Kristen Whittaker y Dante Macade se conocen desde que tenían seis años. Se han odiado desde entonces. Un odio a primera vista que, con los años, solo se ha vuelto más divertido… y mucho más peligroso.
Porque Dante sabe exactamente qué decir para hacerla enfurecer, y Kristen sabe perfectamente cómo devolverle el golpe. Han crecido peleando, provocándose y jurando que jamás sentirían nada diferente el uno por el otro.
Hasta que una noche, algo entre ellos cambia.
Algo que ninguno de los dos esperaba. Algo que ambos creyeron que podían olvidar.
Pero no todo se olvida tan fácilmente.
Ahora Kristen tendrá que decidir si confía en Dante lo suficiente para descubrir qué significa realmente lo ocurrido entre ellos.
Porque quizá aquella noche no cambió solo su relación.
Quizá cambió todo.
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INSATISFECHOS
KRISTEN WHITAKER
Quisiera decir que lo del apartamento contiguo fue un hecho aislado, pero no lo fue.
Hay cosas que para mí son sagradas, como el buen descanso. ¿Se imaginan estar durmiendo un sábado por la mañana y despertarse por culpa de los gemidos y los gritos de placer de una mujer escandalosa teniendo sexo ridículamente temprano?
No exagero al decir que eran gritos, porque realmente lo eran. Además, estaban los golpes contra la pared y lo que parecían cachetadas o aplausos. ¡Aquello era insoportable!
Me levanté furiosa y miré la hora: 6:47 a.m.
Dante también se levantó, aunque, a diferencia de mí, parecía estar completamente relajado. Se dirigió al refrigerador como si nada estuviera ocurriendo.
--Buen día, Whitaker. ¿Te despertaron los gritos de placer?
--¿A mí? No, qué va... Solamente me levanté para prepararme un café y poder escucharlos mejor
Obviamente, estaba siendo sarcástica y, aunque él era un estúpido, lo notaba perfectamente.
--Ahora no está fingiendo. ¿Te das cuenta?
--No me importa si miente o no esta vez
--Ahora sí se escuchan los golpes de la cama contra la pared y todo lo demás, así que no está mintiendo
--Demasiada información. Planeaba dormir hasta las diez
--No seas aburrida, Whitaker. Deja que alguien sea feliz mientras nosotros conocemos gente para hacer lo mismo
Puse los ojos en blanco. No tenía ninguna intención de participar en aquella conversación, pero entonces me di cuenta de que acababa de tratarme de envidiosa.
--Eso no me importa. No quiero escuchar a otras personas teniendo sexo mientras intento dormir
--Yo creo que sí. Oye... ¿Puedo preguntarte algo?
--Vas a preguntarlo de todas maneras.
--¿Tú crees que grite así por un maní?
No lo pensé dos veces. Agarré un paquete de galletas y se lo lancé directamente a la cabeza.
¿Se dan cuenta? ¡Lo del maní había ocurrido hacía tiempo y todavía lo utilizaba para fastidiarme la existencia!
Él se echó a reír. Todo le divertía. Debía tener algún problema serio para encontrarle tanta gracia a recibir un golpe en la cabeza.
--¡Más fuerte gritaré yo si no cierras la puta boca!
--Ahí está
--¿Qué?-- pregunté, mirando a mi alrededor
--Te pusiste roja y estás maldiciendo. Tu madre tal vez te llevaría a rezar si te escuchara
--Y a ti debieron llevarte al psiquiatra, pero no lo hicieron a tiempo. Por eso estás así
Fue entonces cuando se me ocurrió algo. Después de pensarlo unos segundos, llegué a una conclusión: tenía que descubrir cómo frustrar al propietario del otro apartamento. Debía existir alguna manera de terminar con aquellos escándalos en cuanto comenzaran, porque no iba a soportar semejante tortura durante mucho tiempo.
Dante se quedó mirándome. Seguramente sospechaba algo, porque me había descubierto sonriendo sin darme cuenta.
--Eso es peligroso
--¿Qué?
--Estás pensando en algo dañino. Lo sé
--No sé cómo, pero conseguiré lo que necesito
--De eso estoy seguro. Tu creatividad es alarmante
--Vete al demonio, McCade
--Ya vivo contigo. ¿Eso no cuenta, Whitaker?
Quisiera decir que nuestra convivencia mejoró después de algunas semanas, pero estaría mintiendo.
Dante seguía consiguiendo sacarme de quicio, ya fuera por su desorden constante o por sus comentarios sobre los escandalosos vecinos. Parecía disfrutar especialmente cuando me veía de mal humor.
Hasta que un sábado por la tarde escuchamos algo que nos hizo mirarnos en completo silencio, absolutamente sorprendidos.
--¡Ahhh! ¡No pares, Dante!-- gritó la vecina, mientras alguien la sacudía como a un mantel lleno de migas
Mi insufrible compañero soltó una carcajada.
--¡Eso sí se lo creo! Ya me cae mejor esa mujer, quienquiera que sea
Obviamente, no entendí de qué estaba hablando.
--Ella sabe que alguien llamado Dante es inolvidable-- aclaró, con una sonrisa cínica
--Sí, seguro que sí. En cuanto a insoportables, dudo que tengan competencia
--Sabes que no hablaba de eso
--Da igual. Eres un puerco
--Te hace falta tener sexo, Whitaker
--Y a ti, un psiquiatra que te medique con urgencia. No hables de mi vida sexual o vas a lamentarlo
--¿Y qué vas a hacer? ¿Tirarme con galletas o con tu chancleta?-- preguntó apoyando sus manos sobre la mesa desde el extremo opuesto al mío
En ese momento, nuestra escandalosa vecina volvió a gritar el nombre de Dante. Sin embargo, lo más impactante no fue que lo hiciera otra vez, sino lo que ocurrió inmediatamente después.
--¡Me llamo Antonio!-- protestó su acompañante
El idiota insufrible me miró y acabó riéndose a carcajadas.
--Pobre Antonio. Se está dejando el alma y ella lo confunde
Hasta yo solté una carcajada. Definitivamente, aquel hombre estaba dejando toda su energía en la cama de nuestra vecina, pero ella... Bueno, parecía estar disfrutando del momento mientras pensaba en otro tipo.
Nuestra guerra estaba lejos de terminar. Es más, acababa de comenzar y ya estaba cruzando límites que me obligaban a ponerme creativa.
Así que decidí esperar tranquilamente y comprar algunas cosas que fastidiarían a mi compañero. Después de todo, decirme que estaba insatisfecha y que envidiaba a nuestra escandalosa vecina había sido un golpe bajo.
Yo no pensaba quedarme de brazos cruzados.
Algunos días más tarde, comprendí que Dante era tan holgazán que ni siquiera se molestaba en preparar su propia comida.
Hice unos cupcakes con un generoso copo de mousse de chocolate y crema. Cuando fui a buscar uno para comer, descubrí que ya no quedaba ninguno.
Mis yogures también desaparecían misteriosamente. Aquello tenía que terminar.
Así que preparé un cupcake perfecto. Le puse una generosa cantidad de mousse en el interior y otra por encima, pero esta vez decidí añadirle algo especial: colorante alimentario en gel de color azul intenso.
Dejé el cupcake por la mañana en un pequeño plato. Puse la cafetera mientras iba a peinarme y, al volver a la cocina, descubrí que aquel delicioso bocadillo ya había desaparecido.
Obviamente, lo insulté para que no sospechara absolutamente nada.
¿Saben quién terminó con los dientes azules en la universidad?
Exactamente: Dante McCade. Tenía que aprender a no comerse mis cosas o al menos a reponerlas.
Jamás había regresado tan rápido a nuestro apartamento y, durante un buen rato, no tuve que soportar su cínica y molesta sonrisa.
--Llegaste muy lejos, Whitaker
--Me trataste de insatisfecha
--Yo también estoy insatisfecho, pero me lo tomo con humor. No es personal. ¿No lo entiendes?
--El arrogante y egocéntrico McCade diciendo que está insatisfecho... Eso sí que es sorprendente
--Nos mudamos hace poco. ¿Qué esperabas? No voy a acostarme con cualquiera sin saber qué clase de persona es, por mucho que me cuide
--Está bien-- respondí, levantando las manos-- Demasiada información innecesaria
Me fui a mi habitación. Quería relajarme y, tal vez, mirar una película, pero mi tranquilidad duró muy poco. La puerta se abrió y Dante apareció con algo en las manos.
--Toma-- me dijo, entregándome un pote de un kilo de helado de fresa-- Es por los yogures
--Mmm... Que lo acepte no significa que puedas seguir comiendo lo que no es tuyo
Lo vi sonreír. Sus dientes seguían completamente azules y no pude contener una carcajada.
Por primera vez en mucho tiempo, aquella sonrisa insoportable de Dante McCade me pareció absolutamente maravillosa. Gracias al color azul, obviamente.
Y, aunque jamás se lo admitiría, el helado de fresa había sido una excelente forma de disculparse.