Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10: La cita incómoda
Fue al día siguiente, en el recreo. Karl apareció de la nada, como había estado haciendo toda la semana, con esa sonrisa que ya empezaba a cansarme. Si antes me parecía falsa, ahora me parecía directamente ridícula.
—Ian —dijo, acercándose más de lo necesario. Su olor a cuero y tabaco llegó antes que él, invasivo, intenso, como si necesitara marcar territorio—. ¿Qué haces el viernes después de clases?
Marta, que estaba a mi lado, puso los ojos en blanco con tanta energía que casi se le quedaron mirando para atrás. Julia fingió interés en su teléfono, pero la oreja la tenía bien parada. Esas dos eran mejores que cualquier servicio de inteligencia.
—No lo sé —respondí, sin comprometerme, encogiéndome de hombros con toda la indiferencia que pude juntar—. ¿Por qué?
—Pensé que podríamos ir a tomar un café, como antes. Hay un sitio que te encantaba, cerca del parque.
Como antes, qué gracioso. "Antes" yo era otro, "Antes" yo me derretía por una migaja de su atención. "Antes" probablemente me ponía mis mejores ropas pastel y me pasaba una hora arreglándome para esto. Qué penita.
—No sé si me acuerdo de ese sitio —dije con toda la calma del mundo.
—Por eso —insistió él, y su olor se intensificó todavía más, como si la emoción le descontrolara las feromonas—. Para que vuelvas a recordar, para que pasemos tiempo juntos.
Sí, claro, para que yo recuerde lo mucho que me gustaba que me trataras como a un mueble.
Marta me lanzó una mirada que decía claramente "no seas idiota". Julia levantó una ceja con escepticismo profesional. Pero yo pensé: ¿Por qué no? Puede ser útil verlo de cerca, observarlo como a un bicho raro, confirmar lo que sospecho. Además, un café gratis nunca viene mal.
—Vale —dije—, un café. Pero solo un rato, que tengo cosas que hacer.
La sonrisa de Karl se amplió, triunfal, como si hubiera ganado algo. Pobrecito, no sabía que el trofeo era de plástico y además venía con trampa.
—Te paso a buscar.
—No hace falta, iré por mi cuenta.
No esperé su respuesta, me di la vuelta y me fui con mis amigas.
—¿Estás loco? —susurró Marta cuando nos alejamos—. ¿Por qué aceptaste?
—Tranquila —dije—. Solo es un café, no voy a casarme con él.
Julia me observó con atención.
—¿Estás seguro de lo que haces?
—Completamente.
Y la verdad es que no lo estaba, pero sonaba bien decirlo. A veces la confianza es puro teatro, y yo estaba aprendiendo a ser un buen actor.
———
El viernes llegó envuelto en una mezcla de nervios y aburrimiento. No es que me importara lo más mínimo lo que pensara Karl, pero la idea de pasar una hora fingiendo interés por sus anécdotas de baloncesto me producía un sopor anticipado.
Me planté frente al armario y respiré hondo, la ropa nueva estaba ahí, esperando. Mis armas para esta batalla.
La camisa era gris oscura, casi negra, de esas que tienen una caída suave y no necesitan planchado obsesivo. Me la puse y dejé los dos botones de arriba sin abrochar, lo justo para que se notara que no iba a una entrevista de trabajo, pero sin pasarse. Nada de enseñar de más, solo un detalle, una insinuación. Del cuello colgaba una cadenita fina de plata, sencilla, que se deslizó sobre mi piel como un susurro. Me gustó cómo quedaba; discreta, pero presente, como un secreto que solo los que se acercan pueden ver y que Karl, si se fijaba, tendría que acercarse para apreciar. Pequeña venganza psicológica. Las mangas las arremangué hasta el antebrazo, un par de vueltas, nada demasiado estudiado. Quería que pareciera natural, como si no me hubiera esforzado, como si esta versión de mí fuera la que siempre había estado ahí, esperando su turno para salir.
El pantalón era verde, ancho, con bolsillos laterales que me recordaban a los que usaba en el taller con don Ramiro. Cómodos. Funcionales. Con personalidad. Me los ajusté a la cintura y comprobé el efecto en el espejo. El verde contrastaba con el gris de la camisa sin gritar, sin pedir permiso, simplemente estaba. Las botas negras, las de suela gruesa, completaron el cuadro. Con esas botas había caminado kilómetros imaginarios por mi barrio, y ahora las iba a estrenar en territorio enemigo.
Me miré fijamente. El tipo del espejo no era Ian. Tenía sus ojos, su pelo, su cara de porcelana, pero la expresión era mía. La postura era mía, la ropa era mía. Hasta la cadenita, que había comprado con parte del dinero que Elvira me daba para gastos, era mía.
—Vaya —murmuré, ajustando la cadena sobre mi pecho—. El omega perfecto se fue de compras y no piensa volver.
Sonreí, una sonrisa que era puro Joseph. La sonrisa del que sabe que va a causar revuelo y, lo mejor de todo, va a disfrutar cada segundo.
———
La cafetería quedaba en una zona bonita, de esas con calles arboladas y terrazas donde la gente va a ver y ser vista. Todo muy fino, muy elegante, muy de Ian. Cuando empujé la puerta, el tintineo de una campanilla anunció mi entrada.
Karl ya estaba allí, sentado en una mesa junto al ventanal, pero cuando me vio, su cara hizo algo que merecía ser grabado y puesto en un museo. La mandíbula se le desencajó, los ojos se le abrieron como platos. Parpadeó tres veces seguidas, como si intentara enfocar una imagen que no terminaba de procesar. Su olor a cuero y tabaco dio un vuelco tan brusco que casi pude saborear la confusión.
Me acerqué con paso tranquilo, sin prisas, con ese caminar que había aprendido en mi barrio: seguro, tranquilo, como si el suelo me perteneciera. Las botas sonaban en la madera, La cadena se balanceaba ligeramente contra mi pecho. Las mangas arremangadas dejaban ver mis antebrazos, cosa que Ian nunca habría enseñado porque él se escondía. Me senté frente a él, no a su lado, como seguramente esperaba, apoyé los codos en la mesa y le dediqué una sonrisa neutra.
Karl tragó saliva. Su mirada recorrió mi camisa abierta, la cadenita, las mangas arremangadas, el pantalón verde, las botas. Subió y bajó varias veces, como si no pudiera decidir dónde detenerse.
—Estás... —empezó, pero la voz se le quebró. Carraspeó—. Estás muy diferente.
—Eso ya lo dijiste el otro día. ¿No tienes vocabulario nuevo?
Parpadeó, no supo qué responder.
Genial. Primer punto para mí.
—¿Qué vas a tomar? —preguntó al fin, señalando la carta con un gesto que quería ser elegante pero le salió tieso.
—Café negro.
Karl parpadeó otra vez, esto se estaba convirtiendo en un tic.
—¿Negro? Pero si antes pedías...
—Ya sé lo que pedía antes —lo corté—, ahora pido esto. La gente cambia, Karl. Hasta el gusto en el café.
Asintió, descolocado, y llamó al camarero con una sonrisa que se le congeló en la cara.
Mientras esperábamos, intentó llenar el silencio con palabras. Habló de sus partidos, de sus amigos, del equipo de baloncesto, de un viaje que harían el fin de semana a la playa. Todo sobre él, siempre sobre él. Yo asentía, sonreía cuando tocaba, pero mi mente estaba en otra parte. Observaba. Sus gestos, sus tics, la forma en que movía las manos cuando hablaba de sí mismo. Todo giraba en torno a él, como un planeta que no sabe que existen otros astros.
Y mientras hablaba, no podía dejar de mirarme. Sus ojos se desviaban constantemente a mi camisa abierta, a la cadenita, a mis brazos apoyados en la mesa. Era como si intentara resolver un acertijo.
—Me alegra que hayas aceptado —dijo en un momento, inclinándose hacia mí. Demasiado cerca, su olor se intensificó—. Antes te encantaba pasar tiempo conmigo.
—Antes me encantaban muchas cosas —respondí con calma—. La memoria es así, viene y va.
Karl asintió, pero vi algo en sus ojos. ¿Incomodidad? ¿Frustración? ¿Ganas de preguntar "y entonces por qué coño viniste"?
—Pero yo sí me acuerdo —dijo, y su voz se volvió más suave, más íntima. Demasiado—. Me acuerdo de ti, de nosotros, de lo bien que lo pasábamos.
¿Nosotros? ¿Qué nosotros? Si eras tú el que ponía excusas y el que no aparecía. Si eras tú el que me tenía como adorno.
Me miré las manos un momento, luego levanté la vista y le dediqué una sonrisa. Una sonrisa que ensayé para que fuera perfecta: amable, educada, vacía. La sonrisa que pones cuando un desconocido te dice algo y no sabes qué contestar.
—Qué bonito.
El impacto fue inmediato. Su olor flaqueó, como si algo se hubiera roto por dentro, abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. Parecía un pez en la pecera, boqueando sin rumbo.
Sabía lo que había sentido. Esa sonrisa falsa, ese tono cortés pero distante, era peor que un portazo. Era como si le estuviera diciendo: no me importas, nunca me importaste y lo que es peor: ni siquiera te odio, me das igual. Y lo mejor de todo: no era cierto del todo, pero él no lo sabía y que él pensara que me daba igual era casi tan satisfactorio como odiarlo de verdad.
Y entonces, antes de que pudiera decir nada más, la campanilla de la puerta sonó y una voz que conocía demasiado bien nos heló a los dos.
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀
ya quiero leer esa no cita 😏🤭😉