Morí sin haber amado…
y desperté en un mundo donde el destino se divide en Alfas, Deltas, Omegas y Enigmas.
Reencarnado como un omega en una era antigua llena de magia y alquimia, Arion finge amnesia para sobrevivir.
Todo cambia cuando conoce a Eryndor, un poderoso Enigma capaz de escuchar los pensamientos más profundos del omega… incluso los recuerdos de una vida pasada.
Un amor prohibido.
Un destino que desafía las leyes.
Una familia nacida contra todo pronóstico
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Capítulo 12: Cuando el cuerpo aprende
El amanecer llegó más lento de lo habitual. Los primeros rayos de sol se filtraban entre los ventanales del palacio, iluminando las paredes con tonos dorados y cálidos, pero Arion apenas los notó. Despertó con el cuerpo tibio, envuelto en una sensación persistente que no se había ido con el sueño. No era inquietud… era conciencia. De su respiración, de su piel, de la forma en que el recuerdo de Eryndor seguía anclado en él, suave, insistente, como un eco que no podía ignorar.
Se sentó despacio, apoyando los pies en el suelo frío. El contacto del piso con su piel despertó una oleada de cosquilleo que subió por sus piernas. Sus manos se apoyaron sobre sus muslos, temblorosas, y un suspiro involuntario escapó de sus labios.
—Este cuerpo… —murmuró con voz queda— aprende incluso cuando yo no entiendo.
El calor apareció de nuevo, concentrándose bajo su piel, en su vientre y pecho, extendiéndose como un río lento y persistente. No era doloroso; era expectante, un recordatorio de que cada fibra de su ser estaba respondiendo a algo más grande que él. Inhaló con cuidado, notando cómo la respiración se volvía más profunda y el pulso acelerado le daba un ritmo propio.
Durante el desayuno, apenas probó bocado. Cada sonido parecía amplificado: las voces de las sirvientas, el roce de la cerámica sobre la mesa, incluso su propio latido. Una sirvienta mayor lo observó con atención, inclinándose levemente.
—Joven Arion —dijo con tono amable—, hoy debería descansar. Su aroma está cambiando.
Arion se quedó inmóvil, con la cucharilla suspendida en el aire.
—¿Mi… aroma? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Ella asintió con una pequeña sonrisa comprensiva.
—Es normal. Su naturaleza se está acomodando.
El omega se retiró temprano a los jardines, buscando aire y soledad, aunque sabía que la presencia de Eryndor era inevitable. Se sentó bajo un árbol antiguo, cerrando los ojos, intentando ordenar lo que sentía.
No estoy en peligro, se repitió.
Solo estoy despertando.
—Eso mismo —dijo una voz conocida.
Arion abrió los ojos de golpe. Eryndor estaba allí, sentado a unos pasos, con la espalda erguida y los ojos dorados brillando suavemente bajo la luz matinal.
—¿Otra vez leíste…? —preguntó, con el corazón latiendo más rápido.
—No —respondió el Enigma con calma—. Esta vez, solo lo noté.
Se sentó a su lado, dejando un espacio respetuoso entre ambos. Aun así, el cuerpo de Arion reaccionó de inmediato: el calor se intensificó, y cada respiración se volvió más lenta, más profunda, como si el aire se cargara con la presencia del Enigma.
—Cuando un omega comienza a aceptarse —explicó Eryndor—, el cuerpo responde con honestidad. No miente. No se reprime.
Arion apoyó la espalda contra el tronco rugoso del árbol, sintiéndose vulnerable. Sus dedos rozaron la hierba, pero no era la textura lo que lo mantenía alerta: era la cercanía del Enigma, la forma en que la luz resaltaba cada línea de su rostro, la forma en que su mera presencia afectaba su cuerpo.
—En mi otra vida, siempre controlé todo —confesó con voz baja—. Mis horarios, mis emociones, incluso mis deseos. Aquí… siento que el control se me escapa.
Eryndor inclinó la cabeza, observándolo con atención y paciencia.
—Tal vez no se escapa —dijo—. Tal vez se transforma.
El omega cerró los ojos cuando sintió la mano del Enigma apoyarse junto a la suya, sin tocarla directamente, pero lo suficientemente cerca para que su piel reconociera la presencia. Era un contacto que hablaba sin palabras, un puente invisible entre ambos.
—Tu cuerpo no te traiciona —continuó Eryndor—. Te está enseñando.
Arion se estremeció, no de miedo, sino de una necesidad suave, insistente, que no pedía huida. Cada fibra de su ser parecía pedir más, pero al mismo tiempo le enseñaba paciencia.
—Entonces… —susurró—, ¿está bien sentir esto cuando estoy contigo?
Eryndor tardó un momento en responder. Su mirada no era impaciente ni fría; era consciente y firme.
—Sí —dijo finalmente—. Mientras ambos lo elijamos.
El viento movió las hojas sobre sus cabezas, creando un suave murmullo que parecía acompasarse con sus respiraciones. Arion abrió los ojos y lo miró, con mezcla de timidez y determinación, el rubor subiendo a sus mejillas.
—Quiero aprender —dijo—. Aunque me dé vergüenza.
Eryndor asintió, lentamente, como si cada palabra de Arion fuera un tesoro que debía ser respetado.
—Y yo estaré aquí —respondió—. Sin prisa.
Arion dejó que su hombro rozara apenas el brazo del Enigma. Fue un contacto mínimo, pero su cuerpo respondió con un suspiro involuntario, un eco suave que recorrió su pecho y estómago. No era urgencia. No era peligro. Era el comienzo de un lenguaje nuevo, uno que su cuerpo estaba aprendiendo… palabra por palabra, gesto por gesto, suspiro por suspiro.
Cerró los ojos, dejando que el calor, la luz y la calma de Eryndor lo envolvieran. Por primera vez, entendió que aprender a sentir no era un riesgo; era una elección. Y con cada instante, cada roce mínimo, cada silencio compartido, su cuerpo y su corazón se alineaban lentamente con esa verdad.
Por primera vez, Arion comprendió algo más: despertar en este mundo no solo significaba vivir. Significaba sentir… y, por primera vez, confiar en alguien para aprender a hacerlo.