Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 10 - Demasiado cerca
Dylan asintió y se dirigió al área de preparación, donde su mono lo esperaba colgado junto a su casco y sus guantes. Se cambió con movimientos rápidos y precisos, sintiendo cómo la tela se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Cuando se puso el casco, el mundo exterior se silenció un poco, y solo quedó el sonido de su propia respiración, rítmica y controlada.
Mientras se dirigía hacia el monoplaza, el rugido de los motores comenzaba a llenar el aire. Los primeros coches ya se estaban alineando en la parrilla de salida, y los mecánicos hacían los últimos ajustes. Desde las gradas, el murmullo del público era un oleaje constante, mezcla de expectativa y emoción.
Dylan se subió al coche y se ajustó el cinturón de seguridad, sintiendo la familiaridad del asiento, el volante, los pedales. Cerró los ojos un segundo, respirando profundamente.
Cuando los abrió, el mundo había desaparecido. Solo quedaba la pista, el motor y el objetivo: ganar.
Al otro lado del paddock, en el box del equipo italiano, Alessandro Rossi se ponía su casco con la misma calma. A través de la visera, sus ojos azules brillaban con una intensidad que nadie más podía ver. Mientras los mecánicos revisaban su monoplaza, él lanzó una mirada hacia el box de Dylan, hacia ese coche número 24 que ya se alineaba en la parrilla.
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó bajo su casco.
—Veamos de qué estás hecho, Dylan Lara —murmuró para sí mismo, antes de bajar la visera y prepararse para la carrera que todos esperaban.
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El sol brillaba con fuerza sobre el circuito de Jerez, y el aire vibraba con la electricidad de la multitud. Miles de personas se agolpaban en las gradas, ondeando banderas, gritando los nombres de sus pilotos favoritos, y creando un muro de sonido que envolvía todo el trazado. Era el momento que todos habían estado esperando: la carrera estaba a punto de comenzar.
—¡Señoras y señores, bienvenidos al Gran Premio de España! —la voz del presentador retumbó por los altavoces, amplificada por la emoción del momento—. Hoy tenemos una parrilla de lujo, con pilotos de seis países diferentes, listos para darlo todo en este circuito legendario. ¡Y qué mejor manera de empezar que con el favorito local, Dylan Lara, del equipo Kovač!
El público estalló en aplausos y vítores. Los nombres de los pilotos resonaban en el aire, pero el de Dylan era el que más se repetía, mezclado con el rugido de los motores que comenzaban a calentarse.
En la parrilla de salida, los monoplazas estaban alineados en sus posiciones. El humo de los neumáticos se elevaba en pequeñas nubes, y los mecánicos hacían los últimos ajustes. Dylan estaba en su coche, el número 24 brillando en el morro, con las manos firmes en el volante y la mirada fija en el semáforo. Su respiración era lenta y controlada, el corazón latiendo con un ritmo que ya conocía: el ritmo de la competencia.
A su izquierda, en la segunda posición, estaba el coche de Alessandro Rossi, con el número 7. El italiano también estaba listo, su casco ocultando cualquier emoción, pero su postura delataba la misma concentración que Dylan.
—La salida es inminente —continuó el presentador—. Los pilotos están en sus posiciones, los motores rugen, y el público contiene la respiración. ¡Se acerca el momento de la verdad!
En las gradas, el ambiente era una mezcla de gritos, risas y ansiedad. Valeria estaba sentada en una de las filas centrales, con los brazos cruzados y los dedos golpeando rítmicamente su propio brazo, un tic nervioso que no podía controlar. A su lado, Lucas saltaba de emoción como un niño en una feria.
—¡Va a ganar! —gritaba Lucas, agitando un pañuelo del equipo de Dylan—. ¡Lo sé, lo sé!
—¡Cállate un momento y déjame ver! —respondió Valeria, aunque no podía evitar sonreír ante el entusiasmo de su amigo.
Fue entonces cuando una figura alta y elegante se abrió paso entre la multitud. Nathan Liu, con su traje oscuro impecable y una expresión serena que ocultaba su propia tensión, se acercó a ellos y tomó asiento en el lugar vacío al lado de Valeria.
—Llegas justo a tiempo —dijo Valeria, saludándolo con una sonrisa—. Casi te pierdes la salida.
—No me la habría perdido por nada —respondió Nathan, ajustando la chaqueta—. ¿Dónde están los otros?
—Lucas está aquí, emocionado como siempre —dijo Valeria, señalando a su amigo, que seguía saltando—. Eidan no pudo venir, está en Corea, pero nos mandó un mensaje. Y los padres de Dylan... bueno, no creo que vengan.
Nathan asintió, su mirada fija en la pista, donde los coches ya comenzaban a moverse lentamente hacia la línea de salida. Por un momento, el ruido del público se desvaneció, y solo existió el coche número 24, el hombre que estaba dentro, y la necesidad de que todo saliera bien.
—Va a ganar —dijo Nathan, con una convicción que no necesitaba ser gritada.
Valeria lo miró de reojo y sonrió. —Eso espero. Porque si no, Lucas no va a parar de quejarse en todo el viaje de vuelta.
—¡Oye! —protestó Lucas, desde el otro lado—. ¡Yo no soy así!
—Claro que sí —respondieron Valeria y Nathan al unísono, y por un instante, los tres rieron, compartiendo un momento de ligereza antes de que la tensión de la carrera los envolviera de nuevo.
En la pista, los motores rugieron con más fuerza cuando los mecánicos se retiraron de la parrilla. Las luces del semáforo comenzaron a encenderse, una a una: rojo, rojo, rojo... El silencio se extendió por el circuito, tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
—¡Luces! —gritó el presentador—. ¡Las luces se encienden! Rojo, rojo, rojo... ¡Y se apagan!
El rugido de los motores se convirtió en un solo grito ensordecedor. Los coches salieron disparados, una explosión de color y velocidad que dejó el asfalto marcado por el humo de los neumáticos. La primera curva estaba a solo segundos de distancia, y la batalla por la posición ya había comenzado.
Dylan salió bien, manteniendo su posición en la primera fila. Pero Alessandro Rossi estaba pegado a su rueda trasera, sin darle un centímetro de ventaja. El italiano era rápido, muy rápido, y su coche respondía con una precisión que hacía honor a su reputación.
—¡Dylan Lara mantiene el liderato! —gritó el presentador—. ¡Pero Rossi está ahí, presionando, sin dejar que respire! ¡Esto promete ser una batalla épica!
En las gradas, Nathan y Valeria se inclinaron hacia adelante, sus ojos pegados a la pista. Lucas había dejado de saltar y ahora estaba inmóvil, con las manos apretadas contra el pecho, conteniendo la respiración.
—Vamos, Dylan —murmuró Nathan, con una voz que apenas él mismo podía oír—. Tú puedes.
El coche número 24 tomó la primera curva con una precisión quirúrgica, trazando la línea perfecta mientras Rossi se mantenía a su lado, buscando el momento para adelantar. La batalla apenas comenzaba, y ya prometía ser inolvidable.
morí olvidada reviví intocable 🤭