Se las limpió con rapidez, aunque no lograba contenerlas.
Olga: ¿Por qué lloras? Nosotras estábamos antes que tú. Llevamos siglos con él. ¿Por qué nos dejaría por ti?
¿De verdad crees que ese cuerpo tuyo calmará su fuego?
Daniel: Quiero comer solo. Váyanse.
Levantó la mirada, aún con lágrimas en los ojos.
María: ¿Nos estás corriendo de nuestra mesa? ¿Quién te crees?
Daniel: Cuando Azrael no está, yo soy la máxima autoridad.
¿Vas a desafiar mi orden? No quiero verlas. Salgan de mi presencia.
Olga clavó el tenedor con fuerza sobre la mesa.
Olga: No sabes cuánto disfrutaré verte caer.
Daniel: Entiendo. Pero por el momento, soy yo quien está arriba.
Las tres se retiraron, dejando la comida a medias.
El salón se sintió demasiado grande. Las cortinas, aunque costosas, transmitían una tristeza sofocante. Todo era caro, valioso… y aun así, nada se sentía vivo.
Daniel: Verónica, ¿quién decoró la mansión?
Verónica: La señora Lilian.
Daniel: Bien. Mañana habrá cambios aquí.
Verónica: Como ordene, mi señor.
Daniel volvió a su habitación.
Su mente era un caos; imaginar a Azrael con Lilian lo quemaba por dentro.
Comenzó a arrojar cosas, intentando canalizar la rabia y la frustración que lo ahogaban. Cuando su cuerpo ya no dio más, se dejó caer al suelo. Nunca había llorado tanto. Su corazón se sentía roto.
Ver su cuerpo temblar sin sentir frio, vomitar la comida, no tener hambre, llorar incluso cuando no quería hacerlo…
¿Eso era el amor?
—Entonces no quiero tenerlo —murmuró, golpeándose el pecho.
El piso frío calmaba un poco el temblor de su cuerpo, pero respirar le resultaba cada vez más difícil.
—¿Debería ir a su habitación? —susurró—. Tengo que ir.
Se puso de pie con dificultad. La pijama desarreglada y el cabello revuelto le robaban la belleza que lo distinguía. Caminó por los grandes y fríos pasillos, repitiéndose una y otra vez en su mente:
Que esté solo, por favor. Que no esté con nadie.
Si está solo lo perdonaré… solo necesito una mentira.
Quiero que me mienta, y yo elegiré creerle.
Solo faltaba un escalón cuando Verónica lo tomó de la mano.
—Mi señor, ¿a dónde va? No debe subir si no ha sido requerido por el señor.
—No me importa —dijo entre sollozos—. Quiero verlo… y que me diga en la cara que no me ama, que lo que siente por mí es solo deseo.
El corazón de Verónica se encogió al verlo así.
—Mi señor, no se haga más daño. ¿Qué espera ver? ¿Por qué quiere torturarse más?
—Necesito ver —respondió con la voz rota—. Necesito que mi corazón entienda lo que se niega a creer.
Verónica bajó la mirada.
—Él no está solo… —susurró—. No vaya, por favor. Se lo suplico… no así.
Daniel se soltó de golpe y corrió hasta la puerta.
Las risas, los gemidos, los sonidos… eran claros. Demasiado claros.
Deslizó la espalda por la puerta hasta quedar sentado en el suelo, con la cabeza hundida entre las rodillas. No podía respirar. Su respiración se cortó de golpe; intentó atraer aire de alguna forma, pero no pudo.
Su cuerpo colapsó.
—¡Señor Daniel! —gritó Verónica instintivamente.
Azrael escuchó y salió de la habitación a medio vestir, con Lilian detrás de él, cubierta apenas por una sábana.
—¿Qué le pasó? —preguntó preocupado.
Verónica se puso de pie y le dio una fuerte cachetada.
Azrael la sujetó con fuerza de la mano y se la rompió.
Verónica no gritó.
—¿Estás loca? —rugió—. ¿Cómo te atreves a pegarme?
—Espero que no te arrepientas de esto —dijo ella con los ojos llenos de odio—. Incluso si eres un demonio, no puedes ser tan cruel con alguien que no te ha hecho daño.
Eres un maldito monstruo.
Verónica se curó a sí misma rápidamente, tomó a Daniel en brazos y bajó las escaleras, intentando no llorar.
Incluso para ella… eso había sido demasiado.
sería genial qué pasará eso, queda como que el plan que tenía se dio vuelta y no salió como esperaba
ahhh más más capítulos