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Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance
Popularitas:551
Nilai: 5
nombre de autor: Kye Soma

El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.

¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?

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Capítulo 11: El umbral de la primera sangre

Hubo un temblor en el carruaje que sacudió todo a nuestro alrededor. No fue un bache cualquiera. Fue un estruendo seco, como si algo —o alguien— hubiera golpeado el lateral del vehículo con fuerza. Los caballos relincharon, asustados. El cochero soltó un juramento que no alcancé a entender.

—¡Nos están atacando! —gritó uno de los sirvientes que viajaba con nosotros, asomando la cabeza por la ventanilla con el rostro desencajado.

*Esto no podría ser peor. Ni siquiera hemos llegado a la mitad del camino. Literalmente, nos atacan en medio de la nada. *

Salté del carruaje de un brinco, aterrizando en el suelo de tierra con las rodillas flexionadas y la mano ya en la empuñadura de mi espada. El corazón me latía con fuerza, pero mi expresión era de hielo. Frente a nosotros, bloqueando el camino, había siete hombres.

Eran calvos, de piel canela y cuerpos fornidos como toneles. La ropa que llevaban apenas les cubría la parte superior del cuerpo; el resto era músculo, cicatrices y tatuajes tribales que les subían por los brazos como enredaderas negras. Bárbaros. De los de verdad, no de los de cuento.

—Dennos todo lo que tienen... ¿Eh?

El que parecía el jefe —el más alto, con una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo— se quedó mirando mi figura con atención. Sus ojos pequeños y oscuros me recorrieron de arriba abajo, evaluándome. Luego, soltó una risa gutural.

—¿Un niño? ¿Os han mandado un niño como escolta?

Los otros seis rieron con él. Risas feas, de esas que no anuncian nada bueno.

*No podemos pelear. Los que viajan conmigo son civiles normales. Cocineros, sirvientes, una doncella. No son soldados. No tienen entrenamiento. Si esto se convierte en una batalla, morirán. *

Pero tampoco quería darles las medicinas. Eran para el Reino Mirath. Eran para gente que las necesitaba. *¿Por qué hay tantos hijos de puta en el mundo? ¿Acaso no pueden ganarse la vida de otra forma? *

Somos cuatro de mi equipo, contando a Sinahí y al cochero. Bueno, tres y medio. Y ellos son siete. No hay mucha diferencia cuando ninguno de los míos sabe luchar.

Detrás de los bárbaros, medio ocultos entre los árboles, había dos carruajes. Eran menos lujosos que el nuestro y estaban mucho más maltratados: la madera astillada, las ruedas gastadas, los caballos flacos y nerviosos. Probablemente robados.

—Que te parece si hacemos una tregua —dije, dando un paso al frente.

Me acerqué al que parecía ser el jefe. Mi voz había sonado firme, pero por dentro estaba temblando. No de miedo. Bueno, sí, también de miedo. Pero sobre todo de rabia contenida. El tipo me miró con esos ojos pequeños llenos de desprecio, como si yo fuera una cucaracha que se había atrevido a interrumpir su cena.

¡SPLASH!

El bárbaro me dio una cachetada.

El golpe resonó en mis oídos como un disparo. Mi cabeza se giró hacia un lado por el impacto y sentí el sabor de la sangre en la boca. La mejilla me ardía como si me hubieran pasado una plancha caliente por la cara. Me tambaleé, pero no caí.

Sinahí se llevó las manos a la boca, temblando de miedo e impotencia. La vi de reojo. Sus ojos azules, normalmente serenos, estaban llenos de lágrimas contenidas. Realmente no la culpo. Ella no es una guerrera. Es una doncella de quince años que se vio arrastrada a esto sin comerlo ni beberlo.

—¿En serio crees que un simple niñ—?

La cabeza del bárbaro cayó rodando hacia atrás.

No terminó la frase. No pudo. Mi espada —esa espada extraña que se había encogido para ajustarse a mi mano— trazó un arco plateado en el aire. La hoja atravesó el cuello del hombre como mantequilla. No hubo resistencia. Solo un sonido húmedo, un chorro de sangre caliente que me salpicó la camisa, y el golpe sordo del cuerpo al desplomarse.

Todos me miraron. Los seis bárbaros restantes. Mis acompañantes. Sinahí. El cochero. Me miraron con los ojos abiertos de par en par, aterrorizados.

*Sabía que un día tendría que recurrir a esto. Lo sabía desde que Ed me enseñó a blandir la espada. Pero nunca pensé que fuera tan pronto. *

Podía sentir la mirada de confusión y miedo de las personas que estaba protegiendo. No me juzgaban. Aún no. Pero me temían. Y no sabía qué era peor.

—¡Ataquen entre todos! ¡La prioridad es matar al mocoso!

Uno de los bárbaros reaccionó más rápido que los demás. Gritó la orden y se lanzó hacia mí con un hacha de mano. Los otros lo siguieron, rugiendo como animales.

Pero yo ya estaba preparado.

Un fuerte brillo estalló debajo de mis pies. Una runa de luz que había dibujado en las suelas de mis zapatos antes de salir de viaje. La había preparado por si acaso. Por si algo salía mal. Y vaya si había salido mal. La luz cegó a todos los bárbaros, que se detuvieron en seco, gritando y frotándose los ojos.

*Menos mal que se me ocurrió lo de los zapatos. Gracias, paranoia. Gracias, desconfianza crónica. *

Lo que siguió a continuación no fue una batalla. Fue una carnicería.

Brazos, cabezas y piernas caían al suelo mientras los bárbaros, cegados por la luz, no podían ver de dónde venían los golpes. Yo me movía entre ellos como una sombra, mi espada danzando en el aire. Escuchaba gritos de dolor, maldiciones, súplicas. No me detenía. No podía detenerme. Si me detenía, ellos se recuperarían. Y entonces moriríamos todos.

Una navaja me traspasó el pie derecho.

—¡AGG!

Un grito de dolor escapó de mi boca. Las lágrimas brotaron de mis ojos sin pedir permiso. Miré hacia abajo: el último bárbaro, tirado en el suelo con un tajo en el estómago, me había clavado su cuchillo en el empeine antes de desplomarse. Me sonrió. El muy cabrón me sonrió, con los dientes manchados de sangre.

Mi espada se clavó en su ojo antes de que pudiera decir nada.

Luego, agarré uno de los cuchillos de mi cintura y empecé a clavar. Una vez. Dos veces. Cinco veces. Diez. En su rostro, en su cuello, en lo que fuera. La hoja subía y bajaba sin que yo pudiera controlarla. Dejé el rostro del bárbaro desfigurado, irreconocible. Un amasijo de carne y hueso.

—¡BUAHH!

Vomité encima del cadáver. Todo el desayuno. El jugo de mora. Las ganas de vivir. Mi estómago se retorció como una serpiente herida. Me arrastré hacia un lado, agarrando mi pie derecho. Apreté los dientes.

*Qué puto dolor. Qué puto asco. Qué puto todo. *

Mis acompañantes seguían allí. De pie. Quietos. Mirándome. Las sirvientas se habían cubierto los ojos. El cochero tenía la boca abierta, sin palabras. Sinahí me observaba fijamente, con las manos aún temblorosas pero los ojos más secos que antes. Los demás no se atrevían a acercarse. No podía culparlos. Yo tampoco querría acercarme a mí.

—A-Aún no... Seguiremos moviéndonos —dije, con voz temblorosa.

Sinahí fue la primera en reaccionar. Salió corriendo hacia mí, con pasos inseguros sobre la tierra manchada de sangre. Se agachó a mi lado, ignorando el charco de vómito y el cadáver desfigurado. Puso sus manos sobre mi pie herido y empezó a murmurar algo. Palabras que no entendía. Un idioma suave, cantarín.

Sus manos brillaron con una luz verde pálida. La herida de mi pie, el tajo horrible que me había hecho el bárbaro, empezó a cerrarse poco a poco. La piel se unió. La sangre dejó de brotar. El dolor no desapareció del todo, pero se volvió soportable.

—Lo siento... —murmuró Sinahí, con la voz quebrada—. Pensé mucho en venir a ayudarte. Pero no podía moverme. Tenía miedo.

Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Apretó las manos contra su vestido de sirvienta con impotencia, arrugando la tela. Puse una mano sobre su cabeza, sintiendo la suavidad de su cabello negro bajo mis dedos sucios. Le sonreí.

—No pasa nada. Si yo hubiera sido tú, también me habría escapado.

Era mentira. Yo no me habría escapado. Yo habría sido el primer idiota en lanzarse a la batalla. Pero ella no necesitaba saber eso.

Me levanté como pude y caminé hacia los carruajes enemigos. El pie aún me dolía, pero la herida estaba cerrada. *Qué extraño. La magia de curación funciona, pero el dolor persiste. Quizás es psicológico. O quizás es que mi cuerpo me odia. *

Revisé uno de los carruajes de los bárbaros de pies a cabeza. No había nada realmente valioso. Solo un poco de oro —monedas de distintos reinos, probablemente robadas—, flechas de mala calidad, lanzas oxidadas, y pellejos de vino agrio. *¿A quién pretenden engañar? Estos sujetos podrían haberme matado sin esfuerzo si hubieran atacado todos a la vez. Me confié. Me aproveché de que tenían la guardia baja. Eso es todo. *

—Mmmph.

El otro carruaje tembló un poco. Escuché un sonido apagado, como un quejido, provenir de su interior. Agarré el otro cuchillo que llevaba al otro lado de la cintura. Me acerqué poco a poco, con pasos cuidadosos. Mi sombra se proyectaba sobre la lona del carruaje. Puse una mano en el borde y me asomé.

Nada. Todo parecía igual que en el anterior. Cajas, jarrones, mantas viejas. Pero en el fondo había dos cajas de madera del tamaño de un niño. Eran lo bastante anchas como para que cupieran dos personas dentro, si se encogían lo suficiente.

—MMMPH.

El sonido venía de la caja de la derecha. Acerqué el oído. Nada. Silencio. Luego, otro quejido. Aparté los jarrones que había encima, los dejé caer al suelo sin miramientos —total, ya estaban rotos— y forcé la tapa con mi cuchillo. La madera cedió con un crujido.

Dentro había una niña.

Cabello azul oscuro, revuelto y enredado. Orejas... de pez. Unas orejas puntiagudas y palmeadas que sobresalían de entre los mechones. Ojos grises, enormes, llenos de miedo y lágrimas. Llevaba puesta una camisa blanca, ancha y desgastada, que era lo único que cubría su pequeño cuerpo. Sus manos estaban atadas con una cuerda áspera. Su boca, amordazada.

Era una sirena.

*Una niña sirena. En una caja. En medio del bosque. Capturada por bárbaros. Definitivamente, hoy es un día raro. *

Rompí la tapa por completo, haciendo saltar las astillas. Con el cuchillo, corté las cuerdas que la ataban. Primero las de las manos. Luego, con cuidado, la de la boca.

—Ahora estás a salvo —dije, en voz baja.

La niña me miró. Sus ojos grises parpadearon, como si no acabara de creer lo que veía. Y entonces, rompió a llorar. Un llanto desconsolado, de esos que te nacen del estómago. Se abalanzó hacia mí y se me tiró encima, envolviéndome en un abrazo torpe pero desesperado. Sus pequeñas manos se aferraron a mi espalda como si yo fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

Simplemente le puse una mano en la espalda, consolándola como podía.

—Ya pasó. Ya pasó todo.

Pasaron varios minutos. El llanto de la niña fue disminuyendo hasta convertirse en hipidos suaves. Luego, silencio. Se había quedado dormida en mis brazos, agotada.

Revisé la otra caja. Estaba vacía. *Quizás había otra sirena. Quizás escapó. Quizás ya la vendieron. Malditos bárbaros. *

Cargué a la niña sirena en brazos, con cuidado de no despertarla, y la llevé hasta donde estaba Sinahí.

—Sinahí, ¿puedes usar magia en ella? Está un poco maltratada y tiene fiebre.

Sinahí me miró con asombro. No dijo nada. Simplemente asintió y extendió las manos hacia la pequeña sirena. Sus dedos volvieron a brillar con esa luz verde pálida.

Los demás no se atrevían ni a mirarme. Estaban recogiendo los suministros, evitando pisar los charcos de sangre. *Ciertamente, es mejor así. No quiero lidiar con todo tipo de personas. Al principio tenía miedo de matar a alguien. Miedo de convertirme en un monstruo. Pero ver a esa niña así, encerrada en una caja como un animal... Mis arrepentimientos se esfumaron. O quizás nunca me arrepentí de verdad. *

*Debería tener cuidado para la próxima vez. No puedo darme el lujo de pensar con claridad cuando la gente a mi alrededor está en peligro. *

Me giré hacia los sirvientes, que seguían paralizados.

—Todos ustedes, saquen lo que sea valioso de esos malditos carruajes. Luego, préndanles fuego.

Mi tono fue seco. Serio. No admitía réplica. Los demás asintieron, agradecidos de tener algo que hacer, y empezaron a rebuscar entre los restos.

Mientras tanto, yo me dirigí a nuestra caravana. Saqué un poco de hierbas medicinales de una caja de madera, la más pequeña de todas. Busqué pequeños troncos secos entre los árboles cercanos. Encontré una taza de aluminio —o algo parecido al aluminio— entre los suministros de cocina. Con mi cuchillo, corté las hierbas en pequeños trozos. Eché agua, luego las hierbas, y las puse a hervir sobre una pequeña fogata que uno de los sirvientes había encendido.

Esperé a que el brebaje se enfriara un poco. Luego, lo vertí en otra taza y se la llevé a Sinahí.

—¿Qué es esto? —preguntó, mirando el líquido humeante con curiosidad.

—Dáselo de beber. La ayudará con la fiebre.

Sinahí dudó por un momento. Supongo que no esperaba que un niño de diez años supiera preparar remedios. Pero finalmente asintió y acercó la taza a los labios de la pequeña sirena, que seguía dormida.

*Un día. Solo ha pasado un día desde que salí del castillo. Y ya he matado a siete hombres, rescatado a una princesa sirena, y vomitado encima de un cadáver. *

Miré al cielo. El sol ya estaba en su punto más alto, indiferente a todo.

*Definitivamente, este mundo no es para débiles. *

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