Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
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capitulo 22
La mañana siguiente llegó envuelta en un silencio extraño.
No era la tranquilidad de una casa segura ni la calma que sigue a una victoria. Era algo más inquietante. La sensación de que el tablero se había movido durante la noche y que todavía nadie podía ver todas las piezas.
Isabella llevaba despierta desde antes del amanecer.
Desde la ventana de su despacho observaba cómo la nieve cubría los jardines de la mansión Sergeyev. Todo parecía limpio, inmóvil, perfecto.
Las apariencias siempre mentían.
Sobre el escritorio descansaban varios informes que había leído tres veces durante la madrugada. Ninguno contenía información nueva, pero todos confirmaban la misma conclusión.
Orlov había respondido.
No con violencia.
No con amenazas.
Había respondido prestando atención.
Y eso era más peligroso que cualquier otra cosa.
La puerta se abrió suavemente.
Sasha entró con una taza de café entre las manos.
—Llevas horas aquí.
Isabella ni siquiera se giró.
—Y tú deberías estar descansando.
—Ya puedo caminar.
—Eso no significa que estés recuperada.
Sasha sonrió apenas.
—Sabes que vas a seguir diciéndolo aunque tenga ochenta años.
Esa vez Isabella sí la miró.
Por un instante, el gesto serio de su rostro se suavizó.
Solo un poco.
Lo suficiente para que Sasha lo notara.
—Tal vez.
Sasha dejó la taza sobre el escritorio.
—¿Alguna novedad?
La expresión de Isabella volvió a endurecerse.
—No.
—Y eso te preocupa.
—Sí.
Sasha se sentó frente a ella.
—Porque significa que está pensando.
—Porque significa que no necesita apresurarse.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Orlov no era un enemigo que reaccionara desde el orgullo.
Era paciente.
Y los enemigos pacientes eran los peores.
Porque nunca atacaban cuando uno estaba preparado.
Horas más tarde, toda la familia se reunió en el despacho principal.
Aleksander ocupaba su lugar habitual en la cabecera de la mesa.
Idris estaba a su lado.
Milan revisaba documentos mientras Alexei caminaba de un lado a otro como una tormenta contenida.
—No me gusta esto —gruñó Alexei.
—A nadie le gusta —respondió Milan sin levantar la vista.
—No. Hablo de este silencio.
Isabella permaneció inmóvil.
—Porque estás acostumbrado a enemigos simples.
Alexei se detuvo.
—¿Y Orlov no lo es?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Los hombres como Volkov quieren territorio. Dinero. Poder.
Levantó la mirada.
—Orlov quiere influencia.
El silencio fue casi instantáneo.
Aleksander observó a su hija.
—Explícate.
Isabella apoyó ambas manos sobre la mesa.
—El dinero es una herramienta.
—Lo sabemos.
—Los negocios también.
Milan levantó la vista.
—¿Y entonces qué busca?
Isabella tardó unos segundos en responder.
—Personas.
Aquello hizo que todos guardaran silencio.
Incluso Alexei.
—No entiendo.
—Construye redes.
La voz de Isabella era tranquila.
—No controla empresas. Controla a quienes las dirigen.
—No controla territorios. Controla a quienes viven en ellos.
—No crea miedo. Crea dependencia.
Idris frunció ligeramente el ceño.
—Eso es mucho más difícil de destruir.
—Exactamente.
La habitación quedó en silencio.
Porque todos comprendieron lo mismo.
Orlov no había construido una organización.
Había construido un sistema.
La reunión terminó dos horas después.
Nadie salió tranquilo.
Y eso era lógico.
Cuando un enemigo tiene un rostro, se le puede disparar.
Cuando tiene una estructura…
todo se vuelve más complicado.
Isabella fue la última en abandonar el despacho.
Sasha la esperaba en el pasillo.
—No te gustó lo que descubriste.
—No.
Comenzaron a caminar juntas.
—¿Por qué?
Isabella tardó un momento en responder.
—Porque mientras más entendemos a Orlov…
más me doy cuenta de cuánto tiempo lleva preparando todo esto.
Sasha observó su perfil.
—¿Crees que sabía de ti?
Isabella se detuvo.
Aquella pregunta llevaba horas rondando en su cabeza.
—No lo sé.
—Pero lo has pensado.
—Sí.
Sasha bajó la mirada.
—Y si es así…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Si Orlov realmente conocía a Isabella desde antes de su regreso, significaba que todo podía haber sido parte de algo mucho más grande.
Algo que aún no alcanzaban a comprender.
Esa misma noche llegó la primera señal.
No fue una amenaza.
No fue un ataque.
Fue un sobre.
Uno simple.
Sin remitente.
Sin marca alguna.
Lo encontraron en la entrada principal.
Cuando llegó a manos de Isabella, toda la familia estaba presente.
Milan fue el primero en hablar.
—Podría ser una trampa.
—Podría.
—Entonces deja que lo revise seguridad.
Isabella tomó el sobre.
—No.
Aleksander la observó.
—Isabella.
—No.
Su voz fue firme.
Abrió el sobre allí mismo.
Dentro solo había una fotografía.
Nada más.
Ninguna nota.
Ningún mensaje.
Solo una imagen.
Y cuando la vio, el mundo pareció detenerse.
Porque la fotografía mostraba algo imposible.
Algo que no veía desde hacía años.
Su abuela.
El corazón de Isabella se detuvo durante un segundo.
No por sorpresa.
Por impacto.
La imagen era antigua.
Muy antigua.
Mostraba a su abuela mucho antes de su muerte.
Sonriendo.
Feliz.
Pero no estaba sola.
Había alguien más junto a ella.
Un hombre.
Joven.
Desconocido.
Todos observaron la fotografía.
Milan fue el primero en notar el detalle.
—¿Quién es él?
Isabella no respondió.
Porque no lo sabía.
Pero algo dentro de ella se tensó.
Como una cuerda a punto de romperse.
Aleksander tomó la fotografía.
Su rostro cambió inmediatamente.
Y eso fue suficiente para que Isabella lo notara.
—Tú sí sabes quién es.
Aleksander permaneció en silencio.
Demasiado tiempo.
Idris lo miró.
—Aleksander...
El padre de Isabella cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, parecía más viejo.
Más cansado.
—Hace muchos años...
La habitación entera quedó inmóvil.
—Antes incluso de que nacieran ustedes...
hubo otra guerra.
Isabella sintió un escalofrío.
Porque de repente comprendió algo.
Aquella fotografía no era un recuerdo.
Era un mensaje.
Y quien la había enviado sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Aleksander volvió a mirar al hombre de la imagen.
—Pensé que estaba muerto.
El silencio se volvió absoluto.
—¿Quién es? —preguntó Isabella.
Su padre levantó la vista.
Y por primera vez desde que había regresado a Rusia...
pareció realmente preocupado.
—El hombre que casi destruyó a nuestra familia.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Porque todos comprendieron lo mismo.
La guerra que estaban enfrentando quizá no había comenzado con Volkov.
Ni siquiera con Orlov.
Tal vez había comenzado muchos años antes.
Y apenas estaban descubriendo el primer secreto.
Mientras sostenía aquella fotografía entre los dedos, Isabella sintió algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
No era miedo.
Era incertidumbre.
Y eso la inquietaba más que cualquier enemigo.
Porque por primera vez desde que empezó todo...
no sabía qué estaba mirando.
Y en algún lugar de Moscú, Mikhail Orlov sonreía.
Porque la primera grieta acababa de aparecer.