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.5 Soy Mitad Angel Y Demonio

.5 Soy Mitad Angel Y Demonio

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:530
Nilai: 5
nombre de autor: cristy182021

Antes de que todo ardiera…
hubo un amor que nunca debió existir.
Un ser dividido entre la luz y la oscuridad.
Un alma incapaz de elegir entre lo que era… y lo que sentía.
Y en medio de todo… Nyra.
Ella no pertenecía a ese mundo.
Pero fue el error que lo cambió todo.
Lo que comenzó como una conexión imposible…
se convirtió en obsesión.
En traición.
En una herida que nunca dejó de sangrar.
Porque cuando llegó el momento de elegir…
alguien lo perdió todo.
Y años después…
el pasado no volvió para sanar.
Volvió para destruir.
Esta no es una historia de amor.
Es el origen de una guerra.
Del enemigo que nació del dolor…
y de la única persona capaz de detenerlo.
O de terminar de romperlo todo.

NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

La noche no estaba en calma.

Nunca lo estuvo.

El silencio… no traía paz.

Traía advertencia.

De esas que no se oyen…

pero se te clavan en el cuerpo sin pedir permiso.

Me quedé frente a la casa de Nyra unos segundos más de lo normal.

Mirando la puerta.

Esperando algo que no sabía explicar.

Como si irme… fuera un error.

Y entonces lo entendí.

No era duda.

No era paranoia.

Era instinto.

Algo… estaba mal.

Giré despacio.

Y ahí estaba.

Federico.

A la misma distancia que antes.

Pero ya no parecía el mismo.

No estaba apoyado.

No estaba relajado.

Ahora… estaba completamente inmóvil.

Observando.

—Sigues aquí —murmuré.

—Tú también.

Su voz fue demasiado estable.

Y eso… fue lo primero que me puso en alerta.

—¿Qué quieres?

—Nada.

Mentira.

Pero no como antes.

Esta vez… no era impulsiva.

Era intencional.

—No te creo.

—No necesitas hacerlo.

Silencio.

El viento cruzó entre nosotros.

Frío.

Pesado.

—Deberías irte —dije.

—Podría decir lo mismo.

—Esta es su casa.

Sus ojos se desviaron apenas hacia la puerta.

—Lo sé.

Eso no me gustó.

Nada.

—Federico…

—Tranquilo —interrumpió—. No voy a hacer nada.

Otra mentira.

Pero esta vez… diferente.

Porque ni él mismo parecía convencido.

Y eso… era lo peligroso.

Di un paso hacia él.

—No te acerques a ella.

Silencio.

Volvió a mirarme.

Y por primera vez…

no hubo burla.

No hubo juego.

Solo… frialdad.

—No decides eso.

—Sí lo hago.

El aire cambió.

Rápido.

Pesado.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Desde que sé lo que pasa cuando pierdes el control.

Silencio.

Directo.

Eso le dio.

Lo vi.

En su mandíbula.

En sus ojos… oscureciéndose.

—No tienes idea… —murmuró.

—Entonces dímelo.

—No quieres saberlo.

—Ya estoy en esto.

—Ese es el problema.

No sonó como advertencia.

Sonó como una verdad.

Inamovible.

—Aléjate —repetí.

Más firme.

Más claro.

Más real.

Y entonces—

todo cambió.

El aire se volvió helado.

Literal.

Mi respiración se hizo visible frente a mí.

Y sus ojos…

brillaron.

Rojo.

Sin ocultarlo.

Sin contenerlo.

—No me des órdenes.

Su voz ya no era humana.

Era más grave.

Más cruda.

Mi cuerpo reaccionó solo.

—Contrólate.

—Lo intento.

—No lo suficiente.

Silencio.

Y entonces—

un sonido.

Desde la casa.

Los dos giramos al mismo tiempo.

La puerta se abrió.

Nyra.

—Gabriel…

Su voz se cortó a la mitad.

Nos vio.

A los dos.

Y lo sintió.

El ambiente.

La tensión.

El peligro.

—¿Qué pasa?

Maldición.

No debía estar aquí.

—Nyra, entra —dije al instante.

—¿Qué—?

—Ahora.

Pero no se movió.

Error.

Porque Federico…

ya la estaba mirando.

Fijamente.

Y esta vez—

no estaba ocultando nada.

—Así que volviste a salir…

La voz de Federico fue baja.

Suave.

Demasiado suave.

Nyra retrocedió un paso.

Instinto puro.

—No me gusta esto… —murmuró.

—Nyra, entra —repetí.

Pero ya era tarde.

Porque algo en Federico…

se movió.

Un impulso.

Rápido.

Inestable.

Dio un paso hacia ella.

Y eso fue suficiente.

—¡Detente!

Me moví sin pensar.

Me puse frente a Nyra, bloqueándolo.

—No des un paso más.

Silencio.

Pesado.

De esos que anuncian que algo va a romperse.

—Apártate —dijo.

—No.

Sus ojos brillaron otra vez.

Más intenso.

—No quiero hacerte daño.

—Entonces no lo hagas.

—No lo estoy controlando completamente.

Eso no ayudó.

Para nada.

—Entonces aléjate.

—No puedo.

Ahí estaba.

La verdad.

Cruda.

Peligrosa.

Irreversible.

Nyra se aferró a mi brazo desde atrás.

—Gabriel…

Su voz tembló.

—¿Qué está pasando?

No respondí.

No podía.

Porque en ese instante—

Federico se movió.

Demasiado rápido.

No como un humano.

Pero yo… tampoco lo era del todo.

Así que reaccioné.

Lo intercepté.

Atrapé su brazo antes de que avanzara más.

El impacto fue brutal.

Más de lo que debería.

—Te dije que no —gruñí.

Sus ojos se abrieron apenas.

Sorpresa.

—Así que ya no te escondes…

—No esta noche.

Silencio.

Tenso.

Cargado.

Y entonces—

Nyra lo vio.

De verdad.

La fuerza.

La velocidad.

Lo imposible.

—¿Qué…?

Su voz apenas salió.

Pero fue suficiente.

Porque ya no había vuelta atrás.

Federico sonrió.

Lento.

Oscuro.

—Ahora sí…

Sus ojos se fijaron en ella.

—Esto se va a poner interesante.

—Cállate.

Pero no me escuchó.

Porque algo en él…

cambió otra vez.

Más profundo.

Más peligroso.

—Ya no es curiosidad… —murmuró—. Ahora es inevitable.

El aire volvió a enfriarse.

Más.

Demasiado.

Y en ese instante…

lo supe.

Esto ya no era tensión.

Era el inicio real.

Y esta vez…

no había forma de ocultarlo.

El aire se rompió.

No fue sensación.

Fue real.

Pesado.

Cortante.

Como si el mundo entero…

se detuviera.

Y en el centro de todo—

Federico.

Sus ojos seguían clavados en Nyra.

Pero ya no era interés.

Era algo peor.

Algo… oscuro.

—No… —murmuró, más para sí mismo—. Esto no está bien…

Pero su cuerpo decía lo contrario.

Sus manos temblaban.

Su respiración se desordenaba.

Y ese brillo rojo…

ya no desaparecía.

—Federico —dije firme—. Mírame.

No respondió.

—¡Mírame!

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y entonces…

lo hizo.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Y por un instante—

volvió.

El de antes.

Mi amigo.

—No debería estar aquí… —susurró.

—Entonces vete.

—No puedo…

—Sí puedes.

Negó levemente.

—No cuando ella está aquí.

Nyra apretó mi brazo.

—Gabriel…

Su voz tembló más.

—No me gusta cómo me está mirando…

Y no la culpaba.

Porque yo tampoco.

—Federico —bajé la voz—. Esto no eres tú.

Eso lo hizo reaccionar.

Un poco.

—¿Ah, no?

Su tono cambió otra vez.

Más oscuro.

Más profundo.

—Porque se siente bastante real.

Dio un paso.

Y esta vez… no dudó.

—¡Aléjate!

Me moví al instante.

Lo empujé hacia atrás antes de que pudiera acercarse más a Nyra.

Pero no retrocedió como debería.

Se mantuvo firme.

Como si no le hubiera afectado en absoluto.

—Eso fue una mala idea…

Y entonces—

se movió.

Rápido.

Demasiado rápido.

Intentó rodearme.

Ir directo hacia ella.

Pero no lo permití.

Lo sujeté del brazo con fuerza.

Más de la que un humano debería tener.

Más de la que debería mostrar.

Y él lo notó.

Claro que lo notó.

Sus ojos se abrieron apenas.

—Interesante…

—No es momento para esto.

—Nunca lo es contigo.

Intentó soltarse.

Pero no lo dejé.

—Contrólate.

—Lo estoy intentando.

—No lo suficiente.

Silencio.

Y entonces—

perdió el control.

No por completo.

Pero lo suficiente.

Su fuerza aumentó de golpe.

Un tirón brusco.

Violento.

Me lanzó hacia atrás.

El impacto contra el suelo fue seco.

El aire salió de mis pulmones.

—¡Gabriel! —gritó Nyra.

Error.

Porque eso lo detonó más.

Federico giró hacia ella.

Y esta vez—

no había duda.

—No… —susurró—. Esto…

Pero ya era tarde.

Dio un paso.

Luego otro.

Directo hacia ella.

Sin detenerse.

—¡No!

Me levanté de inmediato.

Demasiado rápido.

Incluso para mí.

Corrí.

Lo alcancé.

Y esta vez—

no me contuve.

Lo sujeté por la espalda y lo lancé hacia atrás.

Con fuerza real.

Sin medir.

Sin ocultar.

Retrocedió varios metros.

El suelo crujió bajo sus pies.

Silencio.

Pesado.

Irreal.

Porque eso…

no era normal.

Nyra lo vio todo.

La velocidad.

La fuerza.

Lo imposible.

—Gabriel…

Su voz salió apenas.

—¿Qué… eres?

No respondí.

No podía.

Porque Federico…

empezó a reír.

Bajo.

Oscuro.

—Así que por fin…

Se enderezó lentamente.

—dejaste de fingir.

—No era mi intención.

—Pero era inevitable.

Sus ojos brillaron otra vez.

Más intensos.

Más peligrosos.

—Ahora lo entiende…

Miró a Nyra.

—¿Verdad?

Ella no respondió.

Estaba en shock.

Respiración irregular.

Cuerpo tenso.

Ojos demasiado abiertos.

—No la mires —dije.

—¿O qué?

—O voy a detenerte.

Eso lo hizo sonreír.

Pero no con diversión.

Con desafío.

—Inténtalo.

Silencio.

Y entonces—

lo sentí.

Dentro de mí.

Moviéndose.

Despertando.

Como si hubiera estado esperando.

Como si ya no quisiera quedarse oculto.

Mis manos se tensaron.

Mi respiración cambió.

Y por un segundo—

la temperatura subió.

Leve.

Pero real.

Federico lo notó.

Claro que lo notó.

—Vaya…

Su sonrisa creció apenas.

—Eso es nuevo.

—No quiero pelear contigo.

—Pero lo vas a hacer.

—Solo si me obligas.

—Entonces supongo que lo haré.

Dio un paso hacia mí.

Lento.

Controlado.

Peligroso.

—Federico… no —murmuré.

—¿Por qué?

—Porque no vas a poder detenerte después.

Silencio.

Sus ojos vacilaron.

Un segundo.

Solo uno.

Y en ese instante—

Nyra habló.

—¡Basta!

Su voz rompió todo.

Ambos giramos.

—¡Los dos!

Su respiración era rápida.

Pero su mirada…

firme.

—No sé qué está pasando…

Tragó saliva.

—Pero esto… no está bien.

Silencio.

Y entonces—

algo cambió en Federico.

Otra vez.

Pero diferente.

Más… humano.

Por un momento.

—Yo…

Cerró los ojos.

Como si estuviera luchando contra sí mismo.

—No quería que esto pasara.

Su voz ya no era la misma.

—Entonces detente —dije.

—No es tan fácil.

—Hazlo de todas formas.

Silencio.

Largo.

Pesado.

Y finalmente—

dio un paso atrás.

Luego otro.

Alejándose.

De nosotros.

De ella.

—Esto… no terminó —murmuró Federico.

—Lo sé.

Me miró.

Directo.

Y esta vez… no había duda en sus ojos.

—La próxima vez…

Pausa.

Su mirada brilló una última vez.

Rojo.

Peligroso.

—No voy a contenerme.

Y desapareció.

Rápido.

Como si nunca hubiera estado ahí.

El silencio que quedó…

no fue alivio.

Fue consecuencia.

Nyra no se movió.

No habló.

Nada.

Solo estaba ahí.

Procesando.

—Nyra…

Di un paso hacia ella.

—Oye…

Retrocedió.

Instintivo.

Eso dolió más de lo que esperaba.

—No te voy a hacer daño.

Silencio.

—Eso dijiste de él…

Su voz fue suave.

Pero directa.

Y tenía razón.

No respondí.

No podía.

—Lo que vi…

Respiró hondo.

—No es posible.

—Lo sé.

—Pero pasó.

—Sí.

—Y tú…

Me miró.

Directo.

—Tú también.

Silencio.

Ya no había forma de ocultarlo.

—Gabriel…

Su voz bajó.

Más firme.

—Necesito que me digas la verdad.

Ahí estaba.

El punto de no retorno.

—¿Qué eres?

El mundo se detuvo.

Otra vez.

Pero esta vez…

no había escapatoria.

Respiré hondo.

—No soy completamente humano.

Silencio.

Pesado.

—Eso no es suficiente.

—Es lo más que puedo decirte… sin ponerte en más peligro.

Frunció el ceño.

—¿Más peligro que esto?

No respondí.

Porque tenía razón.

—Federico… no es humano.

Sus ojos se tensaron.

—Eso ya lo sospechaba.

—Es un vampiro.

Silencio.

Más profundo.

Más real.

—Entonces… todo esto es real…

—Sí.

—Y tú…

Ahí venía.

—Yo no soy como él.

—Entonces dime qué eres.

La miré.

Directo.

Sin esconderme esta vez.

—Mi madre es un ángel.

El silencio se volvió absoluto.

—¿Un… ángel?

—Sí.

—¿Y tu padre?

Pausa.

—No es humano.

Eso fue suficiente.

Nyra dio un paso atrás.

No por miedo.

Por todo.

—Esto es demasiado…

—Lo sé.

—No… tú no lo sabes.

Su voz tembló apenas.

—Tú naciste en esto.

Pausa.

—Yo no.

Eso dolió.

Porque era verdad.

—Puedes decidir si quieres irte —dije.

Silencio.

Largo.

Importante.

Bajó la mirada.

Pensando.

Y luego me miró otra vez.

—¿Él es peligroso?

—Sí.

—¿Para mí?

Dudé.

Eso bastó.

—Genial…

Exhaló.

—Entonces tengo a un vampiro que pierde el control cerca de mí…

Enumeró con los dedos.

—Y a alguien que no es humano intentando protegerme… sin decirme todo.

Me miró.

Fijo.

—¿Me falta algo?

Di un paso hacia ella.

Lento.

—Que no voy a dejar que te pase nada.

Silencio.

—No puedes prometer eso.

—Sí puedo.

—¿Y si fallas?

—Entonces no dejo de intentarlo.

Eso la hizo dudar.

Pero no se fue.

—Esto es una mala idea…

—Totalmente.

—Entonces… ¿por qué no me estoy yendo?

No respondí.

Porque no era mi respuesta.

Nyra exhaló.

—Porque quiero entender.

Eso… lo cambió todo.

—Y porque confío en ti.

Mi pecho se tensó.

—No deberías hacerlo tan fácil.

—No lo es.

—Entonces…

—Pero lo hago.

Silencio.

Diferente.

Más firme.

—Está bien —dije—. Entonces lo haremos bien.

—Sin mentiras.

—Sin mentiras.

Un acuerdo.

Peligroso.

Pero real.

Y entonces—

lo sentí.

Otra vez.

Pero no era Federico.

Era peor.

Más frío.

Más oscuro.

Más… antiguo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué pasa? —preguntó Nyra.

No respondí de inmediato.

Miré hacia la calle.

Y lo vi.

Una figura.

A lo lejos.

Inmóvil.

Observando.

—No es él… —murmuré.

—¿Entonces quién?

No aparté la mirada.

—Algo peor.

El aire se volvió pesado.

Más lento.

Como si el mundo… lo supiera.

—Gabriel…

—Entra. Ahora.

—¿Qué?

—¡Ahora!

Esta vez obedeció.

Corrió hacia la puerta.

Pero antes de entrar—

se giró.

—¿Qué está pasando?

No respondí.

Porque la figura…

ya estaba más cerca.

Y lo sentía.

Oscuridad pura.

Sin control.

Sin límite.

—Esto recién empieza… —murmuré.

Y por primera vez…

lo supe con certeza.

No era solo Federico.

No era solo Nyra.

No era solo yo.

Era algo mucho más grande.

Mucho más peligroso.

Y ya…

nos había encontrado.

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