Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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El veneno de la duda
El campus de la universidad bullía con la energía frenética del inicio de semana, un contraste doloroso con la paz ancestral que Adrian había dejado atrás apenas unas horas antes. El aire aquí olía a café barato, libros viejos y el ozono de miles de dispositivos electrónicos. Adrian caminaba hacia la fuente central, su cuerpo moviéndose por inercia mientras su mente seguía atrapada en las visiones de las Crónicas de Sangre.
Aeryn lo esperaba junto al gran roble del patio norte. Llevaba un vestido sencillo y el cabello recogido, pero para los ojos de Adrian, ella brillaba con una intensidad que ninguna otra persona en ese campus poseía. A unos cincuenta metros, apoyado contra una columna de piedra con una gorra que ocultaba parte de su rostro, Kaelen vigilaba. Sus sentidos de lobo estaban en alerta máxima; no confiaba en el silencio de Adrian tras el ritual, y su presencia allí era un recordatorio constante de que el beneficio de la duda tenía fecha de caducidad.
—Te ves cansado, Adrian —dijo Aeryn cuando él se acercó. Su voz estaba llena de una ternura que le dolió más que cualquier interrogatorio de Helix.
—No he dormido mucho —admitió él, deteniéndose frente a ella—. He estado pensando en lo que vi. En la gente del Enclave. En el artesano que me saludó, en el anciano de los libros... No puedo sacármelos de la cabeza. Son... son personas, Aeryn. Reales. Con una dignidad que este mundo de cristal y acero parece haber olvidado.
Aeryn sonrió, y por un momento, la esperanza en su rostro fue tan pura que Adrian sintió que el secreto le quemaba la garganta.
—Eso es lo que quería que vieras. Que no somos una leyenda o un peligro. Somos una familia. Me hace tan feliz saber que lo entiendes... que nos entiendes.
Adrian respiró hondo. El peso de la piedra de Miri en su bolsillo y la visión del fuego cayendo del cielo convergieron en una decisión desesperada. No podía seguir siendo el caballo de Troya. Tenía que decirle quién era, aunque eso significara que ella lo odiara para siempre. Prefería ser un traidor exiliado que el arquitecto de su muerte.
—Aeryn, escucha... —Adrian le tomó las manos, su voz bajando a un susurro urgente—. Hay algo que tengo que decirte. Algo que probablemente no va a gustarte, pero necesito que sepas...
—¡Adrian! ¡Cariño, por fin te encuentro!
La frase cortó el aire como una cuchilla de afeitar. Adrian se tensó, reconociendo la voz antes de verla. Mara apareció entre la multitud de estudiantes, moviéndose con una gracia calculada y una sonrisa radiante que nunca le había visto en la sede de la Orden. No vestía su uniforme gris, sino unos jeans ajustados y una chaqueta de cuero, mimetizándose perfectamente como una estudiante más.
Antes de que Adrian pudiera reaccionar, Mara se lanzó hacia él y lo rodeó por el cuello con un abrazo posesivo, plantándole un beso rápido cerca de la comisura de los labios.
—Te he estado llamando toda la mañana —dijo Mara, ignorando deliberadamente a Aeryn mientras mantenía su mano entrelazada con la de Adrian—. Mamá dice que si no vienes a cenar este viernes con nosotros, va a matarte. ¿Dónde te habías metido estos días, amor? Me tenías preocupada.
El mundo pareció detenerse para Adrian. Sintió cómo la mano de Aeryn, que aún sostenía la suya hace un segundo, se deslizaba lentamente hasta soltarlo. La expresión de Aeryn pasó de la calidez a una palidez gélida, y luego a una máscara de humillación contenida.
—Oh... hola —dijo Mara, girándose hacia Aeryn con una mirada de fingida sorpresa y condescendencia—. Tú debes de ser la chica del grupo de estudio de la que Adrian me habló. Soy Mara, su novia. Un placer.
Aeryn dio un paso atrás, como si acabara de recibir un golpe físico. Miró a Adrian, buscando en sus ojos una negación, una explicación, cualquier cosa que borrara la imagen de esa mujer reclamándolo con tanta naturalidad. Pero Adrian estaba paralizado, su mente procesando la jugada maestra de Helix: si lo mataban, él se convertía en un mártir; si destruían su credibilidad ante Aeryn, lo dejaban solo y sin aliados en ambos mundos.
—Yo... yo no sabía que tenías novia, Adrian —susurró Aeryn. Su voz temblaba, no de ira, sino de una decepción profunda que le partió el alma.
—Aeryn, no es lo que parece, ella es... —comenzó Adrian, pero Mara apretó su brazo con una fuerza que le recordó los nanobots en su médula.
—Vamos, Adrian, no seas modesto. Sé que eres un adicto al trabajo con tus libros, pero no descuides a tus amigos —Mara sonrió a Aeryn de nuevo, una sonrisa de victoria absoluta—. Nos vemos, ¿verdad? Tenemos una reserva para almorzar.
Aeryn no esperó más. Se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la salida del campus, con la cabeza baja.
Kaelen, que lo había visto todo desde su puesto de vigilancia, se despegó de la columna. Sus ojos brillaron con una furia dorada mientras pasaba al lado de Adrian. Por un segundo, el lobo mostró los colmillos en un gruñido inaudible para los humanos, pero que Adrian sintió en los huesos.
Kaelen alcanzó a Aeryn cerca de los jardines botánicos, donde ella finalmente se detuvo, apoyando la frente contra un muro de piedra, luchando por contener las lágrimas. Para ella, Adrian había sido la primera ventana genuina hacia el mundo humano, alguien que parecía verla por quién era y no por lo que representaba. Y ahora, todo se sentía como una burla cruel.
—Aeryn —dijo Kaelen con suavidad, poniéndole una mano en el hombro. Su brusquedad habitual había desaparecido, reemplazada por la lealtad de un hermano de armas y un amigo de la infancia.
—Tenías razón, Kaelen —sollozó ella sin mirarlo—. Tenías razón sobre él. Solo soy un experimento o una distracción. Me habló de nuestra gente como si le importáramos, y mientras tanto tiene una vida entera, una novia... una normalidad de la que nunca me dijo nada. Soy una estúpida.
Kaelen la obligó a girarse y la envolvió en un abrazo protector. Dejó que ella llorara contra su pecho durante un momento, sintiendo su propio odio hacia Adrian crecer, pero también algo más. Su instinto de lobo, ese que nunca fallaba, le decía que la escena que acababa de presenciar tenía un olor extraño. No olía a romance, olía a emboscada. Olía a la misma frialdad que había sentido en la sede de Helix años atrás.
—Escúchame, Aeryn —dijo Kaelen, separándose un poco para mirarla a los ojos—. Sabes que no soporto al chico. Sabes que me encantaría tener una excusa para arrancarle la cabeza. Pero...
—¿Pero qué, Kaelen? Lo has visto. Ella lo abrazó como si fuera suyo.
Kaelen frunció el ceño, mirando hacia donde Adrian y Mara seguían parados a lo lejos.
—He visto a muchos humanos mentir, pero también he visto a muchos ser cazados. La cara de Adrian cuando esa mujer apareció... no era la cara de un hombre pillado en una infidelidad. Era la cara de un hombre viendo cómo se le ponía una soga al cuello.
Aeryn lo miró, confundida, secándose las lágrimas.
—¿Qué quieres decir?
—Digo que tal vez las cosas no sean exactamente como ella quiere que pienses —sentenció Kaelen con voz grave—. Esa mujer... no me gusta su rastro. No tiene el latido de alguien enamorado. Es fría, Aeryn. Demasiado fría. No dejes que la tristeza te ciegue. Si ese humano nos ha traicionado, yo mismo me encargaré de él. Pero si están jugando con él para llegar a ti... entonces el peligro es mucho mayor de lo que imaginamos.
Aeryn guardó silencio, mirando hacia el vacío. El dolor seguía allí, punzante y real, pero las palabras de Kaelen sembraron una pequeña duda en medio del incendio.
—Vámonos a casa, Aeryn —dijo Kaelen, guiándola hacia la salida—. El Enclave es el único lugar seguro ahora. Y si Adrian Valerius quiere explicarse, tendrá que cruzar el bosque otra vez. Y esta vez, no será mi hospitalidad lo que lo reciba.
Mientras se alejaban, Adrian permanecía inmóvil bajo el sol del mediodía, con Mara aún colgada de su brazo como un parásito de acero, viendo cómo la única luz que había encontrado en su vida desaparecía tras los muros de la universidad. Comprendió entonces que Helix no solo quería su información; querían su aislamiento total. Querían que no tuviera nada a qué regresar, excepto a la Orden.