es de terror, una creepypasta
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La Voz Equivocada
Las dos voces continuaban llamándolo.
—¡No bajes! —gritó una.
—¡Por favor, ayúdame! —suplicó la otra.
Samuel permanecía inmóvil al borde del enorme agujero. La oscuridad era tan profunda que la luz de la linterna desaparecía apenas descendía unos metros.
Gabriel sujetó su brazo con fuerza.
—No escuches ninguna.
Samuel respiraba agitadamente.
—¿Y si una de ellas es Isabela?
—Precisamente por eso no debes decidir ahora.
Un fuerte crujido interrumpió la conversación.
Las raíces negras seguían creciendo.
Comenzaban a envolver las tumbas cercanas como serpientes gigantes.
Algunas lápidas se partieron por la mitad.
De una de ellas salió un viejo ataúd.
Su tapa cayó al suelo.
Estaba vacío.
Samuel sintió un escalofrío.
Luego otro ataúd se abrió.
Y otro.
Todos estaban vacíos.
Gabriel observó la escena con horror.
—No...
—¿Qué ocurre?
El anciano retrocedió lentamente.
—Ellos ya no están aquí.
Samuel no entendía.
—¿Quiénes?
Gabriel respondió con la voz quebrada.
—Los guardianes.
Corrieron hasta salir del cementerio.
Ninguno miró hacia atrás.
Solo cuando llegaron a la carretera se atrevieron a detenerse.
Samuel intentó recuperar el aliento.
—¿Quiénes eran esos guardianes?
Gabriel permaneció unos segundos en silencio.
Finalmente habló.
—Después de la muerte de Isabela...
Algunas personas comprendieron el error que habían cometido.
No podían liberarla.
Pero tampoco podían abandonar el bosque.
Así nació una orden secreta.
Hombres y mujeres que juraron proteger el sello.
Durante generaciones vigilaron el bosque.
Impedían que curiosos entraran.
Destruían cualquier documento relacionado con el ritual.
Y, cuando alguien encontraba la muñeca...
Intentaban recuperarla antes de que fuera demasiado tarde.
Samuel recordó las fotografías de los antiguos dueños.
—¿Nunca lo lograron?
Gabriel bajó la cabeza.
—Nunca.
Aquella noche regresaron al apartamento de Samuel.
El edificio estaba completamente oscuro.
Un apagón había dejado sin electricidad todo el barrio.
Solo algunas velas iluminaban los pasillos.
Mientras subían las escaleras, Samuel sintió una extraña sensación.
Todo estaba demasiado silencioso.
No se escuchaban televisores.
Ni conversaciones.
Ni pasos.
Abrió la puerta de su apartamento.
El lugar estaba exactamente igual que por la mañana.
Excepto por un detalle.
La muñeca ya no estaba sobre la silla.
Había desaparecido.
Samuel dejó caer la mochila.
—¡No...!
Comenzó a buscar desesperadamente.
Revisó el dormitorio.
La cocina.
El baño.
Nada.
La muñeca no estaba.
Entonces Gabriel señaló la pared.
—Samuel...
Él levantó la vista.
Sobre la pintura blanca había aparecido una frase escrita con algo rojo.
No parecía pintura.
Parecía sangre.
"LLEGASTE TARDE."
Samuel retrocedió.
—¿Quién hizo esto?
En ese momento escucharon el ascensor del edificio.
Las puertas metálicas se abrieron lentamente.
Después...
Silencio.
Unos pasos comenzaron a acercarse por el pasillo.
Tac...
Tac...
Tac...
Samuel sintió que el corazón se aceleraba.
No eran pasos humanos.
Sonaban como porcelana golpeando el suelo.
Los dos apagaron las linternas.
Esperaron.
Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta del apartamento.
Nadie respiraba.
Entonces...
Alguien golpeó suavemente.
Tres veces.
Toc...
Toc...
Toc...
Samuel recordó las advertencias de Gabriel.
No abrir.
Jamás abrir.
La voz de una niña habló desde el otro lado.
—Samuel...
Traje a alguien que quiere conocerte.
Gabriel hizo un gesto para que permaneciera en silencio.
La voz volvió a hablar.
Pero ya no era la de una niña.
Era la de don Ernesto.
—Muchacho...
Necesito ayuda.
Samuel sintió un vuelco en el pecho.
—Es don Ernesto...
Gabriel negó inmediatamente.
—No.
La voz continuó.
—Samuel...
Abre...
Por favor...
Me está siguiendo...
El joven dio un paso hacia la puerta.
Gabriel volvió a detenerlo.
—¡No!
Entonces ocurrió algo inesperado.
Sonó un teléfono.
No provenía del pasillo.
Era el teléfono de Samuel.
El mismo que llevaba días sin funcionar.
La pantalla se iluminó sola.
No aparecía ningún número.
Solo una palabra.
DON ERNESTO
Samuel respondió con manos temblorosas.
—¿Aló?
Del otro lado se escuchaba una respiración agitada.
Era realmente la voz de don Ernesto.
—Samuel...
No abras la puerta...
No importa quién esté llamando...
Yo estoy en mi casa...
Y nadie ha salido de aquí desde ayer...
La llamada se cortó.
Samuel y Gabriel se miraron aterrorizados.
Si don Ernesto estaba en su casa...
Entonces...
¿Quién estaba golpeando la puerta?
Los golpes cesaron.
Los pasos también.
Esperaron varios minutos antes de reunir el valor para mirar por la mirilla.
Samuel respiró profundamente.
Acercó el ojo.
El pasillo estaba vacío.
No había nadie.
Abrió lentamente la puerta.
Gabriel intentó detenerlo.
Demasiado tarde.
El pasillo estaba desierto.
Solo había un objeto frente a la entrada.
Una caja de madera.
Pequeña.
Con una cinta azul alrededor.
Samuel la tomó con cuidado.
No pesaba casi nada.
La llevó al comedor.
Gabriel observaba en silencio.
Cuando levantaron la tapa...
Encontraron un vestido blanco perfectamente doblado.
Era diminuto.
Del tamaño exacto de la muñeca.
Debajo del vestido había una nota escrita con tinta negra.
Samuel comenzó a leer en voz alta.
"Gracias por devolverme mis recuerdos."
"Ahora me falta uno solo."
"El último."
"El recuerdo de mi verdadero asesino."
La carta terminaba con una firma.
No decía Isabela.
Decía algo mucho más inquietante.
"La que alguna vez fue Isabela."
En ese mismo instante, todas las ventanas del apartamento estallaron hacia adentro.
El viento apagó las velas.
Y una risa grave, imposible de confundir con una voz humana, llenó cada rincón del edificio.
Azael acababa de descubrir que Isabela estaba recuperando su memoria.
Y no pensaba permitir que recordara el final de su historia.