Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
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Capítulo 11
Capítulo 011: Emboscada en la sierra
Diego recibió al primer renegado con el hombro.
El impacto sonó como madera partiéndose. Los dos cuerpos rodaron sobre la grava, uno medio transformado, el otro ya más bestia que hombre. Valeria vio garras, sangre oscura y saliva brillando bajo la luna.
Su cuerpo quiso quedarse quieto.
La Valeria de antes se habría paralizado.
La que había muerto en el muro sabía que quedarse quieta también era una forma de obedecer al verdugo.
—¡Al suelo! —gritó Diego.
Valeria se lanzó detrás del auto justo cuando una hoja plateada cortó el aire donde estaba su garganta.
El arma se clavó en la puerta con un siseo.
Plata.
Acónito en el filo.
El olor la hizo arcadas.
Uno de los guerreros de la camioneta salió cojeando, arrastrando al segundo por el chaleco. Un renegado cayó sobre ellos desde el capó destrozado. Diego rugió, pero otro enemigo se le colgó de la espalda y le hundió las garras cerca del hombro.
Demasiados.
No era una advertencia.
Era una ejecución.
Valeria buscó el teléfono en el piso del auto. La pantalla seguía encendida, partida por una línea blanca.
—Sebastián.
Solo estática.
El dolor en su pecho se dobló sobre sí mismo.
Lejos, una tormenta respondió.
No por sonido. Por sangre.
Venía.
Pero no llegaría a tiempo si ella no hacía algo.
Valeria miró la carretera. La cadena de púas plateadas bloqueaba el frente. A la derecha, el bosque estaba lleno de enemigos. A la izquierda, una zanja seca bajaba hacia el antiguo cauce del arroyo.
La memoria de muerte le entregó una imagen rota: Diego cayendo en una frontera falsa, no por la primera herida, sino por seguir una voz que pedía ayuda desde el cauce.
Trampa secundaria.
—¡Diego! —gritó—. ¡No bajes al arroyo!
Él apenas pudo mirarla.
—¿Qué?
Desde la zanja llegó un gemido.
—Ayuda...
Una voz joven.
Temblorosa.
Perfecta.
Diego giró por instinto.
Valeria tomó la hoja plateada clavada en la puerta usando la manga de su chaqueta. La plata quemó a través de la tela, pero no la soltó. La arrancó y la lanzó contra el suelo frente a su hermano.
—¡No!
La hoja golpeó la piedra con un sonido agudo.
Diego se detuvo una fracción de segundo.
Suficiente.
Del cauce seco salió una red impregnada de acónito, disparada desde dos lados. Habría caído sobre su espalda.
En cambio, atrapó solo aire.
Diego entendió.
Sus ojos se volvieron completamente lobunos.
—Quédate detrás del auto.
—Deja de darme órdenes obvias.
—¡Valeria!
Un renegado saltó hacia ella.
Valeria no tenía garras. No tenía transformación. Su loba era un gruñido herido detrás de las costillas. Pero tenía memoria, y la memoria también era un arma.
El enemigo venía por la derecha.
En la otra vida, alguien siempre atacaba por la derecha porque ella protegía el lado izquierdo de manera instintiva.
Esta vez giró antes.
El renegado chocó contra la puerta abierta del auto. Valeria empujó con todo el cuerpo. La puerta golpeó su rodilla; el hueso crujió. Él cayó con un alarido.
Diego terminó de transformarse.
No fue limpio ni elegante.
Su espalda se arqueó, la ropa se rasgó, los huesos de las piernas cambiaron con un crujido que hizo que Valeria apretara los dientes. El lobo de Diego cayó sobre cuatro patas, grande, marrón oscuro, con una línea negra a lo largo del lomo. Sangraba por el hombro, pero se movió como si el dolor solo lo hubiera enfurecido.
La visión le cortó el aliento.
La libertad brutal de una transformación completa.
El poder.
La forma que a ella le habían robado.
Su loba arañó desde dentro.
*También.*
Valeria casi se dobló.
—Todavía no —susurró.
Un aullido partió la sierra.
No era Diego.
No era ningún renegado.
El sonido bajó desde el norte como una orden antigua. Los enemigos dudaron. Los guerreros heridos levantaron la cabeza. Valeria sintió que el vínculo en su pecho dejaba de tirar hacia fuera y empezaba a arder hacia dentro.
Sebastián.
El lobo negro apareció entre los árboles como una noche con ojos de oro.
No frenó.
Se lanzó contra el grupo más cercano y lo rompió.
No había otra palabra.
Un cuerpo voló contra el tronco de un pino. Otro intentó correr y cayó bajo las mandíbulas del Alpha. Sebastián no mató por descontrol; se movía con una precisión terrible, cada golpe destinado a abrir camino, cada gruñido empujando a los renegados hacia donde sus propios hombres pudieran capturarlos.
La tierra temblaba bajo sus patas.
Valeria lo sintió en las plantas de los pies, en los dientes, en el pulso que se le había instalado detrás de los ojos. En la otra vida solo había alcanzado a verlo llegar tarde, cubierto de sangre y desesperación. Aquí era distinto. Aquí no estaba llorando sobre un cuerpo muerto.
Aquí era muerte para cualquiera que intentara tocarla.
Su aura golpeó el bosque.
Los enemigos de menor rango trastabillaron.
Valeria también sintió la presión, pero el vínculo la protegió de lo peor. En lugar de obligarla a bajar la cabeza, la envolvió como un muro caliente.
*Nuestro*, gruñó su loba.
Valeria no supo si hablaba de Sebastián, de Diego, de la manada o de la vida que acababan de intentar quitarle otra vez.
Tal vez de todo.
Sebastián llegó a ella en forma de lobo.
Sus ojos dorados la recorrieron de pies a cabeza. Sangre en su manga. Quemadura de plata en los dedos. Ninguna herida mortal.
El alivio que salió de él casi la hizo llorar.
Luego vio la hoja en el suelo.
El acónito.
La plata.
El lobo negro enseñó los dientes.
Valeria levantó una mano.
—Estoy bien.
Él no podía responder en forma de lobo, pero el gruñido bajo que salió de su pecho dijo claramente que no le creía.
Valeria casi se rió, absurda y temblorosa. Tenía sangre en la manga, los dedos quemados y la mitad del bosque intentando matarlos, pero el lobo de Sebastián seguía ofendido porque ella insistía en estar bien.
Esa reacción pequeña, imposible, la sostuvo.
Otro renegado intentó arrastrarse hacia el bosque.
Sebastián giró.
Diego, aún en forma de lobo, le cerró el paso.
Entre ambos lo obligaron a caer de rodillas cuando volvió a forma humana a medias, temblando, con sangre negra bajándole por la boca.
Uno de los hombres de Sebastián le sujetó los brazos.
—Alpha —dijo—. Este sigue vivo.
Sebastián cambió.
Valeria había visto su transformación en la muerte, pero esta vez estuvo lo bastante cerca para entenderla. El lobo negro se plegó hacia dentro con un sonido húmedo de huesos buscando forma humana. Músculos bajo piel, garras retrayéndose, colmillos acortándose. Dolor, sí, pero también control. Un cuerpo hecho para romperse y reconstruirse sin pedir permiso.
Cuando Sebastián se irguió, uno de sus hombres le entregó ropa sin mirarlo directamente.
Él solo tenía ojos para Valeria.
—Te dije que dieras la vuelta.
—Y yo no obedecí.
—Lo noté.
Su voz era demasiado baja.
Diego volvió a forma humana con dificultad y aceptó una manta de emergencia.
—Antes de que empiecen con eso, ella me salvó la vida.
Sebastián no apartó la mirada de Valeria.
—Lo sé.
La respuesta la sorprendió.
—¿Lo sabes?
Él se acercó.
Esta vez no preguntó antes de tocarla porque no la tomó para poseerla. Le sujetó la mano quemada, vio los dedos enrojecidos por la plata y soltó una maldición tan baja que solo ella la oyó.
—Lo sentí.
El pecho de Valeria se apretó.
—¿Todo?
—Suficiente.
El renegado capturado empezó a reír.
Una risa húmeda, rota.
—Llegó tarde, Alpha.
Sebastián se volvió hacia él.
El hombre escupió sangre negra sobre la grava.
—Siempre llega tarde cuando se trata de ella, ¿no?
Valeria se heló.
Eso no era una burla cualquiera.
Era una frase puesta allí para abrir una herida que nadie más debía conocer.
Sebastián también lo entendió.
—¿Quién te dijo eso?
El renegado sonrió.
Las venas oscuras bajo su piel se encendieron con un verde enfermo.
Acónito.
Juramento de sangre.
Valeria dio un paso.
—No lo fuerces.
Demasiado tarde.
El cuerpo del renegado se arqueó. Sus ojos se pusieron blancos. Un olor amargo llenó la carretera.
Sebastián lo sostuvo por el cuello de la camisa.
—¿Quién?
El hombre logró pronunciar una sola palabra antes de que la sangre le llenara la boca.
—Salvatierra.
Luego cayó muerto.
El bosque quedó en silencio.
Valeria miró la sangre negra en la grava.
Habían sobrevivido.
Pero la trampa acababa de señalar al Consejo.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho