En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 11
La oscuridad tiene sus propias capas, y esa mañana se sentía especialmente densa, como si el aire de la habitación hubiera sido sustituido por terciopelo húmedo. Desperté con el eco de las palabras de Marcus rebotando en mis sienes. *¿Y si Alexander era el arquitecto de mi desgracia?* El pensamiento era un clavo ardiendo, pero el calor del cuerpo de mi marido, todavía presente a mi lado aunque ya no me tocara, era la única realidad tangible a la que podía aferrarme.
Alexander se movió. Escuché el roce de las sábanas de seda, un sonido sibilante que en la quietud de la habitación parecía el aviso de una serpiente. Su respiración, antes pausada por el sueño, cambió de ritmo. Sabía que estaba despierto, observándome en ese silencio que él dominaba como nadie.
—Estás dándole vueltas a lo que dijo ese idiota —su voz era una vibración baja, cargada de una aspereza matutina que, a pesar de mis dudas, me provocó un escalofrío involuntario.
—Es difícil no hacerlo cuando mi vida parece un guion escrito por extraños, Alexander —respondí, manteniéndome de espaldas a él, sintiendo cómo la seda de mi camisón se pegaba a mi piel.
Sentí su mano en mi hombro. Fue un contacto pesado, posesivo. Sus dedos largos se hundieron sutilmente en mi carne, obligándome a girar hacia él. El aroma a sándalo y a ese jabón costoso que usaba me inundó, borrando por un segundo cualquier rastro de desconfianza. Alexander no era un hombre de palabras dulces, pero su cuerpo siempre parecía tener una urgencia por reclamar el espacio que nos rodeaba.
Se inclinó sobre mí. Pude sentir el calor de su pecho cerca del mío, una barrera de músculo y piel que me hacía sentir peligrosamente pequeña. Su nariz rozó la mía, y su aliento, cálido y con un leve rastro del café que seguramente ya había empezado a beber mentalmente, acarició mis labios.
—Marcus quiere mi puesto. Y sabe que la forma más rápida de desestabilizarme es sembrando la discordia en esta cama —susurró, y su mano bajó por mi costado, una caricia lenta que hacía que cada vello de mi cuerpo se erizara—. No le des el placer de ganar, Elina.
—¿Y tú qué ganas teniéndome aquí, Alexander? ¿Seguridad o silencio?
Él no respondió con palabras. Su boca buscó la mía con una hambre que ya no intentaba ocultar tras la fachada del contrato. Fue un beso lento, exploratorio, cargado de una sensualidad que quemaba. Sus manos recorrieron mi espalda, desdibujando las fronteras entre el miedo y el deseo. En ese momento, quería creerle. Quería que el hombre que me sostenía con tanta saña fuera mi salvador y no mi verdugo.
Me levanté mucho después de que él abandonara la suite. El sonido de sus pasos firmes alejándose por el pasillo fue la señal para que mis propios demonios volvieran a despertar. Me vestí por instinto, eligiendo un vestido de encaje suave, necesitando sentir la complejidad de la textura bajo mis yemas para recordarme que seguía viva.
Bajé al jardín, buscando el aire fresco que la mansión me negaba. El olor a tierra mojada y a las rosas que Alexander insistía en mantener perfectas me guiaron hacia el banco de hierro fundido. Me senté, dejando que el sol calentara mis párpados cerrados. Pero la paz duró poco.
—Se ve usted muy pensativa, señora Thorne.
La voz era suave, casi un susurro, pero me hizo saltar. No era la señora Hudson. Era una voz masculina, más vieja, con un deje de servidumbre antigua que me resultó familiar pero inquietante.
—¿Quién es? —pregunté, poniéndome en pie, sintiendo el vacío de la ceguera como una debilidad insoportable.
—Solo el jardinero, señora. Llevo aquí desde que el abuelo del señor Alexander era joven. He visto muchas cosas en esta casa. Cosas que se entierran para que las flores crezcan más hermosas.
—¿A qué se refiere? —mi corazón empezó a latir con fuerza, un tambor sordo en mis oídos.
—Solo digo que el señor Alexander protege lo que es suyo con una ferocidad que asusta. A veces, la protección se parece mucho al ocultamiento. Ese accidente suyo... hubo mucha gente preguntando. Y mucho dinero cambiando de manos para que las preguntas cesaran.
El hombre se alejó antes de que pudiera replicar. El sonido de sus tijeras de podar, un *clac-clac* rítmico, fue lo único que quedó. Me quedé allí, temblando, rodeada por el aroma dulce de las flores que ahora me parecía el olor de un funeral.
Al entrar de nuevo en la casa, el ambiente había cambiado. Escuché el murmullo de voces en el despacho principal. Eran abogados, lo sabía por el tono monótono y el uso de términos legales que Alexander solía escupir con desprecio. Me acerqué, guiada por la curiosidad y el miedo.
—...la cláusula de rescisión es clara, Alexander —decía una voz desconocida—. Si se demuestra negligencia o conocimiento previo de los fallos técnicos, el contrato matrimonial se anula y ella recupera el control de los activos de Colón. Perderías la fusión.
—No habrá negligencia porque no hubo testigos —la voz de Alexander era puro hielo—. Asegúrense de que el mecánico original no vuelva a hablar. Denle lo que pida, o háganle entender los riesgos de la memoria selectiva.
Me apoyé contra la pared fría, sintiendo que el mundo giraba. *Negligencia. Conocimiento previo. El mecánico.* Alexander no estaba investigando para darme justicia; estaba tapando los agujeros de una verdad que podría costarle su imperio. El hombre que me besaba con tanta pasión por la noche era el mismo que compraba silencios por la mañana.
Sentí una náusea violenta. Me alejé del despacho, tratando de no hacer ruido, pero mis pasos sobre el mármol me traicionaron.
—¿Elina?
La puerta del despacho se abrió. Escuché el sonido de su paso, rápido, alcanzándome en segundos. Sus manos me tomaron de los hombros, girándome con una brusquedad que delataba su propia agitación. Podía sentir la mirada de los abogados sobre nosotros, una audiencia silenciosa para nuestra farsa.
—¿Qué haces aquí fuera? —preguntó, y su tono intentaba sonar preocupado, pero debajo había un filo de advertencia.
—Buscaba un poco de agua, Alexander. El jardín... el aire estaba muy pesado hoy —mentí, sintiendo cómo mi corazón intentaba salirse de mi pecho.
Él no dijo nada durante un largo rato. Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos. Su agarre era tan fuerte que casi dolía. Me guio de vuelta hacia la escalera, alejándome de los hombres que decidían mi destino en términos de activos y pasivos.
—Sube a la habitación. Enviare a Hudson con algo de comer. Tengo que terminar esta reunión.
—Alexander... ¿me quieres? —la pregunta salió de mis labios antes de que pudiera frenarla. Era una pregunta estúpida, una pregunta de niña desesperada, pero necesitaba oír la mentira o la verdad, lo que fuera.
Él se detuvo en el primer escalón. Lo sentí tensarse, una cuerda de piano a punto de romperse. Se inclinó hacia mí, su rostro a centímetros del mío. Su mano subió a mi nuca, sus dedos acariciando la piel sensible allí, un gesto que en otro momento me habría derretido, pero que ahora se sentía como una marca.
—Te deseo más de lo que es saludable para cualquiera de los dos, Elina —respondió, y su voz era una caricia oscura—. Y en mi mundo, eso es lo más parecido al amor que vas a encontrar. No busques respuestas en los rincones de esta casa. Búscalas en mí.
Me dejó allí, en medio de la escalera, con el sabor de su ambición y su deseo mezclados en el aire. Subí a tientas, sintiendo que cada escalón me hundía más en su red.
Al llegar a la suite, me encerré. El olor a las peonías que me había regalado llenaba la estancia. Eran flores de curación, según él. O flores para ocultar el olor a podrido. Me acerqué al jarrón y pasé los dedos por los pétalos suaves, que se sentían como la piel de Alexander. De repente, mi mano tropezó con algo duro entre los tallos.
Era un sobre pequeño, de papel grueso. Lo saqué con cuidado. No había nombre, solo una textura que indicaba que había sido manipulado recientemente. Mi corazón dio un vuelco. Sabía que no podía leerlo, pero la urgencia de saber qué contenía me quemaba las manos.
Escuché que la puerta de la suite se abría. No era Hudson. El paso era firme, rítmico, cargado de una autoridad que solo pertenecía a un hombre. Alexander había terminado su reunión antes de lo previsto.
—He pensado que podrías necesitar compañía —dijo, y su voz sonó inusualmente suave mientras se acercaba.
Escondí el sobre tras mi espalda, sintiendo el sudor frío en mis palmas. El contraste entre la calidez de su tono y la frialdad de lo que acababa de escuchar en su despacho me estaba volviendo loca. Alexander se detuvo frente a mí, su presencia reclamando cada átomo de oxígeno en la habitación.
—¿Qué tienes ahí, Elina? —preguntó, y su tono cambió sutilmente, volviéndose más agudo, más inquisitivo.
—Nada, Alexander. Solo estaba disfrutando de las flores.
Sentí que se acercaba más, su mano buscando la mía tras mi espalda. No hubo escapatoria. Sus dedos rodearon mi muñeca con la fuerza de un grillete, obligándome a mostrar lo que ocultaba. El silencio que siguió fue asfixiante, solo roto por el sonido de nuestra respiración agitada. La sensualidad que siempre nos rodeaba se transformó en una tensión agresiva, una batalla de voluntades en la que yo estaba, literalmente, a ciegas.