¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 18
El Hospital Universitario de Zúrich era una oda al orden y a la frialdad helvética. Sus paredes blancas y sus ventanales de doble acristalamiento aislaban el caos del mundo exterior, pero no podían hacer nada contra el caos que rugía en el interior de Lía Montero. Estaba sentada en una silla de plástico en la sala de espera de la unidad de cuidados intensivos, todavía con la chaqueta de cuero manchada de la sangre seca de Dante. Se negaba a cambiarse, como si esa mancha fuera el último vínculo físico que le quedaba con la realidad de lo que había sucedido en la montaña.
Gabriel caminaba de un lado a otro por el pasillo, hablando en voz baja por un teléfono encriptado. Su presencia era inquietante; se parecía tanto a su padre que, por momentos, Lía sentía que estaba viendo un fantasma. Pero Gabriel tenía algo que Alberto Montero nunca tuvo: una urgencia de redención que bordeaba la desesperación.
—El equipo de seguridad ha confirmado que el hombre del garaje está bajo custodia —dijo Gabriel, sentándose al fin al lado de Lía. Le tendió un vaso de papel con un té que ella no aceptó—. Julián no volverá a molestarte desde la cárcel, Lía. Me he encargado de que sus privilegios de comunicación sean revocados permanentemente. El Estado suizo no se toma bien que intenten asesinar a gente en sus centros turísticos.
—¿Te has encargado tú? —preguntó Lía, su voz sonando hueca—. ¿Cómo, Gabriel? ¿Usando los contactos de la "otra" familia de nuestro padre?
Gabriel suspiró, frotándose las sienes.
—Nuestro padre no solo construyó edificios, Lía. Construyó una red de favores que se extiende por toda Europa. Durante años, Isabelle y yo vivimos de las migajas de esa red, pero también aprendimos a manejarla. Julián pensó que yo era un niño rico buscando justicia; no se dio cuenta de que yo era el hijo de Alberto Montero que aprendió a sobrevivir en las sombras mientras tú lo hacías en la luz.
Lía lo miró fijamente.
—¿Qué vas a hacer con la empresa, Gabriel? Tienes el poder de activar esa cláusula. Puedes quitarme Alba Arquitectura ahora mismo. Dante está ahí dentro luchando por su vida y yo... yo apenas puedo mantenerme en pie.
Gabriel guardó silencio durante un largo minuto. El segundero del reloj de pared parecía martillear el ambiente.
—He visto cómo corriste hacia él en la nieve, Lía. He visto el diario de nuestro padre. La verdad es que ninguno de nosotros es libre mientras sigamos aferrados a este legado de mentiras. No voy a activar la cláusula. Pero a cambio, quiero que me ayudes a liquidar los activos de Suiza. Quiero que ese dinero, el dinero que nuestro padre usó para comprar el silencio del padre de Dante, se use para algo más que cuentas bancarias.
Antes de que Lía pudiera responder, la puerta de doble batiente se abrió y un cirujano de rostro cansado apareció. Lía se puso de pie tan rápido que sintió un mareo súbito, un recordatorio de que no estaba sola en ese cuerpo.
—¿Cómo está? —preguntó ella, su mano apretando el bolso donde aún guardaba el diario de su padre.
—El señor Valerios es un hombre fuerte —dijo el médico en un tono profesional pero no carente de empatía—. La bala del hombro fue limpia, pero la del costado causó una hemorragia interna severa. Ha perdido mucha sangre y ha entrado en un coma inducido para permitir que sus pulmones se recuperen del estrés traumático. Las próximas cuarenta y ocho horas son críticas.
—¿Puedo verlo?
—Solo cinco minutos. Por favor, trate de mantener la calma. Él puede oírla, aunque no pueda responder.
...
La unidad de cuidados intensivos era un bosque de cables y pitidos electrónicos. Ver a Dante así, despojado de su aura de poder, de su traje impecable y de su mirada penetrante, hizo que a Lía se le encogiera el corazón. Estaba pálido, casi translúcido bajo las luces del hospital. Su mano, la misma que la había guiado por el túnel de la montaña, estaba ahora conectada a una vía intravenosa.
Lía se acercó y tomó su otra mano, la que estaba libre. Estaba fría.
—Dante... —susurró ella, inclinándose hacia su oído. El olor a antiséptico intentaba borrar el recuerdo de su aroma a sándalo, pero ella se aferraba a la memoria—. Te dije que te debía una vida de verdades. No puedes irte ahora. No puedes dejarme sola para explicarle a nuestro hijo quién era su padre.
Apretó su mano, buscando una respuesta, un reflejo, cualquier señal de que el hombre del muelle seguía allí.
—Leí el diario, Dante —continuó ella, las lágrimas resbalando por sus mejillas y cayendo sobre la sábana blanca—. Sé por qué lo hiciste. Sé que intentaste ser el héroe de una historia que empezó con una mentira de tu padre. Te perdono por investigarme. Te perdono por el club. Pero no te perdonaré si me dejas ahora. Despierta, maldita sea. Despierta y ayúdame a construir algo que no sea una ruina.
El monitor cardiaco mantuvo su ritmo constante. Ninguna reacción. Lía se quedó allí los cinco minutos, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros. Al salir, se encontró con Victoria, que acababa de aterrizar desde Madrid. La abogada se veía demacrada, pero sus ojos brillaban con la determinación de siempre.
—Lía, tenemos un problema —dijo Victoria, llevándola a un rincón apartado de la sala de espera—. Julián ha jugado su última carta. No es legal, es pública.
Victoria le entregó una tableta. En la pantalla, un titular de un medio de chismes de alto nivel en España: "¿Venganza o Amor? La heredera de los Montero y su abogado: una red de mentiras y muertes en los Alpes".
Había fotos de ellos en el hotel, fotos de Dante en el club hace meses, y lo más dañino: una copia filtrada del informe pericial falso del incendio del lago, pero editado para que pareciera que Dante y Lía habían planeado el "accidente" de Julián para quedarse con todo.
—Está intentando destruir tu reputación antes de que el veredicto de Suiza se haga oficial —explicó Victoria—. Si la opinión pública se vuelve contra Alba Arquitectura, los bancos retirarán el apoyo y los inversores del proyecto del lago huirán. Julián sabe que si él se hunde, quiere que tú te hundas con él.
Lía miró la pantalla. Sintió una rabia fría y pura. Julián seguía siendo el mismo parásito que se alimentaba del caos.
—Gabriel tiene razón —dijo Lía, devolviéndole la tableta a Victoria—. No podemos seguir jugando a la defensiva. Victoria, necesito que prepares una rueda de prensa. No en Madrid, sino aquí, en Zúrich. Mañana mismo.
—Lía, estás agotada, estás embarazada... —intentó protestar Victoria.
—¡Estoy harta de que otros cuenten mi historia! —estalló Lía—. Mi padre, Julián, Sara, incluso Dante... todos han escrito capítulos de mi vida sin mi permiso. Mañana voy a leer el diario de mi padre frente a las cámaras. Voy a revelar la verdad del lago, la verdad de Julián y la verdad de esta empresa. Si Alba Arquitectura tiene que morir para que yo nazca de verdad, que así sea.
...
Esa noche, Lía se instaló en un pequeño hotel cerca del hospital. No podía dormir. Se sentó frente al escritorio y empezó a escribir. No eran planos de edificios, eran planos de una verdad absoluta.
De repente, su teléfono vibró. Era un mensaje de voz de un número desconocido. Lo reprodujo con recelo.
Era la voz de Sara. Sonaba quebrada, interrumpida por sollozos.
"Lía... lo siento. Julián me obligó a enviarle esos archivos desde la cárcel. Me amenazó con hacerle daño a tu bebé si no le daba acceso a los servidores antiguos de papá. Yo no sabía que enviaría a un sicario... juro que no lo sabía. Por favor, dile a Dante que... que lo siento. Él siempre fue mejor hombre de lo que nosotros fuimos como familia."
Lía dejó el teléfono sobre la mesa. La traición de Sara ya no le dolía; era solo una nota al pie de página en una tragedia que se estaba volviendo circular. Pero le dio la última pieza que necesitaba para su discurso. Julián no solo era un criminal; era un hombre que usaba a las mujeres de su familia como herramientas de demolición.
...
A la mañana siguiente, Lía se presentó ante los medios. Llevaba un vestido negro sencillo, el cabello suelto y el rostro apenas maquillado. Se veía pálida pero imponente. Gabriel y Victoria estaban a sus lados, como dos guardias pretorianos.
Frente a docenas de cámaras, Lía sacó el diario de Alberto Montero.
—Durante décadas, la Constructora Montero ha sido un símbolo de éxito. Pero hoy, estoy aquí para decirles que ese éxito se construyó sobre el silencio y el miedo —comenzó Lía, su voz firme, resonando en el salón de conferencias del hotel—. Mi padre no fue el hombre que todos creían. Y mi exmarido, Julián Montero, es el heredero de esa oscuridad.
Lía leyó los pasajes del diario que explicaban la negligencia del padre de Dante y el encubrimiento de su padre. Explicó cómo Julián había usado esa información para manipular a un hombre que solo buscaba justicia. Reveló las pruebas del intento de asesinato en la montaña y el chantaje a su hermana Sara.
—Alba Arquitectura no es una empresa de construcción —concluyó Lía, mirando directamente a la cámara principal—. Es mi intento de reparar el daño de dos generaciones. Y si el precio de esa reparación es el fin de mi apellido, lo pagaré con gusto. No quiero una herencia de sangre, quiero una herencia de paz para el hijo que espero.
La sala estalló en preguntas, pero Lía no respondió a ninguna. Se dio la vuelta y salió del salón, sintiendo que un peso inmenso se desprendía de su alma. Al llegar al pasillo, su teléfono sonó. Era el hospital.
—Frau Montero —dijo la enfermera—. El señor Valerios ha despertado. Está muy débil, pero pregunta por usted.
Lía corrió hacia el hospital, sintiendo que sus piernas recobraban la fuerza que creía perdida. Al llegar a la habitación, Dante tenía los ojos abiertos. Estaban nublados por el dolor y los fármacos, pero cuando la vio entrar, una chispa de reconocimiento brilló en ellos.
—Lo... lo hiciste —susurró él, apenas un aliento—. Te vi... en las noticias de la televisión... de la sala.
—Te dije que no te dejaría ir con una mentira, Dante —dijo ella, sentándose a su lado y tomando su mano. Esta vez, su mano estaba caliente—. Ahora el mundo sabe la verdad. No somos víctimas, ni somos verdugos. Somos libres.
Dante apretó débilmente sus dedos.
—¿Y ahora?
Lía sonrió, una sonrisa que por primera vez en años llegaba a sus ojos.
—Ahora, vamos a aprender a caminar sin planos, Dante. Solo nosotros.
ellos dos estaban en la penumbra de la habitación del hospital, mientras fuera, la nieve de Zúrich empezaba a derretirse, dando paso a una primavera que ninguno de los dos había creído posible. Pero en las sombras del pasillo, Gabriel observaba la escena, sosteniendo un sobre que no le había entregado a Lía. Un sobre que contenía la última voluntad de Isabelle Duchamp, y que revelaba que el secreto del lago tenía una tercera capa que nadie, ni siquiera Alberto Montero, había llegado a sospechar.