Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
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Capitulo 12: El karma es una perra
—¿Qué mierda está pasando…? —murmuro, con la voz áspera.
Avanzo dentro de la habitación, aún con el pulso acelerado. Mis ojos recorren el espacio y entonces veo una maleta pequeña, discreta, apoyada cerca de la cama.
No parece de Aria.
Se que no es mía.
El estómago se me tensa.
Voy al baño y la confirmación me golpea sin piedad. Cepillo, productos, pequeñas cosas sobre el lavamanos. Olor humano y femenino.
—Joder… —exhalo, pasando una mano por mi nuca.
Regreso a la habitación, intentando ordenar ideas que no quieren alinearse. Es entonces cuando la veo.
Una de mis camisetas, tirada sobre la silla del escritorio.
Me acerco sin pensar. La tomo entre los dedos y, sin darme cuenta, la llevo al rostro.
Error.
El aroma estalla de nuevo, más intenso, más íntimo.
Cerezas.
Calor.
Ella.
Un gruñido bajo se me escapa del pecho mientras mi cuerpo traicionero reacciona de inmediato. Me empalmó como nunca, tanto que duele el roce de mi miembro contra la tela del pantalón.
–Maldito placer divino –Gruño.
Tengo que cerrar los ojos un segundo, apretar la mandíbula, obligarme a respirar.
Luke, advierte Ian, con la voz cargada de urgencia.
"Contrólate"
Me separo de la camiseta como si quemara y la dejo de nuevo sobre la silla, dando un paso atrás. El pulso me retumba en los oídos, el cuerpo entero vibrando con una necesidad que no reconozco como mía… y que, aun así, me pertenece.
—Esto no puede estar pasando —digo, más para convencerme que por otra cosa.
Pero el aroma sigue ahí.
La presencia también.
Y sé, con una claridad que me eriza la piel, que ya es demasiado tarde para fingir que no lo siento.
Entro al baño y abro el grifo sin pensarlo. El agua fría me golpea el rostro y respiro hondo, apoyando las manos en el lavamanos.
—Contrólate —me digo en voz baja.
Cierro los ojos un segundo… al abrirlos puedo ver de reojo algo que me llama la atención, algo rojo asoma sobre el cesto de la ropa sucia.
Me quedo quieto.
Lento, como si acercarme fuera una mala idea —porque lo es—, doy un paso y aparto un poco la tela que lo cubre.
Una prenda pequeña.
Demasiado pequeña.
—Joder… —susurro.
Una jodida tanga roja.
El pecho se me comprime y suelto el aire despacio, intentando mantener la calma que ya no tengo. La tomo entre los dedos, ligera, ajena… y completamente suya.
El aroma a cerezas explota.
Es brutal y directo
Mi lobo se agita con un gruñido grave y tengo que apretar la mandíbula para no perder el control.
Y aun así, con una furia maldita contra mí mismo, llevo la tela a mi rostro, inhalando como si ese olor fuera lo único que existe.
El mundo se reduce a eso: cerezas, calor, necesidad.
–Mate –Gruño con fuerza.
Aparto la prenda de inmediato, como si me hubiera quemado, y la dejo de nuevo en el cesto.
Me apoyo contra la pared, respirando hondo, obligándome a volver a ser racional.
—No ahora… —murmuro—. No así.
Pero el daño ya está hecho.
Porque ya no hay duda.
Ella es real.
Está aquí.
Y mi cuerpo, mi lobo…
la han reconocido por completo.
Cierro la puerta del baño con más fuerza de la necesaria.
El golpe seco resuena en las paredes y apenas alcanza a cubrir el gruñido que se me escapa del pecho. Mis manos tiemblan mientras me deshago del cinturón y me bajo los pantalones sin cuidado, como si la tela me quemara la piel.
El aire está demasiado cargado, espeso, saturado de un aroma que no debería estar aquí y que, aun así, lo invade todo.
Abro la ducha sin regular la temperatura.
El agua fría me golpea la espalda y me arranca un jadeo involuntario, pero no me muevo. Apoyo las manos contra los azulejos y dejo caer la cabeza hacia adelante. Cada músculo de mi cuerpo está tenso, alerta, despierto de una forma que no pedí.
—Mierda… —murmuro.
Dejo que el agua corra por mi cabello, por mi cuello, por mi espalda, intentando apagar un fuego que no entiende de lógica ni de voluntad. Ian se remueve dentro de mí, inquieto, incómodo, demasiado consciente de cada latido, de cada reacción que no logro controlar.
Golpeo la frente contra la pared una vez.
No lo suficiente para hacerme daño, pero sí para sentir algo distinto al deseo. El impacto resuena en mi cráneo como una advertencia inútil, desesperada.
—No quiero esto —digo en voz alta, con la voz rota, áspera—. No lo quiero.
Las palabras se pierden entre el ruido del agua, pero necesito decirlas. Necesito oírlas, aferrarme a ellas como si fueran un ancla.
Vuelvo a apoyar la cabeza en la pared, cierro los ojos con fuerza.
—No quiero una mate —repito, más bajo, casi como una súplica.
Mi respiración se acelera a pesar de mí mismo.
Mi cuerpo no escucha razones.
El calor sigue ahí, concentrado, cruel, pulsando bajo la piel. Cada pensamiento que intento desviar regresa inevitablemente a la misma imagen borrosa: cabello rojizo, piel tibia, una presencia que no puedo tocar y que, aun así, siento demasiado cerca.
Ian gruñe dentro de mí.
Aprieto los dientes hasta que la mandíbula me duele.
—Cállate —susurro—. Solo… cállate.
Me dejo resbalar un poco contra la pared, el agua cayendo sobre mi rostro, mezclándose con el sudor y la frustración. Me obligo a respirar hondo, una vez, dos, tres, aferrándome a la disciplina que siempre me ha definido.
He resistido guerras.
He resistido pérdidas.
He resistido órdenes que no quería cumplir.
Pero esto… esto es distinto.
Y cada segundo que pasa, mi propio cuerpo me demuestra que no necesita mi permiso para traicionarme.
Lo sé con solo ver la maldita erección que no quiere bajar ni con agua helada
Cierro los ojos con más fuerza, rindiendo me ante el deseo.
Mi mate
Mi maldita mate
En mi cama.
En mi casa.
En mi vida.
Regreso mi vista al cesto de ropa sucia, la maldita tanga se burla de mi.
Joder, es perfecta. Y ahora se me había puesto dura como una piedra.
Estoy hecho mierda después de tanto galopar sin descanso. Debería dormir, pero con mi polla dolorosamente dura, en tensión por ella, sería imposible encontrar el sueño.
El karma era una perra.
Que paso con los otros capítulos /Cry/