En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
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Capítulo 1
Navira
El frío en Vaelkoria no es solo una cuestión de clima; es una herramienta de tortura. Se filtra por las rendijas de piedra de la Ciudadela de Hierro, se enrosca en tus huesos y te recuerda, con cada tiritona, que aquí la calidez es un privilegio reservado para los que ostentan el poder. O para los que están lo suficientemente muertos como para no sentir nada.
Yo no estaba muerta, aunque a veces, mientras limpiaba la sangre seca de las botas de los oficiales o pulía los mármoles del gran salón, deseaba estarlo.
—La barbilla arriba, 402 —siseó la gobernanta mientras pasaba a mi lado—. El Comandante no tolera la postura de una rata, incluso si eso es lo que eres.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Mi nombre no era 402. Mi nombre era Navira, y antes de que las legiones de Vaelkoria redujeran mi aldea en Sundergard a cenizas y silencio, yo era alguien que sabía reír. Ahora, solo era la "doncella" asignada a la torre este. La doncella que llevaba una daga de cristal oculta en el dobladillo de su falda de encaje, esperando el momento exacto para hundirla en el cuello de la bestia.
El problema era que la bestia tenía nombre. Y el nombre de la bestia era Declan.
Las puertas dobles del salón privado se abrieron con un estruendo metálico que resonó en mi pecho como un golpe. El aire en la habitación cambió instantáneamente. El oxígeno pareció volverse más pesado, cargado de ese aroma a cuero caro, tabaco de alta alcurnia y algo más metálico… como el olor de una espada recién afilada.
Entró sin mirar a nadie. Declan no necesitaba mirar a las personas para saber que le pertenecían; su mera presencia era un recordatorio de propiedad. Su uniforme negro, impecable y rígido como su carácter, no tenía ni una arruga. Sus cabellos rubios, casi blancos bajo la luz de las lámparas de gas, brillaban con una elegancia que escondía la violencia de sus manos.
—Fuera —dijo.
Su voz era un barítono bajo, una vibración que se sentía en el suelo. Las otras criadas y la gobernanta se retiraron de inmediato, haciendo reverencias tan profundas que casi tocaban el suelo con la frente. Yo me quedé quieta por un segundo de más, mis dedos rozando instintivamente la daga oculta.
—Tú no, 402. Quédate.
Me quedé helada. Mis ojos se encontraron con los suyos por una fracción de segundo. Sus ojos eran del color del hielo del norte: hermosos, vastos y absolutamente desprovistos de piedad.
Él caminó hacia el mueble bar, sirviéndose un vaso de licor ámbar. El cristal tintineó contra la jarra. Yo permanecía de pie en el centro de la alfombra roja, sintiéndome como un animal en el altar de un sacrificio.
—Acércate —ordenó, dándome la espalda.
Caminé. Cada paso era una batalla entre mi instinto de supervivencia y mi sed de venganza. Cuando estuve a menos de dos metros de él, Declan se giró con una lentitud exasperante. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis manos. Mis uñas estaban sucias de hollín, mis nudillos pelados por el trabajo. Un contraste asqueroso con su perfección.
—Dicen en las cocinas que eres de Sundergard —comentó, dando un sorbo a su bebida—. Dicen que fuiste la única que no gritó cuando quemamos los graneros.
—Gritar es para los que esperan ser salvados, mi señor —respondí. Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Yo no esperaba a nadie.
Una chispa de algo parecido al interés cruzó sus facciones. Dejó el vaso sobre una mesa de caoba y se acercó a mí. Declan era mucho más alto de lo que parecía de lejos; su sombra me envolvió por completo, bloqueando la luz de la chimenea.
—La resistencia tiene muchos nombres, Navira —pronunció mi nombre con una cadencia que me hizo estremecer. No debería saber mi nombre. Las criadas en Vaelkoria no tienen nombre—. Pero la mayoría de esos nombres terminan grabados en lápidas anónimas.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano se disparó hacia mi cuello. No para estrangularme, sino para rodear mi nuca con una firmeza que me obligó a mirar hacia arriba. Sus dedos estaban calientes, un contraste abrasador con el frío de la habitación.
—Sé lo que llevas en el dobladillo —susurró cerca de mi oído, y su aliento me quemó la piel—. Sé que cada noche, cuando crees que nadie mira, afilas ese trozo de cristal contra la piedra de tu celda.
Mi corazón martilleó contra mis costillas. Si lo sabía, ¿por qué no estaba ya en el patíbulo? ¿Por qué no me había entregado a los interrogadores?
Él soltó mi nuca solo para alcanzar algo que colgaba de su cinturón. Escuché el tintineo de metal contra metal. Un escalofrío real, uno que no tenía nada que ver con el clima de Vaelkoria, me recorrió la espalda.
—Creen que eres una amenaza —continuó él, ignorando mi palidez—. Pero yo solo veo una llama que necesita una jaula antes de que se consuma a sí misma.
De repente, sentí algo frío y pesado cerrarse alrededor de mi garganta. El chasquido del cierre metálico sonó como una sentencia de muerte. Bajé la vista, aterrorizada. Un collar de cuero negro con una cadena de eslabones de plata ahora rodeaba mi cuello.
Declan sujetó la cadena, tirando de ella con una suavidad cruel, obligándome a dar un paso hacia él, hasta que mi pecho casi rozó los botones dorados de su uniforme.
—A partir de hoy, no eres una doncella de la Ciudadela —dijo, su rostro a centímetros del mío—. Eres mía. Mi sombra, mi prisionera, mi recordatorio de que incluso el fuego más salvaje de Sundergard puede ser encadenado.
Lo miré con puro odio, las lágrimas de rabia quemando mis ojos.
—Puedes ponerme todas las cadenas que quieras, Declan —escupí, desafiando la muerte—. Pero un perro encadenado sigue teniendo dientes.
Él esbozó una sonrisa lenta, una que no llegó a sus ojos helados. Era la sonrisa de un hombre que acababa de encontrar el juguete más peligroso del mundo.
—Eso espero, Navira. Porque si te rindes demasiado pronto, este invierno en Vaelkoria va a ser terriblemente aburrido.
Se inclinó un poco más, su mano libre subiendo para acariciar mi mejilla con el dorso de sus dedos, un gesto casi tierno que me dio más asco que un golpe. Sus ojos bajaron a mis labios y luego volvieron a los míos.
—Mañana empezará tu verdadera instrucción. Aprenderás que en este reino, el único Dios es el que sostiene tu cadena.
Me soltó bruscamente, dejándome tambaleante. El peso del collar era insoportable, no por los gramos de metal, sino por lo que significaba. Yo era una rebelde, una hija de las cenizas de Sundergard, y ahora llevaba la marca del verdugo de mi pueblo.
Mientras salía de la habitación, el sonido de la cadena arrastrándose sobre el mármol me persiguió como una risa burlona. Declan se quedó allí, iluminado por el fuego de la chimenea, bebiendo su licor como si nada hubiera pasado.
Había entrado en esa habitación buscando una oportunidad para matar a un hombre. Salía de ella dándome cuenta de que el hombre ya me había robado la vida, un eslabón a la vez. Pero mientras sentía el frío del cristal en mi falda, hice un juramento silencioso: si Declan quería una mascota, le daría una que le arrancaría la garganta en cuanto se descuidara.
Vaelkoria podía ser de hierro, pero incluso el hierro se funde si el fuego es lo suficientemente intenso. Y mi fuego apenas estaba empezando a arder.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄