Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
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Capitulo 22
DEMASIADO CERCA -
El trayecto hacia la Casa Blanca suele ser rutinario.
Ventanas blindadas. Comunicación constante por radio. Vehículos delante y detrás.
Seguridad perfecta.
O eso creía.
Estoy mirando por la ventana, pero no veo la ciudad.
Veo sus ojos.
Demasiado cerca.
Demasiado claros bajo esa luz del pasillo.
¿Por qué me acerqué así?
No fue casualidad.
Quería probar algo.
Quería ver si perdía el control.
Quería saber si lo que sentí cuando interrumpió mi conversación era real.
Y sí lo fue.
Celos.
Ethan no sabe mentir cuando se trata de emociones. Solo sabe esconderlas.
—¿Se encuentra bien? —pregunta desde el asiento frente a mí.
Está atento. Siempre.
—Sí.
—Está muy callada.
—Estoy pensando.
—Eso suena peligroso.
Le lanzo una mirada.
—No todo es una amenaza, comandante.
—En mi experiencia, casi todo lo es.
Vuelvo a mirar por la ventana.
Estoy concentrada en el recuerdo de su mano apartándose… tarde.
En su respiración cerca.
En lo poco incómodos que estuvimos.
En lo natural que se sintió.
Demasiado natural.
La radio suena con estática.
—Unidad uno, vehículo sospechoso acercándose por el lateral izquierdo.
El tono cambia.
Ethan se tensa.
Yo lo noto antes de que diga nada.
—¿Qué pasa? —pregunto.
No responde de inmediato.
El primer impacto llega como un golpe seco contra el costado del vehículo.
No es una explosión.
Es un disparo.
Luego otro.
El sonido contra el blindaje retumba dentro del auto.
Mi corazón se dispara.
—¡Agáchese! —ordena Ethan.
No lo pienso.
Me inclino hacia el asiento.
El convoy acelera.
Frenos. Motor. Gritos por radio.
—Contacto lateral, arma corta, vehículo gris sin placas.
Otro disparo.
El vidrio resiste.
Pero el ruido es ensordecedor.
—Ethan…
Él ya está moviéndose.
Se coloca frente a mí.
Literalmente frente a mí.
Su cuerpo cubre el mío mientras el conductor maniobra.
—Todo está bien —dice firme, aunque el caos alrededor contradice sus palabras.
—Eso no suena como “bien”.
El vehículo se sacude cuando uno de los autos de seguridad impacta al sospechoso.
Hay un chirrido violento.
Luego un golpe más fuerte.
Silencio abrupto.
Respiración agitada.
La radio confirma:
—Amenaza neutralizada. Repetimos: neutralizada.
Pero Ethan no se aparta.
Sigue cubriéndome.
Puedo sentir su peso sobre mí.
Su respiración rápida.
Su mano firme sobre mi hombro.
—¿Está herida? —pregunta.
—No… creo que no…
Intento incorporarme.
Él se mueve apenas.
Y entonces veo el rojo.
—Ethan.
Él no reacciona.
—Ethan, estás sangrando.
Mira su hombro como si recién lo notara.
La bala no atravesó completamente.
Pero sí rozó.
La tela oscura está empapándose.
—Es superficial —dice con demasiada calma.
—Te dispararon.
—Rozó.
—Eso sigue siendo disparar.
El convoy retoma ruta directa.
En menos de minutos estamos entrando al perímetro seguro.
Bajo del auto con las piernas temblando.
Ethan también baja.
Sigue actuando como si nada.
Pero su postura está más rígida.
—No te hagas el fuerte —le digo mientras entramos al área médica interna.
—No me estoy haciendo nada.
—Estás sangrando por el hombro.
—He tenido días peores.
El médico lo hace sentarse.
Le corta la tela del traje.
La herida no es profunda.
Pero necesita puntos.
Yo no me voy.
Me cruzo de brazos cerca de la camilla.
—Puede esperar afuera, señorita —dice el médico.
—No.
Ethan suspira.
—No tiene que quedarse.
—No te pregunté.
El médico limpia la herida.
Ethan aprieta la mandíbula.
—¿Duele? —pregunto.
—No.
El médico lo mira.
—Sí duele.
—No tanto.
—¿Quieres que te sostenga la mano? —pregunto con tono inocente.
Él me mira con advertencia.
—Ni lo intente.
El médico empieza a coser.
Ethan ni siquiera aparta la vista.
—¿Sabes qué es lo peor? —le digo.
—¿Qué?
—Que tenías razón.
—¿Sobre?
—Las amenazas.
Una pequeña sonrisa se forma en su boca.
—Siempre la tengo.
—No te acostumbres.
Se tensa cuando entra la aguja.
—Eso sí dolió.
—Ah, ¿entonces sí sientes?
—Soy humano.
— A veces lo dudo.
El médico termina el último punto.
—Listo. Nada grave. Reposo y vigilancia.
Reposo.
Claro.
Ethan intenta levantarse de inmediato.
Le pongo la mano en el pecho.
—Ni se te ocurra.
Me mira.
Yo no retiro la mano.
—Meghan…
—Te cubriste con tu cuerpo.
—Es mi trabajo.
—No de esa forma.
Silencio.
Más denso que antes.
—Estabas asustada —dice en voz más baja.
—Claro que estaba asustada.
—Pero estás bien.
—Porque tú estabas ahí.
No responde.
Solo me mira.
Y esta vez no hay protocolo.
No hay escaleras.
No hay gala.
Solo nosotros.
Demasiado cerca otra vez.
Pero ahora la cercanía no es provocación.
Es algo distinto.
Más real.
Más peligroso.
Y por primera vez…
no quiero que se aparte.