Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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El Rey y su Reina
Sofía se incorporó un poco encima de la almohada, la sábana deslizándose por su hombro desnudo mientras intentaba alcanzar su copa de champagne y me observaba con esa sonrisa pícara y maliciosa que siempre me ponía a mil. Yo me encontraba boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza y el otro rodeándola por su cintura, todavía sintiendo el calor de cuerpo pegado al mío luego de la segunda —o tercera— ronda de celebración.
—Cuéntame otra vez, lo de la llamada con Castillo —dijo, mientras le daba un sorbo lento, con los ojos brillantes—. Quiero oír cómo le gran Evans mordió el anzuelo como un pez tonto.
No pude evitar reírme bajito, y la atraje más cerca de mi hasta que su panza rozó mi costado.
—Fue patético, amor. El tipo ni siquiera me conoce, solo responde correos fríos y calculadores. Le solté el rollo de la “sinergia estratégica” y se lo tragó entero. Pidió auditorías, claro, pero eso lo tengo cubierto con los números maquillados que preparó el contable. En unas semanas firmamos lo preliminar, inyecta el dinero, y adiós problemas. En ese entonces, Elena se quedará mirando como su preciosa empresa se desliza de sus manos sin entender ni cómo pasó.
Sofía soltó una carcajada suave, cruel, y apoyó la barbilla en mi pecho. —Pobre Elena... siempre tan tonta y confiada, tan “yo controlo todo”. ¿Te acuerdas cuando pensó que rechazar la adopción era un golpe maestro? Se creyó tan lista, tan moralista, y mientras tanto nosotros estamos aquí, follando como conejos y planeando su ruina.
—Ingenua hasta el final —contesté, limitándome a acariciarle la espalda con las yemas de los dedos—. Siempre fue así. Se tragaba cada mentira con esa carita de esposa perfecta. “Marcos, amor, confío en ti”. Y yo pensando: “claro que confías en mí, tonta, porque te conviene creer que soy el marido ideal mientras me tiro a tu hermana”.
Sofía volvió a reírse, pero esta vez lo hizo más fuerte, un sonido bajo y delicioso, y se inclinó para mordisquearme el cuello.
—Y lo peor es que todavía sigue creyendo que nos tiene acorralados. Con sus fideicomisos, sus silencios, sus “reuniones importantes”. Si supiera que cada vez que sale “temprano a la oficina” yo estoy aquí contigo, embarazada de tu verdadero hijo...
—Se moriría del ataque —agregué, dándome la vuelta para quedarme encima de ella otra vez, atrapándola bajo mi peso—. Imagínala en la fiesta de aniversario, toda vestida de reina, pensando que va a dar el discurso triunfal. Y de repente yo anuncio la alianza con Castillo. Su cara... dios, quiero grabarla. se pondrá completamente blanca como un papel, balbuceando, sin comprender cómo su “maridito traidor”, le ganó la partida.
Sofía me rodeó el cuello con ambos brazos, mientras sus uñas se clavaban ligeramente en mi piel.
—Y después nos marchamos. Tú, yo y el bebé. A una playa, a una casa con piscina, lejos de sus dramas y de su cara de mosquita muerta. Porque al final, Marcos, la ingenua siempre pierde. Y Elena... Elena nació para perder.
La besé con fuerza, profundamente, celebrando cada palabra que saliera de nuestros labios como si ya nos encontráramos en esa playa.
—Brindemos por eso —murmuré entre sus labios, levantando las copas—. Por la ingenua que creyó que podía ganarnos.
—Por la tonta de Elena —contestó ella, y chocó su copa contra la mia, sus ojos brillandole con malicia pura.
Bebimos, reímos, y nos volvimos a perder el uno en el otro, convencidos de que el mundo tarde o temprano sería nuestro. Y nada ni nadie podía tocarnos ahora.
👏más....