Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 2
El vestido que su padre había seleccionado era de un tono verde esmeralda tan oscuro que parecía negro bajo las sombras de la mansión. Era de seda fría, una tela que se pegaba a su piel como una segunda advertencia de que su cuerpo ya no le pertenecía. Isabella se miró por última vez en el espejo, retocando el labial con dedos temblorosos. No quería verse hermosa; quería ser invisible, pero en el mundo de los negocios de su padre, la invisibilidad era un lujo que ella no podía costear.
—Señorita, el señor Rial ha llegado —anunció Rosa con una tristeza que no pudo ocultar en la voz.
Bella asintió, tomó aire y bajó las escaleras. En el gran comedor, la mesa estaba servida con una opulencia que le revolvía el estómago. Cristalería de Baccarat, cubiertos de plata y un arreglo de orquídeas blancas que parecían flores de cementerio. Su padre ya estaba allí, de pie junto a la chimenea, conversando con un hombre que le daba la espalda.
Arturo Rial se giró cuando ella entró. Era impecable. Su traje gris marengo no tenía ni una sola arruga, y su cabello estaba peinado hacia atrás con una precisión quirúrgica. Su belleza era estéril, desprovista de cualquier rastro de calidez humana. Sus ojos recorrieron a Isabella de arriba abajo, no con deseo, sino con la misma mirada con la que un coleccionista evalúa la autenticidad de una pintura.
—Arturo, mi hija Isabella —dijo su padre con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos—. Bella, saluda a tu prometido.
—Es un placer, señor Rial —susurró ella, extendiendo una mano que Arturo apenas rozó con las suyas, que estaban tan frías como el mármol.
—Es adecuada —fue lo primero que Arturo dijo, dirigiéndose a su padre como si ella fuera una estatua de jardín—. El color del vestido resalta su piel. Será una buena imagen para la gala de la próxima semana.
Nadie le preguntó cómo estaba. Nadie le preguntó si tenía hambre. Se sentaron a la mesa y el silencio fue roto solo por el choque metálico de los cubiertos contra la porcelana. Arturo no hablaba de sentimientos, ni de planes de vida compartidos; hablaba de acciones, de territorios y de cómo la unión de ambas familias enviaría un mensaje de advertencia a los clanes rivales.
—He decidido que viviremos en el ala oeste de mi mansión —comentó Arturo, cortando su filete con una parsimonia irritante—. No me gusta que mis pertenencias se mezclen con el resto de la casa. Tendrás tu propio espacio, Isabella. No espero que me molestes durante mis horas de trabajo, que son la mayor parte del día.
Bella sintió un nudo en la garganta. No la estaba invitando a compartir su vida; le estaba asignando un estante donde guardarla.
—¿Tendré permitido salir a la universidad? —se atrevió a preguntar ella, rompiendo el protocolo de silencio que su padre le había impuesto con la mirada.
Arturo dejó los cubiertos y la miró directamente. Fue la primera vez que sus ojos se encontraron de verdad, y Bella deseó no haberlo hecho. No había odio, que habría sido preferible a la indiferencia absoluta que encontró allí.
—¿Para qué querrías salir? —preguntó él con una voz plana—. Tendrás instructores en la mansión si tanto deseas aprender algo. Una esposa de mi nivel no anda caminando por campus universitarios exponiéndose a riesgos innecesarios. Tu única función ahora es prepararte para el evento de presentación y, eventualmente, para darme un heredero que asegure la línea Rial. El resto es ruido.
Su padre asintió, reforzando las palabras de Arturo.
—Escucha bien, Bella. Arturo está siendo generoso. No muchos hombres te darían la libertad de tener tutores privados.
Bella bajó la cabeza, sintiendo que las lágrimas quemaban detrás de sus párpados. La trataban como si no fuera nada más que una vasija o un estandarte. Durante el resto de la cena, Arturo ni siquiera volvió a dirigirle la palabra. Habló con su padre sobre el puerto, sobre los cargamentos de armas interceptados en la frontera y sobre la necesidad de limpiar el apellido de ciertos "elementos rebeldes" de la familia Rial.
—Mi hermano mayor, por ejemplo —mencionó Arturo con un rastro de veneno en la voz—. Vincenzo sigue siendo un problema. Sus métodos son... poco refinados para los tiempos que corren.
Al mencionar ese nombre, el aire en la habitación pareció volverse más pesado. Su padre tensó la mandíbula.
—Vincenzo es un animal. Pero es efectivo.
—Es un animal que necesita una correa —sentenció Arturo—. Por suerte, ahora que yo tomo el control formal, él quedará relegado a las sombras, donde pertenece.
Bella grabó ese nombre en su mente: Vincenzo. Era la primera vez que escuchaba que Arturo tenía un hermano, y por la forma en que lo describían, parecía alguien a quien todos temían, incluso su propio padre.
Al terminar la cena, Arturo se puso de pie, se ajustó los puños de la camisa y miró su reloj de oro.
—Tengo una reunión en el club. Isabella, el viernes a las diez de la mañana vendrá mi chofer por ti. Asegúrate de llevar solo lo esencial. Todo lo que necesites será comprado de nuevo bajo mi criterio. No quiero nada de tu vieja vida en mi casa.
No hubo beso de despedida, ni siquiera un apretón de manos cordial. Arturo salió del comedor con la seguridad de quien acaba de cerrar una compra exitosa en una subasta.
Cuando la puerta principal se cerró, su padre se volvió hacia ella.
—No arruines esto, Bella. Si Arturo se queja de tu actitud, las consecuencias no te gustarán. Vete a tu cuarto.
Bella subió las escaleras corriendo, sintiendo que las paredes de la mansión se encogían a su alrededor. Se encerró en su habitación y se deshizo del vestido verde, tirándolo al suelo como si fuera una piel muerta. Se metió en la cama y se hizo un ovillo, llorando en silencio para que nadie la escuchara por las cámaras de seguridad que sabía que su padre tenía instaladas.
Se sentía vacía, insignificante. Para el mundo era "Bella", la hija hermosa, la novia perfecta. Pero en realidad, no era nada. Era un "jaque" en un tablero donde ella no era el jugador, sino la pieza sacrificada. Lo que Isabella no sabía es que, mientras Arturo planeaba cómo mantenerla encerrada en el ala oeste, en algún lugar de la oscuridad de la ciudad, Vincenzo Rial estaba observando la grabación de seguridad de esa misma cena, con los ojos fijos en la forma en que ella bajaba la mirada, jurando que él no la trataría como un adorno, sino como su única y más destructiva adicción.
Faltaban pocos días para que Bella entrara en la boca del lobo, y aunque Arturo creía tener el control, el verdadero dueño de la mansión Rial aún no se había presentado.