La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
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una nueva vida
Morí con el nombre de un hombre traidor en los labios y con la certeza de que, en toda mi vida, había amado mal.
El cielo nocturno parecía indiferente, tal como lo había sido el mundo desde que aprendí a sobrevivir sola. Nunca pensé que ese sería mi final… pero no lo era.
Sigo inconsciente, aunque escucho voces. Trato de despertar, de moverme, pero no puedo. Mi cuerpo no responde. Caigo de nuevo en un sueño profundo.
Cuando me despierto otra vez, me encuentro recostada en una cama enorme. La habitación es amplia, lujosa, como sacada de una época antigua. Todo brilla con una elegancia sofocante.
Veo entrar a una mujer.
—¿Señorita, cómo se encuentra? Gracias a Dios despertó. Iré a buscar a los duques. Espere un momento, ya vuelvo.
Me quedo paralizada.
¿Qué es este lugar? Se supone que estoy muerta.
Me levanto de la cama y observo cada rincón de la habitación. Nada me resulta familiar. Me acerco al armario y lo abro: está lleno de vestidos largos, pomposos, exagerados.
Qué horror.
Son demasiado calurosos, incómodos. Si fueran míos, los habría quemado sin pensarlo.
De pronto, la puerta se abre de golpe. Entran dos personas junto a la mujer que me atendió. Mis ojos se clavan en ellos: un hombre alto, de piel clara. A pesar de su edad, sigue siendo atractivo. A su lado, una mujer hermosa, de piel blanca y pulcra, con un cabello color celeste tan extraño como fascinante. El cabello del hombre es azul oscuro. Todo en ellos es raro… irreal.
Se acercan y, sin darme tiempo a reaccionar, me abrazan.
—Hija, qué bueno que te encuentras bien —dice el hombre—. Ya mandé a buscar al médico. ¿Qué haces de pie? Vuelve a la cama.
Me quedo en shock.
¿Hija?
—Disculpe, señor —respondo, empujándolo con fuerza—, pero se equivoca. Yo no soy su hija. Aléjese de mí si no quiere que le haga daño.
La mujer se acerca, pero se detiene al notar que hablo en serio. Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Hija… ¿de verdad no nos reconoces? Somos tus padres —dice entre sollozos—. Yo me llamo Lucía.
—respondo seria–
—No —corrige el hombre con voz firme—. Tú te llamas Lythia Svensson.
De repente, un dolor brutal atraviesa mi cabeza.
—Carajo… —murmuro.
Imágenes comienzan a invadir mi mente: recuerdos que no son míos, rostros desconocidos, una vida que no reconozco…
El dolor es insoportable.
Y entonces, todo se vuelve negro.
Caigo desmayada.
Abro los ojos lentamente. El techo decorado con molduras doradas vuelve a aparecer sobre mí. No es un sueño. Sigo aquí.
Despierto con una sensación pesada, como si mi cuerpo no me perteneciera. El dolor en mi cabeza sigue ahí, palpitante, aunque ya no es tan intenso. Escucho murmullos de voces lejanas y, de pronto, todos los recuerdos comienzan a ordenarse dentro de mi mente, como piezas de un rompecabezas que siempre habían estado ahí… esperando.
Reencarné en la villana.
Todo encaja.
Carajo.
Pude reencarnar en cualquiera… ¿pero en ella? ¿En serio? El dios que me puso en esta vida definitivamente me odia.
Este libro es de lo peor.
Cuando aún vivía con el ruso, en los pocos días libres que tenía, solía leer novelas románticas. Y, por desgracia, terminé leyendo el peor libro de todos: Un amor entre lágrimas.
En resumen, es la típica historia: En mundo lleno de magia donde existen todo tipo de seres místicos y magia narra la historia de una joven plebeya que se enamora del príncipe heredero. El problema es que él ya tenía una prometida… y esa prometida era Lythia Svensson.
Es decir, yo.
Lythia estaba locamente enamorada del príncipe. Era caprichosa, altanera y orgullosa. Como heredera del ducado Svensson —uno de los pilares más importantes del imperio—, fue criada únicamente para convertirse en la futura reina.
Pero entonces apareció la protagonista: Miriam, hija del ex conde Bloomson.
Cuando Lythia vio la cercanía entre el príncipe y esa chica, comenzó a humillarla. Sin darse cuenta, lo único que lograba era fortalecer aún más la relación entre ellos. Todo empeoró hasta llegar a un punto sin retorno: Lythia intentó asesinar a Miriam.
Fue descubierta.
Y ejecutada.
Sus padres quedaron devastados. No pudieron hacer nada ante las pruebas irrefutables. Tras la ejecución, los duques Svensson abandonaron el imperio y nunca más volvieron a ser mencionados.
Hasta que aparece el otro villano.
El Archiduque de la Llama Eterna, uno de los antagonistas más poderosos de la historia. Segundo hijo del emperador —algo que nadie sabe hasta el final de la novela—.
Cuando el reino se debilita tras la caída del ducado Svensson, él comienza a interactuar con la protagonista. Se acerca a Miriam, la protege… y termina enamorándose de ella.
Pero, al no ser correspondido, decide atacar el reino.
Al final, muere a manos de Miriam, quien en el último momento descubre que es la Santa. Como toda historia “perfecta”, ella se casa con el príncipe heredero y viven felices para siempre.
Es estúpido.
Porque si Miriam sabía que el príncipe estaba comprometido con Lythia, ¿por qué se involucró con él antes de que el compromiso se rompiera?
Y si sabía que el archiduque estaba enamorado de ella, ¿por qué no se alejó? ¿Por qué siguió dándole esperanzas?
Todo habría podido evitarse.
Me quedo acostada, mirando el techo dorado, pensando en todo eso.
Esta vez…
No pienso seguir el guion.